
“Allí estaba, frente a mi, escupiendo palabras incomprensibles, aunque por el tono, no debían de ser agradables. Aunque, si lo pensaba bien, nunca, en ningún momento, el viejo había sido agradable conmigo.
Se pasaba el día exigiéndome cosas, recordándome lo inepta que era para cualquier empresa que quisiera emprender. Me pedía mi tiempo, mi vida, mi sangre…Y yo lo único que podía ver era la suya cayendo a borbotones por las heridas de la cara. ¿Ese destrozo lo había hecho yo? Ups! Vaya…jeje.
Aún tumbado en el suelo, desangrándose, no era capaz de callarse. La parte buena, que ya no se le entendía lo que decía. Supongo que debe ser difícil hablar cuando te han reventado la boca de una patada.
Creo que en mi cara surgió un gesto de hastío cuando le pedí que callara de una puta vez, si quería tener una muerte rápida.
-Total, vas a morir de todos modos hoy, tú sólo puedes decidir el grado de sufrimiento.
Estaba decidida a terminar con toda esa vida, con la suya y con la mía. Él no podía seguir maltratando a la gente, yo no podía quedar viva después de un asesinato. El ojo por ojo se debe aplicar a todos, y yo no era una excepción.
Él iba a pagar con sufrimiento el sufrimiento que nos causó, y con su muerte, la muerte de su esposa (madre, te dije que lo arreglaría, te lo dije, puedes confiar en mi), y yo debía pagar con mi vida el haberle quitado la suya. La ley del Talión no tiene excepciones, y siempre me consideré una persona justa.
Recuerdo lo que me dijo la gente cuando ingresó en prisión. “Va a pagar su crimen”. Jeje, ilusos. Eso sólo fueron unas vacaciones. En el entierro, no pude llorar, sólo me martilleaba una idea en la cabeza “¿Desde cuando?” Nunca me había dado cuenta de nada, o no la había querido ver. Ella nunca se había quejado, nunca… Ni policía, ni denuncias, ni alcohol que sirviera de excusa. ¿Desde cuando? ¿Y por que?.
¿Es que este hombre no sabe que existe el divorcio? No, claro, matar a alguien es más incómodo, pero más económico.
¿Por qué no se fue? ¿Por qué no le abandonó? Si al final va a resultar que no quería hacerlo. ¿Cómo se puede amar a alguien que te pega?. Yo nunca le quise, y a mi solo me insultaba.
“Madre, lo arreglaré” Esa fue la promesa que hice frente al ataúd, y esa era la promesa que estaba cumpliendo.
Le miré de reojo. Yacía en el suelo, inmóvil. Ya no hablaba, ya no insultaba. Viéndolo así, en medio de un charco de sangre, pálido como la pared, con la cara desfigurada por el odio y el dolor.
¿Cuánto tiempo había estado pensando en banalidades? ¿De veras estaba muerto? ¿Ya?. Casi me decepcionó.
Le tomé el pulso. Si, el muy cabrón se había desangrado. Se acabó la fiesta.
Encendí un cigarrillo. Mi turno.
Una muerte digna y tranquila. Eso es lo bueno de ser tu propio verdugo, que puedes elegir el modo.
Pastillas. Vale.
Cuatro cajas de valium. ¿Suficientes?. Las tomé con leche. Nada de dramas de whisky. Eso sólo me iba a hacer sentir peor. Me tumbé en la cama, y esperé hasta que me entró el sueño, y…”
-Alguien te encontró- El médico terminó la frase por ella- Por suerte
-¿Usted cree?
-Si, ya verás como en breve estás en la calle. No te preocupes…
El médico se levantó de la silla. Diez minutos le habían dado para vestirse. Su estado ya no revestía gravedad, su examen psicológico diagnosticaba una “enajenación mental transitoria” (Siempre le hacia sonreír la palabra “enajenación”, cosas de la vida).
Diez minutos para hacer cumplir la ley.
Se asomó a la ventana. Cuatro pisos. OK. Se sonrió, Ojo por ojo.
Habeis dicho...