Nada personal

Rojo sangre, rosa, carmín. Rosa tatuada en un hombro blanquísimo, rosa con espinas entre las que se debate un cuerpo entre la vida y la muerte.
 
Carmín de labios gruesos, inexpresivos. Labios que apenas quince minutos antes provocaban un beso, una sonrisa, una noche de placer, y sin embargo…

Sangre que recorre unos dedos pálidos, que surge a borbotones de tres heridas de bala en el pecho del hombre que yace en el suelo.

Ella la recoge desde el borde de una de las lesiones como si nunca antes la hubiese visto, pero en sus ojos negros no hay expresión, tan solo la observa gotear desde la punta de los dedos e impactar en el rostro del hombre.
Indiferente, juega con el líquido bermejo a la espera de que la muerte quiera llegar.
“No es nada personal” La voz de la chica responde a la pregunta muda que lanza el futuro cadáver, rebota en las paredes del oscuro callejón que los envuelve y la hace irreal a los oídos que pronto dejarán de cumplir su función “Si no hiciese tanto frío, ya estarías muerto. Siento que haya tenido que ser aquí”
El crujido del cuero del abrigo al inclinarse sobre él es lo último que el hombre puede oír, su cara pálida enmarcada por cabello negro, lo último que ve.
“Sabes que en el fondo, ha sido culpa tuya. Ya sabes quien te envía sus saludos”

Cuando el postrero suspiro es exhalado, ella se limpia en los pantalones del cuerpo antes de cerrar los ojos inertes y colocar dos monedas antiguas, desaparece de escena, haciendo resonar sus tacones en la calle empedrada.
Cuando el trabajo está terminado, ya no hay más que hacer.

No sé…

.¿Llueve? No lo sé, y me da igual. En sus ojos siempre hace buen tiempo, siempre sonríe, aún estando triste, a veces.

Ahora, perdida en su recuerdo, el eco de su voz rebota en las paredes y me hace sentir menos sola. En este preciso instante, está conmigo, aunque ella no lo sepa. No sé si llueve o la luna está en todo su esplendor en el cielo, pero me es indiferente.

Mi niña de porcelana, ajena a todo lo que provoca. Camina, sonríe, vive en la distancia, y tan sólo de vez en cuando, coge mi mano, empeñada en cuidarme, aunque todavía ahora intento no dejarla demasiado, por lo que pudiera pasar.

Nunca fui de enamorarme, nunca de otra mujer. No es mi estilo, pero ahí está, inalcanzable, dulce, tentadora como la manzana de la sabiduría, como la caja de Pandora.
 
Evoco su cuerpo, tan distinto del mío, a pesar de todo. Sus piernas largas, su cabello suave, sus ojos verdes, su piel sedosa y la firmeza de su mano cuando estrecha la mía en ese gesto de complicidad tan suyo.

Si supiera que se me eriza la piel, que la tentación de posar los labios en su cuello blanco, inmaculado, de hundir mi rostro en su hombro para aspirar su aroma… ¿Qué ocurriría? Intento imaginar su cuerpo enredado con el mío, pero la vergüenza me impide seguir, no por ser otra mujer, sino por ser ella.

Intento imaginar a qué sabrían sus labios, la expresión de esos ojos que veo en la oscuridad de mis noches a solas si me atreviese a tocar un solo cabello suyo. No quiero perderla, no quiero seguir así, sonriéndole, aparentando que no ocurre nada, pero no hay solución posible.

Yo siempre estoy bien, para ella. Tiene que ser así.
Siempre disponible, siempre dispuesta a hacer el último esfuerzo sólo para estar con ella un día más.
 
No sé si llueve o las estrellas han tomado el firmamento esta noche. Yo permanezco en la cama, con los ojos fijos en el techo, sin atreverme a imaginar, sin atreverme a respirar siquiera, por si su recuerdo sale volando

A veces

Sí, no, a veces. Nunca he sido una calientapollas, te miro de lejos mientras sorbo la cerveza directamente de la botella y decido una vez mas mantenerme en mi sitio.

No pienso que sea ninguna parte de tu anatomía, no soy tan cruel conmigo misma.
En realidad con nadie, así que te miro de lejos y dejo que tu sonrisa apenas me roce.
Sí, deseo tenerte cerca..

Sí, deseo pasear contigo de la mano bajo la luna llena y hacer todas esas cosas que dicta el corazón.
Sí, quiero arrancarte la ropa, morder tu piel, atravesar mi cuerpo con el tuyo,  notar el aliento de tu boca entrar en la mía, retener tu cabeza entre mis piernas, alargar el momento de separar mi boca del tronco de tu pene y hacer todas esas cosas que dicta el deseo.
No, no quiero que te des cuenta, ¿Qué pensarías de mí? No deseo que me menosprecies al día siguiente, o que me susurres que no puede ser después de haber aspirado el aroma de tu piel, probado el sabor de tu lengua y la sal de tu sudor
A veces me limito a observarte, sólo a veces, y te dedico una sonrisa que casi siempre me es devuelta, y estrecho tu mano el tiempo justo para que no notes que la temperatura de mi cuerpo sube.

