Archivos para Agosto 2009

10
Ago
09

Carta de despedida

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Me voy, y tardaré en volver. Tengo las maletas en la puerta, y me paro un momento para explicarte…
Porque eres tú, y porque eres mi amiga, mi única amiga, la persona que más quiero.
Precisamente por eso, no puedo decirte esto a la cara. Te he dado mil excusas, no es que no supieras que me iba a ir, no ha sido a traición.
Es solo que te mentí en las razones. Tuve que hacerlo mirando al suelo, incapaz de enfrentar tus ojos amables y comprensivos, tan mezquino es lo que estoy sintiendo.
Necesito alejarme para curarme, como el que pilla la lepra o la gripe A, tan de moda estos días.
Estoy celosa. No, estoy dolida.  Y no debería, ya lo sé, pero es tan fácil herir el ego femenino…
Y a fin de cuentas, aunque te quiera, soy una chica, aunque a veces no lo parezca, o no lo vean.
Sí, no puedo negar que me duele veros tontear, qué le vamos a hacer. Esto no significa nada, claro. No voy a tomar ninguna medida, no lo diré en voz alta, voy a seguir como siempre.
Me alejo una temporada precisamente para poder hacerlo, ahora soy incapaz, lamentablemente.
Tres son multitud, y yo soy la que sobra en esta ocasión. Lo asumo, no pasa nada.
Tengo muchas razones para tragarme el orgullo y que nunca nadie se entere de esto.
Ser quien soy, por ejemplo. El deber y la devoción de prestar lealtad y respeto a quien amo, que no es ÉL (pongámoslo en mayúsculas, por aquello de ahorrar nombres, si te parece), aunque ya no sea como antes.
Con él me siento querida y respetada, me siento bien, tranquila y a salvo,  protegida, sin que llegue a asfixiarme.
Soy feliz, lo sabes, lo sabéis, y es perfecto, salvo por el factor “deseo”, que ha decaído de forma significativa.
Supongo que es lo que traen los años de relación, todos me lo advirtieron, y yo no quise creerlo… En fin, nos hacemos mayores, supongo.
No te creas, estoy segura de que me desea, simplemente, no sabe expresarlo. En realidad, nunca ha sabido, pero al menos al principio lo intentaba, aunque ese “principio” quede tan lejos que, por lo visto, es incapaz de recordarlo. Aprovecharé el viaje para pensar un modo de solucionar eso.
Sin embargo, ÉL… Es todo pasión. Y digo TODO. Ahí radica su encanto, que es, a la par, su mayor defecto.
Es desesperante y atrayente por igual, una adorable pared a la que gritar sin esperar respuesta.
Dijiste una vez algo, y creo que tenías razón (Para no variar, siempre la tienes, y no va con segundas, nunca podría utilizar el sarcasmo contigo). “El hombre perfecto sería una mezcla de los dos”. Je, si.
Pero lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.
Me voy sin pena, sin mirar atrás, porque hay fecha de vuelta,  porque sé que cuando vuelva podré miraros a la cara sin temor, a los tres. Tú me has enseñado a creer en mi misma, es otra de las cosas que te debo.
ÉL es mi amigo, al igual que tú. Os quiero demasiado como para estropear lo que sentimos por un ataque de absurdo orgullo herido. Es sólo una pataleta, un capricho, un “quiero entrar en el club”, no sé si me entiendes.
A pesar de saber eso, no puedo evitar sentirme herida (y triste, y avergonzada), pero sí puedo evitar que aquellos a los que quiero se sientan decepcionados, tristes… Tan heridos como yo.
Antes de despedirme, quiero que quede claro. No quiero nada con ÉL, nunca lo he pretendido, ni siquiera al principio, cuando no había nada evidente, y nadie había adoptado el papel que iba a representar en esta comedia.
Menos ahora, que los papeles ya están repartidos, que cada uno lo ha elegido, mejor dicho.
Le he dicho a él (no a ÉL, buff, esto es un lío, pero se que me entiendes. A ÉL no le he dicho nada, supongo que se enterará solito de mi ausencia, o no…) que me reclamaban en la casa de mi madre una temporada. En realidad, no voy allí, pero tranquila, estaré bien, no cometeré locuras ni excesos.
Ya he dicho que le amo, y que te (os) quiero, y esto es una cuarentena, no una fiesta loca en Ibiza, pero guárdame el secreto, ¿si?
Prometo volver, y prometo que podré volver a ser la de siempre. Tu amiga, tu hermana… Y prometo no volver a mentirte nunca más, que puede que sea lo que más vergüenza me da, puesto que es lo único que pude elegir.
Hasta pronto. Te quiero.

