Elisa

-¿Cómo estás?

Le miré como quien no comprende, porque realmente no comprendía la pregunta. Todos los días la hacía, al menos, todos los días que le dejaba que la hiciera.

-Agobiada- le respondí, como siempre, sin creerme todavía que hubiese venido hasta mi casa sólo para proponerme la maldita cuestión.

-Venga-me cogió del brazo y me llevó desde la puerta hasta el sofá y me obligó a sentarme sin soltarme-cuéntame.

Mi cara de incredulidad debía de ser un poema.

-¿Quieres tomar algo?

-Quiero que me cuentes qué coño te pasa. No llamas, no escribes, no sé nada de ti, y cuando por fin consigo verte, sigues sin hablar, sin querer quedarte a solas conmigo y sin mirarme a los ojos. Me gusta cuando me miras a los ojos y me cuentas qué te pasa, y a eso he venido.

Me solté de su mano y encendí un cigarrillo. Respirando hondo el humo, me abrasó el fondo de los pulmones como el agobio me abrasaba en cada momento en el que estaba despierta.

-No quiero hablar de ello, Eric. No quiero hablar más de ello. Te lo he estado contando desde que empezó y no has podido detenerlo, ni yo tampoco. ¿Puedes hacer que pare el dolor, la soledad, la tristeza? ¿Puedes hacer algo?

Me había incorporado, y le miraba a los ojos, como me había pedido. Pero no sonreía, no lo hacíamos ninguno de los dos.

De repente, la perfecta anfitriona a la que estaba acostumbrado desapareció, y con ella la amiga de formas correctas y bondad diplomática. Sólo estaba yo, temblando de rabia.

-¿Es esto lo que querías, Eric? ¿Verme a mí?

Se movió ligeramente hacia delante, y pensé por un segundo que se iba a ir, por fin. Que me iba a dejar tranquila, que me iba a permitir seguir solucionando mis asuntos a mi sola. Enterré la cabeza entre las manos después de apagar el cigarrillo a la mitad y dar un trago de café, y entonces noté el calor de su piel a través de la tela de la camiseta.

Su mano se había posado en mi hombro. Su pecho se había acercado a mi cara y me obligaba a apoyarme en él.

-Es lo único que quiero-me susurró.

Sus labios se posaron en mi cuello y yo salté como un resorte, alejándome de él.

-Tú… Pero… ¿De qué coño vas? ¿Crees que un polvo va a relajar a la idiota histérica que no tiene nada mejor que hacer que deprimirse? ¿Es en serio?- Me había levantado del sofá y le estaba gritando.

Pero él no se inmutó. Se quedó mirándome, sin culpa ni decepción ni tristeza ni nada en sus ojos. Sólo me miraba y me escuchaba, descifrando los mensajes ocultos escondidos tras mi indignación.

Me sonrió y se levantó.

-¿Has terminado?

Ahora la que me quedé callada fui yo. Estaba completamente desconcertada. Y notaba la rabia que subía desde mi estómago. Una ola gigante de rabia. En eso se había convertido la frustración y la tristeza.

-Vete

Eric dio un paso hacia delante, pero se paró enfrente.

-Ahora voy a abrazarte y no me vas a negar el abrazo. No te va a doler, ¿vale?

Me abarcó con sus enormes brazos y me estrechó contra su pecho de nuevo. Notaba su respiración calmada en mi cuello, el latido de su corazón, el calor de su piel y el olor en la base de su cabello a madera noble.

-Suéltame

-Aguanta- susurró- A veces sufrir un poco es necesario para curarse.

Poco a poco, y en contra de mi voluntad, mis manos se fueron aferrando a su espalda.

-¿Qué es eso que te duele tanto?- Me preguntó al oído

Por toda respuesta, empecé a llorar. Lloré como nunca lo había hecho en mi soledad escogida. Lloré en silencio, sin notar el dolor mordiendo, sólo dejando salir las lágrimas.

Él me sujetó cada vez más fuerte, como queriendo contener lo que él consideraba importante de toda aquella ruina que se le presentaba delante.

-Elisa- Susurró. Pero se quedó callado, respetando las lágrimas sagradas que, según los cuentos de hadas, sanan y dan vida nueva.

