Misiva tercera (Angel)

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La noche estaba siendo tranquila. Llovía a cántaros, y hacía frío, así que de los apenas treinta clientes que habían desperdigados por el local, al menos veinte sólo habían entrado a refugiarse.

 

Le conferían un ambiente raro, gente muy joven, con pinta de ser… muy joven, amarrados a las manos de sus parejas, miraban extasiados a Laura contonearse en el escenario, impertérrita ante su nuevo público. El escultural cuerpo untado de aceite con brillantina que tanto le gustaba, su ropa interior metalizada y el largo  cabello de leona suelto, dando bandazos de un lado a otro al ritmo de la música, al compás de sus finas caderas…

 

Lo cierto es que debía ser hipnótico, si, como es mi caso, no la tienes que ver todas las noches repetir el numerito, y, por supuesto, el de los habituales, que había noches que me prestaban más atención a mi, a pesar de no tener ni de lejos su figura, su cara de niña mala. En cambio, yo era la señora de la barra. Hay veces que un whisky es más apetitoso que una mujer. Y te mete en menos líos.

 

No pude evitar una sonrisa al verle en una mesa al final del local, medio escondido entre una pareja que miraba a Laura casi escandalizados y el punto ciego que dejaba un foco de color rojo, justo tras el haz de luz.

 

Me acerqué despacio, mi susurro le sorprendió.

 

– Buenas noches, poeta, ¿Sólo vas a tomar furcia o te traigo algo de beber?

 

Me dedicó una de sus sonrisas rotas y una larga mirada de afecto. Había pasado mucho tiempo desde que entró por primera vez allí. Un chiquillo asustado que se hacía el tipo duro le pidió su primer whisky a una chiquilla asustada en su primer empleo. En aquel tiempo, la única que parecía saber lo que estaba haciendo era Laura, que aunque un poco más joven que nosotros, siempre ha sido consciente de su belleza, sabedora de que se podía ganar la vida con ella durante mucho tiempo.

 

         No me llames así, Ali.  Hace tiempo que no escribo nada…

         Bueno, tu musa sigue ahí, enseñando el tanga plateado. ¿Te traigo papel y lápiz?

         ¿Eres siempre tan cruel?

         Ya sabes que si – me salió la sonrisa, a pesar de no querer mostrarla mientras deslizaba en su mesa un vaso de la mejor botella de escocés.

Su manaza enorme pasó por mi cintura y me obligó a sentarme en sus rodillas. Sus labios rozaron mi mejilla y me abrazó, apoyando su cabeza en mi hombro.

         Eres genial, siempre me haces reir

         No era mi intención.

         Ya lo sé, eso es lo que más me gusta de ti.

         Ni lo intentes, no te está mirando- Me levanté de sopetón- Si hay algo que tengo claro en esta vida es que no voy a ser el segundo plato de nadie.

         Ali…

 

Su voz se perdió entre las notas de un solo de saxo y el contoneo de las caderas de Laura. Sus intenciones se quedaron flotando en el humo del ambiente y las miradas asombradas de aquellos aspirantes a perdedores que entraban por primera vez en aquel antro. Alguien me preguntó si me estaba molestando. Le dediqué una sonrisa a aquel muchachito vestido de negro que ya se estaba retirando la manga de su camisa dejándole paso a su puño para salir a pasear por la cara del poeta.

 

         Cariño, aquí nadie molesta ni está de mas. ¿Qué te pongo?

 

No sé cuanto tiempo pasó, entre copa y copa, Laura terminó de bailar. La gente fue despejando, pero el poeta siguió inmóvil en su mesa, con los ojos fijos en el escenario vacío. Ni siquiera se volvió cuando ella salió del local colgada del brazo de un tipo que le había colado en algún momento un billete de los grandes en el hilo del tanga.

Como de costumbre, no se despidió al salir, pero dejó su perfume suspendido en el aire como una nube tóxica.

 

– Niños!- alcé la voz- Se acabó el espectáculo. Mañana a la misma hora, más.

 

Los parroquianos que quedaban fueron saliendo, y nos quedamos solos.

 

         Poeta, tú también, a menos que pretendas ayudarme a pasar la fregona.- Se levantó despacio, obediente, agarrándose a la silla para ayudarse- menuda te has pillado, eso no puede ser bueno.

         ¿Crees que aún piensa en mi?

 

La pregunta me traspasó como un cuchillo. Nunca había sido tan claro, debía ser el  alcohol, pero no pude evitar enfurecerme con él.

 

         No, no piensa en ti como no piensa en nadie que no sea ella. Deja de hacer el imbécil, vete a casa, poeta, y no vuelvas más si estimas tu vida un poco, si aún tienes ganas en algún lugar de esta ruina que es tu alma de salir de esta porquería en la que te metiste por pensar con el cipote.

 

Le empujé violentamente, pero a pesar de su evidente borrachera, apenas se movió. Eso es lo malo de medir poco más de metro y medio.  Me tomó por la cintura, y sus labios se pegaron a los míos, su lengua se coló entre ellos e hizo que mi determinación flaquease por un momento. Tanto tiempo deseando eso…

 

         Me equivoqué de chica- me susurró al oído

         Vete a la mierda

 

Y eso hizo. Salió por la puerta mientras encendía un cigarrillo.

Se me quedó en el cuerpo la sensación extraña de que no le iba a volver a ver, aunque siempre que se iba la tenía, así que no le dí más importancia. Observé su figura mientras se alejaba calle abajo, a la tenue luz del amanecer. Se me antojó un detective en apuros… Bueno, en apuros estaba, desde luego.

 

– Te lo tengo dicho, poeta, un whisky trae menos problemas que una mujer- susurré antes de cerrar la persiana.

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Un pensamiento en “Misiva tercera (Angel)

  1. Quien no tiene en su biografia aunque solo sea un poquito asi?….
    me gusta.

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