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15
Sep
09

Cuentos de luna (Tercero)

 

Horas bajas. Me encierro en casa y no quiero pensar en nada ni en nadie. La pluma permanece estática sobre el papel en blanco.

 Hace tres días que no me acerco por la estación del metro, hace tres noches que no voy al local que ella frecuenta a la salida del trabajo. Hace setenta y dos interminables horas que no pruebo bocado.

Temerosa de enfrentar sus ojos ahora que me conocen, ahora que han leído sus cuentos de luna.

Me encuentro mal. Débil, paralizada por el pánico, asqueada de mi propia cobardía. Necesito tumbarme. Necesito tranquilizarme.

Imagino su sonrisa perfecta, enmarcada en esos labios rojizos y carnosos. Se me aparece el brillo de esos ojos almendrados que me obsesionan, refulgiendo a la luz del sol un segundo antes de descender por la boca del metro.

No, no quiero verles, pero se meten en mi cabeza, y les deseo más que nunca. Veo con toda claridad esas pequeñas manos blancas de largas uñas nacaradas sacar poco a poco la enorme camiseta blanca, arrugando los bates de béisbol cruzados que lleva impresos. Veo con toda claridad esas manos grandes y morenas acercar a su torso desnudo la frágil figura de curvas deliciosas, unir sus labios a los de ella, acariciar su larga melena de sol y cobre.

Sonrío después de tres días.

Da gusto verles así. Cierro los ojos e introduzco un nuevo personaje en la escena. Una sombra silenciosa sentada en un rincón de la habitación en penumbra, con las piernas replegadas sobre el pecho, con los brazos abarcando las rodillas, observando extasiada, perdida en la belleza de la acción, embriagada por el perfume que emana de esa piel caliente, excitada, de dos cuerpos que se rozan, que se abrazan, que se exploran despacio, con candencia, con alevosía, con toda la intención de hacer durar ese encuentro hasta el infinito.

En una caricia, un fino tirante se desliza por el hombro, dejándolo desnudo, a la merced de una boca hambrienta que se lanza a lamerlo, a morderlo como si se tratase de fruta madura. Sube despacio hacia el cuello de cisne blanco, que de echa hacia atrás dejando vía libre a esos labios golosos y rudos. Desde mi posición puedo observar una mano que se desliza por la cintura, buscando el borde del vestido para colarse bajo él, ardiendo en ganas de acariciar la piel de seda que esconde. Cae de rodillas frente a la diosa de marfil y sol, rendido de deseo, casi suplicante, se abraza a sus largas piernas, ella le acaricia el cabello negro y espeso, dándole así el permiso que él necesitaba.

Se agarra a su trasero perfecto como quien se agarra a un salvavidas, y su cabeza desaparece tras la tela negra que apenas cubre aquel cuerpo de chica diez. Ella entreabre sus labios, dejando escapar un suspiro al notar el aliento húmedo, caliente entre sus piernas. Sus delicadas facciones se crispan cuando empieza el juego, él la besa, busca, penetra con su lengua en la cavidad sagrada que esconden sus piernas.

Ella intenta separarse en un acto reflejo, él la atrae hacia sí amarrándola por el trasero. Sale un grito de su suave garganta, pronuncia un nombre que solo escuché una vez, en una de nuestras cortas conversaciones de desconocidos en un andén, y él sabe que está preparada. Sale de su escondite, la empotra contra la pared.

 Separa sus piernas, y deja caer su pantalón con una celeridad y una maestría inauditas. Sólo necesita levantar su falda para penetrarla de una sola embestida. Emite un gruñido al notar la humedad envolviendo su polla, la justa estrechez de la cavidad que le acoge, y ella gime, haciendo fuerza con las manos para no golpearse con la pared. Empuja hacia atrás para sentirlo más hondo si cabe.

Él la atrae hacia sí para complacerla, para complacerse, y juntan las caderas en una perfecta sincronización, en un baile que parece, hayan practicado toda la vida. Las manos de él se crispan sobre las redondas caderas cuando se corre con un gemido profundo, y luego caen abrazados sobre una cama cubierta de terciopelo negro.

 Solo entonces reparan en mi presencia.

No, no me miréis… Yo no debo de ser más que una sombra, la narradora de esta historia inventada de dos personas que no se conocen. Sólo un punto de unión, una mota de polvo en el ambiente, uno de los suspiros que lanzáis entre caricias y besos. En realidad, soy insignificante ante vuestro brillo…

No, no me invitéis a compartir las sábanas con vosotros. Yo desapareceré como la luna desaparece a la luz del sol, y os velaré cada noche, y escribiré sobre vosotros. Claro que deseo sentir vuestra piel sobre la mía, vuestros labios rozando cada milímetro de mi cuerpo, vuestra saliva, el olor acre a sudor y sexo empapándome, pero no es mi lugar.

Me levanto, me acerco despacio y me arrodillo en la cama. Enfrento vuestros ojos, y os acaricio el rostro.

 Solo un beso, es lo único que puedo permitirme.

