Dulce…

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa.

Aquella noche lejana, tus ojos verde musgo traspasaron el humo y la oscuridad del local, tus labios rojos se curvaron en una sonrisa, e inclinaste la copa en un discreto saludo a una desconocida, sola en aquel bar atestado de gente.

Aquella noche, la luna brilló un poco más, y aún sin mediar palabra, allí estabas, conmigo, distante y cercana, y de pronto, ya no estaba sola.

La chica más dulce de todas, obviando a todos los demás.

No hubo sexo real, tan sólo un par de miradas indiscretas dirigidas a mis pechos, un deseo irresistible de tocar tu cabello, de olerlo, de enredarme en él, en tu sonrisa, en tu cuerpo.

Hay pocas veces en las que no sé cómo reaccionar, pero tú me colocaste en una de ellas en un minuto.

Hay pocas veces que quiera jugar a lo desconocido con las reglas de otro, pero esa noche tú me dejaste con ganas de terminar la partida.

Hoy, lejos de tí, sólo puedo saber con certeza cómo hueles y el calor que transmites.
Hoy, sola de nuevo, quiero dejar de estarlo para colocarme a tu lado y terminar aquello que empezamos.

Sé que es de locos, pero nunca dije que estuviese cuerda. A fin y al cabo, las cuerdas sólo sirven para atar cosas, y tú eres más bella libre.

Nunca he sabido cómo enfrentar las situaciones en las que la vida me coloca por sorpresa, pero esta noche quiero dejar de estar sola, si no vuelves, tendré que ir a buscarte, a buscar a la chica más dulce del bar…

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El ángel

“Los pasos sobre la acera se hacían cada vez más pesados. Casi me arrastraba por los adoquines, cansada de caminar, cansada de respirar.
 
Lo recuerdo muy bien, como recuerdo a cada uno de ellos. Un puñado de ojos vidriosos, sin vida, con la última duda grabada en sus pupilas, como si no pudiesen creer que fuesen a morir.

Pero sí, así era. Eso es lo que debía pasar.

 Todos merecemos morir por algo, y yo soy el ángel que reparte justicia.

También yo moriré algún día, pero no antes de terminar mi misión en esta tierra de desolación e iniquidad, no sin antes dar su merecido a aquello que hacen daño a sus semejantes.

Aunque a veces es cansado.

Le tenía delante, y no podía alcanzarlo. En esos momentos, sólo la rabia te impulsa a seguir.

El tacón de las botas fue marcando el ascenso del ritmo de mis pasos, y al fin, mi mano se posó en su hombro.

-Disculpe, caballero, creo que esto es suyo.

Él se giró desconcertado, sin saber muy bien de lo que hablaba.
 
Le enseñé la fotografía de una niña de diez años, de cabellos oscuros y mirada triste que él reconoció en el acto.

Reconoció a la pequeña que había ahogado con un cojín mientras dormía, después de asesinar a su madre, a su esposa, a su propia esposa.

No le dí tiempo a reaccionar, por supuesto.
Dicen que estoy loca, pero nunca me han tachado de tonta.
Para hacer mi trabajo, para llevar a cabo mi misión, no me puedo permitir el lujo de serlo.

El destello plateado de mi daga brilló un momento a la luz de una farola antes de clavarse en su costado. Ningún punto vital, claro, si no, el asunto perdería gracia.

Ya que tengo que hacerlo, al menos que sea divertido.

-Ssshhh- Mi dedo se posó en sus labios, que tartamudeaban algo incomprensible, intentando aún entender qué estaba sucediendo.- Tenemos que hablar. Y creo que es bueno decirte que tengo unas cuantas más de esas en el abrigo, así que te vas a portar muy bien y no vas a gritar.

El hombre asintió con la cabeza. Le ayudé a ponerse en pié y nos movimos hasta un callejón cercano, oscuro y sucio como su alma.

Me pareció de justicia que muriese allí, entre suciedad y ratas. Era lo menos que se merecía.

– La has reconocido, ¿verdad? – Él afirmó, incapaz de pronunciar palabra, asustado y confundido- No voy a darte una larga explicación, ni a filosofar sobre el bien y el mal. Sólo tienes que saber que vas a morir, y que voy a ser yo quien te mate. ¿Lo has entendido?

Intentó levantarse, intentó defenderse, por supuesto. Todos lo hacen.

