Cuenta saldada

Mírame. ¿No era esto lo que querías? Frente a mí, por fin, una noche cualquiera en la que nadie nos va a echar de menos.

Obsérvame desde esa silla y no oses ni respirar. Tú vas a ser el protagonista, tus deseos se van a hacer realidad, y eso debería emocionarte.

Mírame, me he vestido especialmente para la ocasión. Encaje de seda negra sobre la piel más blanca que hayas visto. Sí, negro sobre blanco, palabras de lujuria. Eso es todo lo que vas a conseguir esta noche de mí. Esta es nuestra historia.

La música suena, y estamos solos. La lluvia cae en la calle, como las prendas que se van resbalando por mi piel, esta piel que no vas a tocar, porque así lo decidimos.

¿Quieres que me de la vuelta? Obsérvame mientras me acarician las notas de la canción, mi canción preferida, pero claro, tú no lo sabías. En realidad, no sabes nada aunque te niegues a admitirlo. Simplemente observa cómo me muevo despacio para ti.

¿Puedes oler la piel de mi espalda desnuda? Sí, ahora te dejaré que veas esos pechos que siempre han estado escondidos a tus ojos. Pero no te pongas nervioso.

Primero tiene que acabar de caer el encaje por mis caderas. No puedes evitar seguir el trayecto de la tela con la mirada e intentas liberarte de tus ligaduras.

No, socio. Esta noche va a ser como otra cualquiera. No me vas a tocar.

Mis dedos acompañan la caída y por fin aparezco en todo mi esplendor ante ti. Desnuda, con un fondo de agua justo detrás de mí, como lo habías imaginado.

¿Me acerco? Claro, disfruta de la vista. Mi pié entre tus piernas, apenas apoyado en la silla que te mantiene preso te enseña la visión del paraíso.  Recorro despacio el camino que separa el tobillo de los labios que ahora mismo te gustaría estar besando. Los dedos buscan en su interior y juguetean como tú lo hubieses hecho con tu lengua.

Lo sé, me lo has contado muchas veces.

Un relámpago parte el cielo en dos mientras dibujan círculos con parsimonia, se introducen cuando empieza a aflorar el zumo que te gustaría probar. El cabello me hace cosquillas en la espalda cuando elevo la cabeza y libero el primer suspiro  hacia las nubes de tormenta.

Estás nervioso. Intentas liberarte para saltar sobre mí, pero no lo vas a conseguir. Se me cierran los ojos cuando las corrientes eléctricas me empiezan a tensar el vientre.

Estoy tan cerca…  El calor que desprendo sé que te arde en la cara, mis pechos te desean, mi piel anhela que estés sobre ella, pero…

Estoy disfrutando de esto.  Me encanta ver cómo retuerces  tus  ligaduras de seda negra. Esto fue lo que pediste. Literalmente. Y  tus deseos son órdenes.

Más caricias, más deprisa. Los suspiros se convierten en gemidos, y mi cuerpo se mueve con voluntad propia.  Te oigo gruñir, lejos. Mi espalda se arquea con la llegada del orgasmo, por fin, frente a ti, pensando en ti, como tú querías, con la mano libre sobre tu hombro para no perder el equilibrio. ¿Ha sido tu nombre lo que he pronunciado? Claro, no podía ser de otro modo.

Sé qué es lo que te gustaría, pero no va a poder ser. Huele el aroma del sexo del que nunca vas a beber, siente la seda de mi piel cuando me derrumbo sobre ti al terminar todo. Prueba un poco de mí directamente de mis dedos empapados mientras me recupero… Eso va a ser todo lo que consigas.

A horcajadas sobre ti, casi te dejo lamer el pezón que tienes más cerca, casi puedes sentir el calor que emano a través de tu ropa.  Rodeo tu cuello con mis brazos, me aprieto contra tu pecho. Ahora sí te voy a dejar que entierres tu nariz en mi cabello, como gesto de cortesía. Ahora sí me voy a despedir de ti con la lengua en tu boca, con un beso que te va a arrancar el primer y último gemido de placer de la noche.

