Y sin embargo

Se sentó, según su costumbre a la orilla del mar para poder pensar con calma.  Agosto, entrada la tarde. Los últimos bañistas diurnos se retiraban para dejar paso a la gente que iba llegando a cenar y a tomar unas copas a los restaurantes y pubs.

Blanco y negro tomaban el relevo a rojo y marrón. El sol saludaba en el cielo a la luna, y en medio de aquel ir y venir de colores, se encontraba ella, ajena a todo, como solo puede serlo alguien reconciliado con el océano, alguien que lo ha visto en verano y en invierno, furioso y en calma, desde que nació.

Se sentó en la orilla, dejó que lamiese sus piernas mientras le hacía mil preguntas que solo ella podía responder, pero que se negaba a admitir. Se inició el mudo diálogo, su mano acariciaba el agua que llegaba hasta ella, se convirtió en roca donde rompían pequeñas olas, se convirtió, como siempre, en paisaje marítimo para escucharle mejor.

Sí, ya sabía que no podía ser, que era imposible, que no era el momento, y sin embargo…

Se tumbó despacio, dejando que el agua y la arena se mezclasen en su cabello, se colaran bajo la tela, y en un movimiento involuntario se llevó las manos al vientre, protegiéndolo del frío.

“No, aún no puedes venir, y sin embargo…”

Fijó sus ojos en el cielo naranja, ignorando las miradas de los turistas que la observaban. Solos los tres, el mar,  eterno e infinito, la mortal, confundida y asustada,  el nonato pendiente de la resolución. Duro juicio, dura elección.

Sentir los consejos susurrantes de su amigo, nunca antes le había fallado. Nunca antes le había dicho algo que no supiese. Él, perpetuo dador de vida y muerte, solo la  confortaba, solo cantaba su inacabable canción de cuna, no las respuestas que ella deseaba escuchar.

 Se cerraron los ojos para evitar que las lágrimas cayesen.

“Tu lo sabes” Cantó una sirena a su oído. “No hay respuestas que no sepas” Susurró el oleaje.

Cuando al fin los abrió, la luna se reflejaba en la superficie. Luna blanca, Madre…

“Hija, no puede ser” Susurros de plata.

Se levantó, empapada. La decisión, tomada.  Firme, miró a Los Padres. Recta, miró de frente a la Luna y al Mar. Se alejó de allí, con una sonrisa triste. Una caricia le dio la buena noticia a través de su piel. Un reflejo argénteo y un rugido furioso le infundieron valor.

“No estáis solos”

Y ella lo sabía, lo había sabido desde el principio.

 “No puede ser, es imposible, no es el momento. Y sin embargo…”    

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Castillo de arena

 

Caminaba con paso decidido a través de la noche, de la humedad propia de los atardeceres prematuros de una ciudad cercana al mar. El frío se pegaba a su rostro, pero apenas lo notaba.

“Va a subir la marea” cantaba en sus oídos. No, nunca subía, nunca llegaba la sangre al río. Apenas acababa de dejarlo en su casa, como todas las tardes a la salida de clase. Él le había regalado un nuevo L.P. que terminaba de salir.
 
Le había regalado una copia sin haber tenido que pedírsela. Le había regalado también un cuento escrito por  él, una interminable sesión de charla y abrazos, un par de sonrisas sinceras, nada de lo que se pudiesen arrepentir.
 
Nada que fuese a estropear lo que tenían, fuese lo que fuese.
Su reino no era para ella, él siempre vivió en un castillo de arena que se derrumbaba de un lado cuando conseguía arreglarlo del otro. Nunca se fijó en aquella chica que le esperaba de pie con una pala en la mano.

Aquella noche caminaba más deprisa, como queriendo escapar de algo, pero es imposible escapar de una sensación, de una certeza. Aquella noche mientras sudaba bajo su abrigo negro de paño, al compás de la música, no pudo evitar sentir que algo iba a cambiar, que lo iba a perder.

Aún pasaría un tiempo más de calor a su lado en pleno noviembre, aún serían muchas las tardes que saldría de su casa, que verían juntos una puesta de sol cuando mejorase el tiempo, pero, desde aquella tarde, de algún modo, tal vez al decir adiós en el portal, tal vez por el regalo, tal vez por que sí, supo que lo había perdido.

Supo que tenía que hacer la maleta para poder vivir, como cantaba aquel hombre en su oído, y meter en ella todos los recuerdos que le cupiesen de su amigo, porque ya empezaba a ser tiempo de crecer. Supo que tendría que cavar una tumba en el tiempo para todo aquello que estaba sucediendo en aquel mismo instante, y sin querer, al volver la cabeza para ver la luz en su ventana, sintió una punzada en el estómago, y aunque no era de llorar, le dedicó una sola lágrima a aquel que siempre quiso y no se atrevió, al rey del castillo de arena, y se fue preparando para hacer camino, al compás de la música.

