tú lo haces real

 

you make it real

Respira hondo. Respira hasta llenar a la máxima capacidad de tus pulmones y coge de una maldita vez la pluma.

Te echamos de menos, vomita todo lo que llevas dentro, aunque no lo creas es hermoso, y, al menos yo, necesito volver a leerlo, aunque se parezca tanto lo escrito de un día para otro, sé que nunca es lo mismo.

Quiero volver a atisbar tu alma a través de tus letras. Causas expectación cada vez que te colocas frente al papel en blanco, el universo vuelve a moverse con armonía al compás de tus pensamientos, de tus historias.

No te dejes vencer por la rutina, no nos abandones. Nadie se da cuenta de lo que te necesita hasta que desapareces, la vida es así, ya deberías saberlo. No se da cuenta nadie, excepto yo.

Repaso lo que escribiste en su momento, me veo reflejada en algunos de esos ojos que describes, en la piel blanca de algunos de tus personajes. A ti te ocurre lo mismo. Te describo como un ser ideal, puro y tosco a la vez, terrenal y maravilloso, y tras esas letras te puedes dar cuenta de lo mucho que te admiro, de lo mucho que te quiero, claro, por qué no.

A los amigos también se les quiere, aunque nunca nos paremos a pensarlo.

Repaso lo que escribiste, y vuelvo a sentir tu aliento cerca de mi oído, susurrando que sí, que era para mí, pero que nadie lo sabe. ¿Sabes guardar un secreto? Sí, claro, siempre que pueda escribirlo, como tú.

Esto también es para ti. Soy consciente de que ahora no estás por la labor, de que tienes muchas cosas que hacer, de que tienes muchas excusas, muchas razones para no pararte a observar tu alma, y mucho menos para ponerte a escribir lo que ves en ella. Sé que todo eso es real para ti, que el día a día implica muchas atenciones, mucho esfuerzo, mucho tiempo… Lo sé.

Aunque también sé que te echo de menos, que quiero, que necesito volver a pasearme por tus letras caprichosas de noches efímeras, de retratos de momentos que nunca se dieron, de homenajes sentidos como éste.

No voy a decir que nada vale la pena sin ti, eso sería demasiado, pero sí está un poco más gris, demasiado real para mi gusto. Sin ti, sin tus frases, sin tus palabras, sin tus ideas, el mundo gira más despacio, y aunque hay mucha gente que lo hace bien, que promete, que se esfuerza, ninguno es como tú, ninguno me llega tanto.

Aprendí, evolucioné, creo que lo hago mejor que al principio, y es sólo gracias a ti, a esa manía tan tuya de exigir y de adular al mismo tiempo.  De ese saber estar y no estar al mismo tiempo, de haberte tomado la molestia de enseñarme, poco a poco, día a día.

Te necesito. A ti, y a tus letras. Cada día un poco más lejos, cada día que pasa y no te leo. Esa distancia que duele, que hace sangrar, que provoca textos como éste, un poco tristes, rozando la desesperación.

No es un último grito, sé que volverás, siempre lo haces, pero mientras tanto, el mundo, mi mundo, se va deteniendo a cada día que no sé de ti, que no me alimento de ti. Puede que no te importe demasiado, al fin y al cabo sólo soy yo, la que siempre está, por mucho que tardes en volver.

 Sólo quería que supieses que te espero tejiendo historias, las mismas de siempre, mitad verdad, mitad mentira, y casi siempre, pensando en ti, hasta que vuelvas.

seis dias

Baila, por favor. No pares. Llevo toda una semana esperando este momento.

 Quiero perder mis manos en tu cintura y los labios en tu cuello. Quiero notar tus caderas pegadas a las mías contoneándose al ritmo de la música.

 Seis días a la semana somos las de siempre, nuestras bocas se arañan con una barba mal afeitada, nuestros cuerpos de seda pertenecen a otros más duros, más bruscos que, sí, debo admitirlo, nos erizan la piel al desnudarnos y nos hacen gritar al atravesarlos con sus miembros viriles.

Seis días a la semana nos atrapan esas pieles morenas y esas manos grandes, nos hechizan con su olor a madera, a hombre, si, no es que sea muy adecuado, pero es a lo que huelen, para qué adornarlo si ya es bastante hermoso de por sí. Seis días a la semana eres mi amiga, mi confidente.

