Hoy no hay final

Y bien… ¿En serio vamos a hablar del final? Mira… no. El sol brilla, el aire es fresco y la gente sonríe. No todos, nunca son todos, pero eso da igual.

¿Cómo lo hago como para que me enseñes los dientes? El mundo no se va acabar hoy, no para ti.  Aún no has cumplido todas las promesas que me hiciste, ni todas las intenciones que tenías conmigo.

Aún no hemos bailado esa canción, ni hemos tomado la segunda ronda. Aún no has conseguido volver a besarme, y eso que decías que querías hacerlo con toda la pasión de la que eres capaz.

Ey, chico… no, esto no funciona así. El mundo no va a dejar de girar sólo para cumplir tus deseos puntuales. El universo no va a explotar porque tú estés triste.

Confía en mí y da el siguiente paso. El suelo es firme. Mañana volverás a empezar y será mejor, o peor, no importa.

Será, quieras o no. Acéptalo.

No te irás, porque necesitas mi olor, el calor de mi piel, o la promesa de ambos. No te irás porque deseas escuchar mi voz todos los días, esas cosas que tengo que decirte, que siempre te digo y que te encantan,  que te alegran el dia.

No me dejarás porque de un modo u otro, me quieres. A veces para unas cosas, a veces para otras, pero me quieres.

Asúmelo de una maldita vez.

No, no vamos a hablar del final de nada. Mañana volverás a venir a verme, y volveré a pasar mi brazo por tus hombros, como siempre, y te daré mil razones para seguir, y una sola para no hacerlo. Y te dejaré decidir, porque sé que sólo hay una cosa que te de más miedo que quedarte solo… Quedarte sin mi.

 

Anuncios

Shhhhh

No hablar. Sí, ya sé que al final es un poco peñazo para la gente que de vez en cuando me rodea, pero los amigos son así, ¿no?. Hay que quererlos, aunque no hablen, aunque sean amigos por imposición, como yo, ahora.

No, mis labios se despegan cada vez menos. Lo sé, soy consciente, pero aún no sé por qué.

Supongo que no tengo nada que decir, o al menos, nada lo suficientemente bueno. Tal vez las ideas se me amontonen, y al querer salir todas al mismo tiempo formen un tapón. Como en una salida de emergencia en un local en llamas del que no queda nadie vivo…

Que comparación tan macabra ¿Verdad?.

Bueno, no todo iba a ser bueno, hay que encajarlo con arte.

Permanecer en silencio. Asentir, sonreir… ¿Será suficiente? Así es como se comportan las señoritas en sociedad, o eso me enseñaron. Sé que no es suficiente, era tan sólo una pregunta retórica, pero es lo único que puedo hacer ahora mismo.

Sí, puede que sea lo más inteligente, aunque eso signifique que nunca… ¿Me daré a conocer? Bueno, tampoco es tan grave,para eso tenemos el facebook, internet en general. Para decir todo aquello que no nos atrevemos, aunque sea de cobardes.

El mundo está tan lleno de ruido, de conversaciones ya mantenidas… Dudo que pueda aportar nada, porque ya está todo dicho. Dudo que alguien pueda perder su tiempo en escuchar lo mismo de una voz distinta. Pero sólo lo dudo, y eso siempre es un rayo de esperanza.

Como ya he dicho, hay que encajarlo con arte, y no hay nada más elegante que la luz al final del tunel.

No hablar. ¿Para qué?. No sé si puedo aportar algo, pero en el caso de que pudiera ¿Sería lo correcto, lo que se debe añadir a la conversación? ¿Realmente serviría de algo?

Pero lo echo de menos. Echo de menos un café a media tarde, una conversación paralela a la que se mantiene, una mirada de complicidad, de esas que sólo se dan cuando dos personas se conocen bien. Echo de menos la postura relajada, la risa sin sentido, los cambios de tema inesperados, las conversaciones que no tienen sentido para alguien que escucha desde fuera de la mesa del bar.

