Me acurruco en tu pecho enfermo y me dejo llevar. Sé que esto no puede durar siempre, pero, como sueles decir, hay que vivir ahora, porque igual mañana no queda nada. Me pides que escriba algo, y yo le dedico unas líneas a tus ojos azules. Me gusta tu sonrisa triste cuando me miras, siempre en una despedida.
Después de mi, sacas esa guitarra que nunca me dejas ni rozar, y recuerdas las canciones que tu creaste y otros disfrutan. No te importa. Por Eva, por Iván, por Enrique, por las ciudades inmortales que los recogerán en su seno y aplaudirán tus creaciones sin saber que son tuyas.
En noches como esa siempre pronunciamos palabras prohibidas en el tono quedo de la intimidad que dan la noche, el alcohol y la coca. Improvisas notas, y sonríes al reconocer que las promesas efectivamente no valen nada cuando nunca se ha tenido la intención de cumplirlas, y que aún así las pronunciamos para que queden volando, por si el viento a favor tiene a bien traerlas de vuelta.
Dices que no me olvidarás, que me querrás siempre, como lo que soy. Me llamas dulce princesa de cristal y te quedas tan ancho.
A veces me dan ganas de pegarte.
Al filo de las cinco, con los primeros rayos de sol, te sientes cansado y me pides un taxi. No quieres participar en la vida, prefieres esconderte en tu cueva a esperar que todo pase. Me abrazas por si acaso es la última vez que nos vemos. Me pides que piense en ti al menos una vez al mes, y no solo cuando ponga tus canciones. Y, ya en la puerta, me recuerdas que nunca me fíe de las promesas que me puedan hacer, sabiendo que no vas a cumplir las tuyas.


Cuaderno de Bitácora del Capitán de la Perla Blanca
Hectrol portafolio
Relatos de Alcoba

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