Compartimos civilizados cafés, reconfortantes risas y miradas cómplices. Pero esta noche es distinta. Esta noche eres sólo mía, y yo tuya.

 Empezaremos como siempre, cambiando el café por la cerveza, y poco a poco las risas irán dejando paso al deseo que se ha ido acumulando a lo largo de seis largos días. De camino a la pista de baile, tus curvas se marcarán en la tela del vestido rojo o blanco, pero siempre corto, las mías bajo el ajustado pantalón negro.

 Tus ojos azules se me clavarán en el rostro bajo las luces y sonreirás sin mover los labios. Seis días deseando poder verte así, poder tocarte más allá de lo considerado decente, acariciar tus rizos dorados con las yemas de mis dedos, ver tu lengua asomarse y humedecer tus labios de un modo inconsciente.

 Sentir tu mano acariciarme lentamente recorriendo mi espalda hasta posarse en mi cintura, acercándome hacia ti. Quiero notar tus pechos aplastados contra los míos, y ser consciente de que tan sólo dos delgados trozos de tela me separan de sentir tus pezones duros en todo su esplendor, pero tu aliento cabalga libre por mi cuello, tus brazos se cierran alrededor de mi cuerpo, y todo el mundo desaparece.

Poco a poco, un gemido se escapa de tu garganta al hundir mi rodilla entre tus muslos y un suspiro sale de la mía cuando tiras inconsciente de mi cabello pidiendo más en silencio.

 Hace calor, empezamos a sentirla en serio desde la boca del estómago, sólo tú, yo y la música que acompaña cada uno de nuestros movimientos. Abrazadas en medio de una pista de baile, se clavan mis dientes en tu clavícula y tus labios me buscan una vez más. Me besas como le besas a él durante seis días a la semana y yo juego con la mano en tu trasero buscando el borde de la falda. Sería capaz de follarte allí mismo, delante de todo el mundo, y es que hueles tan bien…

Desaparezcamos de una vez. Deseo verte bailar al compás que te marque mi lengua. Solas al fin, después de un breve paseo nocturno con las manos entrelazadas, con besos robados en cualquier portal como dos adolescentes, y llegar al fin la habitación, a la cama de alquiler, si, clandestina, pero allí puedo disfrutar el espectáculo de verte tumbada, de tus piernas abiertas y la expresión de tu cara al verme avanzar hacia ti, trepando poco a poco hasta tus caderas, disfrutando del olor de tus ganas, del temblor de tu cuerpo que se deshace ante al más leve roce de mi aliento contra tu piel.

Beso tus muslos, beso la entrada de tu vagina y tus manos acarician mi cabello, gimes tan sólo con la perspectiva de lo que va a ocurrir, te ofreces abriendo un poco más la entrada al placer, y sé que esto es lo que me gusta de ti…

El deseo en estado puro, el deseo que duele, que pone el cuerpo rígido, que rezuma de nuestras pieles en forma de sudor, y cuando al fin te arqueas y el grito final aparece cuando no puedes agarrar más fuerte la almohada, me sonríes y me atraes hacia ti.

Susurras que me sigues deseando, que una vez por semana no es suficiente. Rápida, sin tiempo a la recuperación, tus dedos se cuelan en mi interior mientras apagas el grito con tu boca sobre la mía.

“Disfruta, amor” Susurras mientras observas cómo se me altera la respiración. Tuya, ahora sólo tuya, me rindo a tu piel blanca y a tus ojos claros, Deseo tu cuerpo sobre el mío, notarte más dentro, cómo arrancas notas de mi garganta acariciando mi sexo, hundiéndote en él, volviendo a salir, recorriéndome con tu boca, explorando cada rincón de mi cuerpo.

 Cierro los ojos, no quiero verte. Sólo tú y yo, sólo tu olor dulce impregnado de sexo. No te cansas hasta que me oyes gritar de nuevo, no te das por vencida hasta que se impregna toda tu mano de mis fluidos, y rendidas, nos quedamos un momento así, tumbadas, intentando recuperar el aliento. Es la hora de irse, el sol empieza a salir y eso indica el inicio del primer día sin ti.

