El fin

Y así acabó. Sin grandes lloros, sin dramáticas despedidas. Es lo que tiene la falta de amor. No se confundan…

Una cosa es el sudor y el roce de la piel. Y otra muy distinta el amor. Es cierto que aún le echo de menos. Esas largas esperas, esos tímidos saludos… La cosa se jodió cuando dejaron de ser tímidos y fuimos directos al tema.

Se estropeó lo que le hacía especial.

Follar… Eso se puede hacer con cualquiera. No, lo que a mí me gustaba era la insistencia, las promesas y las mentiras.

Porque los dos éramos conscientes de que nada de lo que se decía era verdad, excepto tal vez el “te deseo” y el “te tengo mucha estima”.

Lo que a mí me gustaba era como me miraba, como me sonreía, esperando una respuesta. Como me desnudaba sin quitarme la ropa, como dice la canción. Cómo temblaba cuando posaba sus labios en los míos, después de unos momentos eternos, y su mano se colaba en mi espalda y la acariciaba, y soltaba un gemido, como si se estuviera comiendo el helado más rico del mundo.

Follar… Eso era de lo menos.

Me gustaba su forma de hacerme sentir importante. Notar su voz temblar de deseo y rogarme que me bajase las bragas para enterrar su cara en mis muslos.

Hasta que dejó de hacerlo.

Llegó un momento en que sólo follábamos. Hola, ¿Qué tal? ¿Follamos? Vale.

Eso no tiene gracia.

Sobrevivimos al deseo. Y se acabó. No ardimos en las llamas de la pasión (Qué frase tan terrible). La cama dejó de arder, y con ella, nosotros.

Un buen día… Ya no quisimos más roce. Y ya está. No voy a llorar, ni mucho menos. Ni él tampoco, no se crean…

Es lo que tiene que todo arda, que luego sólo quedan cenizas…

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