Hoy no hay final

Y bien… ¿En serio vamos a hablar del final? Mira… no. El sol brilla, el aire es fresco y la gente sonríe. No todos, nunca son todos, pero eso da igual.

¿Cómo lo hago como para que me enseñes los dientes? El mundo no se va acabar hoy, no para ti.  Aún no has cumplido todas las promesas que me hiciste, ni todas las intenciones que tenías conmigo.

Aún no hemos bailado esa canción, ni hemos tomado la segunda ronda. Aún no has conseguido volver a besarme, y eso que decías que querías hacerlo con toda la pasión de la que eres capaz.

Ey, chico… no, esto no funciona así. El mundo no va a dejar de girar sólo para cumplir tus deseos puntuales. El universo no va a explotar porque tú estés triste.

Confía en mí y da el siguiente paso. El suelo es firme. Mañana volverás a empezar y será mejor, o peor, no importa.

Será, quieras o no. Acéptalo.

No te irás, porque necesitas mi olor, el calor de mi piel, o la promesa de ambos. No te irás porque deseas escuchar mi voz todos los días, esas cosas que tengo que decirte, que siempre te digo y que te encantan,  que te alegran el dia.

No me dejarás porque de un modo u otro, me quieres. A veces para unas cosas, a veces para otras, pero me quieres.

Asúmelo de una maldita vez.

No, no vamos a hablar del final de nada. Mañana volverás a venir a verme, y volveré a pasar mi brazo por tus hombros, como siempre, y te daré mil razones para seguir, y una sola para no hacerlo. Y te dejaré decidir, porque sé que sólo hay una cosa que te de más miedo que quedarte solo… Quedarte sin mi.

 

Anuncios

Negación

El corazón latiendo fuerte.

¿Qué es lo que ocurre? Se mira en el espejo y no se ve. No, esa persona no es ella. De ningún modo.

Es esa extraña sensación de nuevo.” ¿Qué es lo que he dejado por hacer, o qué es lo que he hecho de más?” se pregunta angustiada, mirando alrededor, como si los muebles, o el silencio, o la soledad del momento pudiesen ofrecerle una respuesta.

Música. Sí, la música apacigua a las fieras, y necesita domarse de nuevo.  ¿Pero cuál ha sido el exceso? ¿Tal vez hablar demasiado? Sí, tal vez, da igual…

Música. Música suave, envolvente.  Tal vez sea bueno dejar que ahora sea esa voz la que tome el control.

Se cierran los ojos casi involuntariamente y deja caer ese cuerpo que por alguna razón no le pertenece esa mañana sobre el sofá del salón, frío e impersonal. 

Hay que domar el pánico, hay que volver a tomar las riendas de la situación de nuevo. No hay nadie enfadado, no ha hecho nada… ¿O sí lo hizo?

Respira. Hay que obligarse a seguir respirando a pesar de la opresión en el pecho. ¿Qué es eso tan malo que hiciste, niña?

La respuesta sale por si sola de los labios entreabiertos de la imagen del espejo que se niega a desaparecer. Y entonces recuerda, allí, en la oscuridad del salón, con la música de fondo. Está volviendo a sentir algo más. Algo que no hubiese debido, algo que se prohibió hacía demasiado tiempo.

Sentir demasiado no es bueno, esa es la prueba.

¿Y ahora qué? Hay que desprenderse de ese trozo de humanidad que se le ha pegado y que no le pertenece. Ella no es así.

Control.  Ella siempre observa y nunca toma partido. Ella es así porque así es como debe ser.

Ha pasado tanto tiempo modelándose, privándose de hablar, de reír… Siempre en pro de una imagen que ahora la mira acusadora desde el espejo como una prisionera. ¿No era esto lo que ambas decidieron? Seriedad, responsabilidad y corrección. ¿No había sido ese el trato?

Un desliz. Sólo había sido una pequeñísima equivocación sin trascendencia. Sólo fue un baile en una pista colgada de su cuello. Luego una sonrisa, un “gracias” y la noche siguió como si nada.

Pero sí había pasado algo, ¿verdad? En cada nota estaba el olor que se desprendió de la base de su cabello, podía notarlo allí mismo, en el salón, escuchando la misma canción una y otra vez.

El calor de su piel a través de la ropa húmeda, el aliento cálido de que se escapaba de sus labios y correteaba buscando un lugar entre los cuerpos pegados donde esconderse para siempre, buscando no ser olvidado.

Se levantó de golpe y se enfrentó a sí misma. Olvídalo. Esa no eres tú.

Se dio la espalda una vez más, se metió bajo la ducha y dejó que el agua se llevase las ganas de recordarle, dejó que arrastrase el nuevo significado que había adquirido un nombre que ya conocía de antes, que desapareciera su olor y cualquier recuerdo que no pudiese controlar. 

Y cuando al fin se fue a su dormitorio para ponerse el disfraz de todos los días, ignoró la pequeña lágrima que se escapó de su reflejo, convenciéndose una vez más de que era lo mejor.

