Salto al vacío

“No pasa nada” Tu sonrisa me alumbra durante unos instantes, y casi te creo. Fuera, el cielo se deshace y  el frío ya llega, poco a poco…
No, no pasa nada, nunca pasa nada, pero la tormenta hace tiempo que se ha desatado dentro, y tu calidez no hace sino fortalecerla.

“No pasa nada” Susurras, mientras me acercas a tu pecho, mientras siento el calor que emana de tu piel a través de la tela.

Qué diferencia con el viento helado que me golpeaba la cara antes, en la calle. Qué diferencia con la indeferencia que me golpea cada día entre las cuatro paredes de mi casa.
A tu lado, sabiendo dónde está el límite, sin cruzarlo, nunca pasa nada… Pero, ¿Pasaría si lo cruzo? ¿Pasaría si me acerco un poco más y rozo tus labios con mi lengua?

¿Te asustarías?

¿Hasta cuando no pasaría nada?

No te amo, no te deseo, nunca lo he hecho, pero ahora, aquí, contigo, las reglas del juego cambian.
 
Porque quiero que pase algo de una maldita vez, porque estoy harta del vacío en el estómago, de las continuas pequeñas humillaciones diarias.

Quiero que se desate la tormenta que estalla en mi cuerpo, día a día, a cada momento que estoy contigo, a cada respiración en la que exhalas el maldito “No pasa nada”, el maldito “Todo saldrá bien” reflejado en tu mirada, clavada en una botella de cerveza medio vacía, abandonada en una mesa.

Necesito gritar, mostrar ese lado que nunca enseño, ése que nunca has visto. Necesito abofetear al primero que se me cruce por la calle, o tirarme de un puente.
En realidad es lo mismo, un pequeño suicidio que mate la furia, la indignación de saberme ignorada, la frustración de saberme una más entre un montón de gente insignificante.
Necesito irme de tu lado, necesito sentir el frío extremo en la cara, o que me sujetes el tiempo necesario hasta que deje de temblar. No puedo seguir oliendo el aroma de sabiduría milenaria que encierra tu cuerpo, no puedo soportar tu determinación, tu aplomo.
Yo no soy como tú.

No tengo tu paciencia, tu serenidad. No puedo soportar más tu calor sin abrasarme.
 
“No pasa nada” sigues pareciendo decir cuando me sujetas por el brazo y me ofreces tu sonrisa, “Todo saldrá bien” cuando posas tus labios en mi cuello.

La tormenta se desata al fin, y la botella cae de la mesa al tiempo que nuestra ropa. Acompañamos el sonido de la lluvia con nuestros gemidos, deshacemos el frío a golpe de sudor y de caricias.

Al fin ocurre algo, al fin consigo mi salto al vacío, sin querer saber el precio.

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Sus manos

Abrí los ojos despacio. No sabía cuanto tiempo había dormido, en realidad daba igual. Él seguía allí, frente a mí, pero no se iba a despertar nunca más.
Debía de faltar poco para que viniesen a llevarse el cuerpo al crematorio, aunque sabía que tardasen lo que tardasen, iba a ser demasiado poco.

Tenía que despedirme, para siempre. Me levanté despacio, y con los dedos apenas acaricié su rostro, que siempre había sido amable, que siempre escondía una sonrisa para mí.
Pero ahora, frío, y seguramente azulado bajo la capa de maquillaje, estaba inmóvil y agarrotado, y pensé que fue una lástima que no se le quedase con la expresión que solía tener.
Me agarré a sus manos, grandes y encallecidas, honestas y fuertes como él. Cansadas de trabajar doce horas al día para sacarnos adelante y que nunca faltase el plato de comida en una mesa, pequeña y vieja, pero una mesa dentro de una casa, que pagó con el sudor de su frente, con el cansancio de aquellas manos que, hasta hacía dos días, aún encontraban un hueco de piel sensible para notar mi cabello cuando lo acariciaba.
Aquellas manos que, de pequeña, se negaban a descansar hasta que me había arropado, y de mayor, se aseguraban que seguía caliente en mi cama, pensando que no me daba cuenta.
Dicen que fue rápido. Dicen que el andamio se derrumbó, que esas manos agotadas y ya viejas no aguantaron su peso, que se soltó de la barra de mala muerte de la que se había quedado colgando.
Dicen que la culpa fue del presupuesto, que el arnés no estaba en condiciones. También hay quien lo niega, claro, los de siempre.
Pero en ese momento, todo eso me da igual. Me aferré a sus manos heladas mientras oía los sollozos de mi madre, que se acercaba con los que se lo tienen que llevar. Ella siempre fue más fuerte que yo.  Me aferré a ellas, y volví a sentirme como una niña de diez años perdida en un centro comercial.
Las vi alejarse cruzadas en su pecho, a la vieja usanza, y me volví a dormir allí mismo, sin ganas de decirle adiós.

