Por cojones

Le encantaba aquello. Después de mil días doblando los paracaidas, por fin le tocaba salto.
Cabo primero de la brigada de paracaidistas. Sí, eso era lo que quería, lo que era.
Escrutó una vez más las caras de sus compañeros. Todos hombres rudos disfrazados de muchachos, todos con ganas de sentir el aire golpeándoles, el coletazo del paracaidas al abrirse, el tramendo golpe del aterrizaje que sacaba de una sacudida la adrenalina.

Aquella mañana le tocaba hacer de canguro. Caballeros legionarios, nada menos.
“Maricones” pensaba mientras les aseguraba las correas, y contaba los mosquetones que se agarraban al cable estático.

24. ¿¿24??

“Capitán, tenemos un problema” dijo por la radio acoplada a su cabeza.”Me falta uno”

Lo localizó en seguida. Tendido en el suelo, había perdido la consciencia. Demasiado cambio. Avión distinto, compañeros distintos,altura distinta. Su joven cuerpo no había podido aguantarlo.

Luz verde. “Con permiso, mi capitán”. Lanzó al hombre, después de haber apartado el cuerpo inerte del muchacho de la pista de salto.

Detrás de él, 23 más surcaron los cielos, y ya de vuelta, el muchacho se despertó.

“No lo entiende, mi cabo, tengo que saltar, no puedo perder…”

“Espera, rapaz, a ver qué dice tu superior”.

El avión tomó tierra, y el joven cabo pensaba que el muchacho se iba a volver a desmayar al enfrentarse con su superior. Rígido, firme, balbuceando disculpas.

“¿Quieres saltar?” (Había preferido obviar la parte de los insultos, a fin de cuentas, el legionario era él)

“Sí, señor”

“Vale, hombre, vas a saltar”

Otro avión, otra práctica, otro desmayo. 24 hombres volaron y uno se quedó, tumbado, en el suelo del aparato.

En consecuencia, otra bronca.

“¿Vas a saltar hoy?”
“Sí, señor!!”

“Pues vale, por mis cojones que saltas”

Lo envió con su unidad, el cabo no podía creerlo. Le endosaban a la bella durmiente, Pues si, iba a saltar por sus cojones.

“¿Novedades?” El capitán que pilotaba hacía la pregunta de rigor.

“Sin novedad, mi capitán”

El joven legionario yacía colgando de su cuerda, como un trapo, enganchado al mosquetón antes de dar el salto.
Otro muchacho lo cargó, y lo lanzó como un muñeco relleno de serrín. Se despertó con el golpe del paracaídas, nadie se fijó en su reacción.

Había saltado, por sus cojones.

La laureada de San Fernando

 Una carcajada salvaje atronó el bar cuando le contamos lo ocurrido aquella mañana durante la formación.
Nos caía bien el viejo, aunque a veces se hacía un poco pesado de tantas batallas que le afloraban a la boca. Salían a borbotones historias de saltos fallidos, de muertes estúpidas y heroicas, de noches de permiso con putas, de compañeros que ya no estaban, de entrenamientos con fuego real, de paracaídas mal doblados..  Pero a mí, a mis veinte años, me sonaban tan lejanas que casi no les prestaba atención.

¿Morirme yo de un salto? ¿En un entrenamiento? Venga hombre…

Pero aquella noche, los pocos que estábamos en el bar sólo teníamos oídos para el viejo cojo, excaballero legionario paracaidista, como nosotros,  herido en la batalla de Sidi Ifni, cuando los de nuestras banderas iban a Marruecos a morir como corderos al matadero.
Aquella mañana, como le contamos entre risas y alcohol, el sargento había puesto firme al oficial de guardia, ante nuestro ojos que se habían quedado como platos.

_ Te cuadras, primer tiempo de saludo y me tratas de Usía, hijo de la gran puta.

Lo había dicho tranquilo, sin que se le alterara la voz, con los ojos fríos clavados en el Teniente, que había llegado tarde a la revista.
Allí, formados antes de que saliera el sol, le habíamos esperado hasta que el sargento había considerado, y justo cuando nos mandaba a desayunar en fila de a uno, llegó el oficial, aún subiéndose los pantalones y con cara de sueño.
_ ¿Quién coño ha ordenado que se rompan filas?

