Sus manos

Abrí los ojos despacio. No sabía cuanto tiempo había dormido, en realidad daba igual. Él seguía allí, frente a mí, pero no se iba a despertar nunca más.
Debía de faltar poco para que viniesen a llevarse el cuerpo al crematorio, aunque sabía que tardasen lo que tardasen, iba a ser demasiado poco.

Tenía que despedirme, para siempre. Me levanté despacio, y con los dedos apenas acaricié su rostro, que siempre había sido amable, que siempre escondía una sonrisa para mí.
Pero ahora, frío, y seguramente azulado bajo la capa de maquillaje, estaba inmóvil y agarrotado, y pensé que fue una lástima que no se le quedase con la expresión que solía tener.
Me agarré a sus manos, grandes y encallecidas, honestas y fuertes como él. Cansadas de trabajar doce horas al día para sacarnos adelante y que nunca faltase el plato de comida en una mesa, pequeña y vieja, pero una mesa dentro de una casa, que pagó con el sudor de su frente, con el cansancio de aquellas manos que, hasta hacía dos días, aún encontraban un hueco de piel sensible para notar mi cabello cuando lo acariciaba.
Aquellas manos que, de pequeña, se negaban a descansar hasta que me había arropado, y de mayor, se aseguraban que seguía caliente en mi cama, pensando que no me daba cuenta.
Dicen que fue rápido. Dicen que el andamio se derrumbó, que esas manos agotadas y ya viejas no aguantaron su peso, que se soltó de la barra de mala muerte de la que se había quedado colgando.
Dicen que la culpa fue del presupuesto, que el arnés no estaba en condiciones. También hay quien lo niega, claro, los de siempre.
Pero en ese momento, todo eso me da igual. Me aferré a sus manos heladas mientras oía los sollozos de mi madre, que se acercaba con los que se lo tienen que llevar. Ella siempre fue más fuerte que yo.  Me aferré a ellas, y volví a sentirme como una niña de diez años perdida en un centro comercial.
Las vi alejarse cruzadas en su pecho, a la vieja usanza, y me volví a dormir allí mismo, sin ganas de decirle adiós.

cuando todo acabe

Apenas unas palabras antes de volver a dormirme…

Apenas unos pensamientos sueltos, y es que estoy demasiado cansada para insultar, o para atacar a nadie.

Necesito descansar de todo.

Escribiré unos versos inconexos perdidos en la noche, tal vez, las últimas lágrimas antes de dejar que la luna llena me llene de su influencia.

Ya he tomado parte en la guerra legendaria, y tendré que luchar hasta desangrarme o ganar,o ambas cosas, aunque me quede vacía.

El aire se niega a entrar en mis pulmones hasta que la transformación se de por terminada, y duele, puedo asegurar que duele.

Cuando todo esto acabe, si sigo viva, habré cambiado y os daré miedo tan solo con verme cruzar la calle, y rezareis para que no tenga nada contra vosotros cuando la luna llena llegue a su máximo esplendor.

Cuando todo esto acabe, si sigo viva, seguiré adelante un poco menos humana, olfatearé el peligro y la muerte un poco más claramente, morderé con más rapidez, iré siempre dos pasos por delante de todos vosotros.

Sí, debereis temerme…

Pero ahora debo dormir y prepararme para la batalla, aunque me cueste lágrimas y sangre, y tal vez el alma.

Cuando todo acabe no sé si seré capaz de volver a escribir, por si acaso, guardad estas palabras, una fotografía en la todavía sonria y corred a esconderos…

dudas

¿Cómo lo hago para coger tu mano? Cada vez más lejana, cada vez más recluida en tu campana de cristal. Yo, cada vez más lejos, luchando por que las horas del día se estiren hasta el infinito.

Tu sonrisa perenne y reconfortante se va apagando y yo, en mi oscuridad de planes por cumplir, te veo cada vez más difusa entre burbujas de contrariedades que parece que quieren disolverte.

¿Cómo lo hago para romper el cristal que te aísla? ¿Qué tengo que hacer para volver a escuchar tu voz tranquila, cargada de razón y de música? ¿Cómo te ayudo?

Mi niña, tan fuerte, se disuelve poco a poco en su mar de dudas, y a mi se me escurre entre los dedos, sin poder llegar a tocarla. Mi amiga, mi confidente, mi musa… Tan cercana siempre, tan presente, a pesar de todo. La cordura que me falta, la conversación que espero siempre, aunque sea con tiempo robado a las obligaciones diarias.

