Negación

El corazón latiendo fuerte.

¿Qué es lo que ocurre? Se mira en el espejo y no se ve. No, esa persona no es ella. De ningún modo.

Es esa extraña sensación de nuevo.” ¿Qué es lo que he dejado por hacer, o qué es lo que he hecho de más?” se pregunta angustiada, mirando alrededor, como si los muebles, o el silencio, o la soledad del momento pudiesen ofrecerle una respuesta.

Música. Sí, la música apacigua a las fieras, y necesita domarse de nuevo.  ¿Pero cuál ha sido el exceso? ¿Tal vez hablar demasiado? Sí, tal vez, da igual…

Música. Música suave, envolvente.  Tal vez sea bueno dejar que ahora sea esa voz la que tome el control.

Se cierran los ojos casi involuntariamente y deja caer ese cuerpo que por alguna razón no le pertenece esa mañana sobre el sofá del salón, frío e impersonal. 

Hay que domar el pánico, hay que volver a tomar las riendas de la situación de nuevo. No hay nadie enfadado, no ha hecho nada… ¿O sí lo hizo?

Respira. Hay que obligarse a seguir respirando a pesar de la opresión en el pecho. ¿Qué es eso tan malo que hiciste, niña?

La respuesta sale por si sola de los labios entreabiertos de la imagen del espejo que se niega a desaparecer. Y entonces recuerda, allí, en la oscuridad del salón, con la música de fondo. Está volviendo a sentir algo más. Algo que no hubiese debido, algo que se prohibió hacía demasiado tiempo.

Sentir demasiado no es bueno, esa es la prueba.

¿Y ahora qué? Hay que desprenderse de ese trozo de humanidad que se le ha pegado y que no le pertenece. Ella no es así.

Control.  Ella siempre observa y nunca toma partido. Ella es así porque así es como debe ser.

Ha pasado tanto tiempo modelándose, privándose de hablar, de reír… Siempre en pro de una imagen que ahora la mira acusadora desde el espejo como una prisionera. ¿No era esto lo que ambas decidieron? Seriedad, responsabilidad y corrección. ¿No había sido ese el trato?

Un desliz. Sólo había sido una pequeñísima equivocación sin trascendencia. Sólo fue un baile en una pista colgada de su cuello. Luego una sonrisa, un “gracias” y la noche siguió como si nada.

Pero sí había pasado algo, ¿verdad? En cada nota estaba el olor que se desprendió de la base de su cabello, podía notarlo allí mismo, en el salón, escuchando la misma canción una y otra vez.

El calor de su piel a través de la ropa húmeda, el aliento cálido de que se escapaba de sus labios y correteaba buscando un lugar entre los cuerpos pegados donde esconderse para siempre, buscando no ser olvidado.

Se levantó de golpe y se enfrentó a sí misma. Olvídalo. Esa no eres tú.

Se dio la espalda una vez más, se metió bajo la ducha y dejó que el agua se llevase las ganas de recordarle, dejó que arrastrase el nuevo significado que había adquirido un nombre que ya conocía de antes, que desapareciera su olor y cualquier recuerdo que no pudiese controlar. 

Y cuando al fin se fue a su dormitorio para ponerse el disfraz de todos los días, ignoró la pequeña lágrima que se escapó de su reflejo, convenciéndose una vez más de que era lo mejor.

 

Anuncios

Bagh

No me preguntes cómo estoy, no he venido a contar mis problemas. Tampoco quiero escuchar los tuyos, hoy no.
De todos modos, ya me los sé. Son los mismos. Estamos en la misma franja de edad, en esa puta edad en la que los sueños siguen vivos, pero se va dejando paso a la melancolía un minuto más cada día.
Entonces escribimos, o bebemos, o fumamos, o hacemos cualquier cosa para escondernos del miedo. Incluso a veces hasta sonreímos y, yendo más allá, nos atrevemos a ser felices, por mucho que duela después.

A eso he venido, a por una porción de felicidad en forma de lo que más te apetezca. Puede ser un whisky, buena conversación o, incluso, si nos sentimos inspirados, podemos construir un bonito poema de falso amor entre tus sábanas.

Me da igual. Me caes bien de cualquier modo, incluso desnudo.

