Elisa

-¿Cómo estás?

Le miré como quien no comprende, porque realmente no comprendía la pregunta. Todos los días la hacía, al menos, todos los días que le dejaba que la hiciera.

-Agobiada- le respondí, como siempre, sin creerme todavía que hubiese venido hasta mi casa sólo para proponerme la maldita cuestión.

-Venga-me cogió del brazo y me llevó desde la puerta hasta el sofá y me obligó a sentarme sin soltarme-cuéntame.

Mi cara de incredulidad debía de ser un poema.

-¿Quieres tomar algo?

-Quiero que me cuentes qué coño te pasa. No llamas, no escribes, no sé nada de ti, y cuando por fin consigo verte, sigues sin hablar, sin querer quedarte a solas conmigo y sin mirarme a los ojos. Me gusta cuando me miras a los ojos y me cuentas qué te pasa, y a eso he venido.

Me solté de su mano y encendí un cigarrillo. Respirando hondo el humo, me abrasó el fondo de los pulmones como el agobio me abrasaba en cada momento en el que estaba despierta.

-No quiero hablar de ello, Eric. No quiero hablar más de ello. Te lo he estado contando desde que empezó y no has podido detenerlo, ni yo tampoco. ¿Puedes hacer que pare el dolor, la soledad, la tristeza? ¿Puedes hacer algo?

Me había incorporado, y le miraba a los ojos, como me había pedido. Pero no sonreía, no lo hacíamos ninguno de los dos.

De repente, la perfecta anfitriona a la que estaba acostumbrado desapareció, y con ella la amiga de formas correctas y bondad diplomática. Sólo estaba yo, temblando de rabia.

-¿Es esto lo que querías, Eric? ¿Verme a mí?

Se movió ligeramente hacia delante, y pensé por un segundo que se iba a ir, por fin. Que me iba a dejar tranquila, que me iba a permitir seguir solucionando mis asuntos a mi sola. Enterré la cabeza entre las manos después de apagar el cigarrillo a la mitad y dar un trago de café, y entonces noté el calor de su piel a través de la tela de la camiseta.

Su mano se había posado en mi hombro. Su pecho se había acercado a mi cara y me obligaba a apoyarme en él.

-Es lo único que quiero-me susurró.

Sus labios se posaron en mi cuello y yo salté como un resorte, alejándome de él.

-Tú… Pero… ¿De qué coño vas? ¿Crees que un polvo va a relajar a la idiota histérica que no tiene nada mejor que hacer que deprimirse? ¿Es en serio?- Me había levantado del sofá y le estaba gritando.

Pero él no se inmutó. Se quedó mirándome, sin culpa ni decepción ni tristeza ni nada en sus ojos. Sólo me miraba y me escuchaba, descifrando los mensajes ocultos escondidos tras mi indignación.

Me sonrió y se levantó.

-¿Has terminado?

Ahora la que me quedé callada fui yo. Estaba completamente desconcertada. Y notaba la rabia que subía desde mi estómago. Una ola gigante de rabia. En eso se había convertido la frustración y la tristeza.

-Vete

Eric dio un paso hacia delante, pero se paró enfrente.

-Ahora voy a abrazarte y no me vas a negar el abrazo. No te va a doler, ¿vale?

Me abarcó con sus enormes brazos y me estrechó contra su pecho de nuevo. Notaba su respiración calmada en mi cuello, el latido de su corazón, el calor de su piel y el olor en la base de su cabello a madera noble.

-Suéltame

-Aguanta- susurró- A veces sufrir un poco es necesario para curarse.

Poco a poco, y en contra de mi voluntad, mis manos se fueron aferrando a su espalda.

-¿Qué es eso que te duele tanto?- Me preguntó al oído

Por toda respuesta, empecé a llorar. Lloré como nunca lo había hecho en mi soledad escogida. Lloré en silencio, sin notar el dolor mordiendo, sólo dejando salir las lágrimas.

Él me sujetó cada vez más fuerte, como queriendo contener lo que él consideraba importante de toda aquella ruina que se le presentaba delante.

-Elisa- Susurró. Pero se quedó callado, respetando las lágrimas sagradas que, según los cuentos de hadas, sanan y dan vida nueva.