Sí, esas charlas reconfortantes, esas que no tratan un tema en especial, que te hacen dormir mejor por la noche porque sabes que hay alguien que te ríe las tonterías, alquien a quien reírselas, y no importa ni la postura ni quien eres, porque sabes que sabe quien eres, a pesar de todo…

La comodidad de lo conocido, supongo. Nada que demostrar, ni que enseñar. Sólo yo y mis vulgaridades, y mis banalidades… Y las suyas, claro.

Pero ahora se impone el silencio. Escuchar y aprender, y no meter la pata, aunque no haya hoyo donde meterla, aunque todos los miedos sean producidos por mi mente. Y contarlo donde alguien pueda leerlo, aunque no le interese a nadie, y esperar que no sea malinterpretado.

Homenaje

No sé si hablarte. Estás ahí, próximo, casi siempre sonriente y dispuesto a empezar una conversación. Correcto, amable incluso, pero guardando las distancias, eso si, sin que se note demasiado.
Pero sigo sin saber si hablarte, si mi conversación es lo suficientemente buena, culta, ingeniosa… No sé si solo es un espejismo o realmente no estoy a tu altura, no estamos en el mismo registro, tal vez estemos situados en dos planos distintos donde la comunicación apenas es posible.
Me caes bien, eso ya lo sabes. Tal vez excesivamente bien, sin llegar a pensamientos románticos (No!,  no van por ahí los tiros!!) ni a ser una idea obsesiva esa de que sea recíproco ese sentimiento.
Te sigo, te leo, si, te admiro, esa es la palabra justa, la que andaba buscando. Bebo de tus recomendaciones, de tus opiniones, disfruto de tus relatos, por muy mal que me lo hagas pasar…
Desde luego, cuatrocientos golpes certeros, uno tras otro. Una paliza de ingenio, de humor negro y una gran lección sobre como contar las cosas. Cuatrocientos golpes que dejan marca, dependiendo de quien los lea, de cómo se interpreten…
¿Por qué no puedo hablarte con esta franqueza cuando te tengo enfrente? ¿Por qué me intimidas de ese modo?
Ni una sola grieta en tu coraza, ningún hueco por el que asomarme. Sólo se de ti lo que tu has querido que supiera, otra lección magistral de mantener la guardia, de no bajarla ni un momento durante los casi dos años que nos conocemos, por decir algo. Más bien, que estamos en contacto.
Tengo la suerte de no tener que echarte en falta, al menos de momento, contigo nunca se sabe, pero necesitaba recordar, en general,  que se ha perdido un gran escritor en esta página. Ya sé que no es culpa de nadie, pero el hecho es ese, y es innegable.
Necesitaba, además,  expresar lo que me pasa por la cabeza cada vez que te veo disponible en ese invento del demonio que es el Messenger, y la razón de que la mayoría de las veces me dedique a mis asuntos y no te mande un muñequito para empezar una conversación.
Nunca sé si hablarte, nunca sé si voy a poder seguirte el ritmo, aún así, me alegro de que sigas por aquí, o por allí, regalándome (regalándonos) esas letras maravillosas, esa forma tan tuya de ver la vida, arrancándome (arrancándonos) una sonrisa, incluso cuando te refieres a sucesos terribles, imaginarios o no.
Por todo eso, gracias. Te seguiré la pista mientras me vayas dejando miguitas de pan que seguir.
Siempre tuya, la que prefiere callar y parecer tonta a hablar y confirmarlo

D.

Salto al vacío

“No pasa nada” Tu sonrisa me alumbra durante unos instantes, y casi te creo. Fuera, el cielo se deshace y  el frío ya llega, poco a poco…
No, no pasa nada, nunca pasa nada, pero la tormenta hace tiempo que se ha desatado dentro, y tu calidez no hace sino fortalecerla.

“No pasa nada” Susurras, mientras me acercas a tu pecho, mientras siento el calor que emana de tu piel a través de la tela.

