La escucho, una y otra vez. Sus notas tristes, melancólicas me han acompañado tantas veces…
Me he imaginado mil historias con esta banda sonora, y ahora no soy capaz de recordar ninguna. ¿Qué mas da? Ella cuenta su propia historia, que es la misma que la mía.
Sábado noche, de paseo por la ciudad.
Invierno, abrigo largo y labios rojos. De luto, aparentando ser la mejor, sintiéndome a cada paso un poco más desgraciada.
Cosas de la juventud, que se le va a hacer.
Luna de hielo que nunca sonreía, y cerveza a mansalva. Un trago, una preocupación menos.
Una mirada que cruza el bar, indiferencia fingida. Ese era el juego.
Dos ojos que se iban tras los besos perdidos, una piel que deseaba ser deseada, y al final, todo dependía de cuanto se había bebido.
La compostura lo era todo, la princesa de la oscuridad… Por suerte, ya no es así.
Pero me sigue embelesando esta canción, y lo que tal vez eche más de menos sean esos paseos en solitario por la ciudad a medianoche, esa sensación de que nada malo puede ocurrir si llevas a alguien cantando en tu oído, que la oscuridad de los callejones no es tan terrible, que las luces te arropan, que la humedad te acaricia los huesos y el aire frío te besa y que, después de todo, no estás caminando tan solo..
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Promesas que no valen nada
Me acurruco en tu pecho enfermo y me dejo llevar. Sé que esto no puede durar siempre, pero, como sueles decir, hay que vivir ahora, porque igual mañana no queda nada. Me pides que escriba algo, y yo le dedico unas líneas a tus ojos azules. Me gusta tu sonrisa triste cuando me miras, siempre en una despedida.
Después de mi, sacas esa guitarra que nunca me dejas ni rozar, y recuerdas las canciones que tu creaste y otros disfrutan. No te importa. Por Eva, por Iván, por Enrique, por las ciudades inmortales que los recogerán en su seno y aplaudirán tus creaciones sin saber que son tuyas.
En noches como esa siempre pronunciamos palabras prohibidas en el tono quedo de la intimidad que dan la noche, el alcohol y la coca. Improvisas notas, y sonríes al reconocer que las promesas efectivamente no valen nada cuando nunca se ha tenido la intención de cumplirlas, y que aún así las pronunciamos para que queden volando, por si el viento a favor tiene a bien traerlas de vuelta.
Dices que no me olvidarás, que me querrás siempre, como lo que soy. Me llamas dulce princesa de cristal y te quedas tan ancho.
A veces me dan ganas de pegarte.
Al filo de las cinco, con los primeros rayos de sol, te sientes cansado y me pides un taxi. No quieres participar en la vida, prefieres esconderte en tu cueva a esperar que todo pase. Me abrazas por si acaso es la última vez que nos vemos. Me pides que piense en ti al menos una vez al mes, y no solo cuando ponga tus canciones. Y, ya en la puerta, me recuerdas que nunca me fíe de las promesas que me puedan hacer, sabiendo que no vas a cumplir las tuyas.
¿Y ahora?

De vuelta. De nuevo. No hay modo de separar sus vidas. El corre, ella se esconde, pero siempre vuelven al punto de partida.
Él la encuentra, ella le alcanza con tan solo un saludo. Da igual el tiempo que pase, da igual que él se vaya, que ella no le espere.
Siempre el mismo punto, siempre terminan por encontrarse los ojos que nunca debieron separarse.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo aquella noche lejana, que sus cuerpos se fundieron en mil caricias, que sus labios gritaron en silencio aquello que tantas veces fue reprimido antes. Y después.
Eran jóvenes, habían bebido… Bueno, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, o al menos su verdad, y actúan en consecuencia.
Después, echarle de menos. Después, no volver a pensar en ella.
Pasó el tiempo de dibujar corazones, pasó el tiempo y se hicieron mayores… Y la cortesía sustituyó a la verdad, y las miradas francas desaparecieron, poniendo como excusa el preservar el cariño.
Nunca un “te amo”, que pugnaba por salir a flote en cada roce. Nunca…
Juntos, siempre. Esa fue la promesa silenciosa de los días de parque y heavy metal. Juntos, aunque sea en la distancia.
Te prometo un pensamiento al día. Te prometo no olvidarte…
Y las promesas se rompieron, que para eso las inventaron, pero continuó el corazón dando un vuelco al pasar ante su casa, la mirada se escapaba en dirección a su ventana, aún sabiendo que no estaba allí.
Sus dedos bailaban en torno a las teclas de un teléfono móvil, sin llegar a marcar, aún sabiendo que al otro lado, se esperaba esa llamada.
Ya no más paseos por el parque, ya no más fiestas, ni atardeceres solos. Ya no más confidencias, ni más secretos románticos.
Se hicieron mayores, y el otro fue como un sueño. Un sueño de infancia que no se quiere olvidar, que no se quiere admitir, por vergüenza o por miedo al ridículo.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo cuando las miradas se encuentran, sólo cuando los labios rozan la mejilla en un saludo formal, necesitan olvidar aquellos recuerdos de atardeceres, de alcohol, de bromas, de besos inocentes, de caricias inexpertas.
Sólo queda contener la emoción, aparentar que aquí no pasa nada, que nunca se quisieron más que dos colegas de correrías cualesquiera, porque ella era de la pandilla, porque él era intocable, porque ya no están para esos trotes, porque ya son mayores.
Así que se limitan a las bromas de siempre, y no se acercan al terreno peligroso. Él no pregunta, ella no habla, y así quedan, como amigos, como siempre