Degusto los suaves labios rojizos, acaricio despacio sus dientes perfectos con la lengua, exploro cadenciosamente el interior de su boca. El dulce sabor me inunda, y siento la respiración calmada en mi nuca de otros labios que también desean ser besados.

Unas manos fuertes asen mi cintura y una lengua dibuja círculos en torno a la flor de Lys de mi cuello.

 No, esto no debería estar pasando. Yo sólo deseaba escribir para vosotros, quería regalaros unas historias que cambiasen vuestras vidas, que borrasen tu inseguridad y tu hastío, quería que tus ojos refulgiesen sin necesidad de sol, que os sintieseis deseados, conscientemente, y os recreaseis en ello. No quería sentir nada, quería mantenerme al margen, no quería sentir esto…

Se clavan unos dientes en mi cuello, y las manos agarran mis pechos. Ella sonríe pícara al separar su cara de la mía y araña con sus uñas nacaradas mis muslos, descubiertos al echar mi cuerpo hacia atrás. Me recuesto sobre el hombro de él, y esos dulces labios que besaba hacía un segundo se cuelan bajo la falda, pasean por mi vientre, sus manos acarician mi espalda arqueada mientras unos labios ávidos buscan el lóbulo de mi oreja.

Al fin me siento libre de la presión en mis pechos sólo para sentirme empujada a la colcha de terciopelo. Ella me acaricia el cabello mientras él termina de subir el vestido hasta la cintura. Me susurra que me levante, y yo obedezco.

De espaldas, termina de dejar al descubierto mi trasero, que separa despacio para alojar allí el glande. La ninfa de porcelana sabe bien lo que va a hacer, resbala bajo mi y agarra el clítoris con su boca. Mis manos se crispan, agarran la tela que cubre la cama al notar su aliento cálido, al notar cómo el estrecho agujero se va a adaptando a cada centímetro que se va introduciendo en él.

Dolor y placer se unen, forman un grito que se queda bloqueado en la garganta. Siento unas uñas largas clavarse en mis muslos, una fuerza me obliga a estar quieta mientras unas caderas me golpean el trasero, y al fin me corro en un gemido largo, profundo.

De mi ano sale líquido caliente, y veo la cara de satisfacción de mi niña de sol, limpiándose la boca con el dorso de la mano, como si estuviese eliminando restos de helado que ha comido a escondidas de mamá.

Abro los ojos. Estoy sola, tumbada en el suelo de mi habitación. La tinta forma el título, “Tercer cuento de luna”.

No.

No quiero sentir nada por ellos, nada más de lo que he imaginado, y sin embargo, mi mano danza sola por la extensión de la hoja en blanco. Esta noche contaré nuestra historia, la de los tres, y sólo quedará darle fin a toda esta locura. Un solo cuento más y no volveré la vista atrás nunca.

04
Sep
09

cuentos de luna (primero)

 

Te busco con la mirada. De hoy no pasa, aunque no te conozca. Ya sabes aquello de que todo tiene remedio excepto una cosa, y aún nos queda demasiado para llegar como para preocuparse de eso.

Como cada día, te veo esperar paciente el metro, distraído en tu mundo, perdido entre las notas que deben salir de los botones que siempre llevas prendidos en tus oídos.

Echo un último vistazo a lo que apunté anoche. Estuve escribiendo hasta entrada la madrugada nuestra historia, y quedó un poco infantil, debo reconocerlo. Debe ser por tu aspecto de príncipe del siglo XXI, tan alto, con esos hombros anchos, esa piel morena de sol, esos ojos tranquilamente burlones, brillantes a cada destello de sol antes de entrar en el andén, a tu pesar.

O tal vez por mi aspecto de elfo oscuro, siempre oculta entre las sombras, tu opuesto en el aspecto que quieras pensar.

El guión está escrito. Es hora de salir de mi escondite y acercarme a ti por detrás, silenciosamente, y sorprenderte con un suave empujón, como quien no quiere la cosa. Murmurar una disculpa, sonreírte, apartar coqueta un mechón de pelo tras mi oreja para que veas la flor de Lys tatuada en mi cuello.

Y te gustará, lo sé. Es igual a la que tú tienes en la muñeca. Te lo haré notar, si no dices nada.

Y no diré mentira, no fue premeditado.

Esperaré paciente que llegue el tren a tu lado, en silencio, si no te atreves a hablar con una desconocida. Esperaré los días que haga falta, saludándote cada mañana, hasta que seas tú el que se alegre de verme, hasta convertirme en una costumbre para ti.

Hay que tener paciencia. Tengo que tratarte con suavidad, no eres un chico fácil. Lo único que quiero de ti es tu piel y tu saliva, tu olor y tu semen, pero debo ir con cuidado o se echará todo a perder.

Sólo hay una oportunidad.

Dejaré en tu mochila una copia de lo que soñé, de lo que imaginé para ambos, y tú lo retocarás con lo que mejor te parezca.

Una mañana, al llegar al trabajo, descubrirás un sobre que antes no estaba allí. La luna aparecerá ante ti al leer las primeras letras, y entrarás en mi mundo de sábanas negras, iluminado por velas, cargado de olor a azahar y jazmín.