Una ducha rápida donde todavía quieren llegar unos besos tardíos, y en la puerta del hotel, un abrazo, un “Hasta mañana” y una sonrisa cómplice. Seis días, tan sólo hay que esperar seis días, ir acumulando el deseo y el séptimo, como Dios, descansaremos…

Cuentos de luna (Tercero)

 

Horas bajas. Me encierro en casa y no quiero pensar en nada ni en nadie. La pluma permanece estática sobre el papel en blanco.

 Hace tres días que no me acerco por la estación del metro, hace tres noches que no voy al local que ella frecuenta a la salida del trabajo. Hace setenta y dos interminables horas que no pruebo bocado.

Temerosa de enfrentar sus ojos ahora que me conocen, ahora que han leído sus cuentos de luna.

Me encuentro mal. Débil, paralizada por el pánico, asqueada de mi propia cobardía. Necesito tumbarme. Necesito tranquilizarme.

Imagino su sonrisa perfecta, enmarcada en esos labios rojizos y carnosos. Se me aparece el brillo de esos ojos almendrados que me obsesionan, refulgiendo a la luz del sol un segundo antes de descender por la boca del metro.

No, no quiero verles, pero se meten en mi cabeza, y les deseo más que nunca. Veo con toda claridad esas pequeñas manos blancas de largas uñas nacaradas sacar poco a poco la enorme camiseta blanca, arrugando los bates de béisbol cruzados que lleva impresos. Veo con toda claridad esas manos grandes y morenas acercar a su torso desnudo la frágil figura de curvas deliciosas, unir sus labios a los de ella, acariciar su larga melena de sol y cobre.

Sonrío después de tres días.

Da gusto verles así. Cierro los ojos e introduzco un nuevo personaje en la escena. Una sombra silenciosa sentada en un rincón de la habitación en penumbra, con las piernas replegadas sobre el pecho, con los brazos abarcando las rodillas, observando extasiada, perdida en la belleza de la acción, embriagada por el perfume que emana de esa piel caliente, excitada, de dos cuerpos que se rozan, que se abrazan, que se exploran despacio, con candencia, con alevosía, con toda la intención de hacer durar ese encuentro hasta el infinito.

En una caricia, un fino tirante se desliza por el hombro, dejándolo desnudo, a la merced de una boca hambrienta que se lanza a lamerlo, a morderlo como si se tratase de fruta madura. Sube despacio hacia el cuello de cisne blanco, que de echa hacia atrás dejando vía libre a esos labios golosos y rudos. Desde mi posición puedo observar una mano que se desliza por la cintura, buscando el borde del vestido para colarse bajo él, ardiendo en ganas de acariciar la piel de seda que esconde. Cae de rodillas frente a la diosa de marfil y sol, rendido de deseo, casi suplicante, se abraza a sus largas piernas, ella le acaricia el cabello negro y espeso, dándole así el permiso que él necesitaba.

Se agarra a su trasero perfecto como quien se agarra a un salvavidas, y su cabeza desaparece tras la tela negra que apenas cubre aquel cuerpo de chica diez. Ella entreabre sus labios, dejando escapar un suspiro al notar el aliento húmedo, caliente entre sus piernas. Sus delicadas facciones se crispan cuando empieza el juego, él la besa, busca, penetra con su lengua en la cavidad sagrada que esconden sus piernas.

Ella intenta separarse en un acto reflejo, él la atrae hacia sí amarrándola por el trasero. Sale un grito de su suave garganta, pronuncia un nombre que solo escuché una vez, en una de nuestras cortas conversaciones de desconocidos en un andén, y él sabe que está preparada. Sale de su escondite, la empotra contra la pared.

 Separa sus piernas, y deja caer su pantalón con una celeridad y una maestría inauditas. Sólo necesita levantar su falda para penetrarla de una sola embestida. Emite un gruñido al notar la humedad envolviendo su polla, la justa estrechez de la cavidad que le acoge, y ella gime, haciendo fuerza con las manos para no golpearse con la pared. Empuja hacia atrás para sentirlo más hondo si cabe.