Una descarga eléctrica y todo intento de zafarse de la justicia termina. No hay torre que no caiga, por muy alta que sea…”
El comisario paró la grabación en ese momento, y se detuvo a observar muy cerca de la pantalla a la chica que le había enviado la cinta.
 
Era muy joven, apenas veinte o veinticinco años, de cabello negro, de piel blanca. Era la misma que le había enviado todas las demás películas, grabadas siempre en el mismo lugar, un almacén acondicionado para vivir, sin llegar a ser un hogar.
 
Era valiente, y estaba loca, o tal vez fuese incluso peor que eso, parecía estar convencida de que hacía justicia.

Contaba sus hazañas como si estuviese narrando una historia ficticia, pero los hechos demostraban que era muy capaz de llevarlas a cabo.

Muy en el fondo, aunque lo negase, no pensaba que estuviese mal lo que hacía esa mujer, pero no podía dejar que siguiese llenando de sangre los callejones de la ciudad, aunque fuese sangre culpable.

Él mismo se personó en el lugar del crimen cuando dieron el aviso. Un hombre blanco, de unos cuarenta años, muerto en un callejón.

En todo el callejón.

De hecho, no había lugar en ese pedazo de ciudad que no estuviese impregnado de sangre, vísceras o algún miembro de aquel… Cabrón. Sí, lo era, que alguien muera no le exime de seguir siendo lo que fue en vida.

Se acercó un poco más a la pantalla, y de nuevo le dio la impresión de que era una chica frágil y asustada, y de que nada la detendría.

El ángel justiciero, vestido de negro.

Si no la detenía, llegaría a ser una heroína para la gente, si la detenía, estaría cumpliendo con un deber que no le gustaba.

Levantó cansinamente el teléfono y la miró por última vez, detenida en el televisor.
“ Lo siento, niña” murmuró “No eres mejor que ellos”

-Departamento forense- Una voz conocida le habló por el auricular.

-Soy yo. ¿Alguna pista del ángel?

A veces

Sí, no, a veces. Nunca he sido una calientapollas, te miro de lejos mientras sorbo la cerveza directamente de la botella y decido una vez mas mantenerme en mi sitio.

No pienso que sea ninguna parte de tu anatomía, no soy tan cruel conmigo misma.
En realidad con nadie, así que te miro de lejos y dejo que tu sonrisa apenas me roce.
Sí, deseo tenerte cerca..

Sí, deseo pasear contigo de la mano bajo la luna llena y hacer todas esas cosas que dicta el corazón.
Sí, quiero arrancarte la ropa, morder tu piel, atravesar mi cuerpo con el tuyo,  notar el aliento de tu boca entrar en la mía, retener tu cabeza entre mis piernas, alargar el momento de separar mi boca del tronco de tu pene y hacer todas esas cosas que dicta el deseo.
No, no quiero que te des cuenta, ¿Qué pensarías de mí? No deseo que me menosprecies al día siguiente, o que me susurres que no puede ser después de haber aspirado el aroma de tu piel, probado el sabor de tu lengua y la sal de tu sudor
A veces me limito a observarte, sólo a veces, y te dedico una sonrisa que casi siempre me es devuelta, y estrecho tu mano el tiempo justo para que no notes que la temperatura de mi cuerpo sube.

A veces te ignoro tras las luces de neón tan socorridas aún en estos tiempos que corren, y busco a Dios en el fondo de una botella por si tiene algún consejo que darme.
Sólo a veces me permito ser cruel conmigo misma, busco mi sexo imaginando que son tus dedos los que me hacen jadear, y sigo adelante un poco más triste tal vez, pero dura un instante, y ese instante no vuelve a repetirse.
Los hay parecidos, pero nunca es igual.
A veces me  pierdo, deseo que no me encuentres, juego a que no existo y entonces descubro lo cruel que puedo llegar a ser, machacándome con pensamientos que jamás revelaría a un sacerdote, por ser la opinión que menos me preocupa en el mundo.

Sí, no, a veces.

Eres todas las opiniones, eres todos los deseos, eres lo que me obliga a seguir, lo que me detiene.

Eres peligroso.
Me alejo una vez más, te observo desde la ventana de un bar cuando llegas, me mantengo a distancia cuando estás, te echo de menos cuando decides irte y no te recuerdo hasta la mañana siguiente.

