LA CHICA DE LA ESTACIÓN

 

 

 

 

 

 

Le miró de soslayo como quien no quiere la cosa…Actitud desafiante, mirando al suelo. Ropas anchas y mirada dura. No, ni siquiera la había visto. Apuraba su cigarro mientras ella pasaba por delante, como cada mañana.

Todos los días lo veía, a eso de las ocho y media, cruzando Atocha, marcando su propio ritmo al caminar, diferente de los demás, levantando expectación por donde pasaba, aunque él no se diese cuenta, o pretendiese no darse cuenta.

¿Cómo saber lo que pensaba? Cara de póker, faz morena, de rasgos duros. Esclavo del reloj intentando burlarse del Padre Tiempo, recluso en plena fuga.

Se afianzó a su carpeta, como quien se agarra a un árbol en una tormenta. Cada día le costaba más irse, dejarle atrás. “Ponte seria, no le mires. No puedes dejar que él crea que le has visto. No le conoces, es imposible…”

Cada día le costaba más olvidar la sensación de la garra del deseo oprimiéndole el estómago, luchando por salir. “No, es absurdo”.

Ir a clase, aguantar el día, bueno o malo, o sólo regular, siempre con la sensación de haber dejado algo por hacer, con la impresión de que no todo es como ella cree.

Mira a ambos lados de la calle antes de cruzar, se detiene unos segundos a su lado. Preciosos segundos que son una maldición. Nunca ocurre nada, él nunca habla, ella nunca le mira, pero se repiten cada mañana.

Electricidad saliendo de su cuerpo. “Tómame de la mano, llévame contigo. Al cielo, al infierno, donde quieras…pero contigo. No permitas que cruce, que me aleje…”

No, impensable. Llega tarde. Su rostro serio no refleja la decepción. No refleja nada. Una mañana más, silencio, apenas un cruce de miradas. Hay veces que ni eso.

Se imagina en sus brazos, derritiéndose en su boca, se arrepiente de inmediato, y vuelve a caer en la red a la mañana siguiente. “Susurra en mi oído las palabras que nunca pronunciarás, escribe en mi piel toda la poesía de la que eres capaz, sustituye al viento en mi cabello, a la ropa en mi cuerpo, y arráncame una sonrisa”

Y como todas las mañanas, a eso de las ocho y media, ella desaparece por la puerta de los taxis de Atocha, sintiendo morder el deseo, y albergando la esperanza de que la tortura se repita al día siguiente.

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POEMA PARA UNA SIRENA

 

Queda en mi alma tu palabra

Que por azar llegó a mis manos

Dulces letras, ecos lejanos

Que me unieron a ti, sirena varada

 

Solitaria en tu burbuja

Tejías en la brisa tus cuentos

Sin importar si soplaba sota o barlovento

Manejando segura tu pluma

 

Poesía traída del cielo

Dulzura en estado puro

Mi respeto ten por seguro

Ninfa marina, de un modo ciego

 

Admiración y cariño te profeso

Te amo como a una hermana

Y ni la tormenta ni la resaca

Supondrán impedimento

 

Perla del océano, en ocasiones pez espada

Quiero agradecerte con ternura

Que aparecieras entre la espuma

Hermosa poetisa con escamas.

 

SOBRAN LOS MOTIVOS

¿Cuántas veces empecé este relato en mi cabeza sin llegarlo a terminar?

Y ahora aquí estamos, tú y yo, en una habitación cualquiera, de un hotel cualquiera, en una ciudad insignificante dentro del mundo. No importa cómo llegamos hasta aquí. No importa qué ocurrirá después.

Solos, frente a frente, mirándonos fijamente, sabiendo muy bien que es lo siguiente que va a pasar. Das el primer paso, claro. No tienes paciencia, creo que nunca la has tenido, ni yo en estos momentos.

Tus labios acarician los míos, y tu lengua pronto se abre paso entre ellos, mientras tus manos dibujan el contorno de mi cuerpo. Te deseo. Lo sabes, e incluso diría que te hace gracia.