En lugar de hablar, volví a notar sus labios en mi cuello, trazando un camino entre el lóbulo de la oreja y la base. Recorrió aquel camino mil veces en dos minutos, mientras yo terminaba de limpiar los restos de rabia y sanaba poco a poco, al menos durante un rato.

Dibujaba el camino despacio, oliéndome, saboreando lo que se encontraba, despacio, sin pausa.

Sus manos se fueron agarrando más fuerte a mi cintura, y noté en la pierna un bulto que crecía entre sus pantalones.

-Eric…- No sabía si apartarme y echarlo de mi casa o seguir. Por primera vez en mucho tiempo estaba en paz, y en consecuencia, una vez más, él tenía razón. Quizá era un polvo lo que me iba a tranquilizar y a relajar lo suficiente como para tomar perspectiva.

Su boca buscó la mía, despacio. Parecía que Don Ocupado tenía todo el tiempo del mundo en ese momento. Nos volvimos a besar, como hacía años, como siempre.

Me vinieron a la cabeza imágenes ya olvidadas de una tarde de invierno en la que cometimos una equivocación. Y por fin, salió una sonrisa, al recordar todo lo que vino después. El “Pero yo quiero repetir” y el “mira, tronco, que la liamos”. El “Pero dos amigos pueden follar, no tienen por qué dejar de ser amigos” y el “Pero qué morro tienes y cómo cambias las cosas a tu conveniencia”.

Esta vez era distinto. Aquello fue una tontería, un calentón, una gilipollez para entretenernos antes, durante y después del polvo.

En aquel momento, me estaba demostrando su preocupación. Me estaba diciendo que me quería. Y yo le dije lo mismo.

La respiración se fue acelerando poco a poco, y el beso se tornó más profundo. Buscamos la piel del otro por debajo de la ropa como se busca agua en el desierto.

Aquella vez no hubo risas ni nervios. No hubo un antes de conversaciones picantes, ni imaginamos absolutamente nada, y éramos conscientes de que no habría nada después. Era allí y en aquel momento.

La ropa voló por los aires y nos tumbamos despacio en el sofá. Dejé que su lengua explorase mi cuerpo, que lamiese mis pezones, que se hundiese en mi vientre, que volviese a mi boca. Que sus manos buscasen entre mis piernas mientras yo me aferraba a su nuca y arqueaba la espalda para dejarle sitio, y gemía, y le pedía más sin hablar.

Él hundía sus dedos en mi vagina y presionaba con la palma, buscando un grito de placer, y con la otra mano me agarraba el pelo y me besaba en el cuello y me susurraba de vez en cuando que quería follarme, confirmando que teníamos todo el tiempo del mundo.

Salí de la prisión de su cuerpo y le tumbé en el sofá y me subí sobre él. Su polla entró tan suavemente que me arrancó un gemido, y mis caderas empezaron a moverse por voluntad propia, haciendo círculos, subiendo y bajando al mismo tiempo. Disfrutaba de ver cómo se agarraba al sofá con las manos crispadas, suplicándome que no parase. Le acaricié el pecho con las manos mientras empujaba con las caderas y él gritó de placer, gritó mi nombre.

“Elisa”

Era un nombre que tenía atascado desde hacía mucho. Fue como soltar una espina que te pincha el esternón, como liberar agua de una presa.

“Elisa”…

Eso fue lo que dijo cuándo se corrió. Y eso fue lo que murmuró un segundo después en mi oído, cuando me aferró de los brazos y me atrajo hacia sí.

Y yo me dejé hacer.

Había jurado que nunca más iba a dejarme llevar, que iba a tener el control de todo. Que… Es inútil. En ese momento me di cuenta de que es completamente inútil.

-Dime que me quieres

-Claro que te quiero, tonta. Eres mi mejor amiga. ¿Cómo estás?

Sonreí con la cara  pegada a su pecho, aún jadeante.

-Te lo digo luego. ¿Quieres tomar algo?

 

 

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Hielo

 

¿Y cómo hemos llegado a esto?

Mírate…

Eres la sombra en el pasillo, el frío de la noche que me eriza la piel, el viento gélido de una noche de tormenta.

El monstruo de debajo de la cama, el fantasma en el armario, el payaso que escondí hace años porque me daba miedo.