_Yo_ Sin miedo, como si lo que tuviese delante no fuese un superior, sino un crío acabado de salir de la escuela de oficiales, que al cabo, es lo que era.
Lo que vino después, nadie lo esperaba. Tras esa corta frase casi susurrada, el teniente cambió de color, primero el rojo de la ira, después, el blanco del que se acaba de dar cuenta de que ha cometido un error fatal.

Se cuadró frente al sargento, y permaneció con la mano sobre la frente hasta que todos hubimos entrado en el comedor, y éramos cuatro compañías de la tercera bandera…
Se atragantó el viejo en una de esas, tosió y escupió cerveza por ambos agujeros de la nariz.
_Hijo de puta, el pajarito de los huevos…
_Pero…
_Pero nada, hijo, ese sargento enano cabrón me salvó la vida, a mí y a veinticinco más en Marruecos, que tiene más cojones en ese cuerpecillo que todos vosotros con los metros que medís _Llegados a este punto, pedimos otra jarra de cerveza y nos dispusimos a escuchar con  verdadera atención por primera vez desde que pisamos el bar del cojo, que no hacía dos días de eso, precisamente._  En el 57 el pajarito no era sargento aún, de hecho, era un soldado, como vosotros, como yo entonces.

Mil tíos nos dejamos caer por Sidi Ifni aquel día. Los putos moros querían la independencia, pero joder, Marruecos era española, y tenía que seguir siéndolo, quisieran ellos o no.
Cuando llegamos, el pastiche estaba servido. Los muy cabrones disparaban al cielo, cuando más indefensos estábamos, y cuando el paracaídas tocaba el suelo, te habían atravesado tantas balas que los que caían parecían jodidos coladores.

El teniente Sagaseta estaba en tierra, y el pajarito era su enlace, un soldaducho raso, como tú, o como éste…gilipollas _ Mi compañero había dejado caer la jarra, entre la borrachera y el ensimismamiento en la historia_ La cosa estaba fea, y peor se puso cuando una ráfaga alcanzó al teniente en la pierna.
No tenía salvación, de los mil tíos que habíamos llegado, sólo cincuenta quedaban con, más o menos vida.
Viéndose jodido, Sagaseta dio orden de que nos fuésemos, montó la MG en el caballete detrás de un montículo, era campo raso, ni trincheras ni ostias, que os tienen mal acostumbrados,  y se dispuso a mandar con Alá a todos los moros hijos de puta que pudiese mientras nosotros nos poníamos a salvo.
El pajarito no le hizo ni puto caso, era su enlace, y quería estar con él. Se tumbó a su lado. Yo creo que ni se miraron, sólo querían ver como salpicaba la sangre moruna, y saber que morir iba a servir para algo.
Al final de la corrida, de los cincuenta que quedábamos cuando pasó eso, sólo pudimos ponernos a salvo veintiséis, y más mal que bien, como veis. El teniente y el pajarito, yo no sé cómo salieron, pero salieron, y así fue como se ganaron la Laureada de San Fernando, medalla al valor, tratamiento de Usía y es por eso que no le puede toser nadie a la cara, por  muy teniente que sea.
De vuelta a los barracones, no podía dejar de pensar que ese tío al que tantas veces había maldecido por lo bajo, era un jodido héroe, y que, si algún día podía, tenía que ser como él, todos teníamos que ser como él, por defender lo nuestro y a los nuestros, porque para eso entrenábamos dieciséis horas diarias, y, aunque nunca se nos pusiese a la mano conseguir la Laureada, al menos, irnos a dormir sabiendo que la tercera bandera de paracaidistas era digna de ganarla delante de quien fuese.

P.D: Esto está basado en una historia real, con gente de verdad. Quiero dedicar este texto, sea mejor o peor, a todos aquellos que luchan , de un modo u otro, día tras día, por aquello que creen, sean cristiano, moros, legionarios o un señor que va todos los dias al trabajo y saca adelante una familia, en resumen,  a toda la gente valiente que se merece, como los héroes, una medalla.