Esta noche no somos ni tú ni yo, no se trata de eso. Sabes de lo que hablo, no es necesario que me explique más.

No me preguntes a qué he venido, no sabría responderte. Sólo sé que esta noche quiero estar contigo, y no sé qué va a ocurrir mañana, o incluso más tarde, a veces es agradable esta sensación de incertidumbre.

Me gusta cómo soy, la eterna niña perdida. Lo gracioso de esta vida es buscar el camino correcto, una vez encontrado, la única gracia es correr lo más rápido posible, y eso lo hace cualquiera.
Me gusta cómo eres. Cálido, cercano, inalcanzable. Nunca serás mío, y por eso me aproximo a ti lo más posible. Si alguna vez cambiase esta situación, no me interesarías.
Esa es la esencia de nuestra generación. No sabemos lo que queremos, aunque nos gusta aparentar que sí. Nos gusta pisar fuerte, aunque dudemos de si el suelo aguantará nuestro peso.
Por eso han caído tantos. Es simple cuestión de suerte.
Esta noche sólo me quiero acurrucar a tu lado y dejar de pensar, sólo quiero sentir tu lengua recorriendo toda mi piel, sólo quiero retenerte durante un par de horas, luego, tú decides.
Me puedo quedar a dormir, también es posible que no vuelvas a saber de mí, hasta la próxima.
Hazme un sitio en tu vida ahora, luego ya se verá. Construyamos algo, lo que sea, llenemos el vacío existencial durante unas horas, luego ya se verá…

soberbia

Bien, vamos allá, que lo prometido es deuda. Esta noche vas a gozar de un privilegio del que pocos pueden presumir, esta noche te voy a dedicar unas líneas repletas de humedad, de soberbia, y es que te has ido a topar con una de las mejores manejando el teclado y las manos.
 
Una de las mejores enredando palabras y lenguas. ¿Por qué? Porque puedo. Simplemente. Tengo un rato para pensar en ti, para levantar tu ánimo, para plasmar en un folio en blanco todas tus fantasías y dejarte sin aliento a tantos kilómetros de distancia.

¿Cuántas chicas conoces capaces de hacer esto?
Verás, tengo la planta y la virtud, y la poca vergüenza de decirlo. Es una buena combinación que jamás vas a probar, pero sí puedes gozarlo. Simplemente léeme, imagina…

Imagina una habitación en penumbra, una botella de vino y una cama que no sé todavía si tocaremos.
 
¿Qué si quiero tener sexo contigo? No, quiero más que eso. Quiero tu sonrisa, tu alma, tu lealtad y tu admiración. Quiero oír cómo se te escapa el aliento mientras lees, quiero que sientas sin querer mi calor, que desees saber si soy capaz de hacer aquello que escribo. Lo que quiero es que seas mío durante el poco tiempo que dediques a leer mi cuento, nuestro cuento.
 
En la soledad de tu habitación, que saborees mis labios, que sientas mis manos recorriéndote, desnudándote, que te agarres a tu sexo deseando que sea mi aliento el que choca contra él. No dejes de leer, soy la única ahora mismo que te puede hacer estremecer frente a la pantalla de un ordenador, que puede hacer las distancias más cortas.
 
La pequeña princesa ha crecido, se ha hecho la reina indiscutible, al menos para ti. Reconoce que buscas mis textos como el que busca agua en el desierto y todo irá sobre ruedas. Reconócelo como yo admití en su momento lo contrario, y estaremos en paz.

Ahora ya me da igual escribir a hombres o a mujeres, o incluso a ti, que paradójicamente, es lo más difícil.  Ahora ya he aprendido a disfrutar escribiendo lo que me da la gana, y ahora mismo, lo que quiero es hacerte estremecer en tu silla, hacerte sudar sin tocarte, marcarte sin clavar los dientes y, sobre todo, que vuelvas a por más. Que el corazón te traicione, que tus ojos me busquen y que desees estar conmigo.

Sólo un párrafo más. Sólo una palabra en concreto (sexo), sólo una intención, sólo la promesa de que en otra ocasión me esforzaré más todavía, sólo esconder las intenciones tras la soberbia que he aprendido de ti.

