Dime que me quieres

No te enfades conmigo, no me mires con ira… Dime que me quieres.
Si te paras a pensarlo, no es tan grave, se lo merecía y lo sabes. Abrázame, y haremos que pase.
No soy cruel, soy valiente. No debes asustarte. Todo se arreglará, ahora me toca a mi cuidarte.
Su sangre corrió, nos salpicó, pero no hay mancha que te obligue a culparte. Tenía que haber pasado antes…
No me lo tengas en cuenta, sigo siendo yo, era el único modo de librarse. La única forma de que no gritase, de que dejase de pegarte.
Se lo buscó durante años, el miedo se convirtió en rabia, la rabia en sangre, y casi sin querer, ahora en el suelo yace ese hombre que casi nos mata a golpes.
Madre, no te enfades conmigo, dime que todo saldrá bien, que al menos estamos vivas… Dime que me quieres.

Sus manos

Abrí los ojos despacio. No sabía cuanto tiempo había dormido, en realidad daba igual. Él seguía allí, frente a mí, pero no se iba a despertar nunca más.
Debía de faltar poco para que viniesen a llevarse el cuerpo al crematorio, aunque sabía que tardasen lo que tardasen, iba a ser demasiado poco.

Tenía que despedirme, para siempre. Me levanté despacio, y con los dedos apenas acaricié su rostro, que siempre había sido amable, que siempre escondía una sonrisa para mí.
Pero ahora, frío, y seguramente azulado bajo la capa de maquillaje, estaba inmóvil y agarrotado, y pensé que fue una lástima que no se le quedase con la expresión que solía tener.
Me agarré a sus manos, grandes y encallecidas, honestas y fuertes como él. Cansadas de trabajar doce horas al día para sacarnos adelante y que nunca faltase el plato de comida en una mesa, pequeña y vieja, pero una mesa dentro de una casa, que pagó con el sudor de su frente, con el cansancio de aquellas manos que, hasta hacía dos días, aún encontraban un hueco de piel sensible para notar mi cabello cuando lo acariciaba.
Aquellas manos que, de pequeña, se negaban a descansar hasta que me había arropado, y de mayor, se aseguraban que seguía caliente en mi cama, pensando que no me daba cuenta.
Dicen que fue rápido. Dicen que el andamio se derrumbó, que esas manos agotadas y ya viejas no aguantaron su peso, que se soltó de la barra de mala muerte de la que se había quedado colgando.
Dicen que la culpa fue del presupuesto, que el arnés no estaba en condiciones. También hay quien lo niega, claro, los de siempre.
Pero en ese momento, todo eso me da igual. Me aferré a sus manos heladas mientras oía los sollozos de mi madre, que se acercaba con los que se lo tienen que llevar. Ella siempre fue más fuerte que yo.  Me aferré a ellas, y volví a sentirme como una niña de diez años perdida en un centro comercial.
Las vi alejarse cruzadas en su pecho, a la vieja usanza, y me volví a dormir allí mismo, sin ganas de decirle adiós.

Deuda de sangre

Yacía en el suelo enmedio del típico charco de sangre que se había ido formando poco a poco a su alrededor. Siempre le pareció una muerte ridícula, empalagosa, pero también era cierto que no tenía muchas más opciones. Simplemente no tenía ganas de inventar un modo más digno de salir del juego.
En la habitación de al lado no cesaban los gritos. Ahora estarían contentos. La culpable de todos sus males, la oveja negra se iba. No tendrían que preocuparse más de ella.
“Sofía, no has comido nada” era la frase que más había oído a lo largo de 20 años.
“Es normal. Esto no hay quien se lo coma” Respondía su padre, empujando el plato y levantándose a por una cerveza. Sofía observaba como se formaba la tormenta en torno suyo. Las lágrimas silenciosas de su madre. Todos sabían lo que iba a ocurrir entonces. La maldita comida en la cara de la cocinera. Llantos, gritos, golpes…y todo por su culpa, por no haber masticado y tragado.
Al cabo del tiempo, había decidido comer para evitar aquello, pero siempre se terminaba igual, siempre la cagaba de algún modo. Si la sorprendían estudiando, su padre le decía que una empollona no supera viva la época de instituto en aquel lugar dejado de la mano de dios. Si no lo hacía, era una inútil

.
 “No te esfuerces, Sofía. Nunca vas a salir de aqui” Le dijo una vez su reflejo en el baño, justo cuando terminaba de devolver la cena “¿De veras crees que eso es suficiente penitencia?”
.No, debía sufrir más. Morir poco a poco de hambre no era suficiente. Debía ser algo más evidente, algo para demostrar que estaba arrepentida. Que quería enmendarse, que no se peleasen más por su culpa. Debían saber que ella sabía que había sido un error nacer, que debió haber muerto en una de las palizas que le propinaron estando en el vientre de su madre. Debía pagar por su obstinación, por su empeño en asomarse a este mundo.
Comenzó a coleccionar todo tipo de objetos punzantes, probándolos en su propia piel, preparándose para el gran momento en el que se liberarian de su presencia. Su preferido era un pequeño destornillador, minúsculo, casi ridículo. Perforaba la piel provocando un dolor que se aproximaba bastante a lo que deseaba conseguir. Se hundía en la piel, atravesaba la carne, y sólo cuando lo retiraba, la sangre salía. Salía a borbotones por una minúscula herida.

 Coleccionaba cuchillas de afeitar de varios colores (si, las había. Incluso tenía una rosa con un corazón que algún grupo neogótico regalaba con uno de sus discos.), navajas de todo calibre, de todo tipo de empuñaduras, manualesy automáticas, cuchillos de cocina, sacacorchos…. Y todos ellos habían provocado una herida al menos, todos habían dejado su marca en su blanca piel.
Una herida por cada grito que provocase su absurda presencia. Una herida por cada bofetón que su madre se llevase por su culpa. Una herida por cada lágrima derramada por ella, y otra por cada cerveza que su padre se bebiese para intentar olvidar su presencia.Una vez había intentado escapar. Una vez había intentado atravesar la puerta del infierno, ir a molestar a otra parte. El resultado había sido más lágrimas, más gritos y una profunda herida en el abdomen.
Aquella noche la tuvieron que llevar al hospital. Aquella noche fué la primera en mucho tiempo que pudo dormir tranquila. Aquella noche decidió que quería dormir así siempre. Nunca la dejarian irse, debía pagar su ineptitud. La sangre se paga con sangre.  Debía poner fin a aquella existencia que no era bien recibida.
Así había llegado a aquella situación, yaciendo en el suelo enmedio de su propia sangre. Había utilizado todos sus tesoros, todos habían lamido su piel aquella vez, todos habían cortado, habían perforado, había sólo arañado los últimos, cuando apenas le quedaban fuerzas. Había visto caer su sangre, había pagado, ya no podía ofrecer nada más. Cerró los ojos. “Lo siento” murmuró en un suspiro. No más gritos para ella, no más culpabilidad, la deuda estaba saldada, y podía dormir en paz.