Misiva segunda ( Dante)

 

No había conseguido suavizar la respiración al golpear con cierta rudeza la puerta que le separaba de ella. Estaba enfadado, si, pero aún no sabía muy bien con quien, si con ella o con aquello hijos de puta que la habían sorprendido en medio de la noche.

 

La estampa que se le apareció no le gustó. En la penumbra de la habitación aún pudo distinguir su preciosa cara magullada, hinchada, amoratada.

 

-Joder- No pudo decir otra cosa, paralizado por el asombro , la frustración y la rabia.

Ella prefirió mirar al suelo, entre la vergüenza y un poco de temor, antes que enfrentar los duros ojos de color azul hielo. A fin de cuentas, él era el jefe, y ella había actuado sin su permiso. Las órdenes en aquellos tiempos revueltos habían sido claras. “Si pasa algo, corre como un demonio. No te quiero en peligro”.

 

-Tendrías que haber visto como les dejé yo a ellos- Murmuró, y emitió un pequeño quejido al intentar sonreír para tranquilizarle.

 

-No me vengas con eso- Estaba decepcionado, su “mano derecha” había desobedecido sus órdenes, aunque eso no era lo peor. Podrían haberla matado, aún no se explicaba como había salido entera, mas o menos, de allí. No entendía como había podido darles una paliza de muerte a aquellos niñatos, que la superaban en número, sin duda. Nunca actuaban solos, ni siquiera cuando se trataba de pegar a una chica.- Tendría que terminar lo que han empezado esos desgraciados. Lo sabes.

 

Ella asintió. Estaba preparada, a pesar de haberse ganado el respeto del resto, había desobedecido.  Pero él era el único que tenia derecho a castigarla. Lo prefería antes que haberse dejado pillar por aquellos mamones.

 

– Hazlo ya, pero no podía dejar que me…

– Ya lo sé.- la interrumpió, cortante.

 

 Lo que hizo a continuación  le pilló por sorpresa. Contra todo pronóstico, le acarició el largo cabello, rizado, oscuro,  y acercó sus labios al cuello marcado por unas huellas moradas, apenas lo rozó con ellos.

– A  pesar de todo, estoy orgulloso de ti.    

 

Rodeó la delgada cintura con sus manos y la abrazó con fuerza, ella emitió un pequeño gemido de dolor. Poco a poco, sin previo aviso, la fue despojando de la ropa.

 

-Déjame ver- Susurró, mientras encendía una pequeña lámpara de mesa, para disipar la oscuridad que ocultaba las heridas y los moratones en su piel, normalmente blanca, suave, elástica, como toda ella.

 

– ¿Qué vas a hacer? – No pudo evitar que le temblase la voz, ante la duda de lo que él sintiese. Si lástima,  si decepción, si rabia… O una mezcla de todo.

 

– Voy a ver el destrozo que han hecho, intentaré curarte …- buscó los ojos de color avellana de la chica y sonrió- Puede que te duela un poco, pero no te matará.

 

La llevó de la mano hasta la cama, y de un modo inusualmente suave en él  la ayudó a tumbarse. Acercó la lámpara al cuerpo desnudo de la muchacha.

Su mano lo recorrió poco a poco, reconociéndolo. Rozó con sus dedos los labios heridos, la mejilla amoratada, el cuello largo y flexible que había resultado profanado por unos dedos cobardes que con la clara intención de evitar que el aire pasase hasta sus pulmones.

 

Retiró poco a poco una venda sujeta con esparadrapo de su costado, aún manchada.. Descubrió un corte, lo bastante profundo como para haberle dolido, lo bastante superficial para que a esas horas, hubiese dejado de sangrar.

 

Sus dedos siguieron la inspección poco a poco, con cuidado. Siguió el trazo púrpura que trazaban los hematomas a lo largo de los muslos, delgados y fuertes. Acababan justo en las ingles, tenía también forma de dedos, brutales y zafios.

 

La miró sorprendido, imaginando la escena. Habían forzado aquellos muslos para abrirlos en contra de su voluntad. Poco a poco, la expresión de incredulidad se tornó en furia. Ella alargó el brazo y acarició el corto cabello negro, tranquilizadora.

 

– No lo consiguieron, trinqué antes la pistola.

 

Él apartó con dulzura la mano delgada que le acariciaba y la retuvo entre las suyas. Sus ojos brillaban con una furia salvaje que ella nunca había visto antes, que casi le asustó.

Estaba tranquilo, demasiado como para estar en calma. Estaba tranquilo cuando acercó su rostro al de ella, cuando rozó sus labios con su boca, cuando los deslizó poco a poco por su cuello magullado de nuevo, cuando besó su hombro.

 

Con la rodilla hincada en el suelo, arrodillado a su lado, acarició sus pechos con infinito cuidado, y ella no pudo evitar un gemido al notar sus dedos rudos alrededor de su pezón, al notar la humedad de su lengua acariciándolos, sus labios suaves sobre la herida de su costado. Él la miró para asegurarse de que no le dolía demasiado, y continuó incluso más despacio, recorriendo de nuevo el camino marcado a golpes, hacia el interior de sus muslos.

 

Siguió el camino de nuevo a la inversa, depositó su cuerpo más cerca de ella a cada beso que repartía por su piel, dejó que le pasase el blanco brazo por la nuca, en un débil abrazo. Se apoyó en su codo para evitar caer sobre ella cuando sus rostros coincidieron al fin, cuando volvió a rozar los labios heridos con los suyos, y lentamente utilizó su otra mano para seguir acariciando los muslos, colándola entre ellos, apagó el gemido que brotó con su lengua.

 

Acarició con suavidad cada pliegue, cada recoveco, empapando sus dedos con el flujo que empezaba a manar con los ojos clavados en el rostro de la muchacha, dejando que ella suspirase, que la debilidad inicial de aquel abrazo fuese cogiendo fuerza, que los pequeños dedos se enredasen en sus cabellos. Hundió su cara en el abundante cabello, aspiró el olor mientras notaba como el maltrecho cuerpo de la chica empezaba a moverse, olvidando las múltiples heridas.

 

Notó su camiseta húmeda. El corte empezaba a sangrar de nuevo. Retiró poco a poco la mano de su privilegiado refugio y la besó en la frente.

 

– Habrá que esperar un poco- susurró con media sonrisa

Ella asintió con gesto de dolor, y dejó que la curase de nuevo. Con la habilidad adquirida por los años de peleas callejeras y curas caseras, rápidamente la herida volvió a estar cubierta.

 

-Recupérate pronto, en un par de dias, reunión de emergencia. Esto no puede quedar asi.

 

Ella  fijó la mirada en la puerta que se había cerrado. No, eso no iba a quedar así, nunca iba a quedar así.

“Corre como un diablo, no te quiero en peligro” murmuró, mientras encendía un cigarrillo…

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