Basura

Así, despacio.  No se puede cometer el más mínimo error, ahora no. Cuando las miradas se cruzan, se mezclan los colores en el aire y lo cargan de electricidad, entonces es el momento más delicado.
Una sonrisa tal vez sea el detonante de la pasión, el paso previo a toda una noche de estremecimientos, de sudor y de gemidos. No se puede ir con prisas con estas cosas.
Nunca se habló de amor, tan sólo de perfumes combinándose gracias al roce de dos pieles que se desean, que se necesitan por unas horas.

¿Qué hay de malo?
La suave fricción de una mano acariciando brevemente un rostro al pasar, unos dedos que no llegan a entrelazarse por escasos milímetros,  unos labios que buscan un cuello escondido tras una mata de cabello negro, una boca que busca la humedad de los rincones más escondidos.
¿Por qué no?
Ni una sola palabra, la música habla por ellos, el alcohol hace el resto. El cuerpo se mueve buscando otro al que pegarse, sólo una fina capa de ropa separa dos deseos mientras brille la luna

.
Un último baile antes de que llegue la muerte, podría hacerlo en cualquier momento. Es así de imprevisible en este mundo desquiciado, aquí donde nadie sonríe del todo.
Nunca se habló de amor, de príncipes o de hadas presas. Nunca nos terminamos de creer lo que se contaba en los cuentos de la infancia pudiendo ver lo que ocurría a través de las ventanas.
Así, más deprisa, ahora que ha pasado el momento delicado y se han descubierto las intenciones. Las cartas sobre la mesa, las manos recorriendo las curvas sobre una cama de alquiler. Un cuerpo dentro de otro, violencia desatada en las caderas, en los largos dedos que agarran el cabello en el temblor del orgasmo, unos dientes golosos que buscan piel que morder, que marcar como un animal salvaje.
No importa el mañana, tenían razón los que pregonaban que no hay futuro. Los jóvenes nunca hacen nada bien a los ojos de los mayores, son sólo basura fermentando para poder ser reciclada en adultos responsables. Así, ¿Importa algo?
Uno sobre el otro, dedos por fin entrelazados, unidos en la noche. En una sola noche. Se dibuja la silueta de un cuello terso a contraluz, de una espalda tensa, de unas caderas marcando el eterno baile tan mal visto por los cristianos que se empeñan en educar, buscando el placer y el descanso sobre un pene erecto.
Y al final, uno al lado del otro, se miran, sonríen. Sí, sólo basura fermentando. Pero el olor es tan agradable, los ojos tan hermosos en la oscuridad que nada de lo que los mayores digan importa.
Y al final, el sol sale sin previo aviso, y descubre dos cuerpos desnudos, juntos, y se arrepiente de obligar al tiempo a avanzar  y estropear la imagen.

Gracias

Gracias, por enseñarme que la vida no es color de rosa, que los príncipes azules no existen, que no soy ninguna princesa, que nunca lo he sido, que no existen las hadas y que los cuentos son solo eso. Que no soy perfecta, que, en realidad soy mucho menos que eso. Gracias por recordarme que tú no lo eres tampoco, que nunca pretendiste serlo y que nosotros siempre fuimos lo tercero más  importante para ti. Medalla de bronce, no está mal.

 Gracias por recordarme que hay mucha gente mejor que yo. Más amable, más hermosa, más lista, más voluntariosa. Gracias por no confiar nunca en mí, por recordarme lo mal que lo hago todo, sin pararte a investigar las causas. Gracias por obligarnos a ser adultos antes de tiempo, un experimento que no te acabó de salir bien, lo siento, te equivocaste al apostar pleno, sólo te salieron bien dos de tres, aunque no quieras verlo.Gracias por dejar que nos enterásemos de qué es la vida en la calle. Siempre ocupada, siempre doliente, siempre recordándonos que debíamos estar allí para salvarte de tus errores, intentando que te agradeciéramos todo lo que hacías por nosotros, o lo que tú creías hacer.

También te quiero agradecer que nunca escucharas más de lo que querías oír, que nunca vieses más de lo que querías ver,  que nunca nos mirases a los ojos excepto para reprendernos por algo, que nunca hicieras el esfuerzo de sonreír para nosotros porque si, porque simplemente te alegrases de vernos.

