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13
Nov
09

Gothic love

Me rindo. A tus pies, postrada. Haz conmigo lo que desees. No me importa nada, salvo que seas tú quien lo haga.

Bésame, golpéame, introduce en mi interior lo que creas conveniente, hazme gritar de dolor o de placer, haz brotar el sudor por cada poro de mi piel. Desnuda sueño contigo, oigo tu voz en este absoluto silencio, en la muerte que supone no estar a tu lado.

Dame una nueva vida, o quítame la que tengo, sin ti no vale nada.

La noche, la soledad, el frío de esta habitación sin ti es insoportable. No quiero esconderme más, no quiero que te vayas, tócame, lámeme, hazme sangrar si así lo deseas.

Moriría por una sola mirada fugaz que se te escapase en mi dirección en este momento, por una sonrisa perdida que fuese a para a mis ojos.

Nunca dijiste que me amases, tan sólo tu mirada clavada en mí mientras me alejaba, imaginando que no pasaba nada, que te volvería a ver.

Mañana volveré a ser la chica fría y cortante que conoces, mañana volveré a mi sonrisa autosuficiente, a esquivarte, a jugar al escondite contigo, pero esta noche te deseo, esta noche soy consciente de que respiro el mismo aire que tú, de que la misma luz de luna me baña.

Te regalo mis letras, ya que no puedo tocarte. Me rindo a ti, me ofrezco en la magnitud que mi ser me permite, en esta vida que se consume minuto a minuto, y segundo a segundo no tiene sentido sin tus gemidos cortando la penumbra que me envuelve.

Me entrego a ti, me abandono a tus deseos. Soy tuya esta noche,  mi  voluntad rendida a la tuya, a tus manos grandes y cálidas, a tu sonrisa pícara y sincera, a tus ojos del color de la eternidad. Me entrego aunque no estés, de algún modo, lo sabrás…

11
Sep
09

Cuentos de luna (Segundo)

 

 

Te miro sin que te des cuenta. La noche ha caído ya, es por eso que no me ves. Puede que nunca me hayas buscado, pero, chica, yo también necesito creer en algo.

Observo desde mi rincón como te mueves y de repente pienso que nunca he querido ser como tú.

La mujer diez, la princesa del lugar, con tus largas piernas y tus cabellos de sol y bronce. La muñeca de mirada ingenua, de voz dulce y de risa fácil, volando sobre sus tacones de aguja por encima del deseo que despierta. No, no quiero ser como tú. Debo reconocer que no podría soportar esa presión, y sin embargo…

Puedo ver lo que tus súbditos no se molestan en ver. Puedo ver más allá de tu piel nacarada y tus perfectos pechos la inseguridad y el hastío.

Nunca me caíste mal, y eso es más importante de lo que crees. Te observo desde mi rincón, y sé que intuyes mi presencia. Búscame en las sombras, busca a la chica de negro que toma notas al fondo del bar, tenemos tanto que contarnos, tanto que descubrir…

Mi preciosa y superficial niña de porcelana. Deja que escriba sobre ti. Contaré cómo tus ojos azules se posaron en los míos, sin saber muy bien la razón.

¿Qué más da?

 Contaré cómo me sonreíste, mostrando tus perfectas perlas blancas, primero con indiferencia, después con curiosidad. Me saltaré el cómo llegaste a mis manos, eso no le importa a nadie, pero sí describiré la suavidad de tus labios al rozar los míos en una habitación de hotel.

La sensación de tus manos de seda en mi piel, dejando caer poco a poco la ropa, la sonrisa nerviosa al notar como cae la tuya, cómo mi boca va explorando cada centímetro de tu cuerpo perfecto.

 Sin prisa. ¿Para qué?

La noche empieza ahora, y el día es muy largo. Tenemos todo el tiempo del mundo. Vencerá el deseo sobre el miedo a lo desconocido. Sentiré tus manos en mi cabello, la respiración agitada, cada vez un poco más, al ritmo que mi lengua saboree tus curvas, mis dientes muerdan con delicadeza tus pechos y poco a poco llegue allí donde siempre tuvo que estar. Los gemidos se convertirán en gritos, en súplicas, y creo que no dejarás de sorprenderte de que, al abrir los ojos, sean mis manos blancas las que mantengan abiertas tus piernas, de que sea mi largo cabello negro el que esconde mi cara bajo tu vientre.