A veces te ignoro tras las luces de neón tan socorridas aún en estos tiempos que corren, y busco a Dios en el fondo de una botella por si tiene algún consejo que darme.
Sólo a veces me permito ser cruel conmigo misma, busco mi sexo imaginando que son tus dedos los que me hacen jadear, y sigo adelante un poco más triste tal vez, pero dura un instante, y ese instante no vuelve a repetirse.
Los hay parecidos, pero nunca es igual.
A veces me  pierdo, deseo que no me encuentres, juego a que no existo y entonces descubro lo cruel que puedo llegar a ser, machacándome con pensamientos que jamás revelaría a un sacerdote, por ser la opinión que menos me preocupa en el mundo.

Sí, no, a veces.

Eres todas las opiniones, eres todos los deseos, eres lo que me obliga a seguir, lo que me detiene.

Eres peligroso.
Me alejo una vez más, te observo desde la ventana de un bar cuando llegas, me mantengo a distancia cuando estás, te echo de menos cuando decides irte y no te recuerdo hasta la mañana siguiente.

Me alejo para que no puedas leer en mi mirada lo que no debes saber, o simplemente lo que no quiero que sepas, que viene a ser lo mismo.
Me alejo, resguardo tu inocencia, te protejo, me hago daño en silencio, entre sonrisa y guiño, espero, te escribo…

Sí, ahora te dedico estas líneas, aunque no creo que las llegues a leer, pero no lo descarto. Aunque me gustas así, pleno, libre, viendo cómo vas, cómo vienes, cómo me buscas cuando quieres y cómo desapareces cuando estás bien, y yo, encerrada tras un cristal, te ofrezco mi mano el tiempo justo para que no descubras que te deseo.

soberbia

Bien, vamos allá, que lo prometido es deuda. Esta noche vas a gozar de un privilegio del que pocos pueden presumir, esta noche te voy a dedicar unas líneas repletas de humedad, de soberbia, y es que te has ido a topar con una de las mejores manejando el teclado y las manos.
 
Una de las mejores enredando palabras y lenguas. ¿Por qué? Porque puedo. Simplemente. Tengo un rato para pensar en ti, para levantar tu ánimo, para plasmar en un folio en blanco todas tus fantasías y dejarte sin aliento a tantos kilómetros de distancia.

¿Cuántas chicas conoces capaces de hacer esto?
Verás, tengo la planta y la virtud, y la poca vergüenza de decirlo. Es una buena combinación que jamás vas a probar, pero sí puedes gozarlo. Simplemente léeme, imagina…

Imagina una habitación en penumbra, una botella de vino y una cama que no sé todavía si tocaremos.
 
¿Qué si quiero tener sexo contigo? No, quiero más que eso. Quiero tu sonrisa, tu alma, tu lealtad y tu admiración. Quiero oír cómo se te escapa el aliento mientras lees, quiero que sientas sin querer mi calor, que desees saber si soy capaz de hacer aquello que escribo. Lo que quiero es que seas mío durante el poco tiempo que dediques a leer mi cuento, nuestro cuento.
 
En la soledad de tu habitación, que saborees mis labios, que sientas mis manos recorriéndote, desnudándote, que te agarres a tu sexo deseando que sea mi aliento el que choca contra él. No dejes de leer, soy la única ahora mismo que te puede hacer estremecer frente a la pantalla de un ordenador, que puede hacer las distancias más cortas.
 
La pequeña princesa ha crecido, se ha hecho la reina indiscutible, al menos para ti. Reconoce que buscas mis textos como el que busca agua en el desierto y todo irá sobre ruedas. Reconócelo como yo admití en su momento lo contrario, y estaremos en paz.

Ahora ya me da igual escribir a hombres o a mujeres, o incluso a ti, que paradójicamente, es lo más difícil.  Ahora ya he aprendido a disfrutar escribiendo lo que me da la gana, y ahora mismo, lo que quiero es hacerte estremecer en tu silla, hacerte sudar sin tocarte, marcarte sin clavar los dientes y, sobre todo, que vuelvas a por más. Que el corazón te traicione, que tus ojos me busquen y que desees estar conmigo.

Sólo un párrafo más. Sólo una palabra en concreto (sexo), sólo una intención, sólo la promesa de que en otra ocasión me esforzaré más todavía, sólo esconder las intenciones tras la soberbia que he aprendido de ti.

dudas

¿Cómo lo hago para coger tu mano? Cada vez más lejana, cada vez más recluida en tu campana de cristal. Yo, cada vez más lejos, luchando por que las horas del día se estiren hasta el infinito.

Tu sonrisa perenne y reconfortante se va apagando y yo, en mi oscuridad de planes por cumplir, te veo cada vez más difusa entre burbujas de contrariedades que parece que quieren disolverte.

¿Cómo lo hago para romper el cristal que te aísla? ¿Qué tengo que hacer para volver a escuchar tu voz tranquila, cargada de razón y de música? ¿Cómo te ayudo?