En lugar de hablar, volví a notar sus labios en mi cuello, trazando un camino entre el lóbulo de la oreja y la base. Recorrió aquel camino mil veces en dos minutos, mientras yo terminaba de limpiar los restos de rabia y sanaba poco a poco, al menos durante un rato.

Dibujaba el camino despacio, oliéndome, saboreando lo que se encontraba, despacio, sin pausa.

Sus manos se fueron agarrando más fuerte a mi cintura, y noté en la pierna un bulto que crecía entre sus pantalones.

-Eric…- No sabía si apartarme y echarlo de mi casa o seguir. Por primera vez en mucho tiempo estaba en paz, y en consecuencia, una vez más, él tenía razón. Quizá era un polvo lo que me iba a tranquilizar y a relajar lo suficiente como para tomar perspectiva.

Su boca buscó la mía, despacio. Parecía que Don Ocupado tenía todo el tiempo del mundo en ese momento. Nos volvimos a besar, como hacía años, como siempre.

Me vinieron a la cabeza imágenes ya olvidadas de una tarde de invierno en la que cometimos una equivocación. Y por fin, salió una sonrisa, al recordar todo lo que vino después. El “Pero yo quiero repetir” y el “mira, tronco, que la liamos”. El “Pero dos amigos pueden follar, no tienen por qué dejar de ser amigos” y el “Pero qué morro tienes y cómo cambias las cosas a tu conveniencia”.

Esta vez era distinto. Aquello fue una tontería, un calentón, una gilipollez para entretenernos antes, durante y después del polvo.

En aquel momento, me estaba demostrando su preocupación. Me estaba diciendo que me quería. Y yo le dije lo mismo.

La respiración se fue acelerando poco a poco, y el beso se tornó más profundo. Buscamos la piel del otro por debajo de la ropa como se busca agua en el desierto.

Aquella vez no hubo risas ni nervios. No hubo un antes de conversaciones picantes, ni imaginamos absolutamente nada, y éramos conscientes de que no habría nada después. Era allí y en aquel momento.

La ropa voló por los aires y nos tumbamos despacio en el sofá. Dejé que su lengua explorase mi cuerpo, que lamiese mis pezones, que se hundiese en mi vientre, que volviese a mi boca. Que sus manos buscasen entre mis piernas mientras yo me aferraba a su nuca y arqueaba la espalda para dejarle sitio, y gemía, y le pedía más sin hablar.

Él hundía sus dedos en mi vagina y presionaba con la palma, buscando un grito de placer, y con la otra mano me agarraba el pelo y me besaba en el cuello y me susurraba de vez en cuando que quería follarme, confirmando que teníamos todo el tiempo del mundo.

Salí de la prisión de su cuerpo y le tumbé en el sofá y me subí sobre él. Su polla entró tan suavemente que me arrancó un gemido, y mis caderas empezaron a moverse por voluntad propia, haciendo círculos, subiendo y bajando al mismo tiempo. Disfrutaba de ver cómo se agarraba al sofá con las manos crispadas, suplicándome que no parase. Le acaricié el pecho con las manos mientras empujaba con las caderas y él gritó de placer, gritó mi nombre.

“Elisa”

Era un nombre que tenía atascado desde hacía mucho. Fue como soltar una espina que te pincha el esternón, como liberar agua de una presa.

“Elisa”…

Eso fue lo que dijo cuándo se corrió. Y eso fue lo que murmuró un segundo después en mi oído, cuando me aferró de los brazos y me atrajo hacia sí.

Y yo me dejé hacer.

Había jurado que nunca más iba a dejarme llevar, que iba a tener el control de todo. Que… Es inútil. En ese momento me di cuenta de que es completamente inútil.

-Dime que me quieres

-Claro que te quiero, tonta. Eres mi mejor amiga. ¿Cómo estás?

Sonreí con la cara  pegada a su pecho, aún jadeante.

-Te lo digo luego. ¿Quieres tomar algo?

 

 

Hielo

 

¿Y cómo hemos llegado a esto?

Mírate…

Eres la sombra en el pasillo, el frío de la noche que me eriza la piel, el viento gélido de una noche de tormenta.

El monstruo de debajo de la cama, el fantasma en el armario, el payaso que escondí hace años porque me daba miedo.

¿Qué te ha pasado?

Eras fuego en estado puro, y ahora incluso tu sonrisa da escalofríos.

No quiero que me toques.