Él la atrae hacia sí para complacerla, para complacerse, y juntan las caderas en una perfecta sincronización, en un baile que parece, hayan practicado toda la vida. Las manos de él se crispan sobre las redondas caderas cuando se corre con un gemido profundo, y luego caen abrazados sobre una cama cubierta de terciopelo negro.

 Solo entonces reparan en mi presencia.

No, no me miréis… Yo no debo de ser más que una sombra, la narradora de esta historia inventada de dos personas que no se conocen. Sólo un punto de unión, una mota de polvo en el ambiente, uno de los suspiros que lanzáis entre caricias y besos. En realidad, soy insignificante ante vuestro brillo…

No, no me invitéis a compartir las sábanas con vosotros. Yo desapareceré como la luna desaparece a la luz del sol, y os velaré cada noche, y escribiré sobre vosotros. Claro que deseo sentir vuestra piel sobre la mía, vuestros labios rozando cada milímetro de mi cuerpo, vuestra saliva, el olor acre a sudor y sexo empapándome, pero no es mi lugar.

Me levanto, me acerco despacio y me arrodillo en la cama. Enfrento vuestros ojos, y os acaricio el rostro.

 Solo un beso, es lo único que puedo permitirme.

Degusto los suaves labios rojizos, acaricio despacio sus dientes perfectos con la lengua, exploro cadenciosamente el interior de su boca. El dulce sabor me inunda, y siento la respiración calmada en mi nuca de otros labios que también desean ser besados.

Unas manos fuertes asen mi cintura y una lengua dibuja círculos en torno a la flor de Lys de mi cuello.

 No, esto no debería estar pasando. Yo sólo deseaba escribir para vosotros, quería regalaros unas historias que cambiasen vuestras vidas, que borrasen tu inseguridad y tu hastío, quería que tus ojos refulgiesen sin necesidad de sol, que os sintieseis deseados, conscientemente, y os recreaseis en ello. No quería sentir nada, quería mantenerme al margen, no quería sentir esto…

Se clavan unos dientes en mi cuello, y las manos agarran mis pechos. Ella sonríe pícara al separar su cara de la mía y araña con sus uñas nacaradas mis muslos, descubiertos al echar mi cuerpo hacia atrás. Me recuesto sobre el hombro de él, y esos dulces labios que besaba hacía un segundo se cuelan bajo la falda, pasean por mi vientre, sus manos acarician mi espalda arqueada mientras unos labios ávidos buscan el lóbulo de mi oreja.

Al fin me siento libre de la presión en mis pechos sólo para sentirme empujada a la colcha de terciopelo. Ella me acaricia el cabello mientras él termina de subir el vestido hasta la cintura. Me susurra que me levante, y yo obedezco.

De espaldas, termina de dejar al descubierto mi trasero, que separa despacio para alojar allí el glande. La ninfa de porcelana sabe bien lo que va a hacer, resbala bajo mi y agarra el clítoris con su boca. Mis manos se crispan, agarran la tela que cubre la cama al notar su aliento cálido, al notar cómo el estrecho agujero se va a adaptando a cada centímetro que se va introduciendo en él.

Dolor y placer se unen, forman un grito que se queda bloqueado en la garganta. Siento unas uñas largas clavarse en mis muslos, una fuerza me obliga a estar quieta mientras unas caderas me golpean el trasero, y al fin me corro en un gemido largo, profundo.

De mi ano sale líquido caliente, y veo la cara de satisfacción de mi niña de sol, limpiándose la boca con el dorso de la mano, como si estuviese eliminando restos de helado que ha comido a escondidas de mamá.

Abro los ojos. Estoy sola, tumbada en el suelo de mi habitación. La tinta forma el título, “Tercer cuento de luna”.

No.

No quiero sentir nada por ellos, nada más de lo que he imaginado, y sin embargo, mi mano danza sola por la extensión de la hoja en blanco. Esta noche contaré nuestra historia, la de los tres, y sólo quedará darle fin a toda esta locura. Un solo cuento más y no volveré la vista atrás nunca.

Cuentos de luna (Segundo)

 

 

Te miro sin que te des cuenta. La noche ha caído ya, es por eso que no me ves. Puede que nunca me hayas buscado, pero, chica, yo también necesito creer en algo.