Me alejo para que no puedas leer en mi mirada lo que no debes saber, o simplemente lo que no quiero que sepas, que viene a ser lo mismo.
Me alejo, resguardo tu inocencia, te protejo, me hago daño en silencio, entre sonrisa y guiño, espero, te escribo…

Sí, ahora te dedico estas líneas, aunque no creo que las llegues a leer, pero no lo descarto. Aunque me gustas así, pleno, libre, viendo cómo vas, cómo vienes, cómo me buscas cuando quieres y cómo desapareces cuando estás bien, y yo, encerrada tras un cristal, te ofrezco mi mano el tiempo justo para que no descubras que te deseo.

chanson d’amour

Y  parar el tiempo antes  de que me mires. Evitar cruzarme con tus iris de color imposible para no quedar atrapada en ellos.
Parar antes de desear tu piel suave, tus labios gruesos o tu cabello de color del  fuego.  No hartarme de la rudeza y la sequedad de otras pieles… No, parar antes de querer acariciar tus pechos sobre una sábana blanca…
Y es que todo contigo son puntos suspensivos, todo es complicado, pero hueles tan bien que nada de eso importa. Da igual si está bien o no, si es lo que se debe hacer. Sé que debo perderme en tu interior, pero…
Parar el tiempo antes de que me mires, evitar cruzarme con tus iris de color imposible, sonreírte una vez más y echarme a los brazos duros y tostados que me esperan, alejarme antes de quedar atrapada por tu cabello, por tu suavidad.
Mirar por la ventana como te alejas, y como me sonríes, y yo sé, y tú sabes que el camino de huida es demasiado corto, que no se puede correr toda la vida…

dudas

¿Cómo lo hago para coger tu mano? Cada vez más lejana, cada vez más recluida en tu campana de cristal. Yo, cada vez más lejos, luchando por que las horas del día se estiren hasta el infinito.

Tu sonrisa perenne y reconfortante se va apagando y yo, en mi oscuridad de planes por cumplir, te veo cada vez más difusa entre burbujas de contrariedades que parece que quieren disolverte.

¿Cómo lo hago para romper el cristal que te aísla? ¿Qué tengo que hacer para volver a escuchar tu voz tranquila, cargada de razón y de música? ¿Cómo te ayudo?

Mi niña, tan fuerte, se disuelve poco a poco en su mar de dudas, y a mi se me escurre entre los dedos, sin poder llegar a tocarla. Mi amiga, mi confidente, mi musa… Tan cercana siempre, tan presente, a pesar de todo. La cordura que me falta, la conversación que espero siempre, aunque sea con tiempo robado a las obligaciones diarias.

 ¿Cómo hago que no te vuelvas a sentir sola, para que vuelvas a creer en algo, aunque sea en algo tan fugaz como yo, como un jueves noche, como una sonrisa? ¿Cómo te retengo a mi lado?

