Rojo sangre, rosa, carmín. Rosa tatuada en un hombro blanquísimo, rosa con espinas entre las que se debate un cuerpo entre la vida y la muerte.
Carmín de labios gruesos, inexpresivos. Labios que apenas quince minutos antes provocaban un beso, una sonrisa, una noche de placer, y sin embargo…
Sangre que recorre unos dedos pálidos, que surge a borbotones de tres heridas de bala en el pecho del hombre que yace en el suelo.
Ella la recoge desde el borde de una de las lesiones como si nunca antes la hubiese visto, pero en sus ojos negros no hay expresión, tan solo la observa gotear desde la punta de los dedos e impactar en el rostro del hombre.
Indiferente, juega con el líquido bermejo a la espera de que la muerte quiera llegar.
“No es nada personal” La voz de la chica responde a la pregunta muda que lanza el futuro cadáver, rebota en las paredes del oscuro callejón que los envuelve y la hace irreal a los oídos que pronto dejarán de cumplir su función “Si no hiciese tanto frío, ya estarías muerto. Siento que haya tenido que ser aquí”
El crujido del cuero del abrigo al inclinarse sobre él es lo último que el hombre puede oír, su cara pálida enmarcada por cabello negro, lo último que ve.
“Sabes que en el fondo, ha sido culpa tuya. Ya sabes quien te envía sus saludos”
Cuando el postrero suspiro es exhalado, ella se limpia en los pantalones del cuerpo antes de cerrar los ojos inertes y colocar dos monedas antiguas, desaparece de escena, haciendo resonar sus tacones en la calle empedrada.
Cuando el trabajo está terminado, ya no hay más que hacer.
Sí, no, a veces. Nunca he sido una calientapollas, te miro de lejos mientras sorbo la cerveza directamente de la botella y decido una vez mas mantenerme en mi sitio.