Para tí

En estos momentos daría la mayoría de lo que tengo por estar contigo. En estos momentos, ahora, quisiera poder acurrucarme en tu regazo, apoyar la cabeza en tu hombro y con la nariz pegada a tu cuello, dejar que me arropases con tus palabras, dulces susurros, aunque me repitieses todo aquello que yo sé, que yo misma me repito todas las mañanas para, si no dar un paso, al menos no retroceder.

Quisiera que el cielo llorase al otro lado de la ventan, que sólo estuviésemos tú y yo, y un sofá de tres plazas color granate y un par de copas de vino.
Quiero que me cuides, sólo por una noche, abandonarnos a una conversación a media voz, a risas solapadas que arropasen  ese momento de intimidad compartida, ese momento que no compartiríamos con nadie más.

Ahora, hoy mismo, quisiera ser capaz de desarmar mi escudo, de ser capaz de confiar en ti como no lo he hecho nunca con nadie, porque estoy cansada de suponer que sabes que te quiero y que te echo de menos, porque quisiera poder decírtelo más a menudo, que lo notaras en cada palabra que te dedico.

Que te creas de una vez que eres el beso que todo lo cura, que eres la sonrisa que viene después del beso, que de verdad me falta la música de tu voz y el silencio de tus ojos claros.

Así, aunque en estos tiempos revueltos no esté tan presente, quisiera, a pesar de todo, poder hacerme pequeña a tu lado, encontrar el remanso de paz en las modulaciones de tu voz y prometerte que te cuidaré cuando lo necesites también, por ahora, para siempre.

PD: Para mi niña, gracias por todo…

Eres la razón por la que me marcho

El teléfono me perfora los oídos. Esa musiquilla predefinida, estridente, ese patético intento de imitación al cascanueces de Tchaikovsky no deja ni una molécula de oxígeno de la habitación sin contaminar, pero me resulta tan cansado arrastrarme hasta él, colgarte, rechazar la llamada, rechazar todas las llamadas del mundo, apagarlo y si fuese necesario, lanzarlo a las profundidades del inodoro.

O comérmelo, bien desmontadito, notando el litio de la batería agujereando mi lengua (¿Ocurriría eso?). Prefiero eso antes que volver a hablar contigo.

 Me cansas, me hastías, no te quiero soportar más. Tú eres la única razón por la que me fuí. Asúmelo.

Me acurruco en la cama, me rodeo las rodillas con los brazos y entierro la cara entre ellas. En la oscuridad, la pantalla lanza un halo de luz fantasmal con tu nombre impreso.

No quiero verlo. Si no estuviese tan segura de que si me acerco te descolgaría…

Sería el fin. El fin del mundo, quiero decir. Del tuyo, para ser exáctos. Morirías fulminado por mi ira, transportada cómodamente por satélite, y como me conozco, luego (Mucho después) me sentiría mal.

Y sería el fin de mi mundo también.

Así que como no tengo ganas de dramas, me limito a acurrucarme sobre mi cama, a esperar a que el móvil deje de brillar, parpadear, vibrar, de emitir sonidos hecho una furia. En cuanto calle, lo lanzaré a traición por la ventana y te sacaré de mi vida para siempre, y no olvides esto, sólo por tu culpa.

