Carta de despedida

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Me voy, y tardaré en volver. Tengo las maletas en la puerta, y me paro un momento para explicarte…
Porque eres tú, y porque eres mi amiga, mi única amiga, la persona que más quiero.
Precisamente por eso, no puedo decirte esto a la cara. Te he dado mil excusas, no es que no supieras que me iba a ir, no ha sido a traición.
Es solo que te mentí en las razones. Tuve que hacerlo mirando al suelo, incapaz de enfrentar tus ojos amables y comprensivos, tan mezquino es lo que estoy sintiendo.
Necesito alejarme para curarme, como el que pilla la lepra o la gripe A, tan de moda estos días.
Estoy celosa. No, estoy dolida.  Y no debería, ya lo sé, pero es tan fácil herir el ego femenino…
Y a fin de cuentas, aunque te quiera, soy una chica, aunque a veces no lo parezca, o no lo vean.
Sí, no puedo negar que me duele veros tontear, qué le vamos a hacer. Esto no significa nada, claro. No voy a tomar ninguna medida, no lo diré en voz alta, voy a seguir como siempre.
Me alejo una temporada precisamente para poder hacerlo, ahora soy incapaz, lamentablemente.
Tres son multitud, y yo soy la que sobra en esta ocasión. Lo asumo, no pasa nada.
Tengo muchas razones para tragarme el orgullo y que nunca nadie se entere de esto.
Ser quien soy, por ejemplo. El deber y la devoción de prestar lealtad y respeto a quien amo, que no es ÉL (pongámoslo en mayúsculas, por aquello de ahorrar nombres, si te parece), aunque ya no sea como antes.
Con él me siento querida y respetada, me siento bien, tranquila y a salvo,  protegida, sin que llegue a asfixiarme.
Soy feliz, lo sabes, lo sabéis, y es perfecto, salvo por el factor “deseo”, que ha decaído de forma significativa.
Supongo que es lo que traen los años de relación, todos me lo advirtieron, y yo no quise creerlo… En fin, nos hacemos mayores, supongo.
No te creas, estoy segura de que me desea, simplemente, no sabe expresarlo. En realidad, nunca ha sabido, pero al menos al principio lo intentaba, aunque ese “principio” quede tan lejos que, por lo visto, es incapaz de recordarlo. Aprovecharé el viaje para pensar un modo de solucionar eso.
Sin embargo, ÉL… Es todo pasión. Y digo TODO. Ahí radica su encanto, que es, a la par, su mayor defecto.
Es desesperante y atrayente por igual, una adorable pared a la que gritar sin esperar respuesta.
Dijiste una vez algo, y creo que tenías razón (Para no variar, siempre la tienes, y no va con segundas, nunca podría utilizar el sarcasmo contigo). “El hombre perfecto sería una mezcla de los dos”. Je, si.
Pero lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.
Me voy sin pena, sin mirar atrás, porque hay fecha de vuelta,  porque sé que cuando vuelva podré miraros a la cara sin temor, a los tres. Tú me has enseñado a creer en mi misma, es otra de las cosas que te debo.
ÉL es mi amigo, al igual que tú. Os quiero demasiado como para estropear lo que sentimos por un ataque de absurdo orgullo herido. Es sólo una pataleta, un capricho, un “quiero entrar en el club”, no sé si me entiendes.
A pesar de saber eso, no puedo evitar sentirme herida (y triste, y avergonzada), pero sí puedo evitar que aquellos a los que quiero se sientan decepcionados, tristes… Tan heridos como yo.
Antes de despedirme, quiero que quede claro. No quiero nada con ÉL, nunca lo he pretendido, ni siquiera al principio, cuando no había nada evidente, y nadie había adoptado el papel que iba a representar en esta comedia.
Menos ahora, que los papeles ya están repartidos, que cada uno lo ha elegido, mejor dicho.
Le he dicho a él (no a ÉL, buff, esto es un lío, pero se que me entiendes. A ÉL no le he dicho nada, supongo que se enterará solito de mi ausencia, o no…) que me reclamaban en la casa de mi madre una temporada. En realidad, no voy allí, pero tranquila, estaré bien, no cometeré locuras ni excesos.
Ya he dicho que le amo, y que te (os) quiero, y esto es una cuarentena, no una fiesta loca en Ibiza, pero guárdame el secreto, ¿si?
Prometo volver, y prometo que podré volver a ser la de siempre. Tu amiga, tu hermana… Y prometo no volver a mentirte nunca más, que puede que sea lo que más vergüenza me da, puesto que es lo único que pude elegir.
Hasta pronto. Te quiero.

