Para tí

En estos momentos daría la mayoría de lo que tengo por estar contigo. En estos momentos, ahora, quisiera poder acurrucarme en tu regazo, apoyar la cabeza en tu hombro y con la nariz pegada a tu cuello, dejar que me arropases con tus palabras, dulces susurros, aunque me repitieses todo aquello que yo sé, que yo misma me repito todas las mañanas para, si no dar un paso, al menos no retroceder.

Quisiera que el cielo llorase al otro lado de la ventan, que sólo estuviésemos tú y yo, y un sofá de tres plazas color granate y un par de copas de vino.
Quiero que me cuides, sólo por una noche, abandonarnos a una conversación a media voz, a risas solapadas que arropasen  ese momento de intimidad compartida, ese momento que no compartiríamos con nadie más.

Ahora, hoy mismo, quisiera ser capaz de desarmar mi escudo, de ser capaz de confiar en ti como no lo he hecho nunca con nadie, porque estoy cansada de suponer que sabes que te quiero y que te echo de menos, porque quisiera poder decírtelo más a menudo, que lo notaras en cada palabra que te dedico.

Que te creas de una vez que eres el beso que todo lo cura, que eres la sonrisa que viene después del beso, que de verdad me falta la música de tu voz y el silencio de tus ojos claros.

Así, aunque en estos tiempos revueltos no esté tan presente, quisiera, a pesar de todo, poder hacerme pequeña a tu lado, encontrar el remanso de paz en las modulaciones de tu voz y prometerte que te cuidaré cuando lo necesites también, por ahora, para siempre.

PD: Para mi niña, gracias por todo…

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nunca es suficiente

Otra vez él, reflejado en cualquier espejo, en cualquier cristal. Otra vez ese payaso gordo con dientes de sable, con sus chillones colores me saluda desde el reflejo y me señala con el dedo, y se ríe, y pretende hacerme llorar, pretende hundirme en la más absoluta miseria.
Se come la autoestima, la confianza con la glotonería de un niño y me mira de reojo y sonríe malévolamente.
Ya no le tengo miedo como a los quince años,  pero me sigue haciendo daño su presencia, aunque no se lo demuestro.
Miro hacia otro lado, pero ahí está. Lo sé, lo siento y me sigue doliendo.
Me señala la nevera y susurra a mi oído lo terrible que soy.
“Tienes hambre, come” Y yo engullo lo que cae en mis manos.
“Eres un ser horrible sin confianza ni amor propio” y dos minutos después todo desaparece por el desagüe.
Soy su esclava. Tiene mi alma y la estruja hasta que vomito de puro dolor.

Se sube a mi espalda y me obliga a caminar encogida. Se interpone entre yo y mi reflejo, y me obliga a mirar como me transforma en un monstruo.
A veces consigo encerrarlo, pero siempre escapa, siempre consigue lo que quiere porque es más fuerte que yo.
Sale del humo de un cigarrillo, de una lata de cerveza, de un grito a destiempo. Sale de la indiferencia y de los reproches.
Sé cual es su origen, pero no se cual es su fin, y soy consciente de que no hay salida para esta situación.
Juro que lo intenté. Quise ser perfecta. Él solo es el reflejo de lo que debería ser y no soy…
Haga lo que haga, nunca va a ser suficiente, ni para él ni para nadie.
Escribo estas líneas encogida en un sofá mugriento de tristeza, y él se ríe ahora mismo, mientras se hace cada vez más grande, se hincha como un globo mientras yo voy desapareciendo. Me rodea con su enorme cuerpo, me asfixia, me falta el aire y me roba las fuerzas.
Siento nauseas, siento un nudo en el estómago y un hambre terrible, pero no me permite levantarme. Ahora mismo no creo que pudiese levantarme.
Me rindo.
Creo que me tumbaré un rato a ver si desaparece y al fin puedo comer algo sin que se ría de mi.
Creo que cerraré los ojos, que dormiré, a ver si consigo que no se entrometa en mis sueños y deje de pesar durante un rato.
Tal vez las pastillas que me dió ayuden…

Déjame

No me hables, no tengo el día de asentir y sonreír. Sí, ya sé que últimamente no lo tengo nunca. Son rachas, eso lo sabes también.

Que no te extrañe que no te abra una ventana, en el Messenger o en la calle. Estás tan cerca, y sin embargo…
En fin, son cosas que pasan, tampoco quisiera pagarlo contigo, por eso declino todas tus invitaciones. No, no quiero una cerveza al atardecer, no quiero ver como el sol se esconde tras de ti, dotándote de esa aureola alrededor de tu silueta.

Es un fundido en negro, y nunca te han sentado bien.

No me pidas que te cuente nada, no me cuentes nada. No quiero saber como te va, sé que solo me vas a contar cuanto la quieres, el mal sabor de boca que te deja discutir con ella o no poder olerla todas las noches.

Lo sé, no quiero que me lo repitas. Sé por lo que estás pasando, yo lo pasé antes, no en vano te llevo tres meses de ventaja en todo.

Sé aprovechar el tiempo.

No me hables, no me llames, no quiero…

No es que me hastíes, no es que ya no te quiera, eso nunca podría pasar.  Es solo que no tengo el día, un día mas.

No, no puedes hacer  nada por mi, igual que no yo no puedo ayudarte, no en eso. No me va a servir para estar mejor tu sonrisa familiar, ni el calor de tu cuerpo, ese que te empeñas en transmitir en cada abrazo, en cada roce casual.

No es cuestión de peli y pizza, no es cuestión de un paseo, no es cuestión de pillarla una noche.

Estos males se curan solos, en soledad, valga la redundancia. No estoy mal, no estoy triste, y sobre todo no es por tu culpa.

Déjame, solo eso. No me eres necesario, ahora no. Tampoco puedo ayudarte, así que soy igual de prescindible para ti que tú para mí.

Ya pasó la época donde todo se pasaba pillando una turza y echándonos a dormir en tu cama. Ya pasó la época en que ambos éramos felices escuchando Metallica y leyendo comics de Lobo.
Ya pasó la época donde parecía que todo iba bien si nos veíamos reflejados el uno en los ojos del otro.
Ya pasó la época de los enfados cuando uno de los dos conseguía ligar con otro. Me alegro por ti, solo puedo desearte suerte, y que tengas paciencia. Ella está en la otra punta de este país, reprime tus instintos para con cualquier otra hembra y todo irá bien.

Pero yo no tengo el día de dar consejos, no tengo el día de aguantar los problemas de los demás, tú incluido.

No me hables, no digas nada.

Te quiero, eso no va a cambiar nunca, pero ahora déjame. Ahora me toca desaparecer a mí, ahora soy yo la que reclama el ser invisible para ti.

Supongo que ya nada volverá a ser como antes, nos hacemos mayores, la vida cambia… Te eché mucho de menos, pero ya está. Ya no te necesito. Llegaste tarde, como siempre, es tu gran defecto, y eso a veces se paga.

Nada, tengo un mal día. Sólo la promesa de que ya hablaremos como tenemos que hablar, tú ya me entiendes.

Tú siempre me has entendido, o eso creía yo.

En fin… Supongo que esto es todo, de momento.