
De vuelta. De nuevo. No hay modo de separar sus vidas. El corre, ella se esconde, pero siempre vuelven al punto de partida.
Él la encuentra, ella le alcanza con tan solo un saludo. Da igual el tiempo que pase, da igual que él se vaya, que ella no le espere.
Siempre el mismo punto, siempre terminan por encontrarse los ojos que nunca debieron separarse.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo aquella noche lejana, que sus cuerpos se fundieron en mil caricias, que sus labios gritaron en silencio aquello que tantas veces fue reprimido antes. Y después.
Eran jóvenes, habían bebido… Bueno, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, o al menos su verdad, y actúan en consecuencia.
Después, echarle de menos. Después, no volver a pensar en ella.
Pasó el tiempo de dibujar corazones, pasó el tiempo y se hicieron mayores… Y la cortesía sustituyó a la verdad, y las miradas francas desaparecieron, poniendo como excusa el preservar el cariño.
Nunca un “te amo”, que pugnaba por salir a flote en cada roce. Nunca…
Juntos, siempre. Esa fue la promesa silenciosa de los días de parque y heavy metal. Juntos, aunque sea en la distancia.
Te prometo un pensamiento al día. Te prometo no olvidarte…
Y las promesas se rompieron, que para eso las inventaron, pero continuó el corazón dando un vuelco al pasar ante su casa, la mirada se escapaba en dirección a su ventana, aún sabiendo que no estaba allí.
Sus dedos bailaban en torno a las teclas de un teléfono móvil, sin llegar a marcar, aún sabiendo que al otro lado, se esperaba esa llamada.
Ya no más paseos por el parque, ya no más fiestas, ni atardeceres solos. Ya no más confidencias, ni más secretos románticos.
Se hicieron mayores, y el otro fue como un sueño. Un sueño de infancia que no se quiere olvidar, que no se quiere admitir, por vergüenza o por miedo al ridículo.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo cuando las miradas se encuentran, sólo cuando los labios rozan la mejilla en un saludo formal, necesitan olvidar aquellos recuerdos de atardeceres, de alcohol, de bromas, de besos inocentes, de caricias inexpertas.
Sólo queda contener la emoción, aparentar que aquí no pasa nada, que nunca se quisieron más que dos colegas de correrías cualesquiera, porque ella era de la pandilla, porque él era intocable, porque ya no están para esos trotes, porque ya son mayores.
Así que se limitan a las bromas de siempre, y no se acercan al terreno peligroso. Él no pregunta, ella no habla, y así quedan, como amigos, como siempre


Cuaderno de Bitácora del Capitán de la Perla Blanca
Hectrol portafolio
Relatos de Alcoba

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