 

 

a letter to elise

Y  vuelves otra vez a aquella calle que hacía ¿dos? años que no pisabas confiando en que el destino va a jugar de tu bando. Pero empieza a llover, y es la misma música de siempre, y vuelves a bailar solo.

Qué gran decepción. Ella ya no está, en realidad nunca estuvo. Sólo fue otro producto de tu mente que deseaba con tanta fuerza existir en alguno de tus textos que creíste que de verdad estaba ante ti. Pura, inmaculada, perversamente inocente.

No, cariño, esa chica no existe.  No ha existido nunca. Sólo en tus noches febriles, en esas noches en las que darías una mano por no estar solo.

Esta noche, aquí, contigo, bajo la lluvia, sólo estoy yo.  Y no me parezco a ella. 

Podríamos escribir de nuevo un encuentro en una habitación de hotel, podríamos volver a imaginar miradas, o roces casuales. Sí, era divertido suponerte desnudo pidiendo más…  Pero tú tampoco eres él, el hombre perfecto que me esperaba bajo la ventana en esas noches en las que hubiese dado una mano por no estar sola.

Sí, podríamos volver a inventar sudores bajo las nubes que descargan su furia, nuestra furia en realidad. Podríamos escribir cómo buscamos a esas personas perfectas en el cuerpo del otro, y una carta de despedida al día siguiente.

Me gustaría volver a imaginar tu aliento en mi nuca, tus manos en mis brazos aprisionándome contra una pared, y escuchar el eco de mi voz pidiéndote que no pares, que no te detengas nunca. Quisiera ser capaz de escribir poseída por el deseo de tenerte sobre mí… Pero ahora te tengo delante, y no soy capaz de hacerlo.

Como tú.

Ahora, esta noche, sólo voy a cubrirte con mi paraguas para que no te mojes más de lo necesario, como mucho te cogeré de la mano, y disfrutaré  de tenerte cerca. Te recordaré que esto es real,  y rezaré (Sí, a quien quiera escucharme) para que te conformes con el calor auténtico de mi cuerpo cerca del tuyo, con la ropa por el medio, con la realidad caminando a nuestro lado.

Porque esta noche no hay engaños ni espejismos sobre un papel. Porque esta noche sólo estamos tú y yo, para bien o para mal, como estaremos a partir de ahora cuando nos encontremos.

Dime que me quieres

No te enfades conmigo, no me mires con ira… Dime que me quieres.
Si te paras a pensarlo, no es tan grave, se lo merecía y lo sabes. Abrázame, y haremos que pase.
No soy cruel, soy valiente. No debes asustarte. Todo se arreglará, ahora me toca a mi cuidarte.
Su sangre corrió, nos salpicó, pero no hay mancha que te obligue a culparte. Tenía que haber pasado antes…
No me lo tengas en cuenta, sigo siendo yo, era el único modo de librarse. La única forma de que no gritase, de que dejase de pegarte.
Se lo buscó durante años, el miedo se convirtió en rabia, la rabia en sangre, y casi sin querer, ahora en el suelo yace ese hombre que casi nos mata a golpes.
Madre, no te enfades conmigo, dime que todo saldrá bien, que al menos estamos vivas… Dime que me quieres.

Salto al vacío

“No pasa nada” Tu sonrisa me alumbra durante unos instantes, y casi te creo. Fuera, el cielo se deshace y  el frío ya llega, poco a poco…
No, no pasa nada, nunca pasa nada, pero la tormenta hace tiempo que se ha desatado dentro, y tu calidez no hace sino fortalecerla.

“No pasa nada” Susurras, mientras me acercas a tu pecho, mientras siento el calor que emana de tu piel a través de la tela.

Qué diferencia con el viento helado que me golpeaba la cara antes, en la calle. Qué diferencia con la indeferencia que me golpea cada día entre las cuatro paredes de mi casa.
A tu lado, sabiendo dónde está el límite, sin cruzarlo, nunca pasa nada… Pero, ¿Pasaría si lo cruzo? ¿Pasaría si me acerco un poco más y rozo tus labios con mi lengua?

¿Te asustarías?

¿Hasta cuando no pasaría nada?

No te amo, no te deseo, nunca lo he hecho, pero ahora, aquí, contigo, las reglas del juego cambian.
 
Porque quiero que pase algo de una maldita vez, porque estoy harta del vacío en el estómago, de las continuas pequeñas humillaciones diarias.

Quiero que se desate la tormenta que estalla en mi cuerpo, día a día, a cada momento que estoy contigo, a cada respiración en la que exhalas el maldito “No pasa nada”, el maldito “Todo saldrá bien” reflejado en tu mirada, clavada en una botella de cerveza medio vacía, abandonada en una mesa.