otoño

Es como en una película. Mi mano se acerca a tu rostro, tan despacio que parece que se ha detenido el tiempo. Las hojas amarillas bailan en círculo alrededor de nuestros cuerpos inmóviles y es tan tópico que siento una arcada que amenaza con estropear el momento.

Apenas acabas de llegar, y ya tienes que irte, o quieres irte, no lo sé, pero los segundos avanzan y tus ojos parecen implorarme que te abrace y te retenga en ese parque para siempre.

Pero los dos sabemos que no voy a hacer nada de eso.

Casi puedo escuchar una música de piano cuando al fin siento el calor de tu piel en las yemas de los dedos, y tu aroma impertinente decide quedarse a vivir en ellos para que nunca me vaya a olvidar de ti.

Como si eso fuese posible.

Mala idea despedirnos en otoño, mala idea el pequeño huracán  que nos precipita en un torbellino de colores dorados, y marrones, y rojos y algún amarillo ocasional.

Mala idea esa de quitarme el gorro de lana y guardarlo en el bolsillo de tu chaqueta, porque así me has invitado a vivir eternamente en tus sueños, a dictarte cada letra que escribas, a llegar a ti con cada soplo de brisa que llegue a besar tu rostro.

Te echaré de menos, y me acercaré los dedos a la nariz en busca de tu perfume, y recordaré el peso de tu mirada en mis ojos, y tu sonrisa triste.

Tú me echarás de menos, y te acercarás a la nariz mi gorro para oler de nuevo mi cabello mientras, estés donde estés, caerá la lluvia, y soplará el viento evocando lo que pudo haber sido.

Quedaremos presos en este otoño, y cuando nuestros hijos sean mayores, les explicaremos que no siempre puede ser lo que se desea, y les mostraremos los recuerdos de lo que no fué.

Tormenta

 

La música aún retumbando en los oídos, el alcohol en la sangre calentando el cuerpo, el ánimo, encendiendo las ganas de reir a pesar de estar empapados por la tormenta que caía furiosa, a pesar del viento helado que parecía querer reventar los huesos desde dentro, uno a uno.

¿Por qué estas cosas solo pasan cuando llueve?

 Te miré, me miraste, y ya no importó nada más.

¿Qué mas da lo que ocurra mañana? Hay momentos en los que solo importa el raspar de unas cuerdas de guitarra a lo lejos, la gota de agua que resbala por una cara pálida, el roce de unos dedos que no terminan de entrelazarse…

A veces, sólo importa lo que no se dice, los besos que no se dan, que quedan en una promesa, en un tal vez. El olor a tierra mojada transpasó el asfalto y se fundió con el tuyo cuando me abrazaste. Se perdieron de repente las risas del sábado noche con la lluvia, calle abajo, y un “no puede ser” se adivinó tras el trueno y el relámpago.

Un “lo sé” implícito al estrecharte contra mí y después, solo el canto de las gotas al estrellarse contra el silencio.

Pasó la tormenta, pasó el sábado. En realidad, pasaron muchos sábados, algunos contigo, la mayoria sin ti. Es curioso, hoy llueve y aqui estamos. Hoy me acaricias el cabello y enhebras en él los “te he echado de menos” como flores que lo adornen.

Yo te sonrío con los ojos, y entrelazo tus dedos con los míos. ¿Por qué siempre ocurren estas cosas cuando llueve? ¿Te irás con las nubes de tormenta?

Ahora, como siempre, solo importan las notas que se arrancan a una guitarra a lo lejos, y tus dedos entre los míos, gritando el “ahora si”.

