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06
Oct
09

Mr. Bug

Agazapado en la oscuridad, para no perder la costumbre.

Sonreía, mostrando todos sus afilados dientes, e incluso temblaba un poco por el subidón de adrenalina que estaba experimentando, porque, y aquí venía lo que no era tan normal, esperaba entre dos cubos de basura, en un callejón oscuro.

No se sentía bien fuera de los armarios. Allí podía observar sin ser observado, sin que nadie, salvo el niño que dormía en la cama, advirtiera su presencia.

Era divertido verles temblar, llamar a gritos a mami.. Ella también lo había sufrido de pequeña, claro, pero había quedado relegado a lo más profundo de su mente, era para ella una invención  infantil, el reflejo del miedo irracional a la oscuridad.

¿Irracional? ¿Seguro?

Había sido una noche divertida. Los niños estaban más receptivos, vete tú a saber por qué, y se habían portado peor, y esos mismos mocosos que horas antes estaban reafirmando su personalidad llevándole la contraria a sus madres y sacándolas de quicio habían recibido su merecido.

Los había hecho sudar, temblar, gritar y seguramente en ese mismo momento estarían en sus camitas teniendo multitud de pesadillas con los ojos de color rojo fuego que habían aparecido en sus armarios, o con los dientes que habían siseado sus nombres.

“Niño malo, niño travieso… Te voy a comer y no dejaré ni el hueso”

Reprimió una carcajada posando su gran mano de garras afiladas sobre la boca. Sí, había sido una noche divertida, pero tenía que pensar en el trabajo.

Desde hacía bastante tiempo iba detrás de aquel chico, y en esos momentos estaba a punto de tenerlo delante, solos, cara a cara.

Niño malo, niño travieso….

Niño mimado que siempre durmió con papá y mamá, porque no quería tener hermanitos. Niño malcriado que chantajeaba a sus padres con hacerse daño si no conseguía que le comprasen lo que quería. Niño malvado, que robaba en el colegio, y guardaba su botín para que nunca le pillasen. Niño tonto que se metió en drogas. Niño diabólico que golpeaba a su madre para robarle la cartera si se negaba a darle dinero.

Esta vez no se le iba a escapar. Los niños malos no pueden salir sin castigo, sólo que éste ya no era tan niño, y el castigo no podía ser un simple susto, por mucho que a él le divirtiese.

Había sido error suyo dejarlo escapar, y tenía que arreglarlo.

Al fin apareció, caminando deprisa por la acera, de camino a casa. El niño malo sonreía, contando los billetes que minutos antes había hurtado del bolso de una muchacha desprevenida.

Mr. Boogy no pudo evitar relamerse al verlo pasar confiado por delante de sus cubos de basura.

Fue un visto y no visto, demasiado corto para su gusto. Una de sus grandes garras emergió de la nada, asió al chico por la camiseta, y elevó al aire un grito terrible que se confundió con el alarido de terror que emergió de la joven boca que un segundo antes sonreía.

BUGGY BUGGY BOO!!!

Lo que el agente que acudió a la llamada de los vecinos vió casi le hace vomitar la cena. Un joven blanco, de unos diecisiete años yacía en el suelo del estrecho callejón abierto en canal, no por arma blanca, como  corroboró el forense minutos después.

Al parecer, un animal le había rajado desde la garganta hasta el bajo vientre con las garras, y había salpicado todo el callejón de su sangre.

Las entrañas del muchacho aparecían a su lado, mordidas e incompletas, y la cara del cadáver reflejaba la expresión de terror más espantosa que el agente había visto nunca.

Sus ojos completamente abiertos estaban rígidos, como su boca, en la que se había quedado reflejado el último grito de pánico, o de dolor.

Pero lo que de veras le hizo recorrer un escalofrío por la espina dorsal fue la inscripción que había en la pared junto a la cabeza del chaval. Por un momento, volvió a ver los ojos de color rojo fuego que de pequeño aparecieron en su armario, y canturreó la cancioncilla infantil leyendo la letra escrita con sangre frente a él:  “Niño malo, niño travieso…Te voy a comer y no dejaré ni el hueso”

27
Sep
09

Rojo sangre

 

 

Rojo sangre. Se tiñen los sueños, la vida, cada minuto, y el pensamiento. Sólo rojo sangre, ese es el problema de los días iguales, de pararse a reflexionar.

