El día del adiós

¿Qué es lo que ocurre? Miles de veces al cabo del día se lo pregunta, sin obtener respuesta. ¿Por qué? ¿Cuándo fue?
No hace tanto la música sonaba alegre mientras ellos pintaban las paredes, limpiaban la cocina, y preparaban la casa para la próxima convivencia. ¿Cuándo dejó de sonar la música? ¿Por qué nunca se terminaron esas paredes? ¿Por qué se perdió la ilusión antes de empezar…?
Se siente ciega, triste, sola. Da pequeños sorbos al café en una mesa apartada del bar. Él ni siquiera se ha dado cuenta de que se ha ido. Duerme desde hace días, y sólo se levanta para gritarle.
El médico le había recomendado reposo absoluto. “Estás enferma, debes descansar”. Se mareaba con facilidad, le dolía todo el cuerpo. Aún así, se levantó sigilosa, se vistió y se fue. No quería despertarle, no quería más peleas, ni más chillidos en su cara, ni más manos amenazantes surcando el aire.
Le sobreviene una arcada, que logra retener. El café no le sienta bien, hace días que no come en condiciones, los mismos que siguió la prescripción del médico. Nadie compra, nadie limpia, nadie se encarga de preparar nada que llevarse al estómago.
Respira hondo. Incluso con el humo de los cigarrillos del bar, es aire limpio. Su rostro blanquecino se eleva, aspirando los olores del café, de la bollería, del ron, del tabaco… Es una delicia. En casa sólo huele a desesperación, a cloaca, a tubería sucia, a suciedad que se amontona. A sudor, a cuerpo que no ha tocado el agua en días, y que se empeña en acostarse a su lado, sobre ella…la espera en las esquinas, la persigue, le grita… y vuelve a dormirse.
Se cubre la cara con el largo velo negro que es su cabello. Oscuro, lacio, casi sin brillo. Está enferma, no se debería mover. No recuerda si tomó las pastillas, ni desde cuándo no lo hace. Qué más da.
Las horas pasan, y ella sigue sentada en el bar. No quiere subir a casa. No quiere verle dormir, no quiere que despierte. Se quiere quedar allí, tomando café, escribiendo frenética en una libreta que encontró tirada en algún rincón, justo cuando iba a salir por la puerta. Se podía encontrar cualquier cosa en cualquier rincón de la casa, la única regla era que no fuese su lugar.
La misma palabra, una y otra vez. Lo mismo, siempre, dicho de mil formas distintas.
 
Cuando cayó la noche, la invitaron a abandonar el local. Ella se levantó despacio, sujetándose en una silla. Maldito mareo, siempre la llevaba al borde del desfallecimiento en el peor momento, y nunca la abandonaba del todo. Le dedicó una sonrisa a la camarera, le dio las gracias por permitirle estar allí todo el día, y salió despacio del bar, intentando conservar algo de dignidad, como un borracho que pretende no estarlo.
La camarera recogió la mesa, y se dio cuenta de que la chica se había dejado una libreta. Miró por curiosidad. Sólo había una palabra garabateada de mil formas distintas: Adiós.

Nuevo intento

Cierro los ojo y vuelve a empezar el vértigo. Pienso, siento, busco algo que me dicte otra historia, otro cuento… Intento cambiar, pero es imposible, ahí estás de nuevo, adueñándote de mis sueños, de mis deseos, de nuevo tú.
¿Cómo lo hago si no desocupas mi mente un segundo? ¿Cómo lo hago para respirar si mi aire es tu aliento? ¿Cómo puede latir un corazón que está separado del cuerpo, que vuela hacia donde te encuentras y se niega a volver?

No puedo hacerlo, aunque quiera demostrarte que no vendo mi alma a nadie. Simplemente te la regalé con el primer beso que me diste, y mora prisionera en tus labios desde entonces.

¿Cómo voy a desear a otra persona, aunque solo sea en sueños, cuando lo único que ansío es sentir tu calor en mi cama, tu piel contra la mía, tu lengua recorriendo mi cuerpo, y tu ser atravesándome, derramándose con nuestro sudor, dejándote mudo sin poder siquiera murmurar mi nombre cuando me aprietas contra ti?