Necesito gritar, mostrar ese lado que nunca enseño, ése que nunca has visto. Necesito abofetear al primero que se me cruce por la calle, o tirarme de un puente.
En realidad es lo mismo, un pequeño suicidio que mate la furia, la indignación de saberme ignorada, la frustración de saberme una más entre un montón de gente insignificante.
Necesito irme de tu lado, necesito sentir el frío extremo en la cara, o que me sujetes el tiempo necesario hasta que deje de temblar. No puedo seguir oliendo el aroma de sabiduría milenaria que encierra tu cuerpo, no puedo soportar tu determinación, tu aplomo.
Yo no soy como tú.

No tengo tu paciencia, tu serenidad. No puedo soportar más tu calor sin abrasarme.
 
“No pasa nada” sigues pareciendo decir cuando me sujetas por el brazo y me ofreces tu sonrisa, “Todo saldrá bien” cuando posas tus labios en mi cuello.

La tormenta se desata al fin, y la botella cae de la mesa al tiempo que nuestra ropa. Acompañamos el sonido de la lluvia con nuestros gemidos, deshacemos el frío a golpe de sudor y de caricias.

Al fin ocurre algo, al fin consigo mi salto al vacío, sin querer saber el precio.

Bagh

No me preguntes cómo estoy, no he venido a contar mis problemas. Tampoco quiero escuchar los tuyos, hoy no.
De todos modos, ya me los sé. Son los mismos. Estamos en la misma franja de edad, en esa puta edad en la que los sueños siguen vivos, pero se va dejando paso a la melancolía un minuto más cada día.
Entonces escribimos, o bebemos, o fumamos, o hacemos cualquier cosa para escondernos del miedo. Incluso a veces hasta sonreímos y, yendo más allá, nos atrevemos a ser felices, por mucho que duela después.

A eso he venido, a por una porción de felicidad en forma de lo que más te apetezca. Puede ser un whisky, buena conversación o, incluso, si nos sentimos inspirados, podemos construir un bonito poema de falso amor entre tus sábanas.

Me da igual. Me caes bien de cualquier modo, incluso desnudo.

Esta noche no somos ni tú ni yo, no se trata de eso. Sabes de lo que hablo, no es necesario que me explique más.

No me preguntes a qué he venido, no sabría responderte. Sólo sé que esta noche quiero estar contigo, y no sé qué va a ocurrir mañana, o incluso más tarde, a veces es agradable esta sensación de incertidumbre.

Me gusta cómo soy, la eterna niña perdida. Lo gracioso de esta vida es buscar el camino correcto, una vez encontrado, la única gracia es correr lo más rápido posible, y eso lo hace cualquiera.
Me gusta cómo eres. Cálido, cercano, inalcanzable. Nunca serás mío, y por eso me aproximo a ti lo más posible. Si alguna vez cambiase esta situación, no me interesarías.
Esa es la esencia de nuestra generación. No sabemos lo que queremos, aunque nos gusta aparentar que sí. Nos gusta pisar fuerte, aunque dudemos de si el suelo aguantará nuestro peso.
Por eso han caído tantos. Es simple cuestión de suerte.
Esta noche sólo me quiero acurrucar a tu lado y dejar de pensar, sólo quiero sentir tu lengua recorriendo toda mi piel, sólo quiero retenerte durante un par de horas, luego, tú decides.
Me puedo quedar a dormir, también es posible que no vuelvas a saber de mí, hasta la próxima.
Hazme un sitio en tu vida ahora, luego ya se verá. Construyamos algo, lo que sea, llenemos el vacío existencial durante unas horas, luego ya se verá…

Dulce…

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa.

Aquella noche lejana, tus ojos verde musgo traspasaron el humo y la oscuridad del local, tus labios rojos se curvaron en una sonrisa, e inclinaste la copa en un discreto saludo a una desconocida, sola en aquel bar atestado de gente.

Aquella noche, la luna brilló un poco más, y aún sin mediar palabra, allí estabas, conmigo, distante y cercana, y de pronto, ya no estaba sola.

La chica más dulce de todas, obviando a todos los demás.

No hubo sexo real, tan sólo un par de miradas indiscretas dirigidas a mis pechos, un deseo irresistible de tocar tu cabello, de olerlo, de enredarme en él, en tu sonrisa, en tu cuerpo.

Hay pocas veces en las que no sé cómo reaccionar, pero tú me colocaste en una de ellas en un minuto.

Hay pocas veces que quiera jugar a lo desconocido con las reglas de otro, pero esa noche tú me dejaste con ganas de terminar la partida.

Hoy, lejos de tí, sólo puedo saber con certeza cómo hueles y el calor que transmites.
Hoy, sola de nuevo, quiero dejar de estarlo para colocarme a tu lado y terminar aquello que empezamos.

Sé que es de locos, pero nunca dije que estuviese cuerda. A fin y al cabo, las cuerdas sólo sirven para atar cosas, y tú eres más bella libre.

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa, pero esta noche quiero dejar de estar sola, si no vuelves, tendré que ir a buscarte, a buscar a la chica más dulce del bar…