Sueño

Estoy cachonda. Si, y lo digo con vergüenza, no te vayas a creer, pero es algo natural, que pasa en las mejores familias, incluso en la mía.
Miro al parque desde mi ventana, y les veo. Esas chicas, abrazadas a esos … ¿Cómo les llama mi madre? ¿Maleantes? A mi no me lo parecen.
Quien pudiera estar en su lugar. Se abrazan, se besan, y los más atrevidos deslizan su mano bajo la ropa de esas muchachas. Están escondidos, arropados por la noche y la vegetación, pero yo les veo, los siento…
Y yo aquí, sola, con un calentón de la hostia.
Vamos, ¿Qué me pasa? Yo no suelo hablar así. Tampoco suelo desnudarme frente al espejo, y aquí estoy, acariciando mi piel, plateada por la luna que se cuela por la ventana, sintiendo su calor, sosegándome, como lo haría cualquiera de ellos, si yo fuese cualquiera de ellas.
La princesa está triste, que tendrá la princesa…
No, la pregunta es qué no tiene.
Me rozan apenas las yemas de mis dedos, mientras fijo los ojos en ti, precisamente, que me robas el sueño, contigo, con quien que nunca podré hablar.
Desde este segundo piso, parece que nos separa un abismo que no hemos creado nosotros, pero que respetamos, aunque la brisa me traiga tu perfume.
Estás con esa chica. Es guapa, no me importaría compartirte… la segunda vez.
Mi piel es suave, te gustaría acariciarla. Mis pechos grandes, firmes, mi vientre plano como una tabla, hecho de melocotón, listo para que lo pruebe, mis nalgas firmes, trabajadas solo para que te agarres a ellas…
(Joder, si, estoy muy buena, pero aquí estoy, yo sola, y tú allí, muy bien acompañado.) Quiero gritar, maldecir, pero me muerdo los labios.
Quiero imaginarte, y no quiero que se despierte nadie, no quiero que me vean en tan ¿humillante? ¿vergonzosa? Situación.
En realidad, lo único vergonzante y humillante es que no he conseguido que estés aquí, si me paro a pensar.
Poco a poco, me recuesto en la cama, me imagino vencida por tu peso, como si realmente me depositases allí, rodeándome con tus brazos e inundándome con tu olor. ¿Me besarías?  Sí, me besarías como la estás besando a ella, jugarías en mi boca y te deslizarías despacio, desde el cuello hasta la vagina, marcando la trayectoria con tu saliva, marcarías mi piel con esa ¿descuidada? barba de dos días, morderías mi cuerpo al notar mi urgencia, arrancándome los primeros gemidos, mezclarías el dolor con el placer, y temblaría al notar tu aliento recorriéndome.
Mis piernas se abren, para recibir mi mano, mis dedos convertidos en tu lengua me acarician, exploran todos los recovecos mientras mi respiración se agita.
Juego suavemente con mi clítoris, hinchado y deseoso de recibir caricias, lo rodeo, lo acaricio, cada vez más deprisa.
Mi cuerpo se arquea, mis rodillas se quieren juntar… ¿Lo permitirías?. Encajarías tus hombros entre ellas, seguirías lamiendo, succionando, con tus manos agarrando fuerte mis caderas, parando el baile que precede al orgasmo.
Intento respirar, hundo mis dedos, los hago desaparecer, adentro, más adentro… los muevo, juego en mi interior y vuelvo al principio.
Esta vez si, despacio… Vuelve a resurgir el calor desde mi vientre y lentamente tu imagen y mi trabajo dan su fruto.
Mi piel se cubre de sudor, y ante la imposibilidad de gritar un nombre, mis gemidos se lanzan a la luna, saltan por la ventana, con la esperanza de que lleguen a tus oídos. Me gustaría que estuvieses junto a mi, quiero notar como sonríes al saberme tuya, como te levantas deprisa, colocas mis piernas sobre tus hombros y me clavas a la cama, quiero notar tus embestidas, acogerte en mi interior, gritar ante tu ímpetu y quedar indefensa hasta que te vacíes en mí, pero, jadeante después del éxtasis, siento ese vacío de volver a la realidad, de saberme sola en esa habitación.
Me levanto cuando mis rodillas dejan de temblar, y me vuelvo a asomar a la ventana, olvidando mi desnudez y la lamparilla encendida.
Y como cada noche, estás ahí. Ella ya se ha ido, y me vuelves a regalar una sonrisa desde la calle, sentado en un banco del parque.
Eso es todo lo que vamos a obtener el uno del otro, una sonrisa, un cuerpo desnudo a través de unas cortinas, alguna que otra mirada furtiva si el azar nos cruza en algún paseo y esa inclinación de cabeza que me dedicas todas las noches, cuando termino de soñar contigo.

En soledad

Estoy sola. Es una sensación extraña. Estoy sola del todo. No hay ruidos, no hay sonidos, sólo yo y la soledad más densa.

En realidad siempre lo estoy, desde que te fuiste. Bueno, desde antes de eso. Recuerdo mirarte a los ojos, y echarte de menos aún estando a mi lado.Dejé de amarte en ese preciso instante, creo.

Normalmente la gente se agolpa a mi alrededor. Me gritan, me empujan, me exigen, intentan llevarse todo lo que pueden de mí, todo lo que necesitan, sin dar nada a cambio.

Y yo les dejo, claro.

Eso es lo que debo hacer. Si lo hice contigo, ¿Por qué no con el resto?.Hace tiempo que dejé de pedir ayuda, hace tiempo que me acostumbré a esta soledad. Ahora les observo, y a veces aún me produce rabia. ¿Por qué son así? ¿Por qué parlotean sin piedad, taladrando mis oídos con sus banalidades? ¿Por qué todavía me importa? Sin duda la peor de todos soy yo.