Cierro los ojos y vuelvo a ver tu sonrisa, tu voz que se vuelve a colar en mi, tu abrazo arropándome…
Fuera empieza a hacer frío, y yo, con los ojos cerrados, he dejado de escribir. Sólo tu, yo y la distancia. Sólo el deseo de volver a verte, sólo un par de lágrimas que manchan el papel que iba a servir de lienzo.

Tan sólo, y por mucho que lo intente, un “te echo de menos” y un “ojalá estuvieses aquí”…

Retrato en blanco y negro

Hace veinte años que no pienso en ti, no recuerdo ni mes, ni dia de tu muerte, lo se, siempre he sido una despistada, ya lo sabes. Sé que fue en 1988, o tal vez no. Fue el año que tenía que haber tomado la comunión… ¿Ocho años? No importa, supongo que me darás por buena la fecha.

No hace mucho alguien mentó tu nombre, Gabriel, y apareciste en mi cabeza. Más que tu imagen, que casi ni recuerdo (el casi es por las fotos que la abuela guarda, en el que se ve a un hombre pobre pero digno, guapo, joven y lleno de vida. Retratos en blanco y negro, algunos sepia…nunca perdiste ese porte, ni siquiera al final, de eso sí me acuerdo), volvió a mi el recuerdo de lo que fue la vida contigo. El recuerdo de un cenicero de pie, junto a una butaca, cerca del balcón, con tu cigarrillo negro humeando.El recuerdo de un mechero de sol, con espejos para que prendiera el cigarro, con una media luna y el dibujo de Naranjito en el exterior, y la caja donde guardabas tus sellos, con la música del padrino.

Recuerdo el columpio que nos fabricaste en el balcón de tu casa, un octavo piso, con dos cuerdas colgadas del techo y una tabla de madera. Ahora pienso que era una locura, pero nunca temimos caernos, nunca pasaba nada si tú andabas cerca.

Te hiciste cargo de nosotros como si a los (no se cuantos años tenías…¿58, 60, 65?) te hubiesen salido tres hijos más que criar, dos buenos, que no lloraban y hacían sus deberes, y la niña mala a la que tenías que obligar a practicar la caligrafía sentada en tus rodillas en el sillón, si, ese que quedaba tan cerca del cenicero de pie.

A la vejez, después de una vida tan azarosa, volviendo de Argentina sin madre a los cuatro o cinco años, pasando la mili en Casablanca, aguantando la Guerra Civil, el hambre en la posguerra y toda una dictadura sin perder el temple, la paciencia y la sonrisa. Sacando adelante a tu familia, queriendo a tu mujer y a tu hija, a pesar de sus defectos, trabajando, porque no podías concebir la vida sin movimiento, sin ilusión, te salieron tres bestiecillas que criar.Pero corrías el peligro de quedar en una silla de ruedas y la operación se complicó. Te fuiste porque no te querías quedar parado.

No recuerdo tu funeral. A mi hermano y a mi, los pequeños, nos contaron que te habías ido al cielo, y recuerdo que no entendíamos a qué tanto lloro. Lloré cuando me di cuenta de que no te iba a ver mas, de que me había quedado sin mi yayo Javier. Nadie sabe por que te llamaban Gabriel. Supongo que por buena persona. Supongo que tu madre equivocó el nombre.

Hace mucho que no pienso en ti, y ahora me doy cuenta de lo que podría haber aprendido a tu lado. Te quedaste con las ganas de enseñarnos solfeo, y seguro que de algo más que no puedo recordar. Después de esa conversación, la que desencadenó todo esto, y de ver de nuevo tu fotografía, pienso que te hubiese gustado conocer a tus biznietos, y que ellos hubiesen sido muy afortunados de conocerte a ti, aunque tal vez, si aún estuvieses aquí, los primeros beneficiados por tu presencia hubiésemos sido nosotros, los tres, tus hijos-nietos, tal vez la vida hubiese sido mejor…

Supongo que da igual, supongo que si sigues existiendo en alguna parte, siempre te has quedado con nosotros. Supongo que si sigues existiendo en alguna parte, algún día podré darte las gracias y ofrecerte mis respetos, y preguntarte todo aquello que se me quedó pendiente. Te fuiste demasiado pronto, dejaste demasiadas cosas aquí, pero lo entiendo, fué la decisión correcta. Si algún dia te vuelvo a ver, te enseñaré lo bien que ya se escribir…