tú lo haces real

 

you make it real

Respira hondo. Respira hasta llenar a la máxima capacidad de tus pulmones y coge de una maldita vez la pluma.

Te echamos de menos, vomita todo lo que llevas dentro, aunque no lo creas es hermoso, y, al menos yo, necesito volver a leerlo, aunque se parezca tanto lo escrito de un día para otro, sé que nunca es lo mismo.

Quiero volver a atisbar tu alma a través de tus letras. Causas expectación cada vez que te colocas frente al papel en blanco, el universo vuelve a moverse con armonía al compás de tus pensamientos, de tus historias.

No te dejes vencer por la rutina, no nos abandones. Nadie se da cuenta de lo que te necesita hasta que desapareces, la vida es así, ya deberías saberlo. No se da cuenta nadie, excepto yo.

Repaso lo que escribiste en su momento, me veo reflejada en algunos de esos ojos que describes, en la piel blanca de algunos de tus personajes. A ti te ocurre lo mismo. Te describo como un ser ideal, puro y tosco a la vez, terrenal y maravilloso, y tras esas letras te puedes dar cuenta de lo mucho que te admiro, de lo mucho que te quiero, claro, por qué no.

A los amigos también se les quiere, aunque nunca nos paremos a pensarlo.

Repaso lo que escribiste, y vuelvo a sentir tu aliento cerca de mi oído, susurrando que sí, que era para mí, pero que nadie lo sabe. ¿Sabes guardar un secreto? Sí, claro, siempre que pueda escribirlo, como tú.

Esto también es para ti. Soy consciente de que ahora no estás por la labor, de que tienes muchas cosas que hacer, de que tienes muchas excusas, muchas razones para no pararte a observar tu alma, y mucho menos para ponerte a escribir lo que ves en ella. Sé que todo eso es real para ti, que el día a día implica muchas atenciones, mucho esfuerzo, mucho tiempo… Lo sé.

Aunque también sé que te echo de menos, que quiero, que necesito volver a pasearme por tus letras caprichosas de noches efímeras, de retratos de momentos que nunca se dieron, de homenajes sentidos como éste.

No voy a decir que nada vale la pena sin ti, eso sería demasiado, pero sí está un poco más gris, demasiado real para mi gusto. Sin ti, sin tus frases, sin tus palabras, sin tus ideas, el mundo gira más despacio, y aunque hay mucha gente que lo hace bien, que promete, que se esfuerza, ninguno es como tú, ninguno me llega tanto.

Aprendí, evolucioné, creo que lo hago mejor que al principio, y es sólo gracias a ti, a esa manía tan tuya de exigir y de adular al mismo tiempo.  De ese saber estar y no estar al mismo tiempo, de haberte tomado la molestia de enseñarme, poco a poco, día a día.

Te necesito. A ti, y a tus letras. Cada día un poco más lejos, cada día que pasa y no te leo. Esa distancia que duele, que hace sangrar, que provoca textos como éste, un poco tristes, rozando la desesperación.

No es un último grito, sé que volverás, siempre lo haces, pero mientras tanto, el mundo, mi mundo, se va deteniendo a cada día que no sé de ti, que no me alimento de ti. Puede que no te importe demasiado, al fin y al cabo sólo soy yo, la que siempre está, por mucho que tardes en volver.

 Sólo quería que supieses que te espero tejiendo historias, las mismas de siempre, mitad verdad, mitad mentira, y casi siempre, pensando en ti, hasta que vuelvas.

seis dias

Baila, por favor. No pares. Llevo toda una semana esperando este momento.

 Quiero perder mis manos en tu cintura y los labios en tu cuello. Quiero notar tus caderas pegadas a las mías contoneándose al ritmo de la música.

 Seis días a la semana somos las de siempre, nuestras bocas se arañan con una barba mal afeitada, nuestros cuerpos de seda pertenecen a otros más duros, más bruscos que, sí, debo admitirlo, nos erizan la piel al desnudarnos y nos hacen gritar al atravesarlos con sus miembros viriles.