Poco a poco, me alejo de ti. No me importa tu sexo abultado, ni tus todavía grandes esfuerzos por desatarte.  No te voy a soltar hasta que se te pasen las ganas de saltar sobre mí.

Recojo la ropa del suelo y empiezo a colocarla en su sitio, sobre mi cuerpo, éste cuerpo que no vas a poder quitarte de la cabeza en unos días.

La llama de un mechero me ilumina por unos segundos el rostro, y una sonrisa cruza mi cara cuando me acerco lo suficiente para susurrarte al oído, mientras te dejo por fin libre.

“Te lo dedico. Ahora… Piérdete”

En la oscuridad

Escondida, me escabullo
de la vista, me escondo en la oscuridad y espero a que pase la tormenta. Me
oculto de un mundo que me fascina y me aterroriza a partes iguales, me escudo
en las sombras, y espero tranquila lejos de todos.

Pero allí, aquí, en el
refugio tranquilo y sombrío, tengo tanto tiempo para pensar… ¿Cómo sería tener
el valor suficiente para salir a la luz?

A veces me tienta la
idea, y escribo cuentos que mando al exterior, para los que viven en la luz,
los valientes, no se olviden de mí.

Uno de esos cuentos te
llevó hasta aquí.

“Te tengo” Apenas
susurraste cuando al fin conseguiste asir mi mano en la oscuridad.  No, no me tienes, pero es tan hermoso que
pienses eso…

Sonreí. No lo viste,  ¿Cómo podrías?, pero lo hice. Y tú lo
escuchaste, como el que escucha el aleteo de una mariposa al otro lado del
mundo.

No quiero ser rescatada,
pero tu determinación es tan fuerte, y las ganas de probar algo de la luz que
traes contigo son tan insoportables…

Imaginé otro cuento, y te
lo hice llegar. Un papel blanco con letras impresas, saliendo de mi oscuridad. ¿Crees
que puedes manejarte bien aquí? ¿De veras crees que sabes?

Cuanta arrogancia, y sin
embargo, volviste a guiarte por el latir sosegado de mi corazón, y volviste a
encontrarme.

“Cualquier día no sabrás
regresar” Te advertí, pero tú volviste a pronunciar tus palabras favoritas, sin
pararte a pensar quién tenía a quien.

“Si quieres, siempre
sabré encontrarte”.

Volví a reprimir una
carcajada. Los seres de luz siempre pensais que podeis con todo… Mis labios en
la entrada de tu oído puedo jurar que te sobresaltaron “Siempre voy a querer
que lo hagas, pero ten cuidado”

Me muevo bien en la
oscuridad. No me importa el calor, ni el frío, ni la humedad. No quisiera que
te perdieras aquí por mi culpa, pero puedo intuir tu fuerza, y es insoportable.
Mis dedos se posan en tus labios, los acarician y los hacen enmudecer.

No sabes lo que dices,
pero ahora mismo… Los atrapas y los lames, y no puedo decirte que no. De
acuerdo, escribiré algo para ti si te vas ahora, pero no esperes que lo vuelva
a repetir.

Imagina una historia en
la oscuridad. ¿Cómo podría ser? Seguro que tan solo puede contar dos cosas.
Miedo irracional a lo que no se ve, o el deseo de acariciar al monstruo de
debajo de la cama.

Tus ojos se cierran en la
oscuridad, lo noto como el que siente que alguien le está mirando. Esperas mi
próximo movimiento, y no lo voy a hacer esperar. Deslizo mis dedos empapados de
tu saliva por tu cuello, recreándome en cada textura de tu anatomía. Aspiro el
aroma que se desprende de tu cabello, y puedo notar tu espalda pegada a mis
pechos.

Me molesta tu ropa,
diseñada para pertenecer al mundo de la luz, donde todo el mundo puede
verte.  Te deshago de ella poco a poco.
La tela traspasa tu cabeza, baja por tus piernas. No sé si seremos capaces de
encontrarla después, pero no creo que eso te preocupe demasiado ahora mismo.