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¿Y ahora?

De  vuelta. De nuevo. No hay modo de separar sus vidas. El corre, ella se esconde, pero siempre vuelven al punto de partida.
Él la encuentra, ella le alcanza con tan solo un saludo. Da igual el tiempo que pase, da igual que él se vaya, que ella no le espere.
Siempre el mismo punto, siempre terminan por encontrarse los ojos que nunca debieron separarse.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo aquella noche lejana, que sus cuerpos se fundieron en mil caricias, que sus labios gritaron en silencio aquello que tantas veces fue reprimido antes. Y después.
Eran jóvenes, habían bebido… Bueno, los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, o al menos su verdad,  y actúan en consecuencia.
Después, echarle de menos. Después, no volver a pensar en ella. 
Pasó el tiempo de dibujar  corazones, pasó el tiempo y se hicieron mayores… Y la cortesía sustituyó a la verdad, y las miradas francas desaparecieron, poniendo como excusa el preservar el cariño.
Nunca un “te amo”, que pugnaba por salir a flote en cada roce. Nunca…
Juntos, siempre. Esa fue la promesa silenciosa de los días de parque y heavy metal. Juntos, aunque sea en la distancia.
Te prometo un pensamiento al día. Te prometo no olvidarte…
Y las promesas se rompieron, que para eso las inventaron, pero continuó el corazón dando un vuelco al pasar ante su casa, la mirada se escapaba en dirección a su ventana, aún sabiendo que no estaba allí.
Sus dedos bailaban en torno a las teclas de un teléfono móvil, sin llegar a marcar, aún sabiendo que al otro lado, se esperaba esa llamada.
Ya no más paseos por el parque, ya no más fiestas, ni atardeceres solos. Ya no más confidencias, ni más secretos románticos.
Se hicieron mayores, y el otro fue como un sueño. Un sueño de infancia que no se quiere olvidar, que no se quiere admitir, por vergüenza o por miedo al ridículo.
¿Y ahora?
Un café a media tarde, un “¿Qué tal, princesa?”, un “Me alegro de volver a verte”… Nada más, nunca pasa nada más.
Sólo cuando las miradas se encuentran, sólo cuando los labios rozan la mejilla en un saludo formal, necesitan olvidar aquellos recuerdos de atardeceres, de alcohol, de bromas, de besos inocentes, de caricias inexpertas.
Sólo queda contener la emoción, aparentar que aquí no pasa nada, que nunca se quisieron más que dos colegas de correrías cualesquiera, porque ella era de la pandilla, porque él era intocable, porque ya no están para esos trotes, porque ya son mayores.
Así que se limitan a las bromas de siempre, y no se acercan al terreno peligroso. Él no pregunta, ella no habla, y así quedan, como amigos, como siempre

Un instante

http://www.youtube.com/watch?v=AShaxXe3JCs

 

 

Un instante, eso fue. No hay que darle mas importancia de la que tiene. Ni menos.

Sonaba la música y yo, como siempre, estaba ausente, muy lejos de allí. No podía ver a la gente, ni los vasos, ni el humo que cargaba el ambiente, que me abrazaba, me acunaba ofreciéndome la posibilidad de perderme en su seno.

No sé la razón. No sé como llegamos hasta la pista de baile desde las oscuras mesas del fondo.

¿Qué mas da? Sin preguntas. Se supone que debo confiar en ti.

Tal vez alguien allí te llamó la atención, y yo estaba cerca. Bueno, para eso están los amigos, ¿no?

 

“ The  sea’s evaporating

though it comes as no surprise

these clouds we’re seeing

they’re explosions in the sky”

 

No te gusta esa música, y sin embargo, allí estábamos. Realmente ella debía de valer la pena…

Lo único cierto era Hugo Boss saludando a mi nariz desde tu cuello, y el calor de tu piel a través de la ropa.