Seis días a la semana nos atrapan esas pieles morenas y esas manos grandes, nos hechizan con su olor a madera, a hombre, si, no es que sea muy adecuado, pero es a lo que huelen, para qué adornarlo si ya es bastante hermoso de por sí. Seis días a la semana eres mi amiga, mi confidente.

Compartimos civilizados cafés, reconfortantes risas y miradas cómplices. Pero esta noche es distinta. Esta noche eres sólo mía, y yo tuya.

 Empezaremos como siempre, cambiando el café por la cerveza, y poco a poco las risas irán dejando paso al deseo que se ha ido acumulando a lo largo de seis largos días. De camino a la pista de baile, tus curvas se marcarán en la tela del vestido rojo o blanco, pero siempre corto, las mías bajo el ajustado pantalón negro.

 Tus ojos azules se me clavarán en el rostro bajo las luces y sonreirás sin mover los labios. Seis días deseando poder verte así, poder tocarte más allá de lo considerado decente, acariciar tus rizos dorados con las yemas de mis dedos, ver tu lengua asomarse y humedecer tus labios de un modo inconsciente.

 Sentir tu mano acariciarme lentamente recorriendo mi espalda hasta posarse en mi cintura, acercándome hacia ti. Quiero notar tus pechos aplastados contra los míos, y ser consciente de que tan sólo dos delgados trozos de tela me separan de sentir tus pezones duros en todo su esplendor, pero tu aliento cabalga libre por mi cuello, tus brazos se cierran alrededor de mi cuerpo, y todo el mundo desaparece.

Poco a poco, un gemido se escapa de tu garganta al hundir mi rodilla entre tus muslos y un suspiro sale de la mía cuando tiras inconsciente de mi cabello pidiendo más en silencio.

 Hace calor, empezamos a sentirla en serio desde la boca del estómago, sólo tú, yo y la música que acompaña cada uno de nuestros movimientos. Abrazadas en medio de una pista de baile, se clavan mis dientes en tu clavícula y tus labios me buscan una vez más. Me besas como le besas a él durante seis días a la semana y yo juego con la mano en tu trasero buscando el borde de la falda. Sería capaz de follarte allí mismo, delante de todo el mundo, y es que hueles tan bien…

Desaparezcamos de una vez. Deseo verte bailar al compás que te marque mi lengua. Solas al fin, después de un breve paseo nocturno con las manos entrelazadas, con besos robados en cualquier portal como dos adolescentes, y llegar al fin la habitación, a la cama de alquiler, si, clandestina, pero allí puedo disfrutar el espectáculo de verte tumbada, de tus piernas abiertas y la expresión de tu cara al verme avanzar hacia ti, trepando poco a poco hasta tus caderas, disfrutando del olor de tus ganas, del temblor de tu cuerpo que se deshace ante al más leve roce de mi aliento contra tu piel.

Beso tus muslos, beso la entrada de tu vagina y tus manos acarician mi cabello, gimes tan sólo con la perspectiva de lo que va a ocurrir, te ofreces abriendo un poco más la entrada al placer, y sé que esto es lo que me gusta de ti…

El deseo en estado puro, el deseo que duele, que pone el cuerpo rígido, que rezuma de nuestras pieles en forma de sudor, y cuando al fin te arqueas y el grito final aparece cuando no puedes agarrar más fuerte la almohada, me sonríes y me atraes hacia ti.

Susurras que me sigues deseando, que una vez por semana no es suficiente. Rápida, sin tiempo a la recuperación, tus dedos se cuelan en mi interior mientras apagas el grito con tu boca sobre la mía.

“Disfruta, amor” Susurras mientras observas cómo se me altera la respiración. Tuya, ahora sólo tuya, me rindo a tu piel blanca y a tus ojos claros, Deseo tu cuerpo sobre el mío, notarte más dentro, cómo arrancas notas de mi garganta acariciando mi sexo, hundiéndote en él, volviendo a salir, recorriéndome con tu boca, explorando cada rincón de mi cuerpo.

 Cierro los ojos, no quiero verte. Sólo tú y yo, sólo tu olor dulce impregnado de sexo. No te cansas hasta que me oyes gritar de nuevo, no te das por vencida hasta que se impregna toda tu mano de mis fluidos, y rendidas, nos quedamos un momento así, tumbadas, intentando recuperar el aliento. Es la hora de irse, el sol empieza a salir y eso indica el inicio del primer día sin ti.

