
Abrí los ojos despacio. No sabía cuanto tiempo había dormido, en realidad daba igual. Él seguía allí, frente a mí, pero no se iba a despertar nunca más.
Debía de faltar poco para que viniesen a llevarse el cuerpo al crematorio, aunque sabía que tardasen lo que tardasen, iba a ser demasiado poco.
Tenía que despedirme, para siempre. Me levanté despacio, y con los dedos apenas acaricié su rostro, que siempre había sido amable, que siempre escondía una sonrisa para mí.
Pero ahora, frío, y seguramente azulado bajo la capa de maquillaje, estaba inmóvil y agarrotado, y pensé que fue una lástima que no se le quedase con la expresión que solía tener.
Me agarré a sus manos, grandes y encallecidas, honestas y fuertes como él. Cansadas de trabajar doce horas al día para sacarnos adelante y que nunca faltase el plato de comida en una mesa, pequeña y vieja, pero una mesa dentro de una casa, que pagó con el sudor de su frente, con el cansancio de aquellas manos que, hasta hacía dos días, aún encontraban un hueco de piel sensible para notar mi cabello cuando lo acariciaba.
Aquellas manos que, de pequeña, se negaban a descansar hasta que me había arropado, y de mayor, se aseguraban que seguía caliente en mi cama, pensando que no me daba cuenta.
Dicen que fue rápido. Dicen que el andamio se derrumbó, que esas manos agotadas y ya viejas no aguantaron su peso, que se soltó de la barra de mala muerte de la que se había quedado colgando.
Dicen que la culpa fue del presupuesto, que el arnés no estaba en condiciones. También hay quien lo niega, claro, los de siempre.
Pero en ese momento, todo eso me da igual. Me aferré a sus manos heladas mientras oía los sollozos de mi madre, que se acercaba con los que se lo tienen que llevar. Ella siempre fue más fuerte que yo. Me aferré a ellas, y volví a sentirme como una niña de diez años perdida en un centro comercial.
Las vi alejarse cruzadas en su pecho, a la vieja usanza, y me volví a dormir allí mismo, sin ganas de decirle adiós.