No sé la razón. No sé como mis brazos se apoyaron en tus hombros y se cruzaron tras tu nuca, y no sé por qué mi cara se apoyó en tu pecho.

Calor, sudor de sábado noche a través de la tela, directo a mi mejilla. Tu corazón golpeando a ritmo de la música.

Tus brazos se cerraron alrededor de mi cuerpo, y tu barbilla descansó en mi cabeza.

Habías olvidado el objetivo y te concentrabas en la excusa. Puede que después de todo, no resultase invisible para ti.

 

“ Hush…

It’s OK

Dry your eyes…”

 

Un baile no le hace daño a nadie. No se debe leer entre líneas cuando se corre el riesgo de confundir lo evidente con lo inventado.

 

“Soulmates never dies”

 

Se extinguió la última nota y me separé de ti,  sonreí sin mirarte a los ojos y volví a por mi bebida. Suerte con tus despampanantes objetivos de la noche

No quiero jugar con la idea de abrir el séptimo sello. Eres demasiado importante.

 

“Hush.

It´s OK

Dry your eyes

Couse soulmates

Never dies”

 

 Resuena aún en mi cabeza. Amigos del alma. ¿Se puede pedir algo mas?

Fue un instante. No hay que darle más importancia de la que tiene. Ni menos.

22 años

Otra noche más aquí. Las mismas caras de siempre, casi las mismas bromas.

Acudir a este pub se ha convertido en una costumbre, y no me imagino ya un sábado noche sin el olor a cerveza, el ambiente cargado que da la bienvenida en un abrazo de humo de aromas mezclados. El suelo ya está pegajoso de alcohol derramado cuando llegamos, aunque es lo de menos.

Poco a poco, van llegando los rezagados sobre sus motos, y al filo de la una ya estamos todos los que tenemos que estar, más algún que otro que se ha perdido, y que va a quedar horrorizado o encantado con el ambiente, esto no admite medias tintas.

Acuden a su cita de fin de semana programada, como el que va a trabajar todos los días. A gritar, a beber y a ser ellos mismos, a mostrar lo que no pueden en el trabajo o en la universidad.

Y, como siempre, allí estamos nosotros también. A mi derecha, la única chica en la que he confiado hasta el momento, liando porros con hachís que nunca compra y mirando a los parroquianos con esa pose de superioridad, entre afectada y burlona, tan suya. Pero en el fondo de sus ojos azules, la paz de pertenecer a un lugar, aunque solo sea durante el fin de semana, la hace mucho más asequible si te fijas.

A mi izquierda, mi “hermano”. Grande, realmente grande y blandito, larga melena rubia y ojos apacibles que vigilan a la concurrencia para que a nadie se le ocurra pasarse un pelo con sus princesas. Y así estará, sonriendo y sin armar demasiado jaleo hasta que se encuentre demasiado cansado, o borracho, y se vaya a casa.

De sobra sabe que las dos nos bastamos. Como en los cuentos de hadas, mientras vayamos cogidas de la mano, nunca nos pasará nada malo.

Como todos los sábados, somos testigos de romances de una noche, de borracheras descomunales, de bailes con striptease espontáneos de los que nadie se escandaliza. Escuchamos, llegado el momento, las historias de los viejo rockeros ( 35 años, más o menos. En aquella época eran muy mayores) que han peleado con punkis y policías, y conocen el sabor amargo de la despedida y la cocaína.

Nos sentamos alrededor de los sabios en el parque que queda justo enfrente del pub y bebemos de su sapiencia, y tal vez un poco de cerveza de más bajo las estrellas de verano o agradeciendo el frío de enero.

Suena la penúltima canción. Mägo de Oz anuncia que el final de la noche se acerca. Después de ésta pincharán “Warrior Kings” de Manowar y la fiesta habrá terminado.

A los primeros acordes, los que tomaban el aire vuelven a entrar, atestando de nuevo el local. Nadie quiere irse sin despedirse de sus colegas entre gritos, puños alzados y vertiginosos movimientos de cabeza.

