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17
Jul
09

Promesas que no valen nada

Me acurruco en tu pecho enfermo y me dejo llevar. Sé que esto no puede durar siempre, pero, como sueles decir, hay que vivir ahora, porque igual mañana no queda nada. Me pides que escriba algo, y yo le dedico unas líneas a tus ojos azules. Me gusta tu sonrisa triste cuando me miras, siempre en una despedida.

Después de mi, sacas esa guitarra que nunca me dejas ni rozar, y recuerdas las canciones que tu creaste y otros disfrutan. No te importa. Por Eva, por Iván, por Enrique, por las ciudades inmortales que los recogerán en su seno y aplaudirán tus creaciones sin saber que son tuyas.

En noches como esa siempre pronunciamos palabras prohibidas en el tono quedo de la intimidad que dan la noche, el alcohol y la coca. Improvisas notas, y sonríes al reconocer que las promesas efectivamente no valen nada cuando nunca se ha tenido la intención de cumplirlas, y que aún así las pronunciamos para que queden volando, por si el viento a favor tiene a bien traerlas de vuelta.

Dices que no me olvidarás, que me querrás siempre, como lo que soy. Me llamas dulce princesa de cristal y te quedas tan ancho.

A veces me dan ganas de pegarte.

Al filo de las cinco, con los primeros rayos de sol, te sientes cansado y me pides un taxi. No quieres participar en la vida, prefieres esconderte en tu cueva a esperar que todo pase. Me abrazas por si acaso es la última vez que nos vemos. Me pides que piense en ti al menos una vez al mes, y no solo cuando ponga tus canciones. Y, ya en la puerta, me recuerdas que nunca me fíe de las promesas que me puedan hacer, sabiendo que no vas a cumplir las tuyas.

11
Jul
09

¿Y ahora?

De  vuelta. De nuevo. No hay modo de separar sus vidas. El corre, ella se esconde, pero siempre vuelven al punto de partida.
Él la encuentra, ella le alcanza con tan solo un saludo. Da igual el tiempo que pase, da igual que él se vaya, que ella no le espere.
Siempre el mismo punto, siempre terminan por encontrarse los ojos que nunca debieron separarse.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo aquella noche lejana, que sus cuerpos se fundieron en mil caricias, que sus labios gritaron en silencio aquello que tantas veces fue reprimido antes. Y después.
Eran jóvenes, habían bebido… Bueno, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, o al menos su verdad,  y actúan en consecuencia.
Después, echarle de menos. Después, no volver a pensar en ella. 
Pasó el tiempo de dibujar  corazones, pasó el tiempo y se hicieron mayores… Y la cortesía sustituyó a la verdad, y las miradas francas desaparecieron, poniendo como excusa el preservar el cariño.
Nunca un “te amo”, que pugnaba por salir a flote en cada roce. Nunca…
Juntos, siempre. Esa fue la promesa silenciosa de los días de parque y heavy metal. Juntos, aunque sea en la distancia.
Te prometo un pensamiento al día. Te prometo no olvidarte…
Y las promesas se rompieron, que para eso las inventaron, pero continuó el corazón dando un vuelco al pasar ante su casa, la mirada se escapaba en dirección a su ventana, aún sabiendo que no estaba allí.
Sus dedos bailaban en torno a las teclas de un teléfono móvil, sin llegar a marcar, aún sabiendo que al otro lado, se esperaba esa llamada.
Ya no más paseos por el parque, ya no más fiestas, ni atardeceres solos. Ya no más confidencias, ni más secretos románticos.
Se hicieron mayores, y el otro fue como un sueño. Un sueño de infancia que no se quiere olvidar, que no se quiere admitir, por vergüenza o por miedo al ridículo.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo cuando las miradas se encuentran, sólo cuando los labios rozan la mejilla en un saludo formal, necesitan olvidar aquellos recuerdos de atardeceres, de alcohol, de bromas, de besos inocentes, de caricias inexpertas.
Sólo queda contener la emoción, aparentar que aquí no pasa nada, que nunca se quisieron más que dos colegas de correrías cualesquiera, porque ella era de la pandilla, porque él era intocable, porque ya no están para esos trotes, porque ya son mayores.
Así que se limitan a las bromas de siempre, y no se acercan al terreno peligroso. Él no pregunta, ella no habla, y así quedan, como amigos, como siempre

08
Jul
09

rockstar

Te veo en el escenario y simplemente no puedo creer que seas tú. Chico tímido que camina mirando las puntas de sus zapatillas, que rehuye el encuentro con otros ojos, que se disfraza tras esa sonrisa nerviosa, intentado parecer un chico duro agarrado a una jarra de cerveza.

Sin embargo, ahí arriba te transformas. Es una de las cosas que me fascinan de ti.

Al abrigo de las luces, que te aíslan de las miradas que se centran en tu persona, eres simplemente el mejor.

Tus dedos se deslizan  sensualmente por el mástil, acaricias con la púa las cuerdas arrancando el gemido eléctrico que a tantas de esas chicas que te observan les gustaría emitir.

Sonríes ante cada halago que te lanzan sin perder el ritmo ni olvidar la letra, te acercas peligrosamente al abismo de sus manos alzadas para que crean que han olido tu perfume, y entonces ocurre…

Nunca sé el momento exacto en el que lo vas a hacer, pero siempre sucede. Te sientas al borde del escenario y me miras directamente a mi, envuelto en la eterna luz azul de la que siempre te acompañas para cantar nuestra canción, esa que compusimos una noche cualquiera de lluvia y cerveza en el pequeño local de ensayo, tan lejano ahora que apenas puedo recordar donde estaba.

Por un brevísimo espacio de tiempo, vuelves a ser mi amigo, y no la rock star. Por un momento, la gente a nuestro alrededor desaparece, y vuelvo a ser guitarra entre tus manos, exactamente en el segundo compás de la última estrofa, en el que la letra desapareció y la música sólo fueron nuestras respiraciones agitadas y unísonas, el calor del alcohol en nuestra sangre y el repiqueteo de la lluvia en el asfalto.

El ritmo marcado por los besos, cada vez más urgente, el acompañamiento del bajo que tus pantalones dejaron al descubierto, la puesta en escena de mis dedos, recorriendo tu cuerpo como el órgano que ahora, sutil, se oye de fondo.

Termina de golpe, como aquella noche terminamos en un suspiro. Termina con ese golpe de guitarra que rasga el ambiente, sin previo aviso, que deja a la gente con ganas de más, como nos quedamos nosotros.

Tus manos como garras clavadas en mis hombros, mis brazos y mis piernas rodeándote, mis dientes en tu cuello y el sabor amargo del último beso que nos dimos resuena con ese último acorde cortante.

Es la única vez que lo recordamos. Somos amigos, no podía ser, pero esa canción no nos la puede negar nadie, porque nadie más que tu y yo conocemos su origen.

Me sonríes antes de que se vuelvan a encender las luces, y cada vez que lo haces, sé que nunca me olvidarás, incluso cuando consigas realizar tu sueño, cuando dejes de tocar en pequeños bares y te alejes de mí.

Cuando dejes de ser mi amigo y solo quede la rock star.




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