Me vuelcas el estómago, me produces una tristeza infinita…

Y no puedo hacer nada.

No se puede ayudar al que no ha pedido ayuda, al que no la quiere, y si no es cosa mía, no quiero verlo.

Me gustaba tu piel cálida, tu sonrisa franca y esa mirada que me hacía dudar. Sí, no, luego, no debo, quiero tocarte, no… Somos amigos, no debo, pero…

Me gustaba tu despreocupación, tu “confía en mí” y el “Estoy aquí”.

Y estabas, vaya si estabas. Presente siempre, entrecortando mi respiración, deseando que me rozaras sin querer al pasar a mi lado, y me mirases desde el otro lado de la habitación, que me abrazaras y me dieras los dos besos reglamentarios de saludo y despedida para poder hundir mi nariz en tu cuello.

Recuerdo las palabras que al fin me susurraste una noche al oído, para que nadie más las oyese “Sólo hay tres mujeres con las que sueño, y tú eres una de ellas”.

No te acerques, no quiero… Ahora sé que no quiero. Déjame terminar. Me dices que no hablo lo suficiente, y ahora que lo hago… Escucha, no te acerques, escucha…

Me decías que no me amabas mientras me pedías que escribiese lo que me gustaría que ocurriese en la siguiente media hora.

Y yo lo escribía. “Quiero que estés aquí”, e imaginaba cómo sería acariciar tu cuerpo, y dejar que tú saboreases el mío.

“Abre las piernas y déjame entrar” me susurrabas por el teléfono, y yo lo hacía, y de repente mis dedos eran los tuyos, y me pedías que gimiese tu nombre.

Después me contabas que te ibas a la ducha y deseabas que el agua caliente que corría por tu piel fuese mi saliva, y que tus manos alrededor de tu polla fuese mi boca, y que te hubiese gustado olerme y saborearme y pasar casi toda la noche juntos.

Casi… Eso era lo que me echaba para atrás.

No te lo dije nunca, pero a veces una mentira hace mucho bien…

Joder, te echo de menos.

Me acuerdo de cuando por fin llegó la oportunidad. Demasiado trabajo, demasiado lejos el uno del otro. Demasiadas cosas que hacer como para poder quedar, y demasiadas dudas, porque sabía que lo iba a ocurrir si por fin te veía a solas.

Y ocurrió, claro que ocurrió.

Apenas sin hablar. Apareciste en mi puerta y me besaste, y cerraste la puerta con el pié para no tener que separarte de mí.

Recuerdo la pared fría en mi espalda y tu pecho ardiendo aprisionándome, y tus manos recorriendo mi espalda buscando el cierre del sujetador.

Y tu lengua en mi boca, y tu olor inundándome, y cómo me empujaste suavemente hasta el sofá y me tumbaste.

“Hoy voy a escribir yo” susurraste con una sonrisa antes de desaparecer entre mis piernas.

Bueno… Lo que siguió fueron gemidos, sudor, manos entrelazadas… Seguro que lo recuerdas tan bien como yo.

¿Y ahora? Te has cansado, dices.

Te has cansado de que te diga que no, que no lo sé, más bien.

No me amas, dices, pero te duelen las negativas. No te importo, pero no encuentras razones para seguir ardiendo sin mí.

No me toques.

Eres el espectro que me agobia desde las sombras que arroja la puerta de mi habitación, la rama del árbol que golpea en la ventana durante una tormenta. Te conozco, pero me das miedo. Me da miedo hablar y cagarla más, así que simplemente me aparto, y espero a que pase la noche, si es que pasa.

Enciendo un cigarrillo y a veces te recuerdo, otras no.

Me gustaría que volvieras, aunque no fuese suficiente, pero tienes que ser tú, no lo que eres ahora. Así no quiero que me veas, así no quiero verte.

Vete si no quieres mi ayuda para volver a arder, aún con mis dudas, aún con mis “no debo” y mis “estoy demasiado ocupada para esto”. Aún con tus “no te amo” y tus “Esto no es algo importante”.

Pero nunca olvides que, a pesar de todo… Joder, te echo de menos…

 

 

El fin

Y así acabó. Sin grandes lloros, sin dramáticas despedidas. Es lo que tiene la falta de amor. No se confundan…

Una cosa es el sudor y el roce de la piel. Y otra muy distinta el amor. Es cierto que aún le echo de menos. Esas largas esperas, esos tímidos saludos… La cosa se jodió cuando dejaron de ser tímidos y fuimos directos al tema.

