Bagh

No me preguntes cómo estoy, no he venido a contar mis problemas. Tampoco quiero escuchar los tuyos, hoy no.
De todos modos, ya me los sé. Son los mismos. Estamos en la misma franja de edad, en esa puta edad en la que los sueños siguen vivos, pero se va dejando paso a la melancolía un minuto más cada día.
Entonces escribimos, o bebemos, o fumamos, o hacemos cualquier cosa para escondernos del miedo. Incluso a veces hasta sonreímos y, yendo más allá, nos atrevemos a ser felices, por mucho que duela después.

A eso he venido, a por una porción de felicidad en forma de lo que más te apetezca. Puede ser un whisky, buena conversación o, incluso, si nos sentimos inspirados, podemos construir un bonito poema de falso amor entre tus sábanas.

Me da igual. Me caes bien de cualquier modo, incluso desnudo.

Esta noche no somos ni tú ni yo, no se trata de eso. Sabes de lo que hablo, no es necesario que me explique más.

No me preguntes a qué he venido, no sabría responderte. Sólo sé que esta noche quiero estar contigo, y no sé qué va a ocurrir mañana, o incluso más tarde, a veces es agradable esta sensación de incertidumbre.

Me gusta cómo soy, la eterna niña perdida. Lo gracioso de esta vida es buscar el camino correcto, una vez encontrado, la única gracia es correr lo más rápido posible, y eso lo hace cualquiera.
Me gusta cómo eres. Cálido, cercano, inalcanzable. Nunca serás mío, y por eso me aproximo a ti lo más posible. Si alguna vez cambiase esta situación, no me interesarías.
Esa es la esencia de nuestra generación. No sabemos lo que queremos, aunque nos gusta aparentar que sí. Nos gusta pisar fuerte, aunque dudemos de si el suelo aguantará nuestro peso.
Por eso han caído tantos. Es simple cuestión de suerte.
Esta noche sólo me quiero acurrucar a tu lado y dejar de pensar, sólo quiero sentir tu lengua recorriendo toda mi piel, sólo quiero retenerte durante un par de horas, luego, tú decides.
Me puedo quedar a dormir, también es posible que no vuelvas a saber de mí, hasta la próxima.
Hazme un sitio en tu vida ahora, luego ya se verá. Construyamos algo, lo que sea, llenemos el vacío existencial durante unas horas, luego ya se verá…

Sus manos

Abrí los ojos despacio. No sabía cuanto tiempo había dormido, en realidad daba igual. Él seguía allí, frente a mí, pero no se iba a despertar nunca más.
Debía de faltar poco para que viniesen a llevarse el cuerpo al crematorio, aunque sabía que tardasen lo que tardasen, iba a ser demasiado poco.

Tenía que despedirme, para siempre. Me levanté despacio, y con los dedos apenas acaricié su rostro, que siempre había sido amable, que siempre escondía una sonrisa para mí.
Pero ahora, frío, y seguramente azulado bajo la capa de maquillaje, estaba inmóvil y agarrotado, y pensé que fue una lástima que no se le quedase con la expresión que solía tener.
Me agarré a sus manos, grandes y encallecidas, honestas y fuertes como él. Cansadas de trabajar doce horas al día para sacarnos adelante y que nunca faltase el plato de comida en una mesa, pequeña y vieja, pero una mesa dentro de una casa, que pagó con el sudor de su frente, con el cansancio de aquellas manos que, hasta hacía dos días, aún encontraban un hueco de piel sensible para notar mi cabello cuando lo acariciaba.
Aquellas manos que, de pequeña, se negaban a descansar hasta que me había arropado, y de mayor, se aseguraban que seguía caliente en mi cama, pensando que no me daba cuenta.
Dicen que fue rápido. Dicen que el andamio se derrumbó, que esas manos agotadas y ya viejas no aguantaron su peso, que se soltó de la barra de mala muerte de la que se había quedado colgando.
Dicen que la culpa fue del presupuesto, que el arnés no estaba en condiciones. También hay quien lo niega, claro, los de siempre.
Pero en ese momento, todo eso me da igual. Me aferré a sus manos heladas mientras oía los sollozos de mi madre, que se acercaba con los que se lo tienen que llevar. Ella siempre fue más fuerte que yo.  Me aferré a ellas, y volví a sentirme como una niña de diez años perdida en un centro comercial.
Las vi alejarse cruzadas en su pecho, a la vieja usanza, y me volví a dormir allí mismo, sin ganas de decirle adiós.

Uno

A veces sucede… ¿Cómo explicarlo? A veces, sólo a veces, me descubro pensando cosas por las que debería avergonzarme.
Hay ocasiones extrañas, momentos en los que se conecta con la esencia más íntima de nuestro ser que pugna por salir, por demostrar que existe, que no somos perfectos.
Hay que ver lo que jode cuando eso pasa, sin ni siquiera tener la excusa de ir borracho.
En esa primera hora de la mañana, aún entre el sueño y la vigilia, cuando el cuerpo se está despertando, me vienen a la cabeza imágenes extrañas. Una piel suave que me acuna, que huele a madera de roble antiguo, unos ojos penetrantes que casi sonríen, que indudablemente se alegran de verme.
No es real, no debería serlo. Tendría que empezar a soñar con otras cosas más legítimas, cosas que no me fueran a meter en un lío existencial de agárrate y no te menees.
Yo, educada para ser toda una dama de la era moderna, soñando con fantasmas de manos grandes y ásperas, de lengua suave que escribe sonetos extraños en mi vientre con una lengua dulce y golosa. Imaginando unos labios suaves enmarcados en una barba de dos días de chico malo mordiendo con avidez mi blanco y casto cuello.
Bueno,  no tan casto, al parecer.
El caso es que creo que he visto antes a ese espíritu en algún lado antes. No puede ser que mi probo cerebro haya parido sin más imágenes tan vívidas de alguien que no haya existido nunca.
Alto, de cabello negro y corto, muy corto. Piel tostada por el sol,  ojos verdes que taladran el alma, rostro casi inexpresivo, que se ilumina cuando aparece una sonrisa traviesa, y malintencionada casi siempre.
¿Dónde diablos le he visto antes? ¿Con qué permiso se cuela en mis sueños y me turba de este modo?
Espero poder evocar cuando y quien, utilizaré el arma más poderosa que tengo a mi alcance para recordar, las letras son mis aliadas. Juntas exorcizaremos a este duende malévolo en pos de recobrar la razón y el juicio.