
Como no sabía muy bien qué hacer, me quedé apoyada en el marco de la puerta. Sentía rabia, claro, pero también curiosidad y una interesante sensación de que mis temores más ocultos se habían cumplido, así que, en cierta forma, un poco de la complacencia del que sabe que tiene razón y al fin lo puede demostrar.
Allí estaba, el hombre al que me había entregado diez años atrás, al que me unían lazos, en principio sagrados, de amor, compromiso y lealtad, gimiendo, sudando y estremeciéndose sobre un cuerpo que no era el mío.
Siempre he sido una chica educada, y tal vez por eso mismo me limité a carraspear para hacerles notar mi presencia, evitando la tentación de gritarles, de lanzarles algo contundente o de dejarme llevar por la decepción y la ira.
Cuando se giraron sorprendidos, no pude evitar una sonrisa.
- Buenas tardes, caballeros. Estoy convencida de que interrumpo una interesante reunión, pero creí conveniente advertirles mi presencia – Caminé despacio hacia ellos, y me senté en el borde de la cama- Querido- Mi mano se posó suavemente en su cabello, en ese cabello que tantas veces había acariciado, que tantas noches había sufrido atrapado entre mis dedos, retorcido por los espasmos de la pasión, ese cabello que, en principio, debía de haber sido sólo mío- Esto se me hace raro. ¿No se supone que, normalmente, es la mujer la que pone los cuernos con el mejor amigo de su marido?
Él bajó despacio del cuerpo de su amigo, y se sentó derrotado entre ambos.
- Cariño…
- Shhh- El siseo salió involuntario entre mis dientes, y me dejé caer en el lecho, ante la atónita mirada de ambos- No hay nada que explicar, y como me digáis que esto no es lo que parece, usaré mi derecho a montar en cólera y a golpearos.
Cerré los ojos. Notaba las sábanas calientes bajo mi ropa, y sus miradas atónitas sobre mí.
Me produjo una rara sensación de triunfo el ser el objeto de atención de ambos, por primera vez en mi vida.
¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Cuánto tiempo hacía que yo sólo era una tapadera? ¿Realmente disfrutaba conmigo aquel hombre que me había prometido amor eterno? ¿Me había amado alguna vez? ¿Lo seguía haciendo, a pesar de todo?
Miles de preguntas se agolpaban en mi cabeza, pero yo permanecía inmóvil entre los dos cuerpos desnudos, con los ojos cerrados, sin fuerzas para abrir la boca o para compadecerme de mí misma, o de ellos.
- Sí… – La afirmación salió de su boca como si hubiese podido entrar en mi pensamiento, y sus labios se posaron en los míos, como otras tantas veces- Esto es exactamente lo que parece, no sé, no…sabemos cómo ha ocurrido, pero ha ocurrido, y eso no significa que no te ame.
- O que yo no te aprecie.- Una mano acarició mi cabello, esparcido por la usada ropa de cama.
- Iros a la mierda- susurré, sin abrir los ojos, sin ganas de moverme. Si obviaba el hecho de que unos minutos antes mi marido se follaba a su mejor amigo allí mismo, lo cierto es que se estaba bien.
Reconocí el tacto de los dedos que se colaron bajo mi blusa, pero no el sabor de la lengua que serpenteó hasta el interior de mi boca. Quise protestar, levantarme de allí y gritarles, patearles el culo desnudo y no volver a verles más, a ninguno.
Pasaron por mi cabeza imágenes confusas, de hacía miles de años, cuando les conocí en un bar, una noche cualquiera. Pasaron imágenes de la boda, de los dedos del padrino entrelazados en los míos, mientras me susurraba “Cuídalo”, de las miles de tardes que habíamos compartido los tres, entre cafés, sonrisas, conversaciones que se alargaban hasta la hora de las cervezas…
Volví a sentir la sensación que tantas veces me había embargado, esa sensación de ser una intrusa que yo había relegado a lo más hondo de mi cabeza, negándola.
Cuando al fin volví a tener conciencia de lo que estaba sucediendo en la habitación, dos pares de manos recorrían mi cuerpo, inexplicablemente desnudo, una boca succionaba mi cuello, y otra lamía despacio mi sexo.
Mi cuerpo se contoneaba con vida propia, y mis manos se asieron a la nuca que tenían más cerca para aguantar mejor los espasmos del vientre, que a mi pesar se contraía entre corrientes eléctricas que provenían, cada vez más rápidas, desde mi vagina.
Me perdí en la espiral de besos, saliva, pieles confundidas, olores conocidos, espasmos orgásmicos que no acababan, pues lenguas y dedos y pollas se turnaban, y yo simplemente me dejaba llevar, gemía, arqueaba mi espalda para facilitar la entrada de lo que fuese en mi, les gritaba insultos provenientes de mi ego herido, pero mis manos se agarraban a cualquier músculo que estuviese cerca de ellas.
No sé cuando acabó todo. Mis ojos no se abrieron en ningún momento, y cuando al fin mis párpados se levantaron, vi de nuevo sus cuerpos desnudos, cubriendo el mío. Aparté con delicadeza la cabeza que reposaba en mi vientre, y la mano que aún asía uno de mis pechos, y me levanté sin hacer ruido.
No quise despertarlos, no quise enfrentarme a lo que sentía. ¿Les quería? Sí, claro, y les odiaba, y sentía que les necesitaba, porque desde ese momento sólo podía pensar en ellos como una unidad, como un único hombre, y eso no era bueno.
Había oscurecido, pero no fue un impedimento para encontrar mi ropa e irme, sin ni siquiera mirarlos una última vez.
Habeis dicho...