Rojo sangre, y todo lo demás no importa. Nada de lo bueno, quiero decir. Que lo hay, claro, pero los días rojo sangre es lo que tienen.

Si se pudiese golpear aquello que te viene a la cabeza…

Respira, toma aire, todo irá bien. Claro, nunca lo he dudado, pero hoy mismo… Buff.

Hoy mismo es todo de color rojo sangre.

Del rojo de la sangre que aún bombea un corazón dentro de un cuerpo herido, un cuerpo que aún no sabe que ha muerto, que la hemoglobina se pierde a su lado, que la vida se escapa por algún agujero antinatural practicado en algún sitio, que solo sirve para manchar el suelo, la conciencia de alguien.

Del que lo hizo, o del que no hizo nada. A fin de cuentas es lo mismo.

Es un color especial, es un rojo pegajoso, oscuro, espeso… Es un rojo que anula los demás colores, es el rojo del hastío extremo, de la ira contenida, de…

Es el rojo de los labios que nunca te atreviste a besar, el rojo del vestido que nunca te pudiste poner, El de las uñas que nunca te arañaron,  el del semáforo que no te saltaste para hablar con él, con ella…

Es el rojo de todo lo que añoras por no haber tenido, por haber dejado escapar. Es como una herida, por esa misma herida por la que escapa la sangre, que te va matando poco a poco, porque realmente estuvo tan cerca, tan cerca… que te duele recordarlo.

Es el rojo del que se inyectan los ojos cuando intentan retener las lágrimas,  cuando te recuerdan las malditas comparaciones, justo cuando habías pensado que ya se habían cerrado las heridas.

Pero hay heridas que nunca cierran, aunque nos empeñemos en mirar a otro lado, ignorar la sangre que sale de ellas, que lo mancha todo, que lo deja todo perdido de resentimiento, de vergüenza, de todo aquel pus concentrado que se ha ido almacenando en lo mas profundo de la conciencia.

Los días rojo sangre son de los más difíciles de pasar, son los días en los que te gustaría estar solo en el mundo, y no tener que fingir una sonrisa, y no tener que andar, ni dormir, ni comer, ni…

Son días en los que no existir es lo mejor que te puede pasar, por eso son los más complicados, porque no puedes hacer nada de lo que te gustaría, porque casi todo es delito, y eso no está bien.

(Consejo gratuito ofrecido por el ministerio de justicia)

Incluso en los días de rojo sangre tienes que estar pendiente de la ley, no se puede ir por ahí reventando narices, joder. Esa es la línea de la cordura, no hay que traspasarla, no suele tener retorno.

Cuidado con los días de color rojo sangre, son largos, son peligrosos, y siempre vuelven…

16
Sep
09

Cuentos de luna (Cuarto)

 

Tú, él, yo, ella… Conjugo los pronombres, los mezclo, juego con ellos… ¿De quien me despido primero?

Golpeo el saco. Casi medianoche, y el gimnasio está desierto. ¿Cómo me despido de alguien a quien no conozco?.

Golpe seco, y el saco se mueve como un cadáver ahorcado. No llevo guantes y duele. Duele  a cada choque de mi piel contra el cuero. Duele más la idea de no volver a veros, aunque sea de lejos, aunque sea entre sombras.

Busco las palabras entre las gotas de sudor que perlan mi frente, que humedecen mi cuerpo bajo la ropa.

Me duelen todos los músculos, pero el vacío que siento en mi pecho me obliga a seguir.

Vuelvo a tener la visión de vuestros rostros comiéndose a besos bajo una luna llena garabateada con mi letra.

Ya basta.

Otro golpe más. De mis nudillos brota sangre que mancha el cuero. No puedo parar de golpear ahora, me duele más saber que nunca ocuparé un lugar entre vosotros, que nunca cazaré los besos que se escapen de vuestro aliento, que no estoy a la altura.

Tan hermosos, tan perfectos, tan irreales…

No, yo sólo debo contar vuestra historia, esa que nunca ocurrió, y desaparecer.

En el último golpe me fallan las rodillas y caigo al suelo.

No quiero llorar.

Es la hora de rotular el “fin” tras la última palabra del último cuento de luna.