Observo desde mi rincón como te mueves y de repente pienso que nunca he querido ser como tú.

La mujer diez, la princesa del lugar, con tus largas piernas y tus cabellos de sol y bronce. La muñeca de mirada ingenua, de voz dulce y de risa fácil, volando sobre sus tacones de aguja por encima del deseo que despierta. No, no quiero ser como tú. Debo reconocer que no podría soportar esa presión, y sin embargo…

Puedo ver lo que tus súbditos no se molestan en ver. Puedo ver más allá de tu piel nacarada y tus perfectos pechos la inseguridad y el hastío.

Nunca me caíste mal, y eso es más importante de lo que crees. Te observo desde mi rincón, y sé que intuyes mi presencia. Búscame en las sombras, busca a la chica de negro que toma notas al fondo del bar, tenemos tanto que contarnos, tanto que descubrir…

Mi preciosa y superficial niña de porcelana. Deja que escriba sobre ti. Contaré cómo tus ojos azules se posaron en los míos, sin saber muy bien la razón.

¿Qué más da?

 Contaré cómo me sonreíste, mostrando tus perfectas perlas blancas, primero con indiferencia, después con curiosidad. Me saltaré el cómo llegaste a mis manos, eso no le importa a nadie, pero sí describiré la suavidad de tus labios al rozar los míos en una habitación de hotel.

La sensación de tus manos de seda en mi piel, dejando caer poco a poco la ropa, la sonrisa nerviosa al notar como cae la tuya, cómo mi boca va explorando cada centímetro de tu cuerpo perfecto.

 Sin prisa. ¿Para qué?

La noche empieza ahora, y el día es muy largo. Tenemos todo el tiempo del mundo. Vencerá el deseo sobre el miedo a lo desconocido. Sentiré tus manos en mi cabello, la respiración agitada, cada vez un poco más, al ritmo que mi lengua saboree tus curvas, mis dientes muerdan con delicadeza tus pechos y poco a poco llegue allí donde siempre tuvo que estar. Los gemidos se convertirán en gritos, en súplicas, y creo que no dejarás de sorprenderte de que, al abrir los ojos, sean mis manos blancas las que mantengan abiertas tus piernas, de que sea mi largo cabello negro el que esconde mi cara bajo tu vientre.

Serán mis dedos los que te colmen de placer, hundiéndose en ti una y otra vez. Sin desfallecer, sin perder el vigor pasados unos minutos.

 Será tu boca la que me buscará cuando, extenuada de convulsiones y temblores, desees por voluntad propia devolver algo de lo que he hecho por ti esta noche. Y cuando salga el sol, despertarás de tu sueño, y tan solo el relato de aquello te acompañará a tu lado en la almohada.

 Te verás en mis letras como realmente eres, y nunca más la inseguridad y el hastío harán acto de presencia, y, desde ese momento, me buscarás en las sombras para que volvamos a escribir juntas nuestro relato de luna y sudor.

Cuentos de luna (Prólogo)

 

El humo del cigarrillo se eleva formando extrañas formas en el aire, con la complicidad de los primeros rayos de sol que entran tímidos por tu ventana.

 Te observo dormir, como tantas veces he hecho, y sé que será la última vez que lo haga. Paradójicamente, no me siento triste, es simplemente lo que tenía que pasar.  Tú tampoco estás afligido, en absoluto.

Una sonrisa, tu admirable sonrisa adorna tu rostro mientras duermes. 

No puedo evitar precipitarme en ella, perderme entre la belleza y la serenidad que transmite, y siento el hormigueo de la satisfacción en el estómago del trabajo bien hecho. Sí, creo que ha sido una buena despedida.  En cierta forma, me lastima pensar que no volveré a tenerte enfrente, que no volveré a sentir tu piel caliente contra la mía.

Pero, chico, este momento tenía que llegar.

 Siempre llega, y ya no me inspiras nada. La pluma que tantas palabras te dedicó, cartas desesperadas al principio, deseando que tus ojos marrones se posasen en mí y me encontrasen deseable. Cartas que se tornaron relatos de noches solitarias anhelando tu presencia en mi cama, imaginando que eran tus manos, y no las mías, las que me acariciaban hasta notar la humedad entre mis piernas. Que era tu lengua y no mis dedos la que acariciaba mi sexo, me hacía estremecer, me provocaba gemidos de placer, que arqueaba mi espalda en un orgasmo y me dejaba con ganas de más, con ganas de ti.

