18
Sep
09

Cuentos de luna (Adios)

Nueve menos cuarto, a.m. Tu figura se recorta en las escaleras de acceso al andén de la línea cuatro, como cada mañana, fiel a tu cita con la rutina.

Hoy no sonríes, no brillan tus ojos, a pesar del sol que sé que brilla afuera, en medio de un cielo azul verano. Pareces triste, enfadado, furioso, tal vez. Odio verte así, odio la idea de que esa imagen quede en mis retinas, precisamente el último día.

¿No te gustó tu cuento? ¿No te gustó mi plan o no te gustó el sentirte observado? Lo comprendo, pero debes entender que a veces hay que sentarse y prestar atención a aquello que te interesa  para escribir una buena historia.

No tengo tiempo para esto. Ella está al llegar, y yo no debo ser visible cuando eso ocurra.

Doy un paso decidido y salgo a la luz artificial de la estación de metro. Respiro, aunque me cuesta que entre el aire en mis pulmones, oprimidos, encogidos. Estás justo frente a mí, de espaldas. Desde mi posición, puedo escuchar levemente la música que emana de tus auriculares, siempre prendidos a tus oídos.

Un sobre blanco se arruga en mi  mano, se empapa un poco del sudor de la palma. Estoy nerviosa, lo reconozco, pero verte así no me lo hace más fácil, aunque sé de sobra que esto debe terminar, y tiene que ser deprisa.

Nueve menos diez. La niña de porcelana no tardará en aparecer. Trago saliva junto con el miedo a tu reacción, busco algo de valor en mi interior para dar el paso que me llevará frente a ti, para rodearte, para enfrentar tus ojos y entregarte lo que te corresponde.

Contigo es mucho más difícil que con ella. Tú conoces mi nombre, tú has hablado conmigo. Tú me has visto antes de que te entregase tu cuento. No había pensado cuanto complicaría esto el hecho de haber podido perderme en tu sonrisa, en el tono de tu voz, en la ilusión traicionera de saber que te iba a poder ver cada mañana.  

Mis pies obedecen a mi cerebro, y enfrento tu rostro sin darme demasiada cuenta de cuando ha sucedido eso.  Desafiante, sostengo tu mirada mientras te alargo el sobre hecho casi una bola en mi mano. Sorpresa, seguida de una infinita tristeza.

Eso es lo que puedo ver reflejado en tu expresión.

Es como si el tiempo se hubiese detenido, como si nadie más estuviese en ese momento en la estación, como si una burbuja nos hiciese invisibles para el resto del universo.

El pitido de un tren de cercanías me saca de mi ensimismamiento, e insisto en que cojas el maldito sobre tensando el brazo en tu dirección. Esto es más duro para mí que para ti, créeme, pero no me estropees el final. Cógelo para que pueda desaparecer de tu vida.

El gran reloj que tengo frente a mi marca las nueve menos cinco minutos. No puedo evitar mirar apremiante las escaleras de acceso, y allí está ella. Me está buscando con la mirada, con esos ojos azul cielo que parecen dotar al aire asfixiante de esa mazmorra de luz.

“Por favor” musito sin poder contener la urgencia que encierra la súplica. No quería hablar de nuevo contigo, pero no me dejas otra opción.

“¿Es un adiós? No lo quiero” murmullas sólo para que yo te oiga.

Ella se está acercando. Ya no hay tiempo. Me acerco a ti para meter el sobre por debajo de tu camiseta, engancharlo a la cintura de tus pantalones, y tu brazo me retiene junto a tu pecho.

“Esto no es justo” Apenas un hilo de voz que estrella las palabras en mi oído, y tus labios se posan sobre la flor de Lys, un primer y último beso.

En realidad, esto es perfecto. No justo, es verdad, pero sí perfecto. Cierro los ojos unos segundos, disfrutando del tacto suave de tu boca en mi piel, cuento… Uno, dos, ahora.

Te empujo, te hago rodearme con un impulso controlado, y te abalanzo contra ella, que está justo detrás de mí. Bien, no os habéis caído al suelo, pero es evidente que os habéis visto.

Aprovecho el momento de confusión para desaparecer. Bien, muy propio de mí. No me siento orgullosa, pero viéndoos juntos, tengo la certeza de que no puedo ocupar un sitio entre vosotros.

Te disculpas y la miras a los ojos. Ella te sonríe. Te devuelve el sobre que se te ha caído, y tú lo abres, claro. Aparece al fin una sonrisa en tu rostro. ¿Ves como no era tan terrible? Tan solo tres palabras. La última, la más difícil de todas. “Es ella. Adiós”.


3 Respuestas a “Cuentos de luna (Adios)”


  1. Septiembre 23, 2009 a las 12:57 am

    Me ha encantado leerte Daría. Tienes esa sutilidad mágica en tus dedos, que hacen que tus palabras se conviertan en letras llenas de vida propia, suaves y cálidas como la seda y la lana. Un abrazo. Te seguiré de cerca…

  2. Septiembre 23, 2009 a las 5:35 pm

    Es un cuento que engancha de principio a fin, tiene la magia, la sutilidad y la fuerza necesarias para meterse como una droga bajo la piel y hacer que quiera seguir y seguir leyendo… Un placer bruji :) Ya sabes tú que es de mis preferidos :)

    muaksssssssss


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