
Te veo en el escenario y simplemente no puedo creer que seas tú. Chico tímido que camina mirando las puntas de sus zapatillas, que rehuye el encuentro con otros ojos, que se disfraza tras esa sonrisa nerviosa, intentado parecer un chico duro agarrado a una jarra de cerveza.
Sin embargo, ahí arriba te transformas. Es una de las cosas que me fascinan de ti.
Al abrigo de las luces, que te aíslan de las miradas que se centran en tu persona, eres simplemente el mejor.
Tus dedos se deslizan sensualmente por el mástil, acaricias con la púa las cuerdas arrancando el gemido eléctrico que a tantas de esas chicas que te observan les gustaría emitir.
Sonríes ante cada halago que te lanzan sin perder el ritmo ni olvidar la letra, te acercas peligrosamente al abismo de sus manos alzadas para que crean que han olido tu perfume, y entonces ocurre…
Nunca sé el momento exacto en el que lo vas a hacer, pero siempre sucede. Te sientas al borde del escenario y me miras directamente a mi, envuelto en la eterna luz azul de la que siempre te acompañas para cantar nuestra canción, esa que compusimos una noche cualquiera de lluvia y cerveza en el pequeño local de ensayo, tan lejano ahora que apenas puedo recordar donde estaba.
Por un brevísimo espacio de tiempo, vuelves a ser mi amigo, y no la rock star. Por un momento, la gente a nuestro alrededor desaparece, y vuelvo a ser guitarra entre tus manos, exactamente en el segundo compás de la última estrofa, en el que la letra desapareció y la música sólo fueron nuestras respiraciones agitadas y unísonas, el calor del alcohol en nuestra sangre y el repiqueteo de la lluvia en el asfalto.
El ritmo marcado por los besos, cada vez más urgente, el acompañamiento del bajo que tus pantalones dejaron al descubierto, la puesta en escena de mis dedos, recorriendo tu cuerpo como el órgano que ahora, sutil, se oye de fondo.
Termina de golpe, como aquella noche terminamos en un suspiro. Termina con ese golpe de guitarra que rasga el ambiente, sin previo aviso, que deja a la gente con ganas de más, como nos quedamos nosotros.
Tus manos como garras clavadas en mis hombros, mis brazos y mis piernas rodeándote, mis dientes en tu cuello y el sabor amargo del último beso que nos dimos resuena con ese último acorde cortante.
Es la única vez que lo recordamos. Somos amigos, no podía ser, pero esa canción no nos la puede negar nadie, porque nadie más que tu y yo conocemos su origen.
Me sonríes antes de que se vuelvan a encender las luces, y cada vez que lo haces, sé que nunca me olvidarás, incluso cuando consigas realizar tu sueño, cuando dejes de tocar en pequeños bares y te alejes de mí.
Cuando dejes de ser mi amigo y solo quede la rock star.


Cuaderno de Bitácora del Capitán de la Perla Blanca
Hectrol portafolio
Relatos de Alcoba

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