Serán mis dedos los que te colmen de placer, hundiéndose en ti una y otra vez. Sin desfallecer, sin perder el vigor pasados unos minutos.

 Será tu boca la que me buscará cuando, extenuada de convulsiones y temblores, desees por voluntad propia devolver algo de lo que he hecho por ti esta noche. Y cuando salga el sol, despertarás de tu sueño, y tan solo el relato de aquello te acompañará a tu lado en la almohada.

 Te verás en mis letras como realmente eres, y nunca más la inseguridad y el hastío harán acto de presencia, y, desde ese momento, me buscarás en las sombras para que volvamos a escribir juntas nuestro relato de luna y sudor.

13
Jul
09

verde-mar

“¿Se puede saber qué diablos hago yo pensando en ti de este modo? Te veo pasar, sonreírme y colgar el consabido “buenos días” de tu boca. ¿Buenos días? Lo serían si estuvieses en mi cama”

Lo miraba con los ojos entornados por encima del ordenador, casi con rencor. Teniendo cuidado, eso si, de que él no se diese cuenta.

Estaba siendo un día horrible, un día de esos en el que la pila del calentador se agota en medio de la ducha matutina, que ha empezado tarde. En el que las medias se rompen y no hay pantalones limpios (suerte de piel morena y suave), en que su hijo decide que esa mañana no quiere ir al colegio, su marido, con el ánimo cansado de jueves, se limita a vestirse y coger la puerta, alegando que llega tarde , y le deja a ella el trabajo sucio de convencer a la criatura para ponerse cualquier cosa y perder la dignidad ante la puerta de la escuela convenciendo al bedel de que deje entrar al muchacho.

Un día de esos de atascos interminables, de malas noticias en la radio, de cabello húmedo que se seca como le viene en gana y de sol calentando desde primera hora de la mañana, fundiendo su natural buen ánimo.

Y para el postre, la tentación.

Él no suele aparecer por las mañanas en la oficina, y mucho menos quedarse a lidiar con el papeleo. De nuevo, la inevitable punzada en el estómago cuando abre la puerta.

“No, Eva. Concéntrate, joder. Mira que cantidad de trabajo. Eva, déjalo” El angelito sobre su hombro derecho le grita desesperado, mientras el demonio se fuma un porro tranquilamente, sabiendo ganada la partida, sabiendo que solo le resta esperar.

Eva intenta hacerle caso, pero ahí está, clavado en su retina, humedeciendo su entrepierna sólo con su presencia, constante, omnipresente.

De repente, no puede más.

Necesita dejar de ver ese cuerpo moreno y casi perfecto, dejar de oler el perfume de esa piel, sándalo, miel, incienso clavándose en su garganta. Tiene que quitarse de encima esos ojos verdes, profundos como el mar, tranquilos, brillantes, que de vez en cuando la miran, sabedores de ser los causantes de tanta silenciosa turbación.

-Ahora vengo- Anuncia con un hilo de voz a su compañera

- ¿Estás bien, Eva? Estás pálida…

-Sí, solo necesito un café.- Murmura mientras se aleja todo lo deprisa que le permiten sus piernas, temblorosas de deseo y de la culpabilidad de sentirlo.Es consciente de que él la observa alejarse, con la vista clavada en su trasero, que apenas insinúa su forma bajo la corta falda de vuelo. Inconscientemente, su mano tira del borde par bajarla

“Buen día para vestirse así, maldita sea” piensa mientras sale por la puerta con la mirada clavada en la punta de sus sandalias.

Llega al bar como quien llega a un oasis. Pide un café, y se sienta en la barra, mientras enciende un cigarrillo.“Por favor, que no se quede todo el día” No sabe bien a quien le está pidiendo eso, pero esas nueve palabras se repiten como un mantra en su cabeza, deseando que su anhelo de perderlo de vista se cumpla, y a la vez, temerosa de que se vaya.

