
Aquí sola, de nuevo. Hay millones de cosas que hacer, miles de papeles que archivar, que clasificar, que amontonar o tirar. Hay cuentas que manejar, y algún que otro empleado que despedir, o simplemente, comunicarle amablemente que “no seguirá con nosotros a la próxima finalización del contrato. Gracias por su tiempo”.
Pero no me puedo concentrar, hoy no.
En mi mente, sólo revoloteas tú. Se asoma una sonrisa a mis labios cada vez que me acuerdo de ti, y son muchas veces al día, aunque hoy, especialmente hoy, estás más presente que nunca. Me levanté tarde y me quedé sin desayuno. No hubo tiempo de pasear mis dedos por tu piel, de acariciarte y avisar de que me iba. No pude beber de tu boca, alimentarme de tu mirada, de tus dulces palabras de buenos días.
Me duché deprisa, y no te acercaste. Sabías que no tenía tiempo de compartir el vapor caliente, de sentir tus manos enjabonarme despacio, sin dejar un solo centímetro de mi piel por acariciar, de sentir tus besos húmedos confundiéndose con el agua que nos empapa cada mañana, que se mezcla con el flujo del deseo que me provocas sólo ante la expectativa de tu destreza en mi cuerpo desnudo.
Te limitaste a observarme sonriente desde la cama, mientras yo me afanaba en vestirme, luchando con la falda que no se quería cerrar, la blusa que se desabrochaba, los tacones que me hacían perder el equilibrio…
Tú sólo me mirabas fijamente, mientras la sábana se elevaba poco a poco entre tus piernas…
Hoy no me puedo centrar en lo que supone que debería estar haciendo. Sólo puedo imaginar tu cuerpo contra el mío, tu cuerpo dentro del mío, despojándome de esa maldita ropa que no se dejaba colocar, empotrándome contra la pared, encajada entre ella y tu deseo, nuestro deseo, dejando marcas en la piel, en el alma, que nos hacen estar presentes el uno para el otro hasta que cae la noche, hasta que te vuelvo a ver, a tocar, a sentir…
El teléfono suena insistente, el ordenador me reclama. Intento controlar el temblor de mi voz al descolgarlo. Alguien quiere hablar con el jefe. No sé donde está, no me importa donde está. Sólo me importa donde estás tú, o donde debería estar yo.
Me imagino bajo esa sábana que esta mañana cubría tu cuerpo, sin poder ocultar tu apetito. Quiero estar bajo esa sábana, quiero notar tu avidez, tus ganas, sentirme deseada, quiero volver a oírte jadear mi nombre y la presión de tus manos en mi cabeza, quiero…
“No, no sé cuando vendrá” Garabateo un nombre, un número de teléfono. (Cuelga ya, por favor.) Mi mano se desliza entre las piernas con vida propia. (Déjalo ya, maldita sea. ).
Te necesito, ahora, aquí…Ya.
Esta mañana te eché en falta. Un beso rápido en los labios, una suave caricia en la cintura, un presuroso “hasta luego” y la promesa susurrada de que esta noche, la falta será recompensada…


Cuaderno de Bitácora del Capitán de la Perla Blanca
Hectrol portafolio
Relatos de Alcoba

Me has hecho recordar antiguas noches, cuando en la Plaza del Cedro los litros de cerveza corrían como el agua, cuando El Asesino y El Escondite ribalizaban con Bésame Mucho, una calle más allá, y la música en Directo era la nota acorde cada Jueves, y agarrado a una mellada guitarra en las Jam Sessions del Matisse nos corríamos sobre las 6 cuerdas, al ritmo de Jhonny Lee Hocker. El Wha Wha sigue dando sus frutos, el Bésame pasó a ser un Bucanero que hundió con su flota, los otros dos resisten al temporal, naciendo a su alrededor lugares como el Café Edimburgo, un poco más allá, El Tornillo, e incluso en la esquina todavía echa humo El Kubata de Ojalata…
¿Dónde quedaron mis acordes…?