Se te erizará el vello de la nuca, pretendiendo que son mis brazos los que lo abarcan, y casi podrás sentir mi aliento en tus labios.

Apareceré ante ti desnuda, suave, nívea, dispuesta a llevarte al éxtasis caricia a caricia, beso a beso, a tumbarte despacio en la gruesa alfombra color sangre, a recorrer tu cuerpo con mi lengua, a morder suave tu vientre, a perderme entre tus piernas.

Poco a poco, irás reaccionando dentro de mi boca, y, dándome la  vuelta, te ofreceré el majar que esconden mis ingles.

Abraza mis caderas, pierde tu lengua en mi interior ahogando el gemido que te provoca mi boca, estrechando tu pene en su interior, retenme junto a tu cara mientras nos empapamos de sudor y fluidos que escapan por la comisura de los labios.

Mis uñas se clavan en tus rodillas flexionadas, mi vientre se tensa, tus músculos se tornan rígidos por el doble esfuerzo de procurarme placer y de soportar el tuyo propio.

Me sacarás de tu cuerpo, y sobre esa misma alfombra, apoyada de rodillas y manos, recibiré en mi interior tus embestidas furiosas, notaré tus manos amarrándome para evitar que caiga de bruces, cada vez más fuertes, arrancando los gritos que durante tanto tiempo deseé elevar hasta esa luna que nos observa complacida, y con un gruñido salvaje te derramarás en mí, y caerás de nuevo sobre la mullida superficie de la alfombra.

Después, tu brazo a  mi alrededor, tus labios apenas rozarán la flor de Lys antes de caer rendido en un sueño profundo…

¿Qué ocurrirá al día siguiente, una vez leído? ¿Me saludarás como si nada ocurriese? ¿Harás realidad el sueño?

De hoy no pasa, aunque no te conozca. Hay que dar paso al siguiente cuento de luna.

12
Jun
09

22 años

Otra noche más aquí. Las mismas caras de siempre, casi las mismas bromas.

Acudir a este pub se ha convertido en una costumbre, y no me imagino ya un sábado noche sin el olor a cerveza, el ambiente cargado que da la bienvenida en un abrazo de humo de aromas mezclados. El suelo ya está pegajoso de alcohol derramado cuando llegamos, aunque es lo de menos.

Poco a poco, van llegando los rezagados sobre sus motos, y al filo de la una ya estamos todos los que tenemos que estar, más algún que otro que se ha perdido, y que va a quedar horrorizado o encantado con el ambiente, esto no admite medias tintas.

Acuden a su cita de fin de semana programada, como el que va a trabajar todos los días. A gritar, a beber y a ser ellos mismos, a mostrar lo que no pueden en el trabajo o en la universidad.

Y, como siempre, allí estamos nosotros también. A mi derecha, la única chica en la que he confiado hasta el momento, liando porros con hachís que nunca compra y mirando a los parroquianos con esa pose de superioridad, entre afectada y burlona, tan suya. Pero en el fondo de sus ojos azules, la paz de pertenecer a un lugar, aunque solo sea durante el fin de semana, la hace mucho más asequible si te fijas.

A mi izquierda, mi “hermano”. Grande, realmente grande y blandito, larga melena rubia y ojos apacibles que vigilan a la concurrencia para que a nadie se le ocurra pasarse un pelo con sus princesas. Y así estará, sonriendo y sin armar demasiado jaleo hasta que se encuentre demasiado cansado, o borracho, y se vaya a casa.

De sobra sabe que las dos nos bastamos. Como en los cuentos de hadas, mientras vayamos cogidas de la mano, nunca nos pasará nada malo.

Como todos los sábados, somos testigos de romances de una noche, de borracheras descomunales, de bailes con striptease espontáneos de los que nadie se escandaliza. Escuchamos, llegado el momento, las historias de los viejo rockeros ( 35 años, más o menos. En aquella época eran muy mayores) que han peleado con punkis y policías, y conocen el sabor amargo de la despedida y la cocaína.

Nos sentamos alrededor de los sabios en el parque que queda justo enfrente del pub y bebemos de su sapiencia, y tal vez un poco de cerveza de más bajo las estrellas de verano o agradeciendo el frío de enero.

Suena la penúltima canción. Mägo de Oz anuncia que el final de la noche se acerca. Después de ésta pincharán “Warrior Kings” de Manowar y la fiesta habrá terminado.

A los primeros acordes, los que tomaban el aire vuelven a entrar, atestando de nuevo el local. Nadie quiere irse sin despedirse de sus colegas entre gritos, puños alzados y vertiginosos movimientos de cabeza.

El dueño nos tiene bien enseñados.

Antes de que todo el mundo se vaya, me despido de mis “hermanos”, recojo los despojos de mi vecino, que siempre acaba apareciendo antes o después, y lo arrastro y escolto en un taxi hasta su casa. La factura  corre de su cuenta, claro. Siempre está demasiado borracho al final de la noche como para cerciorarse de que le he sisado  para el transporte.

Mañana volveré a negar que no pagamos a medias, mientras nos tomamos un café en el bar de la esquina cuando la resaca nos permita levantarnos…




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