cuentos de luna (primero)

 

Te busco con la mirada. De hoy no pasa, aunque no te conozca. Ya sabes aquello de que todo tiene remedio excepto una cosa, y aún nos queda demasiado para llegar como para preocuparse de eso.

Como cada día, te veo esperar paciente el metro, distraído en tu mundo, perdido entre las notas que deben salir de los botones que siempre llevas prendidos en tus oídos.

Echo un último vistazo a lo que apunté anoche. Estuve escribiendo hasta entrada la madrugada nuestra historia, y quedó un poco infantil, debo reconocerlo. Debe ser por tu aspecto de príncipe del siglo XXI, tan alto, con esos hombros anchos, esa piel morena de sol, esos ojos tranquilamente burlones, brillantes a cada destello de sol antes de entrar en el andén, a tu pesar.

O tal vez por mi aspecto de elfo oscuro, siempre oculta entre las sombras, tu opuesto en el aspecto que quieras pensar.

El guión está escrito. Es hora de salir de mi escondite y acercarme a ti por detrás, silenciosamente, y sorprenderte con un suave empujón, como quien no quiere la cosa. Murmurar una disculpa, sonreírte, apartar coqueta un mechón de pelo tras mi oreja para que veas la flor de Lys tatuada en mi cuello.

Y te gustará, lo sé. Es igual a la que tú tienes en la muñeca. Te lo haré notar, si no dices nada.

Y no diré mentira, no fue premeditado.

Esperaré paciente que llegue el tren a tu lado, en silencio, si no te atreves a hablar con una desconocida. Esperaré los días que haga falta, saludándote cada mañana, hasta que seas tú el que se alegre de verme, hasta convertirme en una costumbre para ti.

Hay que tener paciencia. Tengo que tratarte con suavidad, no eres un chico fácil. Lo único que quiero de ti es tu piel y tu saliva, tu olor y tu semen, pero debo ir con cuidado o se echará todo a perder.

Sólo hay una oportunidad.

Dejaré en tu mochila una copia de lo que soñé, de lo que imaginé para ambos, y tú lo retocarás con lo que mejor te parezca.

Una mañana, al llegar al trabajo, descubrirás un sobre que antes no estaba allí. La luna aparecerá ante ti al leer las primeras letras, y entrarás en mi mundo de sábanas negras, iluminado por velas, cargado de olor a azahar y jazmín.

Se te erizará el vello de la nuca, pretendiendo que son mis brazos los que lo abarcan, y casi podrás sentir mi aliento en tus labios.

Apareceré ante ti desnuda, suave, nívea, dispuesta a llevarte al éxtasis caricia a caricia, beso a beso, a tumbarte despacio en la gruesa alfombra color sangre, a recorrer tu cuerpo con mi lengua, a morder suave tu vientre, a perderme entre tus piernas.

Poco a poco, irás reaccionando dentro de mi boca, y, dándome la  vuelta, te ofreceré el majar que esconden mis ingles.

Abraza mis caderas, pierde tu lengua en mi interior ahogando el gemido que te provoca mi boca, estrechando tu pene en su interior, retenme junto a tu cara mientras nos empapamos de sudor y fluidos que escapan por la comisura de los labios.

Mis uñas se clavan en tus rodillas flexionadas, mi vientre se tensa, tus músculos se tornan rígidos por el doble esfuerzo de procurarme placer y de soportar el tuyo propio.

Me sacarás de tu cuerpo, y sobre esa misma alfombra, apoyada de rodillas y manos, recibiré en mi interior tus embestidas furiosas, notaré tus manos amarrándome para evitar que caiga de bruces, cada vez más fuertes, arrancando los gritos que durante tanto tiempo deseé elevar hasta esa luna que nos observa complacida, y con un gruñido salvaje te derramarás en mí, y caerás de nuevo sobre la mullida superficie de la alfombra.

Después, tu brazo a  mi alrededor, tus labios apenas rozarán la flor de Lys antes de caer rendido en un sueño profundo…

¿Qué ocurrirá al día siguiente, una vez leído? ¿Me saludarás como si nada ocurriese? ¿Harás realidad el sueño?

De hoy no pasa, aunque no te conozca. Hay que dar paso al siguiente cuento de luna.

LA CHICA DE LA ESTACIÓN

 

 

 

 

 

 

Le miró de soslayo como quien no quiere la cosa…Actitud desafiante, mirando al suelo. Ropas anchas y mirada dura. No, ni siquiera la había visto. Apuraba su cigarro mientras ella pasaba por delante, como cada mañana.

Todos los días lo veía, a eso de las ocho y media, cruzando Atocha, marcando su propio ritmo al caminar, diferente de los demás, levantando expectación por donde pasaba, aunque él no se diese cuenta, o pretendiese no darse cuenta.

¿Cómo saber lo que pensaba? Cara de póker, faz morena, de rasgos duros. Esclavo del reloj intentando burlarse del Padre Tiempo, recluso en plena fuga.

Se afianzó a su carpeta, como quien se agarra a un árbol en una tormenta. Cada día le costaba más irse, dejarle atrás. “Ponte seria, no le mires. No puedes dejar que él crea que le has visto. No le conoces, es imposible…”

Cada día le costaba más olvidar la sensación de la garra del deseo oprimiéndole el estómago, luchando por salir. “No, es absurdo”.

Ir a clase, aguantar el día, bueno o malo, o sólo regular, siempre con la sensación de haber dejado algo por hacer, con la impresión de que no todo es como ella cree.

Mira a ambos lados de la calle antes de cruzar, se detiene unos segundos a su lado. Preciosos segundos que son una maldición. Nunca ocurre nada, él nunca habla, ella nunca le mira, pero se repiten cada mañana.

Electricidad saliendo de su cuerpo. “Tómame de la mano, llévame contigo. Al cielo, al infierno, donde quieras…pero contigo. No permitas que cruce, que me aleje…”

No, impensable. Llega tarde. Su rostro serio no refleja la decepción. No refleja nada. Una mañana más, silencio, apenas un cruce de miradas. Hay veces que ni eso.

Se imagina en sus brazos, derritiéndose en su boca, se arrepiente de inmediato, y vuelve a caer en la red a la mañana siguiente. “Susurra en mi oído las palabras que nunca pronunciarás, escribe en mi piel toda la poesía de la que eres capaz, sustituye al viento en mi cabello, a la ropa en mi cuerpo, y arráncame una sonrisa”

Y como todas las mañanas, a eso de las ocho y media, ella desaparece por la puerta de los taxis de Atocha, sintiendo morder el deseo, y albergando la esperanza de que la tortura se repita al día siguiente.