Mis labios recorren el
camino que ha marcado, y te noto temblar, no sé si de miedo o de deseo.

Esto no lo esperabas,
pero se necesita para poder escribirlo después. Para que no te olvides de mí.

Me empujas contra una
pared. Siempre queriendo llevar la voz cantante. De acuerdo, hazlo. Atrapa mi
cuerpo, si es lo que quieres.  Clávame
los dientes en el cuello y haz que todo termine rápido. Acaricia mi piel. Es
suave, y blanca como el papel que utilizaré para escribir nuestra historia.
Imprime la tuya, si quieres, escribe con tu lengua todo lo que nunca te has
atrevido a contar, o a decir.

El aire se escapa de mis
pulmones cuando tu cuerpo presiona sobre el mío. También de los tuyos en un
jadeo animal que precede el fin del cuento.

Las piernas enredadas en
tu cintura, las manos asiendo tu nuca, no puedo evitar pensar que éste es el
único momento en el que me tienes de veras, pero tú no dices nada. Atraviesas
mi cuerpo con el tuyo, me arrancas una sinfonía de gemidos y de repente, todo
acaba.

Yaces a mi lado en la
oscuridad más absoluta, desnudo y perdido.

“Te tengo” te susurro
mientras te vuelvo a vestir despacio.
Mañana te despertarás en tu cama, y no sabrás si ha ocurrido de
verdad.  Encontrarás el cuento, pero
sonreirás, pensando que sabes leer entre líneas, que conoces la oscuridad tan
bien como yo.

Bien, no me importa. Siempre
sabré mandarte de vuelta, siempre podré disfrazar la realidad con la ficción, y
lo real con lo imaginario. Siempre podré llevarte de la mano por las tinieblas
de mi mundo, y dejar que pienses que eres tú el que me encuentra.

 

Historias inacabadas

No puede ser y sin embargo…

Mira. Te sigo buscando detrás de cada palabra, detrás de cada ojo somnoliento en los túneles del metro.

Sigo buscando aquella historia que te prometí, pero…

Si, siempre hay un pero que lo estropea todo, aunque debería estar acostumbrada.

Vale, es la misma canción de nuevo.

¿Por qué me empeño en escucharla?  Sus notas ya son parte de mi cuerpo, se me enredan en las pestañas y me hacen mirar al infinito, imaginándote de nuevo sonriendo.

Me gusta tu sonrisa. 

Pero soy incapaz de imaginar aquella historia que te prometí, lo siento…

Siento la noche imaginada y nunca escrita. Siento el calor de tu piel en la habitación de un hotel. Porque quedamos en que debía ser en un hotel, ¿no?

Hace tanto tiempo…

Supongo  que no me pedias nada demasiado difícil. Tal vez se tenía que tratar tan solo de dos cuerpos y un poco de tensión en la oscuridad. Quizá un poco de humedad, algún rayo de luna para hacerlo más bonito.

No, soy incapaz.

No puedo imaginarlo, no puedo escribirlo. No debo.

Porque siempre empieza igual. Siempre se oye la misma canción de fondo, tus ojos oscuros, esa sonrisa encantadora que tan pocas veces muestras que empieza a asomar con las primeras notas de un piano.

Escribo el lugar donde se encuentran los ojos, la sonrisa y el piano, cada vez distinto, pero siempre tan parecido al anterior que realmente no existe diferencia, porque en todos esos lugares estás tú.

Luego el paseo hasta una habitación. Sórdida unas veces, lujosa el resto, pero no importa demasiado el ambiente, porque en realidad, es siempre el mismo. Siempre tú, y yo, y una cama.

No quiero complacerte, no quiero escribir una historia que siempre acaba igual.  No importa la cantidad de jadeos y gemidos, no importa el sudor derramado sobre una sábana que no nos pertenece a ninguno de los dos. No importa si es de día o de noche, ni lo que llevemos puesto, o lo que nos arranquemos con los dientes.