 ¿Cómo hago que no te vuelvas a sentir sola, para que vuelvas a creer en algo, aunque sea en algo tan fugaz como yo, como un jueves noche, como una sonrisa? ¿Cómo te retengo a mi lado?

Una cucharilla manchada de café

La cucharilla manchada de café sobre la impoluta encimera fue lo que colmó su paciencia.
Ya ves, lo que son las cosas, una maldita cucharilla manchada de café.
Cualquiera hubiese dicho que es una tontería, pero…
Miró al otro lado del pasillo. Su padre miraba la televisión tumbado en la cama ( con una taza de descafeinado al lado, no hacia falta ser Poirot para saber quien fué el culpable), su hermano jugaba a la videoconsola desde las cuatro de la tarde, pretendía pasar el juego aquel mismo día, y nadie se lo iba a impedir.
Con la excusa de la plancha, su madre se había pasado encerrada en una habitación todo el día, asomando su cara solo para recordar lo mucho que trabajaba y su abnegación total a la familia, mientras sacudía la ceniza del cigarro en el suelo que ella acababa de fregar.
La familia…
Algo pasó entonces. Lanzó la cucharilla (la maldita cucharilla que manchaba de café la encimera que terminaba de limpiar, que limpiaba todos los malditos días una media de diez veces) por la ventana.
Con aquel sencillo gesto, estaba a punto de cambiar su universo.
Una palabra se formó lentamente en su cabeza, y se quedó bailando mientras veía los destellos plateados caer hacia la calle
RESPETO
Eso es lo que no había, y eso es lo que iba a conseguir.
Lo que mas le apetecía en ese momento era descuartizarlos a todos y sacudir la ceniza del cigarro sobre sus cuerpos, pero siempre había sido una chica cabal, así que desechó la idea inmediatamente.
Otra opción era gritarles. Gritarles todo lo que pensaba de ellos. Vaciarse por primera vez, enseñar su alma dolorida por la indiferencia y los desplantes, y las noches en vela, y las cicatrices de las heridas autoinflingidas en la soledad de su habitación.
Los años de morderse la lengua, de no escupir el desprecio que sentía por ellos, que no era más que el reflejo del que sentía hacia su persona.
Pero, ¿para que?. Si el problema de base era la indiferencia…
Respeto…
El respeto allí solo se conseguía con dinero, o siendo un chico. Le faltaba algo que todos los logros que pudiese amasar no se lo iban a dar, y que en cualquier caso no quería. Era indecisa por naturaleza y no sabría en que lado del pantalón colocarlo.
Pero el choque de la cucharilla contra el suelo, el sonido del rebote del metal la sacó de su tristeza.
No se iba a rendir. Iba a cambiar su universo.
Se encaminó a su habitación, puso la música a todo volumen en sus cascos, y después de mucho tiempo  volvió a sonreír. Ella ya no hacía nada allí, había llegado la hora de prepararse para volar…

Gracias

Gracias, por enseñarme que la vida no es color de rosa, que los príncipes azules no existen, que no soy ninguna princesa, que nunca lo he sido, que no existen las hadas y que los cuentos son solo eso. Que no soy perfecta, que, en realidad soy mucho menos que eso. Gracias por recordarme que tú no lo eres tampoco, que nunca pretendiste serlo y que nosotros siempre fuimos lo tercero más  importante para ti. Medalla de bronce, no está mal.

 Gracias por recordarme que hay mucha gente mejor que yo. Más amable, más hermosa, más lista, más voluntariosa. Gracias por no confiar nunca en mí, por recordarme lo mal que lo hago todo, sin pararte a investigar las causas. Gracias por obligarnos a ser adultos antes de tiempo, un experimento que no te acabó de salir bien, lo siento, te equivocaste al apostar pleno, sólo te salieron bien dos de tres, aunque no quieras verlo.Gracias por dejar que nos enterásemos de qué es la vida en la calle. Siempre ocupada, siempre doliente, siempre recordándonos que debíamos estar allí para salvarte de tus errores, intentando que te agradeciéramos todo lo que hacías por nosotros, o lo que tú creías hacer.

También te quiero agradecer que nunca escucharas más de lo que querías oír, que nunca vieses más de lo que querías ver,  que nunca nos mirases a los ojos excepto para reprendernos por algo, que nunca hicieras el esfuerzo de sonreír para nosotros porque si, porque simplemente te alegrases de vernos.