¿Qué te ha pasado?

Eras fuego en estado puro, y ahora incluso tu sonrisa da escalofríos.

No quiero que me toques.

Me vuelcas el estómago, me produces una tristeza infinita…

Y no puedo hacer nada.

No se puede ayudar al que no ha pedido ayuda, al que no la quiere, y si no es cosa mía, no quiero verlo.

Me gustaba tu piel cálida, tu sonrisa franca y esa mirada que me hacía dudar. Sí, no, luego, no debo, quiero tocarte, no… Somos amigos, no debo, pero…

Me gustaba tu despreocupación, tu “confía en mí” y el “Estoy aquí”.

Y estabas, vaya si estabas. Presente siempre, entrecortando mi respiración, deseando que me rozaras sin querer al pasar a mi lado, y me mirases desde el otro lado de la habitación, que me abrazaras y me dieras los dos besos reglamentarios de saludo y despedida para poder hundir mi nariz en tu cuello.

Recuerdo las palabras que al fin me susurraste una noche al oído, para que nadie más las oyese “Sólo hay tres mujeres con las que sueño, y tú eres una de ellas”.

No te acerques, no quiero… Ahora sé que no quiero. Déjame terminar. Me dices que no hablo lo suficiente, y ahora que lo hago… Escucha, no te acerques, escucha…

Me decías que no me amabas mientras me pedías que escribiese lo que me gustaría que ocurriese en la siguiente media hora.

Y yo lo escribía. “Quiero que estés aquí”, e imaginaba cómo sería acariciar tu cuerpo, y dejar que tú saboreases el mío.

“Abre las piernas y déjame entrar” me susurrabas por el teléfono, y yo lo hacía, y de repente mis dedos eran los tuyos, y me pedías que gimiese tu nombre.

Después me contabas que te ibas a la ducha y deseabas que el agua caliente que corría por tu piel fuese mi saliva, y que tus manos alrededor de tu polla fuese mi boca, y que te hubiese gustado olerme y saborearme y pasar casi toda la noche juntos.

Casi… Eso era lo que me echaba para atrás.

No te lo dije nunca, pero a veces una mentira hace mucho bien…

Joder, te echo de menos.

Me acuerdo de cuando por fin llegó la oportunidad. Demasiado trabajo, demasiado lejos el uno del otro. Demasiadas cosas que hacer como para poder quedar, y demasiadas dudas, porque sabía que lo iba a ocurrir si por fin te veía a solas.

Y ocurrió, claro que ocurrió.

Apenas sin hablar. Apareciste en mi puerta y me besaste, y cerraste la puerta con el pié para no tener que separarte de mí.

Recuerdo la pared fría en mi espalda y tu pecho ardiendo aprisionándome, y tus manos recorriendo mi espalda buscando el cierre del sujetador.

Y tu lengua en mi boca, y tu olor inundándome, y cómo me empujaste suavemente hasta el sofá y me tumbaste.

“Hoy voy a escribir yo” susurraste con una sonrisa antes de desaparecer entre mis piernas.

Bueno… Lo que siguió fueron gemidos, sudor, manos entrelazadas… Seguro que lo recuerdas tan bien como yo.

¿Y ahora? Te has cansado, dices.

Te has cansado de que te diga que no, que no lo sé, más bien.

No me amas, dices, pero te duelen las negativas. No te importo, pero no encuentras razones para seguir ardiendo sin mí.

No me toques.

Eres el espectro que me agobia desde las sombras que arroja la puerta de mi habitación, la rama del árbol que golpea en la ventana durante una tormenta. Te conozco, pero me das miedo. Me da miedo hablar y cagarla más, así que simplemente me aparto, y espero a que pase la noche, si es que pasa.

Enciendo un cigarrillo y a veces te recuerdo, otras no.

Me gustaría que volvieras, aunque no fuese suficiente, pero tienes que ser tú, no lo que eres ahora. Así no quiero que me veas, así no quiero verte.

Vete si no quieres mi ayuda para volver a arder, aún con mis dudas, aún con mis “no debo” y mis “estoy demasiado ocupada para esto”. Aún con tus “no te amo” y tus “Esto no es algo importante”.

Pero nunca olvides que, a pesar de todo… Joder, te echo de menos…