Una ducha rápida donde todavía quieren llegar unos besos tardíos, y en la puerta del hotel, un abrazo, un “Hasta mañana” y una sonrisa cómplice. Seis días, tan sólo hay que esperar seis días, ir acumulando el deseo y el séptimo, como Dios, descansaremos…

Cuentos de luna (Tercero)

 

Horas bajas. Me encierro en casa y no quiero pensar en nada ni en nadie. La pluma permanece estática sobre el papel en blanco.

 Hace tres días que no me acerco por la estación del metro, hace tres noches que no voy al local que ella frecuenta a la salida del trabajo. Hace setenta y dos interminables horas que no pruebo bocado.

Temerosa de enfrentar sus ojos ahora que me conocen, ahora que han leído sus cuentos de luna.

Me encuentro mal. Débil, paralizada por el pánico, asqueada de mi propia cobardía. Necesito tumbarme. Necesito tranquilizarme.

Imagino su sonrisa perfecta, enmarcada en esos labios rojizos y carnosos. Se me aparece el brillo de esos ojos almendrados que me obsesionan, refulgiendo a la luz del sol un segundo antes de descender por la boca del metro.

No, no quiero verles, pero se meten en mi cabeza, y les deseo más que nunca. Veo con toda claridad esas pequeñas manos blancas de largas uñas nacaradas sacar poco a poco la enorme camiseta blanca, arrugando los bates de béisbol cruzados que lleva impresos. Veo con toda claridad esas manos grandes y morenas acercar a su torso desnudo la frágil figura de curvas deliciosas, unir sus labios a los de ella, acariciar su larga melena de sol y cobre.

Sonrío después de tres días.

Da gusto verles así. Cierro los ojos e introduzco un nuevo personaje en la escena. Una sombra silenciosa sentada en un rincón de la habitación en penumbra, con las piernas replegadas sobre el pecho, con los brazos abarcando las rodillas, observando extasiada, perdida en la belleza de la acción, embriagada por el perfume que emana de esa piel caliente, excitada, de dos cuerpos que se rozan, que se abrazan, que se exploran despacio, con candencia, con alevosía, con toda la intención de hacer durar ese encuentro hasta el infinito.

En una caricia, un fino tirante se desliza por el hombro, dejándolo desnudo, a la merced de una boca hambrienta que se lanza a lamerlo, a morderlo como si se tratase de fruta madura. Sube despacio hacia el cuello de cisne blanco, que de echa hacia atrás dejando vía libre a esos labios golosos y rudos. Desde mi posición puedo observar una mano que se desliza por la cintura, buscando el borde del vestido para colarse bajo él, ardiendo en ganas de acariciar la piel de seda que esconde. Cae de rodillas frente a la diosa de marfil y sol, rendido de deseo, casi suplicante, se abraza a sus largas piernas, ella le acaricia el cabello negro y espeso, dándole así el permiso que él necesitaba.

Se agarra a su trasero perfecto como quien se agarra a un salvavidas, y su cabeza desaparece tras la tela negra que apenas cubre aquel cuerpo de chica diez. Ella entreabre sus labios, dejando escapar un suspiro al notar el aliento húmedo, caliente entre sus piernas. Sus delicadas facciones se crispan cuando empieza el juego, él la besa, busca, penetra con su lengua en la cavidad sagrada que esconden sus piernas.

Ella intenta separarse en un acto reflejo, él la atrae hacia sí amarrándola por el trasero. Sale un grito de su suave garganta, pronuncia un nombre que solo escuché una vez, en una de nuestras cortas conversaciones de desconocidos en un andén, y él sabe que está preparada. Sale de su escondite, la empotra contra la pared.

 Separa sus piernas, y deja caer su pantalón con una celeridad y una maestría inauditas. Sólo necesita levantar su falda para penetrarla de una sola embestida. Emite un gruñido al notar la humedad envolviendo su polla, la justa estrechez de la cavidad que le acoge, y ella gime, haciendo fuerza con las manos para no golpearse con la pared. Empuja hacia atrás para sentirlo más hondo si cabe.