Se abre la puerta del bar, y ahí está. Entra riendo con su compañero, y posa un segundo sus ojos en ella.

“Mierda”

Se levanta como alma que lleva el diablo, hacia el baño, situado al final del local. No quiere verlo, hoy no…

Encerrada en el lavabo, sentada sobre la taza, sujeta su cabeza entre las manos, al borde de las lágrimas. Si hubiese podido, hubiese gritado.

“¿Por qué a mi? ¿Por qué hoy? Vete… No, mejor me voy a ir yo. Voy a decirle al jefe que me encuentro mal, que me han llamado del colegio, que el niño tiene fiebre, que…”

Unos golpes suaves en la puerta la sacan de golpe de sus pensamientos.

-Está ocupado- Apenas susurra

-Eva, ¿Estás bien?-Su corazón se para. El olor a madera y miel vuelve a inundarle y no sabe si reír o llorar.

-Si, tranquilo. Sólo un poco mareada…

-Déjame entrar…Sus manos obedecen en contra de su voluntad. El cerrojo se abre y quedan frente a frente.

-¿No eres un poco mayorcita para montar estos espectáculos?- esa maldita sonrisa…le hubiese gustado golpearle.Pero se queda callada, sólo con la vista fija en la baldosa que pisa, muda por la presión en la boca del estómago, como una niña que recibe una reprimenda.

La puerta se cierra tras él, el cerrojo vuelve a estar pasado, y apenas les separan tres centímetros.

-Sé lo que pasa- murmura- Y no es malo. Sin dejarla responder, sus labios rozan los de Eva, su lengua se cuela entre ellos y recorre su boca, se entrelaza con la suya, mientras unas manos se cuelan bajo la falda, agarrándose a sus caderas.Ella se deja hacer, por el momento. No sabe si tomar parte o no, no sabe si quiere o no. Él es su fantasía, no sabe si debe hacerse realidad, si quiere que lo sea.

La mano pasa de la cadera a la entrepierna, un dedo aparta su ropa interior y se cuela en su vagina, penetra en su humedad, vuelve a salir y se hunde con más fuerza y un gemido resbala entre la saliva, no se separa un milímetro de ella, empujándola lentamente contra la pared.

La boca pasa de sus labios al cuello, lo muerde, lo succiona, aumentando a la vez la fuerza de las incursiones en su interior. Baja hasta los pechos, por encima del escaso escote del vestido. Eva lo abraza, lo atrae hacia si, susurrando que quiere más, consciente de que no está bien, consciente de que es una mujer casada, de que…

Él la pone de espaldas, contra la puerta, sin cejar en su empeño de sentir como ella se estremece, jugando ahora fuera de la vagina, masturbándola despacio. Con la mano que le queda libre baja el pantalón, y ella tiene que reprimir un grito al notar la brutal penetración, que sucede sin darle tregua .

Las embestidas la empotran contra la puerta, mientras se corre , el masaje no cesa y ella tiene que seguir en silencio. Se oyen voces fuera, dos mujeres han entrado al lavabo, pero él continúa. Eva se muerde el labio hasta sangrar.

El sudor brota de sus cuerpos, intenta cerrar las piernas, pero él no se lo permite. Sólo deja de masturbarla cuando al fin se corre en su interior, la coge de las caderas, la atrae hacia si, llegando tan hondo que casi le duele.

Se queda así un momento, dentro de ella, abrazando su cintura. Cuando Eva se da la vuelta, se vuelve a encontrar esos ojos verde-mar sonriéndole.

-Yo también lo deseaba… ¿Qué quieres que te diga?

- Nada- susurra- No tienes que decir nada.

-Supongo que esto en nuestro secreto, ¿verdad?

Ella asiente con la cabeza, y por primera vez durante todo el día una sonrisa aflora en sus labios rojos, por primera vez le puede sostener la mirada.

.-Deberias sonreir más, estás muy guapa cuando lo haces




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