“¿Te gustaría tener sexo ahora mismo?” La pregunta la cogió por sorpresa, no era una pregunta que se pudiese hacer así, a la ligera, sin más.
Estuvo tentada de colgar el teléfono, pero una necesidad imperiosa de ser sincera la obligaba a permanecer en la línea.
Él esperó pacientemente al otro lado, escuchando el silencio, hasta que ella se decidió al fin a susurrar un “si”.
“Escríbemelo”.
“No es tan grave” pensó ella al colgar suavemente el auricular “No es nada malo”
“Piensa en mi. Piensa en un lugar, en una situación que lo propicie. Piensa que, de un modo u otro, yo estaré contigo a cada palabra que escribas, y que, cuando al fin lo lea, tendrás el mío de vuelta”
“No voy a ser capaz…”
“Deja que te guíe lo que sientes. Quiero leerlo, y saber como habría sido”
El silencio llevó a la noche de la mano. Ella no se había movido del sofá desde que se cortó la comunicación.
Paralizada en la penumbra, su cabeza funcionaba a dos mil por hora. Tantas veces lo había deseado…
Pero nunca se había atrevido a imaginarlo.
“Que escriba… ¿qué?” Murmuró casi con desesperación.
Cuando se levantó ya había anochecido completamente. Se dirigió a tientas a la habitación. No quería que la luz deshiciese el nudo en el estómago, que borrase la duda, porque, mientras existiese la duda, cabía la posibilidad.
“Que escriba… ¿Qué?”
Se tumbó en su cama, incapaz de cerrar los ojos.
“Quiero leerlo y saber como habría sido”. Las palabras aún flotaban en sus oídos.
“¿De veras?
En una habitación de hotel, sin miedo y sin nada que perder. Sin charlas banales ni copa de preparación.
Sin excusas.
¿Me deseas? Sí, yo a ti también. Eso es todo lo que nos debe importar esta noche. Quiero perderme en tus ojos, profundos y misteriosos, y apenas notar como te acercas hasta mi. Quiero perderme en tus ojos, y apenas notar cuando tu boca ha hecho presa de mis labios.
Tu aliento, ardiente, me quema y me atrae, como aquello que nunca debió ser probado. Tu olor, a madera y a tabaco, a perfume y a deseo, se instala en mí para siempre, que es esta noche.
Tus dedos se entrelazan con los míos, tu lengua se entrelaza con la mía, y de ahí al cuello hay un paso, y de tus manos a tus caderas, otro.
Te agarro, me agarras, nos aproximamos y quedamos separados tan solo por la tela de nuestra ropa, que ya molesta.
Te deseo, me deseas, y la piel grita que quiere saciar su sed.
La camisa se te desliza por el torso, mi vestido cae, resbala por mi cuerpo, y tu ansiada boca lo sigue de cerca, marcando el camino, desde el cuello hasta los tobillos, donde ahora se arremolina.
Besas cada centímetro, besas mis pechos, mi vientre, mis muslos… Vas cayendo de rodillas frente a mí, y yo te acaricio el cabello, te acompaño en tu viaje.”
Se deshizo del breve camisón sin levantarse de la cama, como una serpiente que muda la piel. Se acarició levemente, casi con vergüenza.
“Yo estaré contigo a cada palabra que escribas”…
“Tumbados en la cama, no importa como llegamos allí. Desprovistos de la ropa y del qué pasará mañana. Tu boca me sonríe un instante, refulge en la oscuridad, dispara desde tus dientes la poca luz que puede haber en la habitación y desciende por mi cuerpo, que yace bajo el tuyo.
Las piernas, flexionadas y expectantes, recogen tu cabeza entre ellas. Tu aliento entre los labios, me besas en el lugar prohibido, en donde nunca llegarán en la realidad que nos envuelve.
Lames el flujo que empieza a salir, aferras mis caderas, que empiezan a moverse deseando más, despertando de su letargo.
Saboreas cada pliegue, cada oquedad, la rellenas con tu lengua nerviosa, penetras brevemente y vuelves a acariciar.
Tu saliva se mezcla con el agua en la que me estoy convirtiendo, y a cada movimiento, expandes una ola de calor desde la vulva hasta el vientre, que sigue un camino indefinido hasta llegar a la garganta, y allí, se convierte en un gemido que rompe el silencio.
La presión de tus manos debe ser mas fuerte a cada segundo, debes parar el impulso de mi cuerpo que te busca, y te noto sonreír en el segundo precedente a la primera explosión, que controlo bien clavándole a la almohada las uñas.