No quiero volver a pasar el trance de imaginar tu aliento en mi hombro justo antes de morderlo, ni el sabor de tu piel cuando en sueños te devore después de escribir lo prohibido, lo prometido un día tan lejano que ni siquiera recuerdo.

No deseo recordar tu perfume por aquello de la inspiración. Qué excusa tan triste, incluso para mí…

Pero lo sigo intentando, sólo por cumplir una promesa que te hice una vez. Sigo escrutando las palabras y los escenarios, pero siempre ocurre lo mismo.

Escucha,

Es siempre tan real que me da miedo cruzarme de nuevo contigo y fingir que nada ha sucedido. Me asusta escuchar el sonido de la puerta al cerrarse cuando escriba la palabra “Fin”.

A veces

Sí, no, a veces. Nunca he sido una calientapollas, te miro de lejos mientras sorbo la cerveza directamente de la botella y decido una vez mas mantenerme en mi sitio.

No pienso que sea ninguna parte de tu anatomía, no soy tan cruel conmigo misma.
En realidad con nadie, así que te miro de lejos y dejo que tu sonrisa apenas me roce.
Sí, deseo tenerte cerca..

Sí, deseo pasear contigo de la mano bajo la luna llena y hacer todas esas cosas que dicta el corazón.
Sí, quiero arrancarte la ropa, morder tu piel, atravesar mi cuerpo con el tuyo,  notar el aliento de tu boca entrar en la mía, retener tu cabeza entre mis piernas, alargar el momento de separar mi boca del tronco de tu pene y hacer todas esas cosas que dicta el deseo.
No, no quiero que te des cuenta, ¿Qué pensarías de mí? No deseo que me menosprecies al día siguiente, o que me susurres que no puede ser después de haber aspirado el aroma de tu piel, probado el sabor de tu lengua y la sal de tu sudor
A veces me limito a observarte, sólo a veces, y te dedico una sonrisa que casi siempre me es devuelta, y estrecho tu mano el tiempo justo para que no notes que la temperatura de mi cuerpo sube.

A veces te ignoro tras las luces de neón tan socorridas aún en estos tiempos que corren, y busco a Dios en el fondo de una botella por si tiene algún consejo que darme.
Sólo a veces me permito ser cruel conmigo misma, busco mi sexo imaginando que son tus dedos los que me hacen jadear, y sigo adelante un poco más triste tal vez, pero dura un instante, y ese instante no vuelve a repetirse.
Los hay parecidos, pero nunca es igual.
A veces me  pierdo, deseo que no me encuentres, juego a que no existo y entonces descubro lo cruel que puedo llegar a ser, machacándome con pensamientos que jamás revelaría a un sacerdote, por ser la opinión que menos me preocupa en el mundo.

Sí, no, a veces.

Eres todas las opiniones, eres todos los deseos, eres lo que me obliga a seguir, lo que me detiene.

Eres peligroso.
Me alejo una vez más, te observo desde la ventana de un bar cuando llegas, me mantengo a distancia cuando estás, te echo de menos cuando decides irte y no te recuerdo hasta la mañana siguiente.

Me alejo para que no puedas leer en mi mirada lo que no debes saber, o simplemente lo que no quiero que sepas, que viene a ser lo mismo.
Me alejo, resguardo tu inocencia, te protejo, me hago daño en silencio, entre sonrisa y guiño, espero, te escribo…

Sí, ahora te dedico estas líneas, aunque no creo que las llegues a leer, pero no lo descarto. Aunque me gustas así, pleno, libre, viendo cómo vas, cómo vienes, cómo me buscas cuando quieres y cómo desapareces cuando estás bien, y yo, encerrada tras un cristal, te ofrezco mi mano el tiempo justo para que no descubras que te deseo.