Lo más lógico sería irse y no darte la oportunidad de ganar una vez más, pero no me puedo mover.  No quiero hacerlo. Quiero seguir sintiendo tus manos jugar bajo mi ropa, por el momento de forma inocente, y tus labios acariciando mi cuello. En un movimiento involuntario te acaricio el cabello, te aprieto contra mi. Ahora eres mío. Mañana dios dirá.

En una caricia me desprendes de la ropa. Despacio. Sabes lo que haces, a que juegas, y sabes que lo tienes ganado. Ahora yo, desnuda ante ti. Soy tuya. Recorres cada centímetro con tu boca. Bajas por el cuello, muerdes mi clavícula, lames mis pechos, besas mi vientre mientras caes de rodillas frente a mi.

Empiezo a dudar de quien es el que lleva el mando de la situación. Me deseas. Lo sé. Y si, me hace gracia.

Se me escapa un suspiro al notar tu aliento entre mis piernas. Tus manos me agarran firmes por las caderas, mientras tu lengua empieza a jugar. Me lames despacio, y a cada movimiento, yo me estremezco. Te sonríes a cada gemido que lanzo, y de momento, me tumbas en la cama.  Brusco, como tú eres, dulce, como tú mismo.

Tu cara sigue enterrada entre mis piernas, que se abren para dejarte paso. Mi espalda se arquea, ya no puedo pensar más que en ti. Cierro los ojos, y me dejo llevar. Tu cuerpo se mueve. Ahora estás sobre mi, tu cara pegada a la mía, mientras tu mano sigue jugando, sigue dándome aquello que más deseaba de ti.

-Dilo- susurras

-Fóllame. Suplico.

Tu pantalón cae, no lo veo, pero lo noto.

-No abras los ojos aún.

Entras sin avisar, de un modo brutal. Separas mis piernas, me coges las muñecas, me clavas a la cama, mientras disfrutas mis gemidos, mis ganas, mis “quiero mas”.Tus caderas golpean las mías, nunca pensé que fueses tan fuerte.

Aunque hubiese querido, no me podría haber movido. Ni siquiera lo intento, ni siquiera lo pienso. A pesar de todo, sé que eres un caballero. Tu dulce aliento en mi cuello, tu respiración acompasada a nuestros movimientos.

Yo, francamente, creo que no respiro, sólo puedo pensar en ti, sólo quiero el aire que tú expulses por tu boca, recogerlo para que no se pierda ningún beso. Aflojas la presión, aprovecho para colocarme encima. Mío de nuevo. Ahora me toca a mi saborearte. Me muevo lento, de arriba abajo. Disfruto tu cara, tus manos en mis caderas, el suave tacto de tu piel. No puedo evitarlo, tengo que volver a besarte. Te saco despacio de mi, y me inclino hacia tu boca, después el cuello, tu pecho, tu vientre, tu sexo. Te estremeces. Creo que he llegado donde querías.

Lo beso, lo lamo, te acaricio y me gusta notar como tiemblas de placer. Me acaricias el cabello mientras lo hago desaparecer dentro de mi boca. Suaves gemidos salen de lo más profundo de tu ser, me dejas hacer.  Quiero que disfrutes, y que lo hagas gracias a mi.

-Me voy a correr- Me avisas en un susurro. No me importa, hazlo. Aumento la presión de mis labios, te agarras a las sábanas, noto tu sabor inundando mi boca. Ya pasó. Pequeñas gotas de sudor cubren tu piel. Debo ir a lavarme. Me levanto despacio y me dirijo al baño. Estás exhausto.

Me inclino sobre el lavabo, me sorprende notar tus brazos abrazándome por la espalda.

-Te toca- susurras, con una gran sonrisa reflejada en el espejo. Sonrío yo también, al notar tu mano bajar a mi entrepierna, esta noche va a ser larga, y, por una vez, sobran los motivos.