Esa misma pluma que narró los primeros encuentros en forma de fábulas, mitad realidad, mitad quimera, está ahora quieta sobre el papel, incapaz de moverse, agonizando ante la sofocante rutina en la que caímos.

Debería escribirte un último cuento, ese que deberías encontrar junto a ti en la almohada al despertar, ese que diga de forma retórica y tal vez demasiado recargada un adiós sin posibilidad de permuta, intentando, no obstante, hacerte sentir el mismo hormigueo de satisfacción que estoy sintiendo yo en estos momentos. Tendría que endulzar las palabras, hacer algún comentario panegírico hacia tu miembro viril (Tengo comprobado que conecta directamente con el control de tu ego y de tu seguridad en ti mismo), recordarte de pasada los mejores polvos, y enlazarlos con los relatos que generaron…

Sería fácil. Sería escandalosamente fácil, y me refiero a todo. Irme, dejándote contento y con la sensación del trabajo bien hecho. Eso es lo que pretendo.

Pero no lo voy a hacer, ésta es la despedida que leerás en cuanto te levantes. No creas que te odio. Tampoco he dejado de desearte, y por eso, tengo que decirte la verdad desnuda. No sé si hago bien o no, nunca lo he sabido. Actúo por impulsos, ya lo sabes, y éste es el que tengo ahora mismo. La sinceridad nunca es agradable, pero siempre has dicho que la prefieres.

Bien, ahí está, sobre tu almohada.

Ya no me sirves para lo que me servías, y no te quiero lo suficiente como para pasar mi vida a tu lado. No es culpa de nadie. Qué asco de frase, ya lo sé, pero en este caso, es totalmente cierta. No sé donde iré ahora. Bueno, además de lo obvio.

 A buscar otras musas, otras inspiraciones, otras historias… Al decir que no sé donde voy a ir me refiero únicamente a la situación geográfica. Por suerte, pude mantener durante dos meses el secreto de la ubicación de mi vivienda, y de mi verdadero nombre. Sería una búsqueda estéril si la quisieras emprender, aunque creo que te conozco lo suficiente como para saber que no lo vas a hacer, que me vas a dejar marchar con total libertad, igual que me dejaste entrar.

 Tú tampoco me amas lo suficiente como para querer pasar el resto de tu vida conmigo.

 Lo único que queda ya por decir (Tampoco quiero alargar esto demasiado) es la palabra más difícil, esa que cierra todo capítulo que se precie, esa que da por terminado el cuento, que es siempre la misma. Escribámosla de mutuo acuerdo.

 Pongamos el “Fin” sin dramas ni exageraciones. No es necesario montar la eterna representación dramática, no son necesarias las lágrimas, ni más explicaciones. Simplemente, se acabó la novela. Terminamos de escribirla. Ya está. Simplemente, adiós.

 A pesar de todo, y siempre tuya (ya lo sabes)

 Daría.

