A veces sucede… ¿Cómo explicarlo? A veces, sólo a veces, me descubro pensando cosas por las que debería avergonzarme.
Hay ocasiones extrañas, momentos en los que se conecta con la esencia más íntima de nuestro ser que pugna por salir, por demostrar que existe, que no somos perfectos.
Hay que ver lo que jode cuando eso pasa, sin ni siquiera tener la excusa de ir borracho.
En esa primera hora de la mañana, aún entre el sueño y la vigilia, cuando el cuerpo se está despertando, me vienen a la cabeza imágenes extrañas. Una piel suave que me acuna, que huele a madera de roble antiguo, unos ojos penetrantes que casi sonríen, que indudablemente se alegran de verme.
No es real, no debería serlo. Tendría que empezar a soñar con otras cosas más legítimas, cosas que no me fueran a meter en un lío existencial de agárrate y no te menees.
Yo, educada para ser toda una dama de la era moderna, soñando con fantasmas de manos grandes y ásperas, de lengua suave que escribe sonetos extraños en mi vientre con una lengua dulce y golosa. Imaginando unos labios suaves enmarcados en una barba de dos días de chico malo mordiendo con avidez mi blanco y casto cuello.
Bueno, no tan casto, al parecer.
El caso es que creo que he visto antes a ese espíritu en algún lado antes. No puede ser que mi probo cerebro haya parido sin más imágenes tan vívidas de alguien que no haya existido nunca.
Alto, de cabello negro y corto, muy corto. Piel tostada por el sol, ojos verdes que taladran el alma, rostro casi inexpresivo, que se ilumina cuando aparece una sonrisa traviesa, y malintencionada casi siempre.
¿Dónde diablos le he visto antes? ¿Con qué permiso se cuela en mis sueños y me turba de este modo?
Espero poder evocar cuando y quien, utilizaré el arma más poderosa que tengo a mi alcance para recordar, las letras son mis aliadas. Juntas exorcizaremos a este duende malévolo en pos de recobrar la razón y el juicio.
Archivo de la etiqueta: Crónica
Déjame
No me hables, no tengo el día de asentir y sonreír. Sí, ya sé que últimamente no lo tengo nunca. Son rachas, eso lo sabes también.
Que no te extrañe que no te abra una ventana, en el Messenger o en la calle. Estás tan cerca, y sin embargo…
En fin, son cosas que pasan, tampoco quisiera pagarlo contigo, por eso declino todas tus invitaciones. No, no quiero una cerveza al atardecer, no quiero ver como el sol se esconde tras de ti, dotándote de esa aureola alrededor de tu silueta.
Es un fundido en negro, y nunca te han sentado bien.
No me pidas que te cuente nada, no me cuentes nada. No quiero saber como te va, sé que solo me vas a contar cuanto la quieres, el mal sabor de boca que te deja discutir con ella o no poder olerla todas las noches.
Lo sé, no quiero que me lo repitas. Sé por lo que estás pasando, yo lo pasé antes, no en vano te llevo tres meses de ventaja en todo.
Sé aprovechar el tiempo.
No me hables, no me llames, no quiero…
No es que me hastíes, no es que ya no te quiera, eso nunca podría pasar. Es solo que no tengo el día, un día mas.
No, no puedes hacer nada por mi, igual que no yo no puedo ayudarte, no en eso. No me va a servir para estar mejor tu sonrisa familiar, ni el calor de tu cuerpo, ese que te empeñas en transmitir en cada abrazo, en cada roce casual.
No es cuestión de peli y pizza, no es cuestión de un paseo, no es cuestión de pillarla una noche.
Estos males se curan solos, en soledad, valga la redundancia. No estoy mal, no estoy triste, y sobre todo no es por tu culpa.
Déjame, solo eso. No me eres necesario, ahora no. Tampoco puedo ayudarte, así que soy igual de prescindible para ti que tú para mí.
Ya pasó la época donde todo se pasaba pillando una turza y echándonos a dormir en tu cama. Ya pasó la época en que ambos éramos felices escuchando Metallica y leyendo comics de Lobo.
Ya pasó la época donde parecía que todo iba bien si nos veíamos reflejados el uno en los ojos del otro.
Ya pasó la época de los enfados cuando uno de los dos conseguía ligar con otro. Me alegro por ti, solo puedo desearte suerte, y que tengas paciencia. Ella está en la otra punta de este país, reprime tus instintos para con cualquier otra hembra y todo irá bien.
Pero yo no tengo el día de dar consejos, no tengo el día de aguantar los problemas de los demás, tú incluido.
No me hables, no digas nada.
Te quiero, eso no va a cambiar nunca, pero ahora déjame. Ahora me toca desaparecer a mí, ahora soy yo la que reclama el ser invisible para ti.
Supongo que ya nada volverá a ser como antes, nos hacemos mayores, la vida cambia… Te eché mucho de menos, pero ya está. Ya no te necesito. Llegaste tarde, como siempre, es tu gran defecto, y eso a veces se paga.
Nada, tengo un mal día. Sólo la promesa de que ya hablaremos como tenemos que hablar, tú ya me entiendes.
Tú siempre me has entendido, o eso creía yo.
En fin… Supongo que esto es todo, de momento.
Hacerse mayor

Mirada de 180º alrededor, el último vistazo a la habitación que la vió crecer, que la acogió en la cuna de pequeña, que se llenó de peluches suaves, que recibió a su primer novio, del que aún guardaba alguna foto, en algún lugar…
La maleta cerrada sobre la colcha que tanto se había empeñado en comprar, azul, porque rosa es de niñas, y ella ya no era una niña, claro. Es lo que siempre se dice para justificar que no podemos seguir teniendo pataletas y que llega una edad en que comer un chupa-chup es provocativo.
Qué cosas.
El billete de tren en su bolso, su figura larga en el espejo parece decirle adiós. Ya no volverá, ya nunca más será la chica que sale hoy por la puerta, por muchas veces que vuelva a casa, ya nunca más será SU casa.
Fuera, un mundo enorme y cruel a veces, y ella se siente como una hormiga sobre unos tacones que aún le vienen grandes. Con un poco de suerte, siempre será así. Con un poco de suerte, nunca dejarán de gustarle los peluches.
Ya hizo todo lo que tenía que hacer allí. Estudió, rió, lloró y perdió la virginidad y la vergüenza, aunque eso de “la primera vez” siempre se repita, por mas que la gente diga que no.
Siempre reclamando la libertad, y ahora la libertad la asusta, pero la sigue deseando, así que respira hondo y sale arrastrando la maleta.Sus padres no están, como siempre, tienen cosas que hacer. Les llamará en cuanto llegue. No importa, es mayor.
(Os echo de menos, como siempre…)
Temblando, llega hasta el taxi, que la espera en la puerta. Respira hondo, mira una vez más hacia el portal que tantas veces la vió jugar a la cuerda con sus amigas, que la acogió alguna que otra noche con algún que otro chico, que la abrazó cuando llegó hasta él llorando porque ese chico se fue.
Se despide en silencio, con una sonrisa triste. Se aleja en el taxi, camino a su temida libertad, ahora que los vestidos de mamá le vienen cortos y tiene maquillaje propio. Ahora que ya no necesita a papá para montar en bici.
Se aleja para ser mayor, porque es lo que tiene que ser, y aunque ahora duela un poco, intentará que valga la pena.