No quiero despedirme nunca.
Todo es una espiral que se repite,
y siempre estás en medio.
La oscuridad alrededor,
la luna no brilla, pero
ya lo hacen tus ojos por ella.
Da igual.
No quiero despedirme,
decir la palabra más triste,
prender un beso en tu mejilla
y volver a tragar palabras que
no deben ser dichas.
Sólo un segundo, no quiero
mirarte.
Pero mis ojos desobedientes
te siguen mientras te alejas
con esa sonrisa que me parte
el alma.
Y la voz se ha vuelto a perder
enredada en el después,
y las horas muertas me esperan
en la cama,
seguras de tu ausencia.
No hay más que decir,
si no queremos despedirnos.
Lo dejaremos para la siguiente,
si reúno el valor
de decir adiós.
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