Carta de despedida

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Me voy, y tardaré en volver. Tengo las maletas en la puerta, y me paro un momento para explicarte…
Porque eres tú, y porque eres mi amiga, mi única amiga, la persona que más quiero.
Precisamente por eso, no puedo decirte esto a la cara. Te he dado mil excusas, no es que no supieras que me iba a ir, no ha sido a traición.
Es solo que te mentí en las razones. Tuve que hacerlo mirando al suelo, incapaz de enfrentar tus ojos amables y comprensivos, tan mezquino es lo que estoy sintiendo.
Necesito alejarme para curarme, como el que pilla la lepra o la gripe A, tan de moda estos días.
Estoy celosa. No, estoy dolida.  Y no debería, ya lo sé, pero es tan fácil herir el ego femenino…
Y a fin de cuentas, aunque te quiera, soy una chica, aunque a veces no lo parezca, o no lo vean.
Sí, no puedo negar que me duele veros tontear, qué le vamos a hacer. Esto no significa nada, claro. No voy a tomar ninguna medida, no lo diré en voz alta, voy a seguir como siempre.
Me alejo una temporada precisamente para poder hacerlo, ahora soy incapaz, lamentablemente.
Tres son multitud, y yo soy la que sobra en esta ocasión. Lo asumo, no pasa nada.
Tengo muchas razones para tragarme el orgullo y que nunca nadie se entere de esto.
Ser quien soy, por ejemplo. El deber y la devoción de prestar lealtad y respeto a quien amo, que no es ÉL (pongámoslo en mayúsculas, por aquello de ahorrar nombres, si te parece), aunque ya no sea como antes.
Con él me siento querida y respetada, me siento bien, tranquila y a salvo,  protegida, sin que llegue a asfixiarme.
Soy feliz, lo sabes, lo sabéis, y es perfecto, salvo por el factor “deseo”, que ha decaído de forma significativa.
Supongo que es lo que traen los años de relación, todos me lo advirtieron, y yo no quise creerlo… En fin, nos hacemos mayores, supongo.
No te creas, estoy segura de que me desea, simplemente, no sabe expresarlo. En realidad, nunca ha sabido, pero al menos al principio lo intentaba, aunque ese “principio” quede tan lejos que, por lo visto, es incapaz de recordarlo. Aprovecharé el viaje para pensar un modo de solucionar eso.
Sin embargo, ÉL… Es todo pasión. Y digo TODO. Ahí radica su encanto, que es, a la par, su mayor defecto.
Es desesperante y atrayente por igual, una adorable pared a la que gritar sin esperar respuesta.
Dijiste una vez algo, y creo que tenías razón (Para no variar, siempre la tienes, y no va con segundas, nunca podría utilizar el sarcasmo contigo). “El hombre perfecto sería una mezcla de los dos”. Je, si.
Pero lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible.
Me voy sin pena, sin mirar atrás, porque hay fecha de vuelta,  porque sé que cuando vuelva podré miraros a la cara sin temor, a los tres. Tú me has enseñado a creer en mi misma, es otra de las cosas que te debo.
ÉL es mi amigo, al igual que tú. Os quiero demasiado como para estropear lo que sentimos por un ataque de absurdo orgullo herido. Es sólo una pataleta, un capricho, un “quiero entrar en el club”, no sé si me entiendes.
A pesar de saber eso, no puedo evitar sentirme herida (y triste, y avergonzada), pero sí puedo evitar que aquellos a los que quiero se sientan decepcionados, tristes… Tan heridos como yo.
Antes de despedirme, quiero que quede claro. No quiero nada con ÉL, nunca lo he pretendido, ni siquiera al principio, cuando no había nada evidente, y nadie había adoptado el papel que iba a representar en esta comedia.
Menos ahora, que los papeles ya están repartidos, que cada uno lo ha elegido, mejor dicho.
Le he dicho a él (no a ÉL, buff, esto es un lío, pero se que me entiendes. A ÉL no le he dicho nada, supongo que se enterará solito de mi ausencia, o no…) que me reclamaban en la casa de mi madre una temporada. En realidad, no voy allí, pero tranquila, estaré bien, no cometeré locuras ni excesos.
Ya he dicho que le amo, y que te (os) quiero, y esto es una cuarentena, no una fiesta loca en Ibiza, pero guárdame el secreto, ¿si?
Prometo volver, y prometo que podré volver a ser la de siempre. Tu amiga, tu hermana… Y prometo no volver a mentirte nunca más, que puede que sea lo que más vergüenza me da, puesto que es lo único que pude elegir.
Hasta pronto. Te quiero.

Misiva tercera (Angel)

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La noche estaba siendo tranquila. Llovía a cántaros, y hacía frío, así que de los apenas treinta clientes que habían desperdigados por el local, al menos veinte sólo habían entrado a refugiarse.

 

Le conferían un ambiente raro, gente muy joven, con pinta de ser… muy joven, amarrados a las manos de sus parejas, miraban extasiados a Laura contonearse en el escenario, impertérrita ante su nuevo público. El escultural cuerpo untado de aceite con brillantina que tanto le gustaba, su ropa interior metalizada y el largo  cabello de leona suelto, dando bandazos de un lado a otro al ritmo de la música, al compás de sus finas caderas…

 

Lo cierto es que debía ser hipnótico, si, como es mi caso, no la tienes que ver todas las noches repetir el numerito, y, por supuesto, el de los habituales, que había noches que me prestaban más atención a mi, a pesar de no tener ni de lejos su figura, su cara de niña mala. En cambio, yo era la señora de la barra. Hay veces que un whisky es más apetitoso que una mujer. Y te mete en menos líos.