Pero… ¿De quien me despido primero? ¿Cómo me despido de alguien a quien no conozco?

El día pasa entre sueños y al fin el sol se pone entre estertores agónicos de color naranja y rojo.

Tengo un sobre nuevo para ti. Tu sombra te ha escrito la palabra que más le ha costado escribir nunca.

No es una carta, no es una historia. Eso vendrá luego, en la soledad que me protege del amor y de los desengaños.

Ahora solo una palabra como una lágrima, tan solo un nombre que desconoces, un lugar y una hora dentro de un sobre que te tengo que hacer llegar como sea para que no me esperes más,  para que tomes conciencia de que te has quedado sin sombra que sueñe contigo.

Te observo por última vez en el bar. Sonríes y pareces, por fin, feliz. No hay sombra del hastío y el agobio de antaño en tus ademanes. Pareces segura en ese lugar que antes te causaba casi repugnancia, te divierten las palabras amables de los hombres que apenas pueden disimular el deseo, las ganas de acariciar tu piel de seda, de morder la fruta fresca de tu boca, de oír el gemido profundo de tu garganta al arquear la espalda en el estallido de un orgasmo.

No puedo reprimir una sonrisa. Aún no lo saben. No eres para ellos, como no eres para mí.

Ya se darán cuenta.

Lo que nunca sabrán es que yo sí conozco a alguien a tu altura, y mañana vas a conocerle al fin.

Te levantas para ir al baño con la bonita excusa de ir a retocar tu maquillaje. Eso es lo que me gusta de ti.

Eres tan previsible como encantadora, por eso sé que el plan funcionará.

Te sigo, claro. Nunca dije que no pecase de lo mismo que tú, y es la única oportunidad que voy a tener.

Espero frente al espejo a escuchar el agua de la cisterna cayendo, y el corazón se me acelera, quiere subir a mi garganta en los interminables segundos que tardas en descorrer el pestillo y abrir la puerta.

La sangre sube a mi cabeza, me golpea las sienes, pero nunca nadie dijo que no se necesitara ser valiente para escribir una buena historia.

Al fin, te colocas frente a mí, y la expresión de tu rostro muda, se queda seria y me clavas la mirada.

No hay interrogante en ella, no hay sombra de duda en tus ojos azules. Sabes quien soy, me has reconocido, y además, leíste tu cuento.

Es mejor no hablar.

Tengo mil preguntas que hacerte, mil cosas que contarte, todo lo que ocurrió desde que te di tu historia no ocurrida. Quiero que me cuentes todo lo que has sentido leyéndola, si acaso imaginaste lo mismo que yo. Si te gustó, si te repugnó, si tu mano simuló ser la mía en la oscuridad de tu habitación, a la luz de la luna…

Pero es mejor no hablar.

No quiero recordar el timbre de tu voz, ni saber como te llamas. No quiero recordar a alguien en concreto, a una persona con sus virtudes y sus defectos.

Quiero que seas para siempre la niña de porcelana, preciosa y superficial, y previsible, y encantadora.

Quiero que seas siempre la musa que inspiró el primer cuento de luna, y quiero despedirme de ti recordándote siempre así, esté equivocada o no, es lo que deseo.

Fuerzo una sonrisa mientras te sostengo la mirada, tal vez un poco demasiado desafiante.

No tiene sentido alargar más tiempo este momento.

Un sobre blanco se desliza hasta tu mano, y lo coges sin dejar de mirarme. Lo guardas en el bolsillo de tu pantalón, y entonces ocurre lo que nunca pensé que ocurriría.

Inclinas la cabeza y me besas.

Está ocurriendo de verdad, en el lavabo de aquel antro. Tu lengua explora el interior de mi boca, tu mano se posa en mi cintura, me acerca a ti y el beso se hace más profundo, los dientes desean morder los labios que se introducen en la boca por la fuerza que ejercen, como queriendo sorber la esencia de la persona que tiene enfrente.

Tras unos eternos momentos de saborear el cielo, te separas de mí, y se dibuja en esos labios que degustaba hacía apenas unos segundos se dibuja una sonrisa.

“De nada, niña” Musito antes de darme la vuelta y desaparecer para siempre. Sé lo que vas a hacer a continuación, sé que vas a ir.

Nueve de la mañana, estación del metro línea 4. Allí te veré.

Adiós.




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