Si, quiero darte las gracias porque por todo eso somos como somos, hemos conocido lo bueno y lo malo sin que tu mano nos protegiera, hemos deambulado por las calles, hemos reído, hemos llorado y nunca has interferido en nuestra educación. Quiero darte las gracias porque por  ti somos más fuertes, nos hemos extraviado  y hemos encontrado el camino de vuelta a nuestra vida, aunque te niegues a reconocerlo.

Seguimos siendo niños perdidos ante tus ojos, seguimos siendo un estorbo, pero ya no duele, ya no te necesitamos. Nunca estarás orgullosa de nosotros, soy consciente. Nunca cubriremos tus expectativas con respecto a lo que debe ser un hijo perfecto. La buena noticia es que ya no nos importa.

Ellos huyeron de tu lado. Yo estoy a punto, estoy en ello. No puedo soportar más desplantes, más órdenes. Nunca seré como tú, siempre he luchado para que no sea así. Sonrío, hablo, conozco gente a tu pesar. Vuelvo a estudiar retomándolo donde tuve que dejarlo, y juego con tus nietos solo porque deseo hacerlo, sin esperar nada a cambio, solo una sonrisa y su confianza.

No, no soy como tú, espero no serlo nunca. Y por ello te doy las gracias, porque tantos años bajo tu yugo me ha llevado a donde estoy, me han llevado a hacer las cosas que hice, de las que no me arrepiento ni un poco, porque así soy, y aunque debo perfeccionarme, me gusta lo que veo.

En esta vida hay dos modos de poner ejemplos, lo que hay que hacer y lo que no, ambos igual de válidos. Con el tuyo me di cuenta de lo que no quería ser, y solo por eso, al final, tengo que darte las gracias.

Dos mas uno

Como no sabía muy bien qué hacer, me quedé apoyada en el marco de la puerta. Sentía rabia, claro, pero también curiosidad y una interesante sensación de que mis temores más ocultos se habían cumplido, así que, en cierta forma, un poco de la complacencia del que sabe que tiene razón y al fin lo puede demostrar.

Allí estaba, el hombre al que me había entregado diez años atrás, al que me unían lazos, en principio sagrados, de amor, compromiso y lealtad, gimiendo, sudando y estremeciéndose sobre un cuerpo que no era el mío.

Siempre he sido una chica educada, y tal vez por eso mismo me limité a carraspear para hacerles notar mi presencia, evitando la tentación de gritarles, de lanzarles algo contundente o de dejarme llevar por la decepción y la ira.

Cuando se giraron sorprendidos, no pude evitar una sonrisa.

– Buenas tardes, caballeros. Estoy convencida de que interrumpo una interesante reunión, pero creí conveniente advertirles mi presencia – Caminé despacio hacia ellos, y me senté en el borde de la cama- Querido- Mi mano se posó suavemente en su cabello, en ese cabello que tantas veces había acariciado, que tantas noches había sufrido atrapado entre mis dedos, retorcido por los espasmos de la pasión, ese cabello que, en principio, debía de haber sido sólo mío- Esto se me hace raro. ¿No se supone que, normalmente, es la mujer la que pone los cuernos con el mejor amigo de su marido?

Él bajó despacio del cuerpo de su amigo, y se sentó derrotado entre ambos.

– Cariño…

– Shhh- El siseo salió involuntario entre mis dientes, y me dejé caer en el lecho, ante la atónita mirada de ambos- No hay nada que explicar, y como me digáis que esto no es lo que parece, usaré mi derecho a montar en cólera y a golpearos.

Cerré los ojos. Notaba las sábanas calientes bajo mi ropa, y sus miradas atónitas sobre mí.

Me produjo una rara sensación de triunfo el ser el objeto de atención de ambos, por primera vez en mi vida.

¿Cuánto tiempo llevaban así? ¿Cuánto tiempo hacía que yo sólo era una tapadera? ¿Realmente disfrutaba conmigo aquel hombre que me había prometido amor eterno? ¿Me había amado alguna vez? ¿Lo seguía haciendo, a pesar de todo?

Miles de preguntas se agolpaban en mi cabeza, pero yo permanecía inmóvil entre los dos cuerpos desnudos, con los ojos cerrados, sin fuerzas para abrir la boca o para compadecerme de mí misma, o de ellos.