07
Ago
09

Cantos de sirena

Hacía frío cuando la volví a oír. El viento me azotaba la cara, el cabello se me enredaba y las olas me salpicaban furiosas, como si quisieran arrastrarme con ellas, como si me suplicasen que me adentrase en el mar helado y oscuro.
Siempre me ha gustado la playa en invierno, cuando el dorado se vuelve simple marrón, cuando el cielo es del color del plomo, cuando el azul se torna verde, oscuro, profundo, aterrador…
Es solo entonces cuando uno se puede dar cuenta de la majestad del océano, y si acaso, percibir los muchos peligros que esconden sus aguas.
Una voz rompió las ráfagas de aire y me puso el vello de punta. Era ella, de nuevo.
Una vez, de niña, la había escuchado. Todos los que vivimos en la costa, antes o después, la escuchamos.
Siempre que ella canta, alguien muere. ¿A quien le tocaría esta vez?
No sentía miedo. Caminé a través de la arena, a pesar de ella, mas bien, siguiendo su voz, su canto.
Allí estaba, sobre unas rocas. El viento también azotaba su cabello de oro, y sus pálidas manos acariciaban los de un chico, rendido a sus encantos.
Era grande, moreno, y sus ojos verdes estaban completamente perdidos en la belleza de la sirena, que cantaba con su voz dulce, confiada, con una pérfida sonrisa en sus hermosos labios.
Ese chico estaba muerto, desde hacia tiempo, pero aún no lo sabía.
Le acariciaba los pechos, cubiertos por algas y su propio cabello, de vez en cuando, y la miraba como quien mira a una diosa.
Era una diosa, no podía culparlo por ello.
Ella dejó de cantar, se limitó a emitir una suave melodía que surgía de su garganta, y sus labios se deslizaron hasta los del muchacho.
Él le acarició el cabello, la atrajo hacia si, y ella rió complacida.
Estaba bajo su influjo, no había nada que yo pudiese hacer.
Los que vivimos en la costa, sabemos de estas cosas.
Aún no sé por qué lo hice. Salí de mi escondite y me acerqué a ellos. Los ojos de la sirena me traspasaron. Eran del color del mar en verano, surcados de lágrimas saladas, a pesar de la sonrisa que adornaba su rostro. Tendió su mano, y me invitó a sentarme junto al muchacho.
“Bésale” Lo hice, claro. Él correspondió a mi beso, y su lengua sabía a mar profundo. “Túmbate”.
El chico me levantó despacio la falda, y besó mis piernas, las recorrió desde los tobillos hasta las ingles, y se detuvo ante la barrera de mi ropa interior.
“Tienes algo que yo no tengo” Susurró en un canto la sirena “tienes lo único que deseo, y que me es negado. Quiero ver de nuevo como seria ser humana, quiero oír como seria ser humana”.
Sin necesidad de una orden, el chico me besó en el cuello, y deslizó sus manos bajo la ropa interior.
Sentía la arena bajo la espalda, y su mano jugueteando entre los pliegues de mi sexo. Un gemido se escapó de mis labios, y él sonrió ante mis ojos.
Con dedos expertos hizo que poco a poco me fuese convirtiendo en agua ante la mirada satisfecha de la sirena, que apagaba mis suspiros con su canto. Tan solo el viento, su voz y la mano del chico, que entraba y salía de mi interior, que me hacía temblar de placer.
“poséela, como me poseerías a mi” Más que una voz, parecía el sonido de las olas al chocar contra las rocas, como el viento furioso que nos estaba azotando en ese mismo instante.
Él terminó de arrancar la frágil tela, y se colocó sobre mi, desnudo ya. De un solo empujón me penetró, lo sentí tan dentro que grité, de dolor, de placer, mientras la sirena le acariciaba el cabello al muchacho, sonriendo y llorando a la vez, encaramada a su roca.
Su canto nos acompañó a cada embestida, a cada sacudida de mis caderas, de las suyas, a cada movimiento de sus manos, elevando mis nalgas para poder entrar mas hondo cada vez…
Crucé las piernas en su espalda, clavé las uñas en sus hombros, y la sirena no dejaba de cantar todo el tiempo, y a cada acorde, el mar parecía más furioso, y el chico cada vez más ansioso de mi, mas sediento de sexo.
No estoy segura de cuando perdí la conciencia, pero cuando desperté estaba tumbada en la arena, sola.
A mi lado, una concha azul oscuro, con una perla negra. Me levanté, y guardé el regalo de la sirena.
No la entendía, pero puedo decir que sin lugar a dudas, la amaba. Como amo el mar, el viento y la playa.
El chico apareció dos días después, ahogado, sobre unas rocas. Estaba muerto desde hacía tiempo, y ahora se había dado cuenta.
No me sorprendió. A nadie le sorprendió. Los que vivimos en la costa, estamos acostumbrados a estas cosas.




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