Se estropeó lo que le hacía especial.

Follar… Eso se puede hacer con cualquiera. No, lo que a mí me gustaba era la insistencia, las promesas y las mentiras.

Porque los dos éramos conscientes de que nada de lo que se decía era verdad, excepto tal vez el “te deseo” y el “te tengo mucha estima”.

Lo que a mí me gustaba era como me miraba, como me sonreía, esperando una respuesta. Como me desnudaba sin quitarme la ropa, como dice la canción. Cómo temblaba cuando posaba sus labios en los míos, después de unos momentos eternos, y su mano se colaba en mi espalda y la acariciaba, y soltaba un gemido, como si se estuviera comiendo el helado más rico del mundo.

Follar… Eso era de lo menos.

Me gustaba su forma de hacerme sentir importante. Notar su voz temblar de deseo y rogarme que me bajase las bragas para enterrar su cara en mis muslos.

Hasta que dejó de hacerlo.

Llegó un momento en que sólo follábamos. Hola, ¿Qué tal? ¿Follamos? Vale.

Eso no tiene gracia.

Sobrevivimos al deseo. Y se acabó. No ardimos en las llamas de la pasión (Qué frase tan terrible). La cama dejó de arder, y con ella, nosotros.

Un buen día… Ya no quisimos más roce. Y ya está. No voy a llorar, ni mucho menos. Ni él tampoco, no se crean…

Es lo que tiene que todo arda, que luego sólo quedan cenizas…

Segundo plato

Llovía. Me encantan los días de lluvia, pero no que me pillen con mil cosas que hacer. Lo maravilloso de esos días es quedarse en casa tomando un café caliente y leyendo, o con alguien que te caiga bien, no, maravillosamente bien, en un bar, viendo caer las gotas por la ventana y hablando de… Bueno, de lo que se tenga que hablar,

Yo no tenía mucho que decirle a Eric, ya hablábamos bastante todos los días, pero es de esas personas con las que no te importaría compartir un café una tarde de lluvia. En realidad, pasaba por su casa de camino al supermercado para hacer la compra de la semana y de ahí a casa a terminar un proyecto importante que debía llevar al trabajo al día siguiente.

  • Perdona, te voy a empapar entero- Le dije mientras le daba dos besos cuando me abrió la puerta.
  • Hola- Dijo sonriendo- Da igual. Pasa.

Me cogió el abrigo y me indicó que me sentara en el sofá.

  • ¿Quieres tomar algo?

Una sonrisa maliciosa. Dios, había estado pensando en ello toda la tarde.

  • Un café caliente, por favor. Estoy empapada, y helada.

Le acompañé a la cocina sin invitación. Era muy amiga de Eric, de ese tipo de amigos que entran hasta la cocina sin preguntar.

  • Sin leche, por favor.
  • Ya, y con dos de azúcar.
  • Si

Me entregó la taza humeante y me miró fijamente. Lo hacía mucho, y yo sabía que estaba intentando decir algo, ordenando sus pensamientos.

  • ¿Qué te pasa?
  • Te noto estresada
  • Vivo estresada, parece que no lo sepas. ¿Tienes la camiseta que me dijiste? La necesito para mañana…

Eric trabajaba en una tienda on line de ropa, además de en un bufete de abogados, como administrativo.

  • Sí, ven, a ver si es lo que querías.
  • Yeah-exclamé al verla.

Era preciosa, tal como se la había pedido.

  • Eres un artista, amigo.
  • ¿Te la quieres probar? Así te quitarás esa que llevas, que se te pega todo. Estás empapada…
  • No, que no la quiero estropear.
  • Bueno, pues de te dejo algo…

Se encaminó al armario y volvió con una camisa talla XXL.

  • Es la que solía llevar Sonia para ir por casa. No te importa, ¿no?
  • Gracias.
  • ¿Estás bien? ¿Cómo llevas el divorcio?
  • Bien – Contestó mientras se giraba para darme intimidad- No lo llevamos mal. Ni nos caemos mal. Sólo… Se acabó. A veces pasa.
  • Ya te puedes girar.