– Sí… – La afirmación salió de su boca como si hubiese podido entrar en mi pensamiento, y sus labios se posaron en los míos, como otras tantas veces- Esto es exactamente lo que parece, no sé, no…sabemos cómo ha ocurrido, pero ha ocurrido, y eso no significa que no te ame.

– O que yo no te aprecie.- Una mano acarició mi cabello, esparcido por la usada ropa de cama.

– Iros a la mierda- susurré, sin abrir los ojos, sin ganas de moverme. Si obviaba el hecho de que unos minutos antes mi marido se follaba a su mejor amigo allí mismo, lo cierto es que se estaba bien.

Reconocí el tacto de los dedos que se colaron bajo mi blusa, pero no el sabor de la lengua que serpenteó hasta el interior de mi boca. Quise protestar, levantarme de allí y gritarles, patearles el culo desnudo y no volver a verles más, a ninguno.

Pasaron por mi cabeza imágenes confusas, de hacía miles de años, cuando les conocí en un bar, una noche cualquiera. Pasaron imágenes de la boda, de los dedos del padrino entrelazados en los míos, mientras me susurraba “Cuídalo”, de las miles de tardes que habíamos compartido los tres, entre cafés, sonrisas, conversaciones que se alargaban hasta la hora de las cervezas…

Volví a sentir la sensación que tantas veces me había embargado, esa sensación de ser una intrusa que yo había relegado a lo más hondo de mi cabeza, negándola.

Cuando al fin volví a tener conciencia de lo que estaba sucediendo en la habitación, dos pares de manos recorrían mi cuerpo, inexplicablemente desnudo, una boca succionaba mi cuello, y otra lamía despacio mi sexo.

Mi cuerpo se contoneaba con vida propia, y mis manos se asieron a la nuca que tenían más cerca para aguantar mejor los espasmos del vientre, que a mi pesar se contraía entre corrientes eléctricas que provenían, cada vez más rápidas, desde mi vagina.

Me perdí en la espiral de besos, saliva, pieles confundidas, olores conocidos, espasmos orgásmicos que no acababan, pues lenguas y dedos y pollas se turnaban, y yo simplemente me dejaba llevar, gemía, arqueaba mi espalda para facilitar la entrada de lo que fuese en mi, les gritaba insultos provenientes de mi ego herido, pero mis manos se agarraban a cualquier músculo que estuviese cerca de ellas.

No sé cuando acabó todo. Mis ojos no se abrieron en ningún momento, y cuando al fin mis párpados se levantaron, vi de nuevo sus cuerpos desnudos, cubriendo el mío. Aparté con delicadeza la cabeza que reposaba en mi vientre, y la mano que aún asía uno de mis pechos, y me levanté sin hacer ruido.

No quise despertarlos, no quise enfrentarme a lo que sentía. ¿Les quería? Sí, claro, y les odiaba, y sentía que les necesitaba, porque desde ese momento sólo podía pensar en ellos como una unidad, como un único hombre, y eso no era bueno.

Había oscurecido, pero no fue un impedimento para encontrar mi ropa e irme, sin ni siquiera mirarlos una última vez.

Comedia

La furia se convierte en incertidumbre
cada vez que el tiempo nos une
un poco más, cada vez más cerca,
el momento de volver a verte,
de volver a tenerte delante, a enfrentarte
con valor…

 

Vamos, si no sabes nada, ¿Qué mas da?
No te percataste cuando bulló la sangre
no escuchaste los insultos provocados
por un odio pasajero, no viste en mis ojos
la decepción y el desengaño
nadie te advirtió que habías hecho daño
y ahora…

 

¿Seguir la  comedia?
Regalarte dos besos, sonreírte,
hacer como que no ha pasado nada:
“Hola, ¿Qué tal?”
“Bien, como siempre”
“Sí, ya me sé tu canción, eres un caso,
nunca cuentas nada”
“No hay nada nuevo que contar”
“Bien, entonces, creo que me voy ya”

 

Evitando mirarte de frente
tratando de no mostrar la desilusión
al pensar lo que pudo ser…
Bajaré la cabeza, como siempre
y me tragaré el dolor
rehuyendo la traición, por ser quien eres,
por ser quien soy,
porque mi lugar es este
y así será, para siempre.