Si, en eso sí tenías razón. Maldita hipócrita que sonríe, asiente, abraza…y no siente nada. Es el egoísmo mal llevado, lo admito. Querer que te hagan caso a cambio de una sonrisa. ¡Dios! ¿Cómo pude pensar eso? ¿Por qué iba el mundo a detenerse por una sola lágrima?.

Silencio. No hay voces. Me tumbo sobre la cama. Al fin sola.Tu fantasma revolotea en el techo, siempre tan cerca que casi puedo sentir de nuevo tu aliento en mi cara, tan real que se me eriza la piel.

No te echo de menos, no te confundas. Eras un buen amante, cierto, pero no te necesito.Hace tiempo que la persona que más me quiere soy yo.

Eso es lo que echo de menos. Cuando decías “Te quiero”. No cuando decías “Te necesito”. Eso lo sé. Me necesita mucha gente, gente que, al final, se las apañaría muy bien sin mí.

Supongo que nadie es imprescindible, y no sé si alegrarme o entristecerme ante esta obviedad. Ni siquiera ya la necesidad me ata a este mundo, ni a ti.

Mis manos corren con vida propia por mi cuerpo, me dan un consuelo ante esta extraña sensación de seguir viva sin desearlo demasiado.

Me acarician despacio. Sé que soy yo. Ya no te necesito en mis fantasías, ni siquiera ahí estás presente, y sin embargo, a ti te dirijo estas palabras.

Otra de las contradicciones de la vida. Me gustaría que disfrutases del espectáculo. Me gustaría que entendieses como me siento. Ver y no tocar. Estar cerca de lo que deseas, y no poder moverte para conseguirlo. Correr en círculos, pasar por mi lado mientras me acaricio, mientras te miro, y ni siquiera poder notar el olor que desprende mi cuerpo.

Por que me deseas aún, lo sé. Me deseas, pero no me amas. Dejaste de hacerlo cuando te diste cuenta que te echaba de menos teniéndote delante.Te imagino así, y me desnudo para ti. Mírame, estas curvas que aún te vuelven loco, las recorro milímetro a milímetro con las yemas de los dedos. Empieza el viaje en las caderas, bien formadas, lo sé, soy consciente.

Suben hasta los pechos, juegan con la aureola de color rosáceo que tantas veces lamiste, mordisqueaste y besaste como si fuese la última vez. Los caminos se separan, el tuyo y el mío, el de una mano y el de la otra.

Mientras una se queda en esos montes sagrados, la otra desciende por el vientre, trazando círculos, acelerándome la respiración, sabedora de donde terminará su marcha.Te imagino frente a mi, empalmado, sufriendo por no poder unirte a la fiesta.

 Bienvenido a mi mundo.

Mis dedos recorren suavemente la separación entre los labios, la humedad empieza a ser creciente. Mi otra mano baja en su auxilio, deleitándose por el camino con la piel suave de mi cuerpo.

Sé que te gustaría estar aquí, y eso me excita más aún si cabe.Al fin, un dedo frío encuentra el lugar prohibido para tus ojos. No lo ves, sólo puedes apreciar los efectos del masaje.Mi cuerpo se arquea sobre la superficie de la cama, el sudor aumenta, al ritmo que yo marco, los jadeos pronto se convierten en gritos de placer.Mis piernas se abren involuntariamente, dejando paso a mi amante invisible.

Uno a uno, los dedos se van colando dentro, mientras continúan las caricias. Te gustaba ese juego, lo recuerdo. El índice, se mueve en mi interior mientras pido mas. Se le une el corazón. Se mueven rápido, unos dentro, otros fuera.Tú contra mi voluntad, inmóvil. ¿Quieres entrar? ¿Quieres ocupar tu lugar?

Llegas tarde, como siempre.¿Disfrutas? No mas que yo. ¿alguna vez me has hecho correrme así? No, lo dudo.

Sabes lo que voy a hacer ahora. Sabes que me quedaré muy quieta, mirando al techo, mirándote a ti, a tu fantasma.

Desaparecerás poco a poco como el humo de mi cigarro.Con un par de veces mas, nunca volverás a ser el receptor de mis palabras, nunca te volveré a invitar a mi espectáculo.Porque, a fin de cuentas, nadie es imprescindible.