El dueño nos tiene bien enseñados.

Antes de que todo el mundo se vaya, me despido de mis “hermanos”, recojo los despojos de mi vecino, que siempre acaba apareciendo antes o después, y lo arrastro y escolto en un taxi hasta su casa. La factura  corre de su cuenta, claro. Siempre está demasiado borracho al final de la noche como para cerciorarse de que le he sisado  para el transporte.

Mañana volveré a negar que no pagamos a medias, mientras nos tomamos un café en el bar de la esquina cuando la resaca nos permita levantarnos…

Mientras uno de los dos quiera

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Te observo de lejos
te enfadas, te ries,
 tus palabras, torrente de sentimientos
contrarios, ajenos,
y en el fondo, aunque no me guste,
cercanos.


Me acerco, me observas,

me sigues, te pierdes,
ahora me acaricias, ahora me ignoras
no te gusta lo que oyes y sin embargo…
escuchas.


Me ofreces tu mano, yo me escondo

entre las palabras sin sentido,
tú me buscas, me encuentras…
das media vuelta y te alejas.


Te busco, te provoco,

me sigues el juego hasta que te cansas,
sigues tu camino, sigo el mio,
 hasta que de nuevo se cruzan
sonrisas, enfados,
y a empezar de nuevo
mientras que uno de los dos quiera.

Misiva segunda ( Dante)

 

No había conseguido suavizar la respiración al golpear con cierta rudeza la puerta que le separaba de ella. Estaba enfadado, si, pero aún no sabía muy bien con quien, si con ella o con aquello hijos de puta que la habían sorprendido en medio de la noche.

 

La estampa que se le apareció no le gustó. En la penumbra de la habitación aún pudo distinguir su preciosa cara magullada, hinchada, amoratada.

 

-Joder- No pudo decir otra cosa, paralizado por el asombro , la frustración y la rabia.

Ella prefirió mirar al suelo, entre la vergüenza y un poco de temor, antes que enfrentar los duros ojos de color azul hielo. A fin de cuentas, él era el jefe, y ella había actuado sin su permiso. Las órdenes en aquellos tiempos revueltos habían sido claras. “Si pasa algo, corre como un demonio. No te quiero en peligro”.

 

-Tendrías que haber visto como les dejé yo a ellos- Murmuró, y emitió un pequeño quejido al intentar sonreír para tranquilizarle.

 

-No me vengas con eso- Estaba decepcionado, su “mano derecha” había desobedecido sus órdenes, aunque eso no era lo peor. Podrían haberla matado, aún no se explicaba como había salido entera, mas o menos, de allí. No entendía como había podido darles una paliza de muerte a aquellos niñatos, que la superaban en número, sin duda. Nunca actuaban solos, ni siquiera cuando se trataba de pegar a una chica.- Tendría que terminar lo que han empezado esos desgraciados. Lo sabes.

 

Ella asintió. Estaba preparada, a pesar de haberse ganado el respeto del resto, había desobedecido.  Pero él era el único que tenia derecho a castigarla. Lo prefería antes que haberse dejado pillar por aquellos mamones.

 

– Hazlo ya, pero no podía dejar que me…

– Ya lo sé.- la interrumpió, cortante.

 

 Lo que hizo a continuación  le pilló por sorpresa. Contra todo pronóstico, le acarició el largo cabello, rizado, oscuro,  y acercó sus labios al cuello marcado por unas huellas moradas, apenas lo rozó con ellos.

– A  pesar de todo, estoy orgulloso de ti.    

 

Rodeó la delgada cintura con sus manos y la abrazó con fuerza, ella emitió un pequeño gemido de dolor. Poco a poco, sin previo aviso, la fue despojando de la ropa.

 

-Déjame ver- Susurró, mientras encendía una pequeña lámpara de mesa, para disipar la oscuridad que ocultaba las heridas y los moratones en su piel, normalmente blanca, suave, elástica, como toda ella.

 

– ¿Qué vas a hacer? – No pudo evitar que le temblase la voz, ante la duda de lo que él sintiese. Si lástima,  si decepción, si rabia… O una mezcla de todo.

