Shhhhh

No hablar. Sí, ya sé que al final es un poco peñazo para la gente que de vez en cuando me rodea, pero los amigos son así, ¿no?. Hay que quererlos, aunque no hablen, aunque sean amigos por imposición, como yo, ahora.

No, mis labios se despegan cada vez menos. Lo sé, soy consciente, pero aún no sé por qué.

Supongo que no tengo nada que decir, o al menos, nada lo suficientemente bueno. Tal vez las ideas se me amontonen, y al querer salir todas al mismo tiempo formen un tapón. Como en una salida de emergencia en un local en llamas del que no queda nadie vivo…

Que comparación tan macabra ¿Verdad?.

Bueno, no todo iba a ser bueno, hay que encajarlo con arte.

Permanecer en silencio. Asentir, sonreir… ¿Será suficiente? Así es como se comportan las señoritas en sociedad, o eso me enseñaron. Sé que no es suficiente, era tan sólo una pregunta retórica, pero es lo único que puedo hacer ahora mismo.

Sí, puede que sea lo más inteligente, aunque eso signifique que nunca… ¿Me daré a conocer? Bueno, tampoco es tan grave,para eso tenemos el facebook, internet en general. Para decir todo aquello que no nos atrevemos, aunque sea de cobardes.

El mundo está tan lleno de ruido, de conversaciones ya mantenidas… Dudo que pueda aportar nada, porque ya está todo dicho. Dudo que alguien pueda perder su tiempo en escuchar lo mismo de una voz distinta. Pero sólo lo dudo, y eso siempre es un rayo de esperanza.

Como ya he dicho, hay que encajarlo con arte, y no hay nada más elegante que la luz al final del tunel.

No hablar. ¿Para qué?. No sé si puedo aportar algo, pero en el caso de que pudiera ¿Sería lo correcto, lo que se debe añadir a la conversación? ¿Realmente serviría de algo?

Pero lo echo de menos. Echo de menos un café a media tarde, una conversación paralela a la que se mantiene, una mirada de complicidad, de esas que sólo se dan cuando dos personas se conocen bien. Echo de menos la postura relajada, la risa sin sentido, los cambios de tema inesperados, las conversaciones que no tienen sentido para alguien que escucha desde fuera de la mesa del bar.

Sí, esas charlas reconfortantes, esas que no tratan un tema en especial, que te hacen dormir mejor por la noche porque sabes que hay alguien que te ríe las tonterías, alquien a quien reírselas, y no importa ni la postura ni quien eres, porque sabes que sabe quien eres, a pesar de todo…

La comodidad de lo conocido, supongo. Nada que demostrar, ni que enseñar. Sólo yo y mis vulgaridades, y mis banalidades… Y las suyas, claro.

Pero ahora se impone el silencio. Escuchar y aprender, y no meter la pata, aunque no haya hoyo donde meterla, aunque todos los miedos sean producidos por mi mente. Y contarlo donde alguien pueda leerlo, aunque no le interese a nadie, y esperar que no sea malinterpretado.

Una cucharilla manchada de café

La cucharilla manchada de café sobre la impoluta encimera fue lo que colmó su paciencia.
Ya ves, lo que son las cosas, una maldita cucharilla manchada de café.
Cualquiera hubiese dicho que es una tontería, pero…
Miró al otro lado del pasillo. Su padre miraba la televisión tumbado en la cama ( con una taza de descafeinado al lado, no hacia falta ser Poirot para saber quien fué el culpable), su hermano jugaba a la videoconsola desde las cuatro de la tarde, pretendía pasar el juego aquel mismo día, y nadie se lo iba a impedir.
Con la excusa de la plancha, su madre se había pasado encerrada en una habitación todo el día, asomando su cara solo para recordar lo mucho que trabajaba y su abnegación total a la familia, mientras sacudía la ceniza del cigarro en el suelo que ella acababa de fregar.
La familia…
Algo pasó entonces. Lanzó la cucharilla (la maldita cucharilla que manchaba de café la encimera que terminaba de limpiar, que limpiaba todos los malditos días una media de diez veces) por la ventana.
Con aquel sencillo gesto, estaba a punto de cambiar su universo.
Una palabra se formó lentamente en su cabeza, y se quedó bailando mientras veía los destellos plateados caer hacia la calle
RESPETO
Eso es lo que no había, y eso es lo que iba a conseguir.
Lo que mas le apetecía en ese momento era descuartizarlos a todos y sacudir la ceniza del cigarro sobre sus cuerpos, pero siempre había sido una chica cabal, así que desechó la idea inmediatamente.
Otra opción era gritarles. Gritarles todo lo que pensaba de ellos. Vaciarse por primera vez, enseñar su alma dolorida por la indiferencia y los desplantes, y las noches en vela, y las cicatrices de las heridas autoinflingidas en la soledad de su habitación.
Los años de morderse la lengua, de no escupir el desprecio que sentía por ellos, que no era más que el reflejo del que sentía hacia su persona.
Pero, ¿para que?. Si el problema de base era la indiferencia…
Respeto…
El respeto allí solo se conseguía con dinero, o siendo un chico. Le faltaba algo que todos los logros que pudiese amasar no se lo iban a dar, y que en cualquier caso no quería. Era indecisa por naturaleza y no sabría en que lado del pantalón colocarlo.
Pero el choque de la cucharilla contra el suelo, el sonido del rebote del metal la sacó de su tristeza.
No se iba a rendir. Iba a cambiar su universo.
Se encaminó a su habitación, puso la música a todo volumen en sus cascos, y después de mucho tiempo  volvió a sonreír. Ella ya no hacía nada allí, había llegado la hora de prepararse para volar…

Café de media tarde

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Te miro de nuevo, y vuelvo a quedar atrapada en tus ojos abismales, insondables… Tristes. Nunca reflejan la sonrisa que me ofrendas.

El contorno de tu cuerpo se recorta en la luz anaranjada que inunda la cafetería, y hablas, dices algo insolente, como sueles, aunque por alguna extraña razón no soy capaz de enfadarme contigo… Como suelo.

Me pierdo en algún momento de la conversación intranscendente, al menos en apariencia,y caigo en el extraño inframundo que conforma tu cerebro, en ese pequeño cosmos marginal en el que las personas no son personas, son simplemente amigos o enemigos, sin término medio.Blanco o negro, sin concesiones a las medias tintas.

No intento sacarte de tu error, no quisiera desbaratar esa frágil percepción de la vida con un cataclismo de colores. No quiero pasar al otro bando, me encuentro bien en el de los amigos.

La tarde termina, aunque parece haber pasado solo un segundo. La luz naranja se vuelve dorada, y es hora de marcharse ya. Te observo fingiendo perder la mirada entre pedazos de almojábanas, pizzas resecas de estar todo el dia expuestas y algún que otro dulce que será deshechado al cierre.

No hemos aclarado nada, tampoco había intención de pronunciar grandes sentencias que nos cambiasen la vida. Tan solo se trataba de tu, yo, un café y nuestras miradas cruzándose diciendo todo lo que nuestras bocas no están dispuestas, en ese juego que, en el fondo, tanto nos gusta.