 

No pude evitar una sonrisa al verle en una mesa al final del local, medio escondido entre una pareja que miraba a Laura casi escandalizados y el punto ciego que dejaba un foco de color rojo, justo tras el haz de luz.

 

Me acerqué despacio, mi susurro le sorprendió.

 

– Buenas noches, poeta, ¿Sólo vas a tomar furcia o te traigo algo de beber?

 

Me dedicó una de sus sonrisas rotas y una larga mirada de afecto. Había pasado mucho tiempo desde que entró por primera vez allí. Un chiquillo asustado que se hacía el tipo duro le pidió su primer whisky a una chiquilla asustada en su primer empleo. En aquel tiempo, la única que parecía saber lo que estaba haciendo era Laura, que aunque un poco más joven que nosotros, siempre ha sido consciente de su belleza, sabedora de que se podía ganar la vida con ella durante mucho tiempo.

 

         No me llames así, Ali.  Hace tiempo que no escribo nada…

         Bueno, tu musa sigue ahí, enseñando el tanga plateado. ¿Te traigo papel y lápiz?

         ¿Eres siempre tan cruel?

         Ya sabes que si – me salió la sonrisa, a pesar de no querer mostrarla mientras deslizaba en su mesa un vaso de la mejor botella de escocés.

Su manaza enorme pasó por mi cintura y me obligó a sentarme en sus rodillas. Sus labios rozaron mi mejilla y me abrazó, apoyando su cabeza en mi hombro.

         Eres genial, siempre me haces reir

         No era mi intención.

         Ya lo sé, eso es lo que más me gusta de ti.

         Ni lo intentes, no te está mirando- Me levanté de sopetón- Si hay algo que tengo claro en esta vida es que no voy a ser el segundo plato de nadie.

         Ali…

 

Su voz se perdió entre las notas de un solo de saxo y el contoneo de las caderas de Laura. Sus intenciones se quedaron flotando en el humo del ambiente y las miradas asombradas de aquellos aspirantes a perdedores que entraban por primera vez en aquel antro. Alguien me preguntó si me estaba molestando. Le dediqué una sonrisa a aquel muchachito vestido de negro que ya se estaba retirando la manga de su camisa dejándole paso a su puño para salir a pasear por la cara del poeta.

 

         Cariño, aquí nadie molesta ni está de mas. ¿Qué te pongo?

 

No sé cuanto tiempo pasó, entre copa y copa, Laura terminó de bailar. La gente fue despejando, pero el poeta siguió inmóvil en su mesa, con los ojos fijos en el escenario vacío. Ni siquiera se volvió cuando ella salió del local colgada del brazo de un tipo que le había colado en algún momento un billete de los grandes en el hilo del tanga.

Como de costumbre, no se despidió al salir, pero dejó su perfume suspendido en el aire como una nube tóxica.

 

– Niños!- alcé la voz- Se acabó el espectáculo. Mañana a la misma hora, más.

 

Los parroquianos que quedaban fueron saliendo, y nos quedamos solos.

 

         Poeta, tú también, a menos que pretendas ayudarme a pasar la fregona.- Se levantó despacio, obediente, agarrándose a la silla para ayudarse- menuda te has pillado, eso no puede ser bueno.

         ¿Crees que aún piensa en mi?

 

La pregunta me traspasó como un cuchillo. Nunca había sido tan claro, debía ser el  alcohol, pero no pude evitar enfurecerme con él.

 

         No, no piensa en ti como no piensa en nadie que no sea ella. Deja de hacer el imbécil, vete a casa, poeta, y no vuelvas más si estimas tu vida un poco, si aún tienes ganas en algún lugar de esta ruina que es tu alma de salir de esta porquería en la que te metiste por pensar con el cipote.

 

Le empujé violentamente, pero a pesar de su evidente borrachera, apenas