Un muro

La voz fluye. Da igual lo que digas, tu voz reverbera en las paredes, y casi se hace oír a kilómetros de
distancia.

Sigues hablando, no dices nada, pero sigues haciendo que tu voz no descanse. Es tan fatigoso… No piensas
lo que dices, o lo piensas tan rápido que es como si no lo pensaras.

Las palabras pierden sentido y no sé si debería
contestar o quedarme callada mirándote, intentando saber qué me estás diciendo.

Estás tras un muro, te veo, pero algo nos separa, aunque  tu voz
implacable sigue atronando y acelerando mi pulso.

¿En qué momento perdiste el sentido? ¿En qué momento lo perdí yo, en todo caso? No te entiendo, pero
debo reconocer que me gusta cómo te mueves tras el cristal que nos distancia.
Me gusta tu sonrisa, aunque pocas veces me la dediques ya.

Quisiera silenciarte.
Poner mis labios sobre los tuyos, y comprobar que no mientes, que realmente
sientes lo que dices, pero es difícil.

Economía, política,sociedad… Eres como un periódico, impersonal, lleno de palabras que no puedo, o
no quiero entender, porque no es eso de lo que quiero hablar.

Me gusta el sexo.

Quiero hablar de sexo contigo. Quiero que derribes la pared y me hables de orgasmos,
de lo buena que estoy y de lo que me vas a hacer. Quiero que lo hagas sin pedir
permiso, porque hace tiempo decidí ser tuya, pero también puedo decidir lo
contrario, porque la elección es posible, siempre.

Quiero que subas mi temperatura corporal con esa voz atronadora, sin tocarme, que me obligues a
querer seguir aquí, dispuesta a casi todo. Quiero que las ganas de tenerte me
duelan, pero no de esta forma.

Me gustaría que disfrutases de este cuerpo, que sólo quiere que lo acaricies. Me gustaría que me dejases
disfrutar de tus manos recorriendo cada centímetro de mi piel, verte sufrir
porque se acaba mi anatomía y no sabes dónde vas a posar las caricias que te
quedan.

Quiero esas miradas de deseo contenido en medio de la calle, y que me susurres al oído lo que te
gustaría follarme en medio de la calle, ahí mismo, sin importar quién o qué
esté mirando.

Pero sigues el día a día.
Sigues enfadándote por cosas a las que yo no concedo importancia, sigues
diciendo que me quieres como el que desea buenos días a su jefe. Sigues con tus
bromas, con tus máscaras, tras tu pared de cristal.

Continúas poniéndome al día de cualquier cosa que te pasa por la cabeza, aunque no me importe, y tu voz
sigue chocando contra mi cerebro, contra mis ganas de ti, dejando cada vez más
claro que lo único que importa es que se te oiga .

Negación

El corazón latiendo fuerte.

¿Qué es lo que ocurre? Se mira en el espejo y no se ve. No, esa persona no es ella. De ningún modo.

Es esa extraña sensación de nuevo.” ¿Qué es lo que he dejado por hacer, o qué es lo que he hecho de más?” se pregunta angustiada, mirando alrededor, como si los muebles, o el silencio, o la soledad del momento pudiesen ofrecerle una respuesta.

Música. Sí, la música apacigua a las fieras, y necesita domarse de nuevo.  ¿Pero cuál ha sido el exceso? ¿Tal vez hablar demasiado? Sí, tal vez, da igual…

Música. Música suave, envolvente.  Tal vez sea bueno dejar que ahora sea esa voz la que tome el control.

Se cierran los ojos casi involuntariamente y deja caer ese cuerpo que por alguna razón no le pertenece esa mañana sobre el sofá del salón, frío e impersonal. 

Hay que domar el pánico, hay que volver a tomar las riendas de la situación de nuevo. No hay nadie enfadado, no ha hecho nada… ¿O sí lo hizo?

Respira. Hay que obligarse a seguir respirando a pesar de la opresión en el pecho. ¿Qué es eso tan malo que hiciste, niña?

La respuesta sale por si sola de los labios entreabiertos de la imagen del espejo que se niega a desaparecer. Y entonces recuerda, allí, en la oscuridad del salón, con la música de fondo. Está volviendo a sentir algo más. Algo que no hubiese debido, algo que se prohibió hacía demasiado tiempo.

Sentir demasiado no es bueno, esa es la prueba.

¿Y ahora qué? Hay que desprenderse de ese trozo de humanidad que se le ha pegado y que no le pertenece. Ella no es así.

Control.  Ella siempre observa y nunca toma partido. Ella es así porque así es como debe ser.

Ha pasado tanto tiempo modelándose, privándose de hablar, de reír… Siempre en pro de una imagen que ahora la mira acusadora desde el espejo como una prisionera. ¿No era esto lo que ambas decidieron? Seriedad, responsabilidad y corrección. ¿No había sido ese el trato?

Un desliz. Sólo había sido una pequeñísima equivocación sin trascendencia. Sólo fue un baile en una pista colgada de su cuello. Luego una sonrisa, un “gracias” y la noche siguió como si nada.

Pero sí había pasado algo, ¿verdad? En cada nota estaba el olor que se desprendió de la base de su cabello, podía notarlo allí mismo, en el salón, escuchando la misma canción una y otra vez.

El calor de su piel a través de la ropa húmeda, el aliento cálido de que se escapaba de sus labios y correteaba buscando un lugar entre los cuerpos pegados donde esconderse para siempre, buscando no ser olvidado.

Se levantó de golpe y se enfrentó a sí misma. Olvídalo. Esa no eres tú.

Se dio la espalda una vez más, se metió bajo la ducha y dejó que el agua se llevase las ganas de recordarle, dejó que arrastrase el nuevo significado que había adquirido un nombre que ya conocía de antes, que desapareciera su olor y cualquier recuerdo que no pudiese controlar. 

Y cuando al fin se fue a su dormitorio para ponerse el disfraz de todos los días, ignoró la pequeña lágrima que se escapó de su reflejo, convenciéndose una vez más de que era lo mejor.

 

Dime que me quieres

No te enfades conmigo, no me mires con ira… Dime que me quieres.
Si te paras a pensarlo, no es tan grave, se lo merecía y lo sabes. Abrázame, y haremos que pase.
No soy cruel, soy valiente. No debes asustarte. Todo se arreglará, ahora me toca a mi cuidarte.
Su sangre corrió, nos salpicó, pero no hay mancha que te obligue a culparte. Tenía que haber pasado antes…
No me lo tengas en cuenta, sigo siendo yo, era el único modo de librarse. La única forma de que no gritase, de que dejase de pegarte.
Se lo buscó durante años, el miedo se convirtió en rabia, la rabia en sangre, y casi sin querer, ahora en el suelo yace ese hombre que casi nos mata a golpes.
Madre, no te enfades conmigo, dime que todo saldrá bien, que al menos estamos vivas… Dime que me quieres.