 

– Voy a ver el destrozo que han hecho, intentaré curarte …- buscó los ojos de color avellana de la chica y sonrió- Puede que te duela un poco, pero no te matará.

 

La llevó de la mano hasta la cama, y de un modo inusualmente suave en él  la ayudó a tumbarse. Acercó la lámpara al cuerpo desnudo de la muchacha.

Su mano lo recorrió poco a poco, reconociéndolo. Rozó con sus dedos los labios heridos, la mejilla amoratada, el cuello largo y flexible que había resultado profanado por unos dedos cobardes que con la clara intención de evitar que el aire pasase hasta sus pulmones.

 

Retiró poco a poco una venda sujeta con esparadrapo de su costado, aún manchada.. Descubrió un corte, lo bastante profundo como para haberle dolido, lo bastante superficial para que a esas horas, hubiese dejado de sangrar.

 

Sus dedos siguieron la inspección poco a poco, con cuidado. Siguió el trazo púrpura que trazaban los hematomas a lo largo de los muslos, delgados y fuertes. Acababan justo en las ingles, tenía también forma de dedos, brutales y zafios.

 

La miró sorprendido, imaginando la escena. Habían forzado aquellos muslos para abrirlos en contra de su voluntad. Poco a poco, la expresión de incredulidad se tornó en furia. Ella alargó el brazo y acarició el corto cabello negro, tranquilizadora.

 

– No lo consiguieron, trinqué antes la pistola.

 

Él apartó con dulzura la mano delgada que le acariciaba y la retuvo entre las suyas. Sus ojos brillaban con una furia salvaje que ella nunca había visto antes, que casi le asustó.

Estaba tranquilo, demasiado como para estar en calma. Estaba tranquilo cuando acercó su rostro al de ella, cuando rozó sus labios con su boca, cuando los deslizó poco a poco por su cuello magullado de nuevo, cuando besó su hombro.

 

Con la rodilla hincada en el suelo, arrodillado a su lado, acarició sus pechos con infinito cuidado, y ella no pudo evitar un gemido al notar sus dedos rudos alrededor de su pezón, al notar la humedad de su lengua acariciándolos, sus labios suaves sobre la herida de su costado. Él la miró para asegurarse de que no le dolía demasiado, y continuó incluso más despacio, recorriendo de nuevo el camino marcado a golpes, hacia el interior de sus muslos.

 

Siguió el camino de nuevo a la inversa, depositó su cuerpo más cerca de ella a cada beso que repartía por su piel, dejó que le pasase el blanco brazo por la nuca, en un débil abrazo. Se apoyó en su codo para evitar caer sobre ella cuando sus rostros coincidieron al fin, cuando volvió a rozar los labios heridos con los suyos, y lentamente utilizó su otra mano para seguir acariciando los muslos, colándola entre ellos, apagó el gemido que brotó con su lengua.

 

Acarició con suavidad cada pliegue, cada recoveco, empapando sus dedos con el flujo que empezaba a manar con los ojos clavados en el rostro de la muchacha, dejando que ella suspirase, que la debilidad inicial de aquel abrazo fuese cogiendo fuerza, que los pequeños dedos se enredasen en sus cabellos. Hundió su cara en el abundante cabello, aspiró el olor mientras notaba como el maltrecho cuerpo de la chica empezaba a moverse, olvidando las múltiples heridas.

 

Notó su camiseta húmeda. El corte empezaba a sangrar de nuevo. Retiró poco a poco la mano de su privilegiado refugio y la besó en la frente.

 

– Habrá que esperar un poco- susurró con media sonrisa

Ella asintió con gesto de dolor, y dejó que la curase de nuevo. Con la habilidad adquirida por los años de peleas callejeras y curas caseras, rápidamente la herida volvió a estar cubierta.

 

-Recupérate pronto, en un par de dias, reunión de emergencia. Esto no puede quedar asi.

 

Ella  fijó la mirada en la puerta que se había cerrado. No, eso no iba a quedar así, nunca iba a quedar así.

“Corre como un diablo, no te quiero en peligro” murmuró, mientras encendía un cigarrillo…