Él la atrae hacia sí para complacerla, para complacerse, y juntan las caderas en una perfecta sincronización, en un baile que parece, hayan practicado toda la vida. Las manos de él se crispan sobre las redondas caderas cuando se corre con un gemido profundo, y luego caen abrazados sobre una cama cubierta de terciopelo negro.

 Solo entonces reparan en mi presencia.

No, no me miréis… Yo no debo de ser más que una sombra, la narradora de esta historia inventada de dos personas que no se conocen. Sólo un punto de unión, una mota de polvo en el ambiente, uno de los suspiros que lanzáis entre caricias y besos. En realidad, soy insignificante ante vuestro brillo…

No, no me invitéis a compartir las sábanas con vosotros. Yo desapareceré como la luna desaparece a la luz del sol, y os velaré cada noche, y escribiré sobre vosotros. Claro que deseo sentir vuestra piel sobre la mía, vuestros labios rozando cada milímetro de mi cuerpo, vuestra saliva, el olor acre a sudor y sexo empapándome, pero no es mi lugar.

Me levanto, me acerco despacio y me arrodillo en la cama. Enfrento vuestros ojos, y os acaricio el rostro.

 Solo un beso, es lo único que puedo permitirme.

Degusto los suaves labios rojizos, acaricio despacio sus dientes perfectos con la lengua, exploro cadenciosamente el interior de su boca. El dulce sabor me inunda, y siento la respiración calmada en mi nuca de otros labios que también desean ser besados.

Unas manos fuertes asen mi cintura y una lengua dibuja círculos en torno a la flor de Lys de mi cuello.

 No, esto no debería estar pasando. Yo sólo deseaba escribir para vosotros, quería regalaros unas historias que cambiasen vuestras vidas, que borrasen tu inseguridad y tu hastío, quería que tus ojos refulgiesen sin necesidad de sol, que os sintieseis deseados, conscientemente, y os recreaseis en ello. No quería sentir nada, quería mantenerme al margen, no quería sentir esto…

Se clavan unos dientes en mi cuello, y las manos agarran mis pechos. Ella sonríe pícara al separar su cara de la mía y araña con sus uñas nacaradas mis muslos, descubiertos al echar mi cuerpo hacia atrás. Me recuesto sobre el hombro de él, y esos dulces labios que besaba hacía un segundo se cuelan bajo la falda, pasean por mi vientre, sus manos acarician mi espalda arqueada mientras unos labios ávidos buscan el lóbulo de mi oreja.

Al fin me siento libre de la presión en mis pechos sólo para sentirme empujada a la colcha de terciopelo. Ella me acaricia el cabello mientras él termina de subir el vestido hasta la cintura. Me susurra que me levante, y yo obedezco.

De espaldas, termina de dejar al descubierto mi trasero, que separa despacio para alojar allí el glande. La ninfa de porcelana sabe bien lo que va a hacer, resbala bajo mi y agarra el clítoris con su boca. Mis manos se crispan, agarran la tela que cubre la cama al notar su aliento cálido, al notar cómo el estrecho agujero se va a adaptando a cada centímetro que se va introduciendo en él.

Dolor y placer se unen, forman un grito que se queda bloqueado en la garganta. Siento unas uñas largas clavarse en mis muslos, una fuerza me obliga a estar quieta mientras unas caderas me golpean el trasero, y al fin me corro en un gemido largo, profundo.

De mi ano sale líquido caliente, y veo la cara de satisfacción de mi niña de sol, limpiándose la boca con el dorso de la mano, como si estuviese eliminando restos de helado que ha comido a escondidas de mamá.

Abro los ojos. Estoy sola, tumbada en el suelo de mi habitación. La tinta forma el título, “Tercer cuento de luna”.

No.

No quiero sentir nada por ellos, nada más de lo que he imaginado, y sin embargo, mi mano danza sola por la extensión de la hoja en blanco. Esta noche contaré nuestra historia, la de los tres, y sólo quedará darle fin a toda esta locura. Un solo cuento más y no volveré la vista atrás nunca.