Me había desnudado por completo, cubriéndome el cuerpo con aquel enorme trozo de tela con botones.

  • Estás preciosa- Sonrió.
  • Venga…
  • ¿Dónde puedo dejar esto? – Le mostré la ropa mojada que llevaba en la mano. Se aproximó a cogerla y quedó muy cerca de mí.
  • En serio, estás preciosa.
  • Eric…

No pude decir más. Su boca cubrió la mía y su mano se agarró a mi cintura.

No sé por qué, correspondí al beso. Estaba claro que era el segundo plato, el clavo que tiene la difícil misión de sacar el primero, que sólo me quería como amiga… Pero le correspondí.

  • Qué bien hueles-me susurró al oído.- Y enterró su nariz en mi cuello.

Mi mano tomó la iniciativa y se posó en su entrepierna. Los vaqueros anchos no facilitaban la tarea, así que los sorteé por encima del cinturón, arrancándole un suspiro.

  • Quiero follarte-jadeó.

Me empujó suavemente hacia la cama y desabrochó la camisa. Besó mi cuello, mis pechos, mi abdomen y enterró su cara entre mis muslos.

Su lengua jugueteaba entre los pliegues de mi sexo, entraba y salía y lamía y hacía que subiese desde el estómago el calor del deseo mal llevado.

Mi espalda se arqueó con el primer espasmo del orgasmo que se aproximaba y agarré su cabello mientras le suplicaba que no parase.

  • Fóllame-le supliqué
  • Me dio la vuelta suavemente y cubrió mi espalda con su pecho. Notaba su polla dura contra mis nalgas, y me penetró, suave, dulcemente. Sus manos se agarraron a mis caderas y empezó a empujar más fuerte.
  • ¿Te gusta?-jadeó-dime que te gusta…
  • Sigue…-Mi voz trémula le suplicaba que no parase, que fuese más rápido, más…

El sudor empezó a brotar mientras aumentaba el ritmo de las embestidas, y por fin, sus manos se crisparon sobre mi piel y gimió mi nombre mientras se abrazaba a mi cintura y enterraba su cara en mi nuca.

  • Ven aquí-dijo mientras se derrumbaba a mi lado. Me acurruqué en su pecho, y él me abrazó.
  • No te he puesto a secar la ropa-dijo sonriendo.

No dije nada. Sólo sonreí y me levanté poco a poco, retirando su brazo de mi cuello.

  • No importa, me voy a volver a mojar…
  • No te vayas.

Me senté a horcajadas sobre él y le besé de nuevo.

  • No vamos a liar las cosas, ¿no? Hasta mañana, no hace falta que me acompañes. Es lo que tiene ser el segundo plato, que cuando se termina, se da por terminada la cena…

Siempre no

Deslizar los dedos sobre el teclado, tocar las teclas justas que a ella le habrían hecho dar un respingo o le hubieran sacado una sonrisa manchada de rubor.

Buscar con el cursor quien está conectado. Hay mucha gente, poca que le interese. Busca de nuevo el historial y sonríe al volver a leer aquellas conversaciones. Sonríe al recordar el calor que le invadía, la dificultad de escribir con una sola mano y la respiración entrecortada.

“Imagina que ahora me acerco a tu casa”

“¿Te cruzarías la ciudad sólo para venir a verme?

“Me cruzaría la ciudad sólo para ir a acariciarte”

Ella nunca se tocó mientras le escribía. “Después” siempre le decía, “Prefiero estar sola”

“Te llamo”

“No”

Hacía más de dos semanas que no se conectaba. No se despidió, no dijo nada. La imaginaba en sus cosas, paseando aquel cuerpo que le hubiese gustado tocar, solo por la calle, imbuida en sus deberes cotidianos.

Aquel cuerpo que tantas veces había imaginado contra el suyo, sudando, jadeando su nombre. ¿Cuántas veces le había pedido una fotografía?

“Sólo en ropa interior”

“No”

Su última palabra fue una promesa. “Hablamos”. Pero no volvieron a hablar.  No volvieron a imaginar juntos caricias y juegos y sofocos y humedad.

No tendría que haberla presionado. Ella sólo quería hablar. Se lo había dicho bien claro.

“No quiero oírte, sólo quiero leerte”

“Déjame escuchar cómo lo haces”

“No”

Siempre no.

