No me conoces

Te escucho, te cuelas una vez más entre las gotas que van enredándose en mi piel, en mi cabello, como cada día. Te escondes en la espuma del jabón y me susurras al oído un poco más cerca si cabe.

Tú y yo, como siempre. El reproductor está pensando en ponerse de huelga, no puede aguantar tanta humedad, tanto calor, tanta presión que ejerces con tu música, pero es el ritual diario, la ofrenda de mi intimidad a tu falsa compañía.

No eres consciente de mi existencia, no me conoces, ni yo a ti. No quiero conocerte, me basta con que me envuelvas, con que rebotes en las paredes del baño, llenes mi mente con tu voz grave y acompasada y cures las heridas diarias.

Te escucho, te llevo conmigo cuando camino por la calle. Me ayudas a dar un paso tras otro, a mirar a las personas que me rodean  y a reírme de ellos en su cara cuando bajan los ojos vencidos por la fuerza que me transmites.

Mi amigo, atrapado siempre en pequeños aparatos, sólo una voz que me acuna, que me hace imaginar historias distintas cada vez que aprieto el play, aunque me sepa las letras de memoria.

Tu esfuerzo, tu poesía cantada como de casualidad, droga, al fin. Sin ti sólo soy un ser triste perdido en una gran ciudad, en una rutina que me hubiese matado hace tiempo.

Te escucho, a veces de noche, enrollada entre las sábanas, cuando el insomnio me clava sus agujas recordando todo lo que tendría que haber hecho, todo aquello que nunca haré. ¿Nunca? En tu vocabulario jamás ha aparecido esa palabra. Jamás un “no puedo”, tan sólo una bronca detrás de otra cuando el desánimo intenta hacerse un hueco. Lo haremos juntos, me recogerás cuando no me salga a la primera, no me conoces, pero esperas más de mí, me premiarás con un nuevo LP cuando lo consiga, o con las viejas canciones de siempre. En realidad no importa, el premio es tu voz, lo sé, es siempre lo mismo, pero nunca me canso.

Nadie se va a atrever a decir lo contrario, y si lo hacen, siempre queda la opción de escupirle a la cara.

Sonríe, me susurras, vas conmigo, yo soy el mejor, tú también. Esa es la lógica, la consigna. Sonríe, no les des esa satisfacción.

Y así, día a día, contigo, el único que nunca te vas de mi lado, el único que me conoce sin conocerme. No me puedo preguntar quien eres y donde estás, eres tú, y estás conmigo.

Dentro de unos años, cuando ambos crucemos el umbral de la vida, te daré el abrazo que te estoy guardando, te daré las gracias por la compañía, por la fuerza, por todo, y por fin, sabrás que existí, que fui tu amiga sin que lo supieses, y que, de algún modo, también te acompañe a cada paso.

No sé rimar

Nunca se me dio bien rimar
ni serventesio, ni romance, ni contrapunteo
no crean que con esto deseo
ese noble arte mancillar.
La cuestión es que intentaba amenizar
el tedioso trabajo del fregoteo
y evadirme, aunque fuese un momento
de todos los platos por limpiar.
Así andaba, pensando en mis cosas
sin querer inventando cuentos
de  príncipes y damas hermosas.
Al  pensar que estaba haciendo versos
y no historias fabulosas
caí en la cuenta que no se me dan los sonetos.
Como nunca poeticé palabras
por no crear un adefesio
ni a las buenas ni a las malas
me surgió nunca un serventesio.
Para finalizar mis tribulaciones
entre platos y jabones
me di cuenta que nunca tuve dones.
Me tendría que arrepentir, pedir perdones
por creer durante un instante
que poseía el arte
cuando sólo fue por ventura
versar sin saber, sin cura,
por aburrimiento, por azar,
porque lanzar palabras no es contrapuntear.

cuentos de luna (primero)

 

Te busco con la mirada. De hoy no pasa, aunque no te conozca. Ya sabes aquello de que todo tiene remedio excepto una cosa, y aún nos queda demasiado para llegar como para preocuparse de eso.