chanson d’amour

Y  parar el tiempo antes  de que me mires. Evitar cruzarme con tus iris de color imposible para no quedar atrapada en ellos.
Parar antes de desear tu piel suave, tus labios gruesos o tu cabello de color del  fuego.  No hartarme de la rudeza y la sequedad de otras pieles… No, parar antes de querer acariciar tus pechos sobre una sábana blanca…
Y es que todo contigo son puntos suspensivos, todo es complicado, pero hueles tan bien que nada de eso importa. Da igual si está bien o no, si es lo que se debe hacer. Sé que debo perderme en tu interior, pero…
Parar el tiempo antes de que me mires, evitar cruzarme con tus iris de color imposible, sonreírte una vez más y echarme a los brazos duros y tostados que me esperan, alejarme antes de quedar atrapada por tu cabello, por tu suavidad.
Mirar por la ventana como te alejas, y como me sonríes, y yo sé, y tú sabes que el camino de huida es demasiado corto, que no se puede correr toda la vida…

Calor

No sé cómo lo has hecho, ni quiero saberlo. Puede que tus ojos, puede que tu sonrisa… Vamos, supongo que lo que es normal en estos casos.

Ya dije que me da igual. El caso es que sólo puedo pensar en ti, y por eso he salido a buscarte esta noche. Como reza la canción, quiero hacer cosas malas contigo, así que ésta te la dedico, si la bailas conmigo. Esta noche, aquí mismo. No te conozco demasiado, ni falta que hace. Sólo quiero conocer tus brazos alrededor de mi cintura, la textura de tu cuerpo al deslizarme al ritmo de la música, la suavidad de tu cabello cuando mis dedos se enreden en él. Sólo quiero conocer el sonido de tu voz al escaparse en un gemido contenido cuando mi mano baje a explorar entre tus piernas en el centro de la pista de baile.

 Quiero que tu cuerpo tiemble de deseo, que de cada uno de tus poros rezume el sudor imaginando lo que podríamos hacer juntos con un poco de intimidad.

 Pero juguemos un rato antes. Juguemos a subir la temperatura del local, tenemos tiempo. Mi cabello en tu cara, tus manos paseando libres por mi cuerpo ante la vista de todo el mundo. Que no pierdan detalle de cómo sube un centímetro mi falda a cada movimiento, de cómo abrazas con mi espalda pegada a tu pecho, de tus labios susurrando promesas en forma de besos presos en la piel de mi cuello. Más tarde ya nos libraremos de la ropa empapada, ya nuestros cuerpos se fundirán entre sábanas de seda, pero ahora…

Mira cómo nos observan, siéntelo. Sólo mientras dure la canción, busco tu boca con la mía, aprieto mis pechos contra ti, llevo tu mano hasta mis nalgas para que intentes retenerlo durante algún compás concreto de la canción. Te susurro a rachas lo que te espera, algo sobre un pañuelo atado a la cabecera de mi cama, algo sobre una venda de color rojo… y noto tus dientes clavándose en mi hombro.

 No sé por qué tú, no sé cómo lo has hecho, pero tu olor se ha destacado esta noche entre la de todos, tu calor me ha obligado a ansiarte, así que salgamos por la puerta, y hagámoslo lo peor que sepamos…

