
Tú, él, yo, ella… Conjugo los pronombres, los mezclo, juego con ellos… ¿De quien me despido primero?
Golpeo el saco. Casi medianoche, y el gimnasio está desierto. ¿Cómo me despido de alguien a quien no conozco?.
Golpe seco, y el saco se mueve como un cadáver ahorcado. No llevo guantes y duele. Duele a cada choque de mi piel contra el cuero. Duele más la idea de no volver a veros, aunque sea de lejos, aunque sea entre sombras.
Busco las palabras entre las gotas de sudor que perlan mi frente, que humedecen mi cuerpo bajo la ropa.
Me duelen todos los músculos, pero el vacío que siento en mi pecho me obliga a seguir.
Vuelvo a tener la visión de vuestros rostros comiéndose a besos bajo una luna llena garabateada con mi letra.
Ya basta.
Otro golpe más. De mis nudillos brota sangre que mancha el cuero. No puedo parar de golpear ahora, me duele más saber que nunca ocuparé un lugar entre vosotros, que nunca cazaré los besos que se escapen de vuestro aliento, que no estoy a la altura.
Tan hermosos, tan perfectos, tan irreales…
No, yo sólo debo contar vuestra historia, esa que nunca ocurrió, y desaparecer.
En el último golpe me fallan las rodillas y caigo al suelo.
No quiero llorar.
Es la hora de rotular el “fin” tras la última palabra del último cuento de luna.
Pero… ¿De quien me despido primero? ¿Cómo me despido de alguien a quien no conozco?
El día pasa entre sueños y al fin el sol se pone entre estertores agónicos de color naranja y rojo.
Tengo un sobre nuevo para ti. Tu sombra te ha escrito la palabra que más le ha costado escribir nunca.
No es una carta, no es una historia. Eso vendrá luego, en la soledad que me protege del amor y de los desengaños.
Ahora solo una palabra como una lágrima, tan solo un nombre que desconoces, un lugar y una hora dentro de un sobre que te tengo que hacer llegar como sea para que no me esperes más, para que tomes conciencia de que te has quedado sin sombra que sueñe contigo.
Te observo por última vez en el bar. Sonríes y pareces, por fin, feliz. No hay sombra del hastío y el agobio de antaño en tus ademanes. Pareces segura en ese lugar que antes te causaba casi repugnancia, te divierten las palabras amables de los hombres que apenas pueden disimular el deseo, las ganas de acariciar tu piel de seda, de morder la fruta fresca de tu boca, de oír el gemido profundo de tu garganta al arquear la espalda en el estallido de un orgasmo.
No puedo reprimir una sonrisa. Aún no lo saben. No eres para ellos, como no eres para mí.
Ya se darán cuenta.
Lo que nunca sabrán es que yo sí conozco a alguien a tu altura, y mañana vas a conocerle al fin.
Te levantas para ir al baño con la bonita excusa de ir a retocar tu maquillaje. Eso es lo que me gusta de ti.
Eres tan previsible como encantadora, por eso sé que el plan funcionará.
Te sigo, claro. Nunca dije que no pecase de lo mismo que tú, y es la única oportunidad que voy a tener.
Espero frente al espejo a escuchar el agua de la cisterna cayendo, y el corazón se me acelera, quiere subir a mi garganta en los interminables segundos que tardas en descorrer el pestillo y abrir la puerta.
La sangre sube a mi cabeza, me golpea las sienes, pero nunca nadie dijo que no se necesitara ser valiente para escribir una buena historia.
Al fin, te colocas frente a mí, y la expresión de tu rostro muda, se queda seria y me clavas la mirada.
No hay interrogante en ella, no hay sombra de duda en tus ojos azules. Sabes quien soy, me has reconocido, y además, leíste tu cuento.
Es mejor no hablar.
Tengo mil preguntas que hacerte, mil cosas que contarte, todo lo que ocurrió desde que te di tu historia no ocurrida. Quiero que me cuentes todo lo que has sentido leyéndola, si acaso imaginaste lo mismo que yo. Si te gustó, si te repugnó, si tu mano simuló ser la mía en la oscuridad de tu habitación, a la luz de la luna…
Pero es mejor no hablar.
No quiero recordar el timbre de tu voz, ni saber como te llamas. No quiero recordar a alguien en concreto, a una persona con sus virtudes y sus defectos.
Quiero que seas para siempre la niña de porcelana, preciosa y superficial, y previsible, y encantadora.
Quiero que seas siempre la musa que inspiró el primer cuento de luna, y quiero despedirme de ti recordándote siempre así, esté equivocada o no, es lo que deseo.
Fuerzo una sonrisa mientras te sostengo la mirada, tal vez un poco demasiado desafiante.
No tiene sentido alargar más tiempo este momento.
Un sobre blanco se desliza hasta tu mano, y lo coges sin dejar de mirarme. Lo guardas en el bolsillo de tu pantalón, y entonces ocurre lo que nunca pensé que ocurriría.
Inclinas la cabeza y me besas.
Está ocurriendo de verdad, en el lavabo de aquel antro. Tu lengua explora el interior de mi boca, tu mano se posa en mi cintura, me acerca a ti y el beso se hace más profundo, los dientes desean morder los labios que se introducen en la boca por la fuerza que ejercen, como queriendo sorber la esencia de la persona que tiene enfrente.
Tras unos eternos momentos de saborear el cielo, te separas de mí, y se dibuja en esos labios que degustaba hacía apenas unos segundos se dibuja una sonrisa.
“De nada, niña” Musito antes de darme la vuelta y desaparecer para siempre. Sé lo que vas a hacer a continuación, sé que vas a ir.
Nueve de la mañana, estación del metro línea 4. Allí te veré.
Adiós.
Habeis dicho...