Hielo

 

¿Y cómo hemos llegado a esto?

Mírate…

Eres la sombra en el pasillo, el frío de la noche que me eriza la piel, el viento gélido de una noche de tormenta.

El monstruo de debajo de la cama, el fantasma en el armario, el payaso que escondí hace años porque me daba miedo.

¿Qué te ha pasado?

Eras fuego en estado puro, y ahora incluso tu sonrisa da escalofríos.

No quiero que me toques.

Me vuelcas el estómago, me produces una tristeza infinita…

Y no puedo hacer nada.

No se puede ayudar al que no ha pedido ayuda, al que no la quiere, y si no es cosa mía, no quiero verlo.

Me gustaba tu piel cálida, tu sonrisa franca y esa mirada que me hacía dudar. Sí, no, luego, no debo, quiero tocarte, no… Somos amigos, no debo, pero…

Me gustaba tu despreocupación, tu “confía en mí” y el “Estoy aquí”.

Y estabas, vaya si estabas. Presente siempre, entrecortando mi respiración, deseando que me rozaras sin querer al pasar a mi lado, y me mirases desde el otro lado de la habitación, que me abrazaras y me dieras los dos besos reglamentarios de saludo y despedida para poder hundir mi nariz en tu cuello.

Recuerdo las palabras que al fin me susurraste una noche al oído, para que nadie más las oyese “Sólo hay tres mujeres con las que sueño, y tú eres una de ellas”.

No te acerques, no quiero… Ahora sé que no quiero. Déjame terminar. Me dices que no hablo lo suficiente, y ahora que lo hago… Escucha, no te acerques, escucha…

Me decías que no me amabas mientras me pedías que escribiese lo que me gustaría que ocurriese en la siguiente media hora.

Y yo lo escribía. “Quiero que estés aquí”, e imaginaba cómo sería acariciar tu cuerpo, y dejar que tú saboreases el mío.

“Abre las piernas y déjame entrar” me susurrabas por el teléfono, y yo lo hacía, y de repente mis dedos eran los tuyos, y me pedías que gimiese tu nombre.

Después me contabas que te ibas a la ducha y deseabas que el agua caliente que corría por tu piel fuese mi saliva, y que tus manos alrededor de tu polla fuese mi boca, y que te hubiese gustado olerme y saborearme y pasar casi toda la noche juntos.

Casi… Eso era lo que me echaba para atrás.

No te lo dije nunca, pero a veces una mentira hace mucho bien…

Joder, te echo de menos.

Me acuerdo de cuando por fin llegó la oportunidad. Demasiado trabajo, demasiado lejos el uno del otro. Demasiadas cosas que hacer como para poder quedar, y demasiadas dudas, porque sabía que lo iba a ocurrir si por fin te veía a solas.

Y ocurrió, claro que ocurrió.

Apenas sin hablar. Apareciste en mi puerta y me besaste, y cerraste la puerta con el pié para no tener que separarte de mí.

Recuerdo la pared fría en mi espalda y tu pecho ardiendo aprisionándome, y tus manos recorriendo mi espalda buscando el cierre del sujetador.

Y tu lengua en mi boca, y tu olor inundándome, y cómo me empujaste suavemente hasta el sofá y me tumbaste.

“Hoy voy a escribir yo” susurraste con una sonrisa antes de desaparecer entre mis piernas.

Bueno… Lo que siguió fueron gemidos, sudor, manos entrelazadas… Seguro que lo recuerdas tan bien como yo.

¿Y ahora? Te has cansado, dices.

Te has cansado de que te diga que no, que no lo sé, más bien.

No me amas, dices, pero te duelen las negativas. No te importo, pero no encuentras razones para seguir ardiendo sin mí.

No me toques.

Eres el espectro que me agobia desde las sombras que arroja la puerta de mi habitación, la rama del árbol que golpea en la ventana durante una tormenta. Te conozco, pero me das miedo. Me da miedo hablar y cagarla más, así que simplemente me aparto, y espero a que pase la noche, si es que pasa.

Enciendo un cigarrillo y a veces te recuerdo, otras no.

Me gustaría que volvieras, aunque no fuese suficiente, pero tienes que ser tú, no lo que eres ahora. Así no quiero que me veas, así no quiero verte.

Vete si no quieres mi ayuda para volver a arder, aún con mis dudas, aún con mis “no debo” y mis “estoy demasiado ocupada para esto”. Aún con tus “no te amo” y tus “Esto no es algo importante”.

Pero nunca olvides que, a pesar de todo… Joder, te echo de menos…