
Me miré sin querer al espejo. Sí, sin querer, porque no lo había asimilado aún. Pasé la mano por el vientre, e imaginé aquel pedacito de carne latente, que iba creciendo día a día desde hacía dos meses, casi a traición.
Quisiera haberme sentido feliz, hubiese sido lo correcto, pero solo podía sentir miedo. No había ilusión, ni ganas de ver su cara, ni nada de lo que decían en las películas y en la publicidad que debía haber percibido en ese momento de la certeza absoluta de que habitaba una vida en mi interior.
Tan sólo pánico y soledad al darme cuenta de que ya no era “yo”, era “nosotros”, los dos, desde aquel instante hasta el día de mi muerte. No era miedo a convertirme en una figura guatona digna representante del boterismo. No me preocupaba tener que aguantar sola el torrente de hormonas que me deprimirían, me harían sentir eufórica o me exasperarían por cualquier tontería. Lo que realmente me paralizaba de terror era la responsabilidad.
En esto no me iba a ayudar mi típica pose nihilista y autosuficiente, ni el aparentar sentir seguridad, simplemente porque no la tenía, y era lo que más falta me hacía. Pero no había nadie que me susurrase al oído que todo iba a salir bien, nadie me iba a coger de la mano cuando naciese, nadie iba a refrenar ese desmedido terror que sentía allí, frente al espejo, intentando descubrir alguna redondez significativa.
“Menuda te ha caído, baby” Pensé mientras acariciaba mi vientre, intentando que, de algún modo, llegasen mis caricias a aquel… alien, porque eso era en aquel momento.
En aquel momento, el bebé asintió. Sí, aquel pedacito de vida que no tenía forma todavía me hizo sentir algo, me hizo sentir que estaba vivo, que había asentido, que había oído mi pensamiento… ¡Y estaba siendo irónico! Vaya, un chico listo… Tal vez, no fuese tan mal la cosa, después de todo.


Cuaderno de Bitácora del Capitán de la Perla Blanca
Hectrol portafolio
Relatos de Alcoba

Habeis dicho...