¿Cómo se iba a imaginar que la iba a echar tanto de menos? Nadie habló de amor, pero ahora que no estaba…

Se recostó en la silla, miró al techo. Se acordó por enésima vez de su sonrisa, de su olor… De todo aquello que no se atrevía a decirle cuando estaban juntos. De todos los abrazos desperdiciados, de todas las palabras no dichas, y sobre todo, de aquellos roces casuales al pasar junto a ella.

La conocía hacía mucho, y no recordaba la primera vez que hablaron de lo que les gustaría hacer si tuviesen oportunidad. O más bien de lo que les hubiese gustado hacer. Una visita sorpresa, arrinconarla contra una pared, robarle un beso, después otro, y luego una caricia bajo la ropa.

Después ya se vería, a ninguno le faltaba imaginación.

Pero no. Ella nunca quiso.

“Sólo quiero hablar”

Y hablaron, vaya si hablaron. Y rieron, y follaron a muchos kilómetros de distancia.

¨ ¿Qué te gustaría hacer?”

“Quiero tocarte”

“Hazlo”

“No, de verdad”

“Sabes que no puede ser…”

Y ahora la echaba de menos.

¿Cómo puede una persona acercarse tanto a través de una pantalla de ordenador?

Echó un último vistazo antes de cerrar la sesión y los recuerdos. Un mensaje flotaba en una ventana de chat “He tenido problemas con la conexión. Mañana te cuento. Besos”

El calor subiendo de nuevo desde el estómago y una sonrisa de satisfacción. “OK. Mañana hablamos”…

Hoy no hay final

Y bien… ¿En serio vamos a hablar del final? Mira… no. El sol brilla, el aire es fresco y la gente sonríe. No todos, nunca son todos, pero eso da igual.

¿Cómo lo hago como para que me enseñes los dientes? El mundo no se va acabar hoy, no para ti.  Aún no has cumplido todas las promesas que me hiciste, ni todas las intenciones que tenías conmigo.

Aún no hemos bailado esa canción, ni hemos tomado la segunda ronda. Aún no has conseguido volver a besarme, y eso que decías que querías hacerlo con toda la pasión de la que eres capaz.

Ey, chico… no, esto no funciona así. El mundo no va a dejar de girar sólo para cumplir tus deseos puntuales. El universo no va a explotar porque tú estés triste.

Confía en mí y da el siguiente paso. El suelo es firme. Mañana volverás a empezar y será mejor, o peor, no importa.

Será, quieras o no. Acéptalo.

No te irás, porque necesitas mi olor, el calor de mi piel, o la promesa de ambos. No te irás porque deseas escuchar mi voz todos los días, esas cosas que tengo que decirte, que siempre te digo y que te encantan,  que te alegran el dia.

No me dejarás porque de un modo u otro, me quieres. A veces para unas cosas, a veces para otras, pero me quieres.

Asúmelo de una maldita vez.

No, no vamos a hablar del final de nada. Mañana volverás a venir a verme, y volveré a pasar mi brazo por tus hombros, como siempre, y te daré mil razones para seguir, y una sola para no hacerlo. Y te dejaré decidir, porque sé que sólo hay una cosa que te de más miedo que quedarte solo… Quedarte sin mi.

 

A veces

A veces, sólo a veces, las gotas de lluvia no hacen el suficiente ruido

y tu voz se cuela entre ellas.

A veces, entre las manchas de frío, adivino un te echo de menos, pero

procuro no hacerle caso.

Quizá un poco más de tiempo, plegado y guardado para

las ocasiones especiales, me permite vagar por las hendiduras

de tu ausencia

y buscar unos ojos conocidos en el vacío del aire

que me rodea.

A veces el ruido de alrededor me deja volver a oler tu perfume

como si me tendiera la mano y me dijera que en realidad no

es tan malo estar ocupado todo el tiempo.

Pero la luna, y la tormenta y las nubes, y todo eso que me recuerda

a  tu presencia me susurran que no es cierto, así que, a veces,

ya no sé a quién creer.

Sin palabras, buscaré pensamientos que me reconforten,

en silencio, devoraré las palabras que definan algo, porque no

sirve de nada intentar dar forma a esto.

Sin imágenes, buscaré esa  paz de ausencia total, porque no

soy capaz de seguir soñando  sólo a veces…

si tu no estás aqui