Rojo sangre

 

 

Rojo sangre. Se tiñen los sueños, la vida, cada minuto, y el pensamiento. Sólo rojo sangre, ese es el problema de los días iguales, de pararse a reflexionar.

Rojo sangre, y todo lo demás no importa. Nada de lo bueno, quiero decir. Que lo hay, claro, pero los días rojo sangre es lo que tienen.

Si se pudiese golpear aquello que te viene a la cabeza…

Respira, toma aire, todo irá bien. Claro, nunca lo he dudado, pero hoy mismo… Buff.

Hoy mismo es todo de color rojo sangre.

Del rojo de la sangre que aún bombea un corazón dentro de un cuerpo herido, un cuerpo que aún no sabe que ha muerto, que la hemoglobina se pierde a su lado, que la vida se escapa por algún agujero antinatural practicado en algún sitio, que solo sirve para manchar el suelo, la conciencia de alguien.

Del que lo hizo, o del que no hizo nada. A fin de cuentas es lo mismo.

Es un color especial, es un rojo pegajoso, oscuro, espeso… Es un rojo que anula los demás colores, es el rojo del hastío extremo, de la ira contenida, de…

Es el rojo de los labios que nunca te atreviste a besar, el rojo del vestido que nunca te pudiste poner, El de las uñas que nunca te arañaron,  el del semáforo que no te saltaste para hablar con él, con ella…

Es el rojo de todo lo que añoras por no haber tenido, por haber dejado escapar. Es como una herida, por esa misma herida por la que escapa la sangre, que te va matando poco a poco, porque realmente estuvo tan cerca, tan cerca… que te duele recordarlo.

Es el rojo del que se inyectan los ojos cuando intentan retener las lágrimas,  cuando te recuerdan las malditas comparaciones, justo cuando habías pensado que ya se habían cerrado las heridas.

Pero hay heridas que nunca cierran, aunque nos empeñemos en mirar a otro lado, ignorar la sangre que sale de ellas, que lo mancha todo, que lo deja todo perdido de resentimiento, de vergüenza, de todo aquel pus concentrado que se ha ido almacenando en lo mas profundo de la conciencia.

Los días rojo sangre son de los más difíciles de pasar, son los días en los que te gustaría estar solo en el mundo, y no tener que fingir una sonrisa, y no tener que andar, ni dormir, ni comer, ni…

Son días en los que no existir es lo mejor que te puede pasar, por eso son los más complicados, porque no puedes hacer nada de lo que te gustaría, porque casi todo es delito, y eso no está bien.

(Consejo gratuito ofrecido por el ministerio de justicia)

Incluso en los días de rojo sangre tienes que estar pendiente de la ley, no se puede ir por ahí reventando narices, joder. Esa es la línea de la cordura, no hay que traspasarla, no suele tener retorno.

Cuidado con los días de color rojo sangre, son largos, son peligrosos, y siempre vuelven…

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verde-mar

“¿Se puede saber qué diablos hago yo pensando en ti de este modo? Te veo pasar, sonreírme y colgar el consabido “buenos días” de tu boca. ¿Buenos días? Lo serían si estuvieses en mi cama”

Lo miraba con los ojos entornados por encima del ordenador, casi con rencor. Teniendo cuidado, eso si, de que él no se diese cuenta.

Estaba siendo un día horrible, un día de esos en el que la pila del calentador se agota en medio de la ducha matutina, que ha empezado tarde. En el que las medias se rompen y no hay pantalones limpios (suerte de piel morena y suave), en que su hijo decide que esa mañana no quiere ir al colegio, su marido, con el ánimo cansado de jueves, se limita a vestirse y coger la puerta, alegando que llega tarde , y le deja a ella el trabajo sucio de convencer a la criatura para ponerse cualquier cosa y perder la dignidad ante la puerta de la escuela convenciendo al bedel de que deje entrar al muchacho.

Un día de esos de atascos interminables, de malas noticias en la radio, de cabello húmedo que se seca como le viene en gana y de sol calentando desde primera hora de la mañana, fundiendo su natural buen ánimo.

Y para el postre, la tentación.

Él no suele aparecer por las mañanas en la oficina, y mucho menos quedarse a lidiar con el papeleo. De nuevo, la inevitable punzada en el estómago cuando abre la puerta.

“No, Eva. Concéntrate, joder. Mira que cantidad de trabajo. Eva, déjalo” El angelito sobre su hombro derecho le grita desesperado, mientras el demonio se fuma un porro tranquilamente, sabiendo ganada la partida, sabiendo que solo le resta esperar.

Eva intenta hacerle caso, pero ahí está, clavado en su retina, humedeciendo su entrepierna sólo con su presencia, constante, omnipresente.

De repente, no puede más.

Necesita dejar de ver ese cuerpo moreno y casi perfecto, dejar de oler el perfume de esa piel, sándalo, miel, incienso clavándose en su garganta. Tiene que quitarse de encima esos ojos verdes, profundos como el mar, tranquilos, brillantes, que de vez en cuando la miran, sabedores de ser los causantes de tanta silenciosa turbación.