Si, quiero darte las gracias porque por todo eso somos como somos, hemos conocido lo bueno y lo malo sin que tu mano nos protegiera, hemos deambulado por las calles, hemos reído, hemos llorado y nunca has interferido en nuestra educación. Quiero darte las gracias porque por  ti somos más fuertes, nos hemos extraviado  y hemos encontrado el camino de vuelta a nuestra vida, aunque te niegues a reconocerlo.

Seguimos siendo niños perdidos ante tus ojos, seguimos siendo un estorbo, pero ya no duele, ya no te necesitamos. Nunca estarás orgullosa de nosotros, soy consciente. Nunca cubriremos tus expectativas con respecto a lo que debe ser un hijo perfecto. La buena noticia es que ya no nos importa.

Ellos huyeron de tu lado. Yo estoy a punto, estoy en ello. No puedo soportar más desplantes, más órdenes. Nunca seré como tú, siempre he luchado para que no sea así. Sonrío, hablo, conozco gente a tu pesar. Vuelvo a estudiar retomándolo donde tuve que dejarlo, y juego con tus nietos solo porque deseo hacerlo, sin esperar nada a cambio, solo una sonrisa y su confianza.

No, no soy como tú, espero no serlo nunca. Y por ello te doy las gracias, porque tantos años bajo tu yugo me ha llevado a donde estoy, me han llevado a hacer las cosas que hice, de las que no me arrepiento ni un poco, porque así soy, y aunque debo perfeccionarme, me gusta lo que veo.

En esta vida hay dos modos de poner ejemplos, lo que hay que hacer y lo que no, ambos igual de válidos. Con el tuyo me di cuenta de lo que no quería ser, y solo por eso, al final, tengo que darte las gracias.

Déjame

No me hables, no tengo el día de asentir y sonreír. Sí, ya sé que últimamente no lo tengo nunca. Son rachas, eso lo sabes también.

Que no te extrañe que no te abra una ventana, en el Messenger o en la calle. Estás tan cerca, y sin embargo…
En fin, son cosas que pasan, tampoco quisiera pagarlo contigo, por eso declino todas tus invitaciones. No, no quiero una cerveza al atardecer, no quiero ver como el sol se esconde tras de ti, dotándote de esa aureola alrededor de tu silueta.

Es un fundido en negro, y nunca te han sentado bien.

No me pidas que te cuente nada, no me cuentes nada. No quiero saber como te va, sé que solo me vas a contar cuanto la quieres, el mal sabor de boca que te deja discutir con ella o no poder olerla todas las noches.

Lo sé, no quiero que me lo repitas. Sé por lo que estás pasando, yo lo pasé antes, no en vano te llevo tres meses de ventaja en todo.

Sé aprovechar el tiempo.

No me hables, no me llames, no quiero…

No es que me hastíes, no es que ya no te quiera, eso nunca podría pasar.  Es solo que no tengo el día, un día mas.

No, no puedes hacer  nada por mi, igual que no yo no puedo ayudarte, no en eso. No me va a servir para estar mejor tu sonrisa familiar, ni el calor de tu cuerpo, ese que te empeñas en transmitir en cada abrazo, en cada roce casual.

No es cuestión de peli y pizza, no es cuestión de un paseo, no es cuestión de pillarla una noche.

Estos males se curan solos, en soledad, valga la redundancia. No estoy mal, no estoy triste, y sobre todo no es por tu culpa.

Déjame, solo eso. No me eres necesario, ahora no. Tampoco puedo ayudarte, así que soy igual de prescindible para ti que tú para mí.

Ya pasó la época donde todo se pasaba pillando una turza y echándonos a dormir en tu cama. Ya pasó la época en que ambos éramos felices escuchando Metallica y leyendo comics de Lobo.
Ya pasó la época donde parecía que todo iba bien si nos veíamos reflejados el uno en los ojos del otro.
Ya pasó la época de los enfados cuando uno de los dos conseguía ligar con otro. Me alegro por ti, solo puedo desearte suerte, y que tengas paciencia. Ella está en la otra punta de este país, reprime tus instintos para con cualquier otra hembra y todo irá bien.

Pero yo no tengo el día de dar consejos, no tengo el día de aguantar los problemas de los demás, tú incluido.

No me hables, no digas nada.

Te quiero, eso no va a cambiar nunca, pero ahora déjame. Ahora me toca desaparecer a mí, ahora soy yo la que reclama el ser invisible para ti.