Como cada día, te veo esperar paciente el metro, distraído en tu mundo, perdido entre las notas que deben salir de los botones que siempre llevas prendidos en tus oídos.

Echo un último vistazo a lo que apunté anoche. Estuve escribiendo hasta entrada la madrugada nuestra historia, y quedó un poco infantil, debo reconocerlo. Debe ser por tu aspecto de príncipe del siglo XXI, tan alto, con esos hombros anchos, esa piel morena de sol, esos ojos tranquilamente burlones, brillantes a cada destello de sol antes de entrar en el andén, a tu pesar.

O tal vez por mi aspecto de elfo oscuro, siempre oculta entre las sombras, tu opuesto en el aspecto que quieras pensar.

El guión está escrito. Es hora de salir de mi escondite y acercarme a ti por detrás, silenciosamente, y sorprenderte con un suave empujón, como quien no quiere la cosa. Murmurar una disculpa, sonreírte, apartar coqueta un mechón de pelo tras mi oreja para que veas la flor de Lys tatuada en mi cuello.

Y te gustará, lo sé. Es igual a la que tú tienes en la muñeca. Te lo haré notar, si no dices nada.

Y no diré mentira, no fue premeditado.

Esperaré paciente que llegue el tren a tu lado, en silencio, si no te atreves a hablar con una desconocida. Esperaré los días que haga falta, saludándote cada mañana, hasta que seas tú el que se alegre de verme, hasta convertirme en una costumbre para ti.

Hay que tener paciencia. Tengo que tratarte con suavidad, no eres un chico fácil. Lo único que quiero de ti es tu piel y tu saliva, tu olor y tu semen, pero debo ir con cuidado o se echará todo a perder.

Sólo hay una oportunidad.

Dejaré en tu mochila una copia de lo que soñé, de lo que imaginé para ambos, y tú lo retocarás con lo que mejor te parezca.

Una mañana, al llegar al trabajo, descubrirás un sobre que antes no estaba allí. La luna aparecerá ante ti al leer las primeras letras, y entrarás en mi mundo de sábanas negras, iluminado por velas, cargado de olor a azahar y jazmín.

Se te erizará el vello de la nuca, pretendiendo que son mis brazos los que lo abarcan, y casi podrás sentir mi aliento en tus labios.

Apareceré ante ti desnuda, suave, nívea, dispuesta a llevarte al éxtasis caricia a caricia, beso a beso, a tumbarte despacio en la gruesa alfombra color sangre, a recorrer tu cuerpo con mi lengua, a morder suave tu vientre, a perderme entre tus piernas.

Poco a poco, irás reaccionando dentro de mi boca, y, dándome la  vuelta, te ofreceré el majar que esconden mis ingles.

Abraza mis caderas, pierde tu lengua en mi interior ahogando el gemido que te provoca mi boca, estrechando tu pene en su interior, retenme junto a tu cara mientras nos empapamos de sudor y fluidos que escapan por la comisura de los labios.

Mis uñas se clavan en tus rodillas flexionadas, mi vientre se tensa, tus músculos se tornan rígidos por el doble esfuerzo de procurarme placer y de soportar el tuyo propio.

Me sacarás de tu cuerpo, y sobre esa misma alfombra, apoyada de rodillas y manos, recibiré en mi interior tus embestidas furiosas, notaré tus manos amarrándome para evitar que caiga de bruces, cada vez más fuertes, arrancando los gritos que durante tanto tiempo deseé elevar hasta esa luna que nos observa complacida, y con un gruñido salvaje te derramarás en mí, y caerás de nuevo sobre la mullida superficie de la alfombra.

Después, tu brazo a  mi alrededor, tus labios apenas rozarán la flor de Lys antes de caer rendido en un sueño profundo…

¿Qué ocurrirá al día siguiente, una vez leído? ¿Me saludarás como si nada ocurriese? ¿Harás realidad el sueño?

De hoy no pasa, aunque no te conozca. Hay que dar paso al siguiente cuento de luna.