Mi niña, tan fuerte, se disuelve poco a poco en su mar de dudas, y a mi se me escurre entre los dedos, sin poder llegar a tocarla. Mi amiga, mi confidente, mi musa… Tan cercana siempre, tan presente, a pesar de todo. La cordura que me falta, la conversación que espero siempre, aunque sea con tiempo robado a las obligaciones diarias.

 ¿Cómo hago que no te vuelvas a sentir sola, para que vuelvas a creer en algo, aunque sea en algo tan fugaz como yo, como un jueves noche, como una sonrisa? ¿Cómo te retengo a mi lado?

Basura

Así, despacio.  No se puede cometer el más mínimo error, ahora no. Cuando las miradas se cruzan, se mezclan los colores en el aire y lo cargan de electricidad, entonces es el momento más delicado.
Una sonrisa tal vez sea el detonante de la pasión, el paso previo a toda una noche de estremecimientos, de sudor y de gemidos. No se puede ir con prisas con estas cosas.
Nunca se habló de amor, tan sólo de perfumes combinándose gracias al roce de dos pieles que se desean, que se necesitan por unas horas.

¿Qué hay de malo?
La suave fricción de una mano acariciando brevemente un rostro al pasar, unos dedos que no llegan a entrelazarse por escasos milímetros,  unos labios que buscan un cuello escondido tras una mata de cabello negro, una boca que busca la humedad de los rincones más escondidos.
¿Por qué no?
Ni una sola palabra, la música habla por ellos, el alcohol hace el resto. El cuerpo se mueve buscando otro al que pegarse, sólo una fina capa de ropa separa dos deseos mientras brille la luna

.
Un último baile antes de que llegue la muerte, podría hacerlo en cualquier momento. Es así de imprevisible en este mundo desquiciado, aquí donde nadie sonríe del todo.
Nunca se habló de amor, de príncipes o de hadas presas. Nunca nos terminamos de creer lo que se contaba en los cuentos de la infancia pudiendo ver lo que ocurría a través de las ventanas.
Así, más deprisa, ahora que ha pasado el momento delicado y se han descubierto las intenciones. Las cartas sobre la mesa, las manos recorriendo las curvas sobre una cama de alquiler. Un cuerpo dentro de otro, violencia desatada en las caderas, en los largos dedos que agarran el cabello en el temblor del orgasmo, unos dientes golosos que buscan piel que morder, que marcar como un animal salvaje.
No importa el mañana, tenían razón los que pregonaban que no hay futuro. Los jóvenes nunca hacen nada bien a los ojos de los mayores, son sólo basura fermentando para poder ser reciclada en adultos responsables. Así, ¿Importa algo?
Uno sobre el otro, dedos por fin entrelazados, unidos en la noche. En una sola noche. Se dibuja la silueta de un cuello terso a contraluz, de una espalda tensa, de unas caderas marcando el eterno baile tan mal visto por los cristianos que se empeñan en educar, buscando el placer y el descanso sobre un pene erecto.
Y al final, uno al lado del otro, se miran, sonríen. Sí, sólo basura fermentando. Pero el olor es tan agradable, los ojos tan hermosos en la oscuridad que nada de lo que los mayores digan importa.
Y al final, el sol sale sin previo aviso, y descubre dos cuerpos desnudos, juntos, y se arrepiente de obligar al tiempo a avanzar  y estropear la imagen.

El camino a ninguna parte

El camino a ninguna parte. Subo, bajo, te busco y sólo encuentro mi propio reflejo. ¿Hacia donde tengo que ir? Necesitaría que estuvieses aquí cuando te preciso, pero eso sólo ocurrió una vez.

¿Dónde estás? ¿Qué te hice? Tan sólo el recuerdo de tus palabras frías y distantes ya hace daño. ¿Por qué no puedo simplemente ignorarte?

Sólo una vez, quizás durante un tiempo, pero en realidad nunca estuviste. Es como un sueño,  un mundo irreal reflejado en un espejo.

Lo peor es que ya no te necesito, ahora sólo te quiero, pero aún no sé para qué. 
Detesto recordarte sonriéndome,  detesto recordar tu olor, el color de tus ojos. No quiero volver a escuchar tus palabras de ánimo, aunque daría mi reino imaginario por volver a olerte, a mirarte a los ojos, a escuchar tu voz.
 Una vez más, la contradicción.

Soy fuerte, puedo hacer lo que quiera hacer, y puedo hacerlo mejor que nadie, todo eso ya lo sé. Sólo que ahora mismo estoy perdida en una sala de espejos donde se refleja tu imagen y la mía, y te echo de menos.

Parece que estás, pero yo sé que no es así, nos separamos en algún momento, y me acabo de dar cuenta de que sólo parece que sigues a mi lado, de que el calor y el ímpetu siguen ahí, pero sólo permanecen gracias a tu recuerdo.
 
El camino a ninguna parte. Subo, bajo, ya no quiero buscarte, ya no quiero espejos que reflejen realidades ideales. Quiero que estés aquí, que me ayudes, a pesar de mi fortaleza.

 Necesito acostumbrar el corazón a tu ausencia si no vas a volver, necesito encontrar el fin del camino.