Lluvia en soledad

El silencio lo inunda todo. Ni un coche, ni una sola voz, sólo el repiquetear de la lluvia, cayendo sobre una ciudad que se me antoja vacía, insulsa, con sus luces agonizantes, decadentes, parpadeando como ojos asombrados ante algo que no comprenden, enarbolando  estoicamente sus colores faltos de significado.

Asomada al balcón soy espectadora privilegiada de este marchito escenario sin más actores que yo misma y mis pensamientos.

Hace frío, pero no quiero volver a la cama. Sé lo que ocurrirá. Ocurre noche tras noche, desde que te fuiste.

Allí, solo me espera tu ausencia, que me abraza intentando reconfortarme, lanzando una promesa al aire,  la que me cantará la nana para conciliar el sueño, que nunca llega, sin que antes mis manos recorran el camino que tú marcaste en mi cuerpo, despacio, recordando tu olor, madera noble de árbol antiguo,  el sabor a sal de mar que inundaba mi boca al pasear mi lengua por tu piel, mezclando mi saliva con tu sudor, mordiendo, arañando, deseando cada centímetro de ella.

Sé que acariciaré mis pechos casi con vergüenza de admitir que te echo tanto de menos, deslizaré la yema de mis dedos entre ellos, rozando suavemente mi vientre hasta llegar al monte de Venus que tantas veces has conquistado.

Evocaré tu aliento entre mis piernas, emularé el movimiento diestro de tu lengua, las caricias húmedas que me hacen estremecer al notarte paseando entre mis labios, jadeante, cuando se te olvida respirar cediendo al deseo de no terminar nunca de oírme gemir tu nombre.

Entraré con mis dedos en mi ser, deseando que seas tú, deseándote hasta que me duela, y mi cuerpo se arqueará en un orgasmo triste, empapado de tu ausencia.

Mientras, la lluvia sigue cayendo, como  lágrimas que yo no me permito derramar, el frío volverá a apoderarse de mi, aún con la piel húmeda de recordarte, sin conseguir apagar del todo el calor que provocas aún sin estar presente.

Volveré a quedarme quieta deseando oír de nuevo tu respiración junto a la mía, y al fin me dormiré, aguardando sentirla una vez más.

Una noche

soledad23

Esta noche llueve a mares Llueve y hace calor, pesado, húmedo, pegajoso… calando en mis huesos, en mi carne, haciéndome sudar. Incluso este vestido indecente me sobra. Paso la mano por el cuello, empapado, por el nacimiento de los pechos, y por debajo de la tela húmeda hasta los muslos.

Vaya, así es como tú me acariciaste, y así es como me gusta…

No suena el teléfono, hace ¿mil? años que no sé de ti.(Son dos, dos años, tres meses y ocho días). Me sonríes desde una fotografía y provocas un pinchazo en mi costado, entre el deseo y el anhelo del olvido.

Tumbada sobre el sofá, tu cara entre mis manos, mirándome, enseñando tus dientes en una magnífica mueca empapada de alcohol. Nunca nos amamos. Sólo una noche, sólo eso y una luz fugaz que te atrapó a traición  para siempre en un álbum de recuerdos.

Era invierno y me hiciste sudar como ahora, como si hubiésemos bailado bajo la lluvia.

Me besaste, te mordí, nos arrancamos unos cientos de suspiros que nunca llegaron a formar un nombre. ¿Qué más da? simplemente, follamos en un callejón, son cosas que pasan.

“Ya te llamaré” Pantalones que suben a toda prisa

“No te molestes”voz trémula, rodillas flojas, ropa interior empapada, de sudor, de deseo, de ti…

No, nos amamos ¿Y qué?

La lluvia sigue cayendo, y no se lleva el recuerdo de la locura de un instante, no se lleva el recuerdo de tu cuerpo contra el mío, empotrado en una pared .  El sudor sigue cayendo, y no calma el deseo que me eriza la piel.

Cierro los  ojos, oigo el repiqueteo de la lluvia fuera, y la foto se moja en el suelo de la calle. No te necesito, me valdría cualquiera.

Nunca viví de recuerdos, nunca necesité un cuerpo, ni un estimulo.”No te molestes” resuena en mi cabeza, bonita respuesta, qué fácil habría sido.

 No nos amamos, sólo fue una noche. Lo repetiré muchas veces mientras algún coche aplasta tu fotografía en el asfalto. Lo repetiré hasta que me duerma, o hasta que me lo crea.