Supongo que ya nada volverá a ser como antes, nos hacemos mayores, la vida cambia… Te eché mucho de menos, pero ya está. Ya no te necesito. Llegaste tarde, como siempre, es tu gran defecto, y eso a veces se paga.

Nada, tengo un mal día. Sólo la promesa de que ya hablaremos como tenemos que hablar, tú ya me entiendes.

Tú siempre me has entendido, o eso creía yo.

En fin… Supongo que esto es todo, de momento.

Retrato en blanco y negro

Hace veinte años que no pienso en ti, no recuerdo ni mes, ni dia de tu muerte, lo se, siempre he sido una despistada, ya lo sabes. Sé que fue en 1988, o tal vez no. Fue el año que tenía que haber tomado la comunión… ¿Ocho años? No importa, supongo que me darás por buena la fecha.

No hace mucho alguien mentó tu nombre, Gabriel, y apareciste en mi cabeza. Más que tu imagen, que casi ni recuerdo (el casi es por las fotos que la abuela guarda, en el que se ve a un hombre pobre pero digno, guapo, joven y lleno de vida. Retratos en blanco y negro, algunos sepia…nunca perdiste ese porte, ni siquiera al final, de eso sí me acuerdo), volvió a mi el recuerdo de lo que fue la vida contigo. El recuerdo de un cenicero de pie, junto a una butaca, cerca del balcón, con tu cigarrillo negro humeando.El recuerdo de un mechero de sol, con espejos para que prendiera el cigarro, con una media luna y el dibujo de Naranjito en el exterior, y la caja donde guardabas tus sellos, con la música del padrino.

Recuerdo el columpio que nos fabricaste en el balcón de tu casa, un octavo piso, con dos cuerdas colgadas del techo y una tabla de madera. Ahora pienso que era una locura, pero nunca temimos caernos, nunca pasaba nada si tú andabas cerca.

Te hiciste cargo de nosotros como si a los (no se cuantos años tenías…¿58, 60, 65?) te hubiesen salido tres hijos más que criar, dos buenos, que no lloraban y hacían sus deberes, y la niña mala a la que tenías que obligar a practicar la caligrafía sentada en tus rodillas en el sillón, si, ese que quedaba tan cerca del cenicero de pie.

A la vejez, después de una vida tan azarosa, volviendo de Argentina sin madre a los cuatro o cinco años, pasando la mili en Casablanca, aguantando la Guerra Civil, el hambre en la posguerra y toda una dictadura sin perder el temple, la paciencia y la sonrisa. Sacando adelante a tu familia, queriendo a tu mujer y a tu hija, a pesar de sus defectos, trabajando, porque no podías concebir la vida sin movimiento, sin ilusión, te salieron tres bestiecillas que criar.Pero corrías el peligro de quedar en una silla de ruedas y la operación se complicó. Te fuiste porque no te querías quedar parado.

No recuerdo tu funeral. A mi hermano y a mi, los pequeños, nos contaron que te habías ido al cielo, y recuerdo que no entendíamos a qué tanto lloro. Lloré cuando me di cuenta de que no te iba a ver mas, de que me había quedado sin mi yayo Javier. Nadie sabe por que te llamaban Gabriel. Supongo que por buena persona. Supongo que tu madre equivocó el nombre.

Hace mucho que no pienso en ti, y ahora me doy cuenta de lo que podría haber aprendido a tu lado. Te quedaste con las ganas de enseñarnos solfeo, y seguro que de algo más que no puedo recordar. Después de esa conversación, la que desencadenó todo esto, y de ver de nuevo tu fotografía, pienso que te hubiese gustado conocer a tus biznietos, y que ellos hubiesen sido muy afortunados de conocerte a ti, aunque tal vez, si aún estuvieses aquí, los primeros beneficiados por tu presencia hubiésemos sido nosotros, los tres, tus hijos-nietos, tal vez la vida hubiese sido mejor…

Supongo que da igual, supongo que si sigues existiendo en alguna parte, siempre te has quedado con nosotros. Supongo que si sigues existiendo en alguna parte, algún día podré darte las gracias y ofrecerte mis respetos, y preguntarte todo aquello que se me quedó pendiente. Te fuiste demasiado pronto, dejaste demasiadas cosas aquí, pero lo entiendo, fué la decisión correcta. Si algún dia te vuelvo a ver, te enseñaré lo bien que ya se escribir…