Sueño

Estoy cachonda. Si, y lo digo con vergüenza, no te vayas a creer, pero es algo natural, que pasa en las mejores familias, incluso en la mía.
Miro al parque desde mi ventana, y les veo. Esas chicas, abrazadas a esos … ¿Cómo les llama mi madre? ¿Maleantes? A mi no me lo parecen.
Quien pudiera estar en su lugar. Se abrazan, se besan, y los más atrevidos deslizan su mano bajo la ropa de esas muchachas. Están escondidos, arropados por la noche y la vegetación, pero yo les veo, los siento…
Y yo aquí, sola, con un calentón de la hostia.
Vamos, ¿Qué me pasa? Yo no suelo hablar así. Tampoco suelo desnudarme frente al espejo, y aquí estoy, acariciando mi piel, plateada por la luna que se cuela por la ventana, sintiendo su calor, sosegándome, como lo haría cualquiera de ellos, si yo fuese cualquiera de ellas.
La princesa está triste, que tendrá la princesa…
No, la pregunta es qué no tiene.
Me rozan apenas las yemas de mis dedos, mientras fijo los ojos en ti, precisamente, que me robas el sueño, contigo, con quien que nunca podré hablar.
Desde este segundo piso, parece que nos separa un abismo que no hemos creado nosotros, pero que respetamos, aunque la brisa me traiga tu perfume.
Estás con esa chica. Es guapa, no me importaría compartirte… la segunda vez.
Mi piel es suave, te gustaría acariciarla. Mis pechos grandes, firmes, mi vientre plano como una tabla, hecho de melocotón, listo para que lo pruebe, mis nalgas firmes, trabajadas solo para que te agarres a ellas…
(Joder, si, estoy muy buena, pero aquí estoy, yo sola, y tú allí, muy bien acompañado.) Quiero gritar, maldecir, pero me muerdo los labios.
Quiero imaginarte, y no quiero que se despierte nadie, no quiero que me vean en tan ¿humillante? ¿vergonzosa? Situación.
En realidad, lo único vergonzante y humillante es que no he conseguido que estés aquí, si me paro a pensar.
Poco a poco, me recuesto en la cama, me imagino vencida por tu peso, como si realmente me depositases allí, rodeándome con tus brazos e inundándome con tu olor. ¿Me besarías?  Sí, me besarías como la estás besando a ella, jugarías en mi boca y te deslizarías despacio, desde el cuello hasta la vagina, marcando la trayectoria con tu saliva, marcarías mi piel con esa ¿descuidada? barba de dos días, morderías mi cuerpo al notar mi urgencia, arrancándome los primeros gemidos, mezclarías el dolor con el placer, y temblaría al notar tu aliento recorriéndome.
Mis piernas se abren, para recibir mi mano, mis dedos convertidos en tu lengua me acarician, exploran todos los recovecos mientras mi respiración se agita.
Juego suavemente con mi clítoris, hinchado y deseoso de recibir caricias, lo rodeo, lo acaricio, cada vez más deprisa.
Mi cuerpo se arquea, mis rodillas se quieren juntar… ¿Lo permitirías?. Encajarías tus hombros entre ellas, seguirías lamiendo, succionando, con tus manos agarrando fuerte mis caderas, parando el baile que precede al orgasmo.
Intento respirar, hundo mis dedos, los hago desaparecer, adentro, más adentro… los muevo, juego en mi interior y vuelvo al principio.
Esta vez si, despacio… Vuelve a resurgir el calor desde mi vientre y lentamente tu imagen y mi trabajo dan su fruto.
Mi piel se cubre de sudor, y ante la imposibilidad de gritar un nombre, mis gemidos se lanzan a la luna, saltan por la ventana, con la esperanza de que lleguen a tus oídos. Me gustaría que estuvieses junto a mi, quiero notar como sonríes al saberme tuya, como te levantas deprisa, colocas mis piernas sobre tus hombros y me clavas a la cama, quiero notar tus embestidas, acogerte en mi interior, gritar ante tu ímpetu y quedar indefensa hasta que te vacíes en mí, pero, jadeante después del éxtasis, siento ese vacío de volver a la realidad, de saberme sola en esa habitación.
Me levanto cuando mis rodillas dejan de temblar, y me vuelvo a asomar a la ventana, olvidando mi desnudez y la lamparilla encendida.
Y como cada noche, estás ahí. Ella ya se ha ido, y me vuelves a regalar una sonrisa desde la calle, sentado en un banco del parque.
Eso es todo lo que vamos a obtener el uno del otro, una sonrisa, un cuerpo desnudo a través de unas cortinas, alguna que otra mirada furtiva si el azar nos cruza en algún paseo y esa inclinación de cabeza que me dedicas todas las noches, cuando termino de soñar contigo.