Vuelves pausado a la posición anterior, rozando despacio tu piel con la mía, empapándote con mi sudor, y vuelvo a encontrar tus ojos en medio de la noche, mirándome atentos, casi expectantes, y me sonríes con ellos, y se que es mi turno”
Ella se descubrió entonces con la piel empapada en sudor, con la mano en su sexo, y los dedos allí donde debería haber estado su lengua.
Se descubrió con las piernas muy abiertas, casi oliendo aquel perfume que tan bien conocía, casi notando el calor de alguien más a su lado.
¿Qué quería hacer ahora?
“Me adueño de tu cuerpo. Subo sobre él. Ahora ya no es de tu propiedad. Sentada a horcajadas sobre ti, muerdo tu cuello, acaricio tu espalda.
Estás sentado al borde de la cama, y yo sentada sobre ti te devoro poco a poco, te saboreo poco a poco.
Tu piel, que ya no es tuya, sino mía, se eriza al contacto de mi lengua con tu cuello, de mis dientes en el lóbulo de tu oreja, de mi aliento tras él, de mi sexo contra el tuyo.
Dibujando círculos con las caderas, te rozo de vez en cuando, y a cada roce, te vas poniendo duro, quieres aprovechar para penetrarme, pero, amigo, aún no ha llegado el momento.
Caes suavemente de espaldas sobre el colchón obedeciendo a mi mano que te acompaña en el trayecto y caigo contigo, cubriéndote, y me doy un festín con la piel de tu pecho, que alberga una respiración cada vez mas acelerada.
Tu polla en el umbral, sin llegar a penetrar, palpita, se enerva, se endurece furiosamente bajo mi sexo, y te coges a mis nalgas como quien se agarra a un salvavidas.
La fricción con mi vulva te empieza a resultar dulcemente insoportable, así que, levantándome un poco, la encajo de golpe dentro de mí, arrancándote un gemido, obligándote a hacerme daño al agarrarte más fuerte a mi piel desnuda.
Permite que me apoye en tu pecho, no cierres los ojos. Permite que me vuelva a perder en ellos mientras me muevo, de arriba abajo ahora, dibujando círculos después.
Despacio, sin prisa.
Quiero notar como palpitas en mi interior, como rozas las paredes de mi vagina a cada movimiento.”
Con el índice y el anular dentro de su cuerpo, ella se retorcía en la cama. Con la mano libre sobre sus pechos, ella podía ver a través de sus ojos cerrados los ojos profundos y tranquilos que tan solo había visto una vez en su vida.
En un gemido pronunció su nombre, y el deseo de que estuviese con ella se materializó al fin.
Ya podía dejar de temer el propio juicio, ya no le importaba lo que su mente pensase de su pasión. Ahora todo era uno, y deseaba a aquel hombre como nunca había deseado a nadie.
“Ahora, tu cuerpo te vuelve a pertenecer, y desea más. Me arrancas de ti y, casi con violencia, me arrojas a tu lado, en la cama. De rodillas, dándote la espalda, me ases de nuevo por las caderas y me vuelves a penetrar.
Tu peso cae sobre mi espalda, tus embestidas nos hacen gritar a ambos. Tus manos dejan marca en mi piel.
Pero solo puedo notar tu polla entrando furiosa en mí, en busca de lo prometido, y chocando contra el fondo de mi vagina, y tus caderas chocando contra mi culo, y el orgasmo que llega, acompañando al tuyo.
Al fin, te derramas en mi interior, y caes de espaldas en el colchón, arrastrándome contigo.
Aún no he decidido si quiero dormir contigo, porque eso significaría tener que pensar en mañana, y eso es precisamente, lo que ninguno de los quiere”
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“Lo tengo, claro que lo tengo” Su voz sonaba segura, aunque le temblaban las rodillas. Le notó sonreír al otro lado del teléfono.
“¿Lo has escrito? ¿Me lo darás?”
“Algún día”
“Lo entiendo”
“¿Y tú? ¿Lo has escrito?”
“Si”
Cuando colgó el teléfono, decidió que ya estaba bien, que ya no había de qué preocuparse.
Él le iba a acompañar siempre en cada palabra que escribiese, que siempre que contase una historia, iba a ser para él, y con eso, era más que suficiente.
Con eso, se cumplía la promesa silenciosa, se cerraba el pacto, aunque se saludasen con dos besos cuando se encontrasen, aunque fingiesen la más absoluta indiferencia o la más férrea de las amistades.
Guardó el texto en una carpeta protegida en su portátil, y decidió que aquella noche era la primera de muchas otras, y que no había más tiempo que perder.
Habeis dicho...