Qué diferencia con el viento helado que me golpeaba la cara antes, en la calle. Qué diferencia con la indeferencia que me golpea cada día entre las cuatro paredes de mi casa.
A tu lado, sabiendo dónde está el límite, sin cruzarlo, nunca pasa nada… Pero, ¿Pasaría si lo cruzo? ¿Pasaría si me acerco un poco más y rozo tus labios con mi lengua?

¿Te asustarías?

¿Hasta cuando no pasaría nada?

No te amo, no te deseo, nunca lo he hecho, pero ahora, aquí, contigo, las reglas del juego cambian.
 
Porque quiero que pase algo de una maldita vez, porque estoy harta del vacío en el estómago, de las continuas pequeñas humillaciones diarias.

Quiero que se desate la tormenta que estalla en mi cuerpo, día a día, a cada momento que estoy contigo, a cada respiración en la que exhalas el maldito “No pasa nada”, el maldito “Todo saldrá bien” reflejado en tu mirada, clavada en una botella de cerveza medio vacía, abandonada en una mesa.

Necesito gritar, mostrar ese lado que nunca enseño, ése que nunca has visto. Necesito abofetear al primero que se me cruce por la calle, o tirarme de un puente.
En realidad es lo mismo, un pequeño suicidio que mate la furia, la indignación de saberme ignorada, la frustración de saberme una más entre un montón de gente insignificante.
Necesito irme de tu lado, necesito sentir el frío extremo en la cara, o que me sujetes el tiempo necesario hasta que deje de temblar. No puedo seguir oliendo el aroma de sabiduría milenaria que encierra tu cuerpo, no puedo soportar tu determinación, tu aplomo.
Yo no soy como tú.

No tengo tu paciencia, tu serenidad. No puedo soportar más tu calor sin abrasarme.
 
“No pasa nada” sigues pareciendo decir cuando me sujetas por el brazo y me ofreces tu sonrisa, “Todo saldrá bien” cuando posas tus labios en mi cuello.

La tormenta se desata al fin, y la botella cae de la mesa al tiempo que nuestra ropa. Acompañamos el sonido de la lluvia con nuestros gemidos, deshacemos el frío a golpe de sudor y de caricias.

Al fin ocurre algo, al fin consigo mi salto al vacío, sin querer saber el precio.

Bagh

No me preguntes cómo estoy, no he venido a contar mis problemas. Tampoco quiero escuchar los tuyos, hoy no.
De todos modos, ya me los sé. Son los mismos. Estamos en la misma franja de edad, en esa puta edad en la que los sueños siguen vivos, pero se va dejando paso a la melancolía un minuto más cada día.
Entonces escribimos, o bebemos, o fumamos, o hacemos cualquier cosa para escondernos del miedo. Incluso a veces hasta sonreímos y, yendo más allá, nos atrevemos a ser felices, por mucho que duela después.

A eso he venido, a por una porción de felicidad en forma de lo que más te apetezca. Puede ser un whisky, buena conversación o, incluso, si nos sentimos inspirados, podemos construir un bonito poema de falso amor entre tus sábanas.

Me da igual. Me caes bien de cualquier modo, incluso desnudo.

Esta noche no somos ni tú ni yo, no se trata de eso. Sabes de lo que hablo, no es necesario que me explique más.

No me preguntes a qué he venido, no sabría responderte. Sólo sé que esta noche quiero estar contigo, y no sé qué va a ocurrir mañana, o incluso más tarde, a veces es agradable esta sensación de incertidumbre.