Una cucharilla manchada de café

La cucharilla manchada de café sobre la impoluta encimera fue lo que colmó su paciencia.
Ya ves, lo que son las cosas, una maldita cucharilla manchada de café.
Cualquiera hubiese dicho que es una tontería, pero…
Miró al otro lado del pasillo. Su padre miraba la televisión tumbado en la cama ( con una taza de descafeinado al lado, no hacia falta ser Poirot para saber quien fué el culpable), su hermano jugaba a la videoconsola desde las cuatro de la tarde, pretendía pasar el juego aquel mismo día, y nadie se lo iba a impedir.
Con la excusa de la plancha, su madre se había pasado encerrada en una habitación todo el día, asomando su cara solo para recordar lo mucho que trabajaba y su abnegación total a la familia, mientras sacudía la ceniza del cigarro en el suelo que ella acababa de fregar.
La familia…
Algo pasó entonces. Lanzó la cucharilla (la maldita cucharilla que manchaba de café la encimera que terminaba de limpiar, que limpiaba todos los malditos días una media de diez veces) por la ventana.
Con aquel sencillo gesto, estaba a punto de cambiar su universo.
Una palabra se formó lentamente en su cabeza, y se quedó bailando mientras veía los destellos plateados caer hacia la calle
RESPETO
Eso es lo que no había, y eso es lo que iba a conseguir.
Lo que mas le apetecía en ese momento era descuartizarlos a todos y sacudir la ceniza del cigarro sobre sus cuerpos, pero siempre había sido una chica cabal, así que desechó la idea inmediatamente.
Otra opción era gritarles. Gritarles todo lo que pensaba de ellos. Vaciarse por primera vez, enseñar su alma dolorida por la indiferencia y los desplantes, y las noches en vela, y las cicatrices de las heridas autoinflingidas en la soledad de su habitación.
Los años de morderse la lengua, de no escupir el desprecio que sentía por ellos, que no era más que el reflejo del que sentía hacia su persona.
Pero, ¿para que?. Si el problema de base era la indiferencia…
Respeto…
El respeto allí solo se conseguía con dinero, o siendo un chico. Le faltaba algo que todos los logros que pudiese amasar no se lo iban a dar, y que en cualquier caso no quería. Era indecisa por naturaleza y no sabría en que lado del pantalón colocarlo.
Pero el choque de la cucharilla contra el suelo, el sonido del rebote del metal la sacó de su tristeza.
No se iba a rendir. Iba a cambiar su universo.
Se encaminó a su habitación, puso la música a todo volumen en sus cascos, y después de mucho tiempo  volvió a sonreír. Ella ya no hacía nada allí, había llegado la hora de prepararse para volar…

nunca es suficiente

Otra vez él, reflejado en cualquier espejo, en cualquier cristal. Otra vez ese payaso gordo con dientes de sable, con sus chillones colores me saluda desde el reflejo y me señala con el dedo, y se ríe, y pretende hacerme llorar, pretende hundirme en la más absoluta miseria.
Se come la autoestima, la confianza con la glotonería de un niño y me mira de reojo y sonríe malévolamente.
Ya no le tengo miedo como a los quince años,  pero me sigue haciendo daño su presencia, aunque no se lo demuestro.
Miro hacia otro lado, pero ahí está. Lo sé, lo siento y me sigue doliendo.
Me señala la nevera y susurra a mi oído lo terrible que soy.
“Tienes hambre, come” Y yo engullo lo que cae en mis manos.
“Eres un ser horrible sin confianza ni amor propio” y dos minutos después todo desaparece por el desagüe.
Soy su esclava. Tiene mi alma y la estruja hasta que vomito de puro dolor.

Se sube a mi espalda y me obliga a caminar encogida. Se interpone entre yo y mi reflejo, y me obliga a mirar como me transforma en un monstruo.
A veces consigo encerrarlo, pero siempre escapa, siempre consigue lo que quiere porque es más fuerte que yo.
Sale del humo de un cigarrillo, de una lata de cerveza, de un grito a destiempo. Sale de la indiferencia y de los reproches.
Sé cual es su origen, pero no se cual es su fin, y soy consciente de que no hay salida para esta situación.
Juro que lo intenté. Quise ser perfecta. Él solo es el reflejo de lo que debería ser y no soy…
Haga lo que haga, nunca va a ser suficiente, ni para él ni para nadie.
Escribo estas líneas encogida en un sofá mugriento de tristeza, y él se ríe ahora mismo, mientras se hace cada vez más grande, se hincha como un globo mientras yo voy desapareciendo. Me rodea con su enorme cuerpo, me asfixia, me falta el aire y me roba las fuerzas.
Siento nauseas, siento un nudo en el estómago y un hambre terrible, pero no me permite levantarme. Ahora mismo no creo que pudiese levantarme.
Me rindo.
Creo que me tumbaré un rato a ver si desaparece y al fin puedo comer algo sin que se ría de mi.
Creo que cerraré los ojos, que dormiré, a ver si consigo que no se entrometa en mis sueños y deje de pesar durante un rato.
Tal vez las pastillas que me dió ayuden…