-Ahora vengo- Anuncia con un hilo de voz a su compañera

– ¿Estás bien, Eva? Estás pálida…

-Sí, solo necesito un café.- Murmura mientras se aleja todo lo deprisa que le permiten sus piernas, temblorosas de deseo y de la culpabilidad de sentirlo.Es consciente de que él la observa alejarse, con la vista clavada en su trasero, que apenas insinúa su forma bajo la corta falda de vuelo. Inconscientemente, su mano tira del borde par bajarla

“Buen día para vestirse así, maldita sea” piensa mientras sale por la puerta con la mirada clavada en la punta de sus sandalias.

Llega al bar como quien llega a un oasis. Pide un café, y se sienta en la barra, mientras enciende un cigarrillo.“Por favor, que no se quede todo el día” No sabe bien a quien le está pidiendo eso, pero esas nueve palabras se repiten como un mantra en su cabeza, deseando que su anhelo de perderlo de vista se cumpla, y a la vez, temerosa de que se vaya.

Se abre la puerta del bar, y ahí está. Entra riendo con su compañero, y posa un segundo sus ojos en ella.

“Mierda”

Se levanta como alma que lleva el diablo, hacia el baño, situado al final del local. No quiere verlo, hoy no…

Encerrada en el lavabo, sentada sobre la taza, sujeta su cabeza entre las manos, al borde de las lágrimas. Si hubiese podido, hubiese gritado.

“¿Por qué a mi? ¿Por qué hoy? Vete… No, mejor me voy a ir yo. Voy a decirle al jefe que me encuentro mal, que me han llamado del colegio, que el niño tiene fiebre, que…”

Unos golpes suaves en la puerta la sacan de golpe de sus pensamientos.

-Está ocupado- Apenas susurra

-Eva, ¿Estás bien?-Su corazón se para. El olor a madera y miel vuelve a inundarle y no sabe si reír o llorar.

-Si, tranquilo. Sólo un poco mareada…

-Déjame entrar…Sus manos obedecen en contra de su voluntad. El cerrojo se abre y quedan frente a frente.

-¿No eres un poco mayorcita para montar estos espectáculos?- esa maldita sonrisa…le hubiese gustado golpearle.Pero se queda callada, sólo con la vista fija en la baldosa que pisa, muda por la presión en la boca del estómago, como una niña que recibe una reprimenda.

La puerta se cierra tras él, el cerrojo vuelve a estar pasado, y apenas les separan tres centímetros.

-Sé lo que pasa- murmura- Y no es malo. Sin dejarla responder, sus labios rozan los de Eva, su lengua se cuela entre ellos y recorre su boca, se entrelaza con la suya, mientras unas manos se cuelan bajo la falda, agarrándose a sus caderas.Ella se deja hacer, por el momento. No sabe si tomar parte o no, no sabe si quiere o no. Él es su fantasía, no sabe si debe hacerse realidad, si quiere que lo sea.

La mano pasa de la cadera a la entrepierna, un dedo aparta su ropa interior y se cuela en su vagina, penetra en su humedad, vuelve a salir y se hunde con más fuerza y un gemido resbala entre la saliva, no se separa un milímetro de ella, empujándola lentamente contra la pared.

La boca pasa de sus labios al cuello, lo muerde, lo succiona, aumentando a la vez la fuerza de las incursiones en su interior. Baja hasta los pechos, por encima del escaso escote del vestido. Eva lo abraza, lo atrae hacia si, susurrando que quiere más, consciente de que no está bien, consciente de que es una mujer casada, de que…

Él la pone de espaldas, contra la puerta, sin cejar en su empeño de sentir como ella se estremece, jugando ahora fuera de la vagina, masturbándola despacio. Con la mano que le queda libre baja el pantalón, y ella tiene que reprimir un grito al notar la brutal penetración, que sucede sin darle tregua .

Las embestidas la empotran contra la puerta, mientras se corre , el masaje no cesa y ella tiene que seguir en silencio. Se oyen voces fuera, dos mujeres han entrado al lavabo, pero él continúa. Eva se muerde el labio hasta sangrar.

El sudor brota de sus cuerpos, intenta cerrar las piernas, pero él no se lo permite. Sólo deja de masturbarla cuando al fin se corre en su interior, la coge de las caderas, la atrae hacia si, llegando tan hondo que casi le duele.

Se queda así un momento, dentro de ella, abrazando su cintura. Cuando Eva se da la vuelta, se vuelve a encontrar esos ojos verde-mar sonriéndole.

-Yo también lo deseaba… ¿Qué quieres que te diga?

– Nada- susurra- No tienes que decir nada.

-Supongo que esto en nuestro secreto, ¿verdad?

Ella asiente con la cabeza, y por primera vez durante todo el día una sonrisa aflora en sus labios rojos, por primera vez le puede sostener la mirada.

.-Deberias sonreir más, estás muy guapa cuando lo haces