Me gusta cómo soy, la eterna niña perdida. Lo gracioso de esta vida es buscar el camino correcto, una vez encontrado, la única gracia es correr lo más rápido posible, y eso lo hace cualquiera.
Me gusta cómo eres. Cálido, cercano, inalcanzable. Nunca serás mío, y por eso me aproximo a ti lo más posible. Si alguna vez cambiase esta situación, no me interesarías.
Esa es la esencia de nuestra generación. No sabemos lo que queremos, aunque nos gusta aparentar que sí. Nos gusta pisar fuerte, aunque dudemos de si el suelo aguantará nuestro peso.
Por eso han caído tantos. Es simple cuestión de suerte.
Esta noche sólo me quiero acurrucar a tu lado y dejar de pensar, sólo quiero sentir tu lengua recorriendo toda mi piel, sólo quiero retenerte durante un par de horas, luego, tú decides.
Me puedo quedar a dormir, también es posible que no vuelvas a saber de mí, hasta la próxima.
Hazme un sitio en tu vida ahora, luego ya se verá. Construyamos algo, lo que sea, llenemos el vacío existencial durante unas horas, luego ya se verá…

Un amigo en apuros es al fin y al cabo un amigo

Un amigo en apuros es al fin y al cabo un amigo, y eso no se tiene siempre.

Hay veces que no nos damos cuenta, pero no estamos solos, y la crisis es igual para todos.
 Ya se sabe que cuando se está triste  por algo, cuando se está desesperado, todo es oscuro y empieza a tener su atractivo el dormir eternamente con un sonrisa que diga “Al fin me vais a dejar en paz, bastardos”.

Tal vez eso es lo que quieren, nunca hay que dar el gusto, aunque el vacío te llame.
Sólo por joder, ya sabes para qué nos pusieron en este mundo.

Un amigo en apuros es, al fin y al cabo, un amigo, aunque no siempre está cuando se le necesita.

Hay que saber conformarse a veces.

Cuando los problemas no te dejan dormir, cuando los deseos duelen. En plena rabieta de niño pequeño, acuérdate de los que se hacen llamar amigo, y de los que se lo han ganado a pulso.

No siempre son los mismos.

No te puedo contar mucho más, aunque agradecería que me dejases apoyar la cabeza en tu hombro, en silencio.

A veces es necesario. y yo estoy tan cansada…
En días como hoy, el cielo es gris y el aire frío, y sólo quiero dormir un poco más.

Todos lo pasamos mal a veces.

No todo se arregla viendo el final de una botella de whisky, ni matando a los que te hacen retorcerte de rabia y dolor.

A veces, hay que ser malvado, aunque no tengas ganas.

Un amigo en apuros es, al fin y al cabo, un amigo, y hace todo lo que un amigo quiere hacer, por muy mal que le vaya.

Caminaré por la pared sólo para que sonrias, pero permite que me apoye en tí, que mis apuros se unan a los tuyos,porque tal vez así les encontremos solución.

Dulce…

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa.

Aquella noche lejana, tus ojos verde musgo traspasaron el humo y la oscuridad del local, tus labios rojos se curvaron en una sonrisa, e inclinaste la copa en un discreto saludo a una desconocida, sola en aquel bar atestado de gente.

Aquella noche, la luna brilló un poco más, y aún sin mediar palabra, allí estabas, conmigo, distante y cercana, y de pronto, ya no estaba sola.

La chica más dulce de todas, obviando a todos los demás.

No hubo sexo real, tan sólo un par de miradas indiscretas dirigidas a mis pechos, un deseo irresistible de tocar tu cabello, de olerlo, de enredarme en él, en tu sonrisa, en tu cuerpo.

Hay pocas veces en las que no sé cómo reaccionar, pero tú me colocaste en una de ellas en un minuto.

Hay pocas veces que quiera jugar a lo desconocido con las reglas de otro, pero esa noche tú me dejaste con ganas de terminar la partida.

Hoy, lejos de tí, sólo puedo saber con certeza cómo hueles y el calor que transmites.
Hoy, sola de nuevo, quiero dejar de estarlo para colocarme a tu lado y terminar aquello que empezamos.

Sé que es de locos, pero nunca dije que estuviese cuerda. A fin y al cabo, las cuerdas sólo sirven para atar cosas, y tú eres más bella libre.

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa, pero esta noche quiero dejar de estar sola, si no vuelves, tendré que ir a buscarte, a buscar a la chica más dulce del bar…