Cantos de sirena

Hacía frío cuando la volví a oír. El viento me azotaba la cara, el cabello se me enredaba y las olas me salpicaban furiosas, como si quisieran arrastrarme con ellas, como si me suplicasen que me adentrase en el mar helado y oscuro.
Siempre me ha gustado la playa en invierno, cuando el dorado se vuelve simple marrón, cuando el cielo es del color del plomo, cuando el azul se torna verde, oscuro, profundo, aterrador…
Es solo entonces cuando uno se puede dar cuenta de la majestad del océano, y si acaso, percibir los muchos peligros que esconden sus aguas.
Una voz rompió las ráfagas de aire y me puso el vello de punta. Era ella, de nuevo.
Una vez, de niña, la había escuchado. Todos los que vivimos en la costa, antes o después, la escuchamos.
Siempre que ella canta, alguien muere. ¿A quien le tocaría esta vez?
No sentía miedo. Caminé a través de la arena, a pesar de ella, mas bien, siguiendo su voz, su canto.
Allí estaba, sobre unas rocas. El viento también azotaba su cabello de oro, y sus pálidas manos acariciaban los de un chico, rendido a sus encantos.
Era grande, moreno, y sus ojos verdes estaban completamente perdidos en la belleza de la sirena, que cantaba con su voz dulce, confiada, con una pérfida sonrisa en sus hermosos labios.
Ese chico estaba muerto, desde hacia tiempo, pero aún no lo sabía.
Le acariciaba los pechos, cubiertos por algas y su propio cabello, de vez en cuando, y la miraba como quien mira a una diosa.
Era una diosa, no podía culparlo por ello.
Ella dejó de cantar, se limitó a emitir una suave melodía que surgía de su garganta, y sus labios se deslizaron hasta los del muchacho.
Él le acarició el cabello, la atrajo hacia si, y ella rió complacida.
Estaba bajo su influjo, no había nada que yo pudiese hacer.
Los que vivimos en la costa, sabemos de estas cosas.
Aún no sé por qué lo hice. Salí de mi escondite y me acerqué a ellos. Los ojos de la sirena me traspasaron. Eran del color del mar en verano, surcados de lágrimas saladas, a pesar de la sonrisa que adornaba su rostro. Tendió su mano, y me invitó a sentarme junto al muchacho.
“Bésale” Lo hice, claro. Él correspondió a mi beso, y su lengua sabía a mar profundo. “Túmbate”.
El chico me levantó despacio la falda, y besó mis piernas, las recorrió desde los tobillos hasta las ingles, y se detuvo ante la barrera de mi ropa interior.
“Tienes algo que yo no tengo” Susurró en un canto la sirena “tienes lo único que deseo, y que me es negado. Quiero ver de nuevo como seria ser humana, quiero oír como seria ser humana”.
Sin necesidad de una orden, el chico me besó en el cuello, y deslizó sus manos bajo la ropa interior.
Sentía la arena bajo la espalda, y su mano jugueteando entre los pliegues de mi sexo. Un gemido se escapó de mis labios, y él sonrió ante mis ojos.
Con dedos expertos hizo que poco a poco me fuese convirtiendo en agua ante la mirada satisfecha de la sirena, que apagaba mis suspiros con su canto. Tan solo el viento, su voz y la mano del chico, que entraba y salía de mi interior, que me hacía temblar de placer.
“poséela, como me poseerías a mi” Más que una voz, parecía el sonido de las olas al chocar contra las rocas, como el viento furioso que nos estaba azotando en ese mismo instante.
Él terminó de arrancar la frágil tela, y se colocó sobre mi, desnudo ya. De un solo empujón me penetró, lo sentí tan dentro que grité, de dolor, de placer, mientras la sirena le acariciaba el cabello al muchacho, sonriendo y llorando a la vez, encaramada a su roca.
Su canto nos acompañó a cada embestida, a cada sacudida de mis caderas, de las suyas, a cada movimiento de sus manos, elevando mis nalgas para poder entrar mas hondo cada vez…
Crucé las piernas en su espalda, clavé las uñas en sus hombros, y la sirena no dejaba de cantar todo el tiempo, y a cada acorde, el mar parecía más furioso, y el chico cada vez más ansioso de mi, mas sediento de sexo.
No estoy segura de cuando perdí la conciencia, pero cuando desperté estaba tumbada en la arena, sola.
A mi lado, una concha azul oscuro, con una perla negra. Me levanté, y guardé el regalo de la sirena.
No la entendía, pero puedo decir que sin lugar a dudas, la amaba. Como amo el mar, el viento y la playa.
El chico apareció dos días después, ahogado, sobre unas rocas. Estaba muerto desde hacía tiempo, y ahora se había dado cuenta.
No me sorprendió. A nadie le sorprendió. Los que vivimos en la costa, estamos acostumbrados a estas cosas.

verde-mar

“¿Se puede saber qué diablos hago yo pensando en ti de este modo? Te veo pasar, sonreírme y colgar el consabido “buenos días” de tu boca. ¿Buenos días? Lo serían si estuvieses en mi cama”

Lo miraba con los ojos entornados por encima del ordenador, casi con rencor. Teniendo cuidado, eso si, de que él no se diese cuenta.

Estaba siendo un día horrible, un día de esos en el que la pila del calentador se agota en medio de la ducha matutina, que ha empezado tarde. En el que las medias se rompen y no hay pantalones limpios (suerte de piel morena y suave), en que su hijo decide que esa mañana no quiere ir al colegio, su marido, con el ánimo cansado de jueves, se limita a vestirse y coger la puerta, alegando que llega tarde , y le deja a ella el trabajo sucio de convencer a la criatura para ponerse cualquier cosa y perder la dignidad ante la puerta de la escuela convenciendo al bedel de que deje entrar al muchacho.

Un día de esos de atascos interminables, de malas noticias en la radio, de cabello húmedo que se seca como le viene en gana y de sol calentando desde primera hora de la mañana, fundiendo su natural buen ánimo.

Y para el postre, la tentación.

Él no suele aparecer por las mañanas en la oficina, y mucho menos quedarse a lidiar con el papeleo. De nuevo, la inevitable punzada en el estómago cuando abre la puerta.

“No, Eva. Concéntrate, joder. Mira que cantidad de trabajo. Eva, déjalo” El angelito sobre su hombro derecho le grita desesperado, mientras el demonio se fuma un porro tranquilamente, sabiendo ganada la partida, sabiendo que solo le resta esperar.

Eva intenta hacerle caso, pero ahí está, clavado en su retina, humedeciendo su entrepierna sólo con su presencia, constante, omnipresente.

De repente, no puede más.

Necesita dejar de ver ese cuerpo moreno y casi perfecto, dejar de oler el perfume de esa piel, sándalo, miel, incienso clavándose en su garganta. Tiene que quitarse de encima esos ojos verdes, profundos como el mar, tranquilos, brillantes, que de vez en cuando la miran, sabedores de ser los causantes de tanta silenciosa turbación.

-Ahora vengo- Anuncia con un hilo de voz a su compañera

– ¿Estás bien, Eva? Estás pálida…

-Sí, solo necesito un café.- Murmura mientras se aleja todo lo deprisa que le permiten sus piernas, temblorosas de deseo y de la culpabilidad de sentirlo.Es consciente de que él la observa alejarse, con la vista clavada en su trasero, que apenas insinúa su forma bajo la corta falda de vuelo. Inconscientemente, su mano tira del borde par bajarla

“Buen día para vestirse así, maldita sea” piensa mientras sale por la puerta con la mirada clavada en la punta de sus sandalias.

Llega al bar como quien llega a un oasis. Pide un café, y se sienta en la barra, mientras enciende un cigarrillo.“Por favor, que no se quede todo el día” No sabe bien a quien le está pidiendo eso, pero esas nueve palabras se repiten como un mantra en su cabeza, deseando que su anhelo de perderlo de vista se cumpla, y a la vez, temerosa de que se vaya.

Se abre la puerta del bar, y ahí está. Entra riendo con su compañero, y posa un segundo sus ojos en ella.

“Mierda”

Se levanta como alma que lleva el diablo, hacia el baño, situado al final del local. No quiere verlo, hoy no…

Encerrada en el lavabo, sentada sobre la taza, sujeta su cabeza entre las manos, al borde de las lágrimas. Si hubiese podido, hubiese gritado.

“¿Por qué a mi? ¿Por qué hoy? Vete… No, mejor me voy a ir yo. Voy a decirle al jefe que me encuentro mal, que me han llamado del colegio, que el niño tiene fiebre, que…”

Unos golpes suaves en la puerta la sacan de golpe de sus pensamientos.

-Está ocupado- Apenas susurra

-Eva, ¿Estás bien?-Su corazón se para. El olor a madera y miel vuelve a inundarle y no sabe si reír o llorar.

-Si, tranquilo. Sólo un poco mareada…

-Déjame entrar…Sus manos obedecen en contra de su voluntad. El cerrojo se abre y quedan frente a frente.

-¿No eres un poco mayorcita para montar estos espectáculos?- esa maldita sonrisa…le hubiese gustado golpearle.Pero se queda callada, sólo con la vista fija en la baldosa que pisa, muda por la presión en la boca del estómago, como una niña que recibe una reprimenda.

La puerta se cierra tras él, el cerrojo vuelve a estar pasado, y apenas les separan tres centímetros.

-Sé lo que pasa- murmura- Y no es malo. Sin dejarla responder, sus labios rozan los de Eva, su lengua se cuela entre ellos y recorre su boca, se entrelaza con la suya, mientras unas manos se cuelan bajo la falda, agarrándose a sus caderas.Ella se deja hacer, por el momento. No sabe si tomar parte o no, no sabe si quiere o no. Él es su fantasía, no sabe si debe hacerse realidad, si quiere que lo sea.

La mano pasa de la cadera a la entrepierna, un dedo aparta su ropa interior y se cuela en su vagina, penetra en su humedad, vuelve a salir y se hunde con más fuerza y un gemido resbala entre la saliva, no se separa un milímetro de ella, empujándola lentamente contra la pared.

La boca pasa de sus labios al cuello, lo muerde, lo succiona, aumentando a la vez la fuerza de las incursiones en su interior. Baja hasta los pechos, por encima del escaso escote del vestido. Eva lo abraza, lo atrae hacia si, susurrando que quiere más, consciente de que no está bien, consciente de que es una mujer casada, de que…

Él la pone de espaldas, contra la puerta, sin cejar en su empeño de sentir como ella se estremece, jugando ahora fuera de la vagina, masturbándola despacio. Con la mano que le queda libre baja el pantalón, y ella tiene que reprimir un grito al notar la brutal penetración, que sucede sin darle tregua .

Las embestidas la empotran contra la puerta, mientras se corre , el masaje no cesa y ella tiene que seguir en silencio. Se oyen voces fuera, dos mujeres han entrado al lavabo, pero él continúa. Eva se muerde el labio hasta sangrar.

El sudor brota de sus cuerpos, intenta cerrar las piernas, pero él no se lo permite. Sólo deja de masturbarla cuando al fin se corre en su interior, la coge de las caderas, la atrae hacia si, llegando tan hondo que casi le duele.

Se queda así un momento, dentro de ella, abrazando su cintura. Cuando Eva se da la vuelta, se vuelve a encontrar esos ojos verde-mar sonriéndole.

-Yo también lo deseaba… ¿Qué quieres que te diga?

– Nada- susurra- No tienes que decir nada.

-Supongo que esto en nuestro secreto, ¿verdad?

Ella asiente con la cabeza, y por primera vez durante todo el día una sonrisa aflora en sus labios rojos, por primera vez le puede sostener la mirada.

.-Deberias sonreir más, estás muy guapa cuando lo haces

VIENTO, POEMA, FUEGO

fairy

 

Viento, poema, fuego,

tu piel quema como la arena del desierto,

tus ojos taladran el alma, la desnudan poco a poco…

 

¡Qué fácil estar callada a tu lado!

Una conversación sin palabras,

una poesía sin rima

escondida tras tu sonrisa.

 

Qué poco sabes de la vida

al fin y al cabo.

Qué poco de aquella que te provoca,

que te enseña las piernas bajo la falda

que, sin soltar una palabra, casi te ha conquistado.

 

Qué poco sabes de estos ojos

que sin darte cuenta, apagan el incendio,

Que te cubren como el mar cubre las rocas,

Tú, roca, poema, viento y fuego

Yo, agua, sal, prosa y lamento.

 

POEMA PARA UNA SIRENA

 

Queda en mi alma tu palabra

Que por azar llegó a mis manos

Dulces letras, ecos lejanos

Que me unieron a ti, sirena varada

 

Solitaria en tu burbuja

Tejías en la brisa tus cuentos

Sin importar si soplaba sota o barlovento

Manejando segura tu pluma

 

Poesía traída del cielo

Dulzura en estado puro

Mi respeto ten por seguro

Ninfa marina, de un modo ciego

 

Admiración y cariño te profeso

Te amo como a una hermana

Y ni la tormenta ni la resaca

Supondrán impedimento

 

Perla del océano, en ocasiones pez espada

Quiero agradecerte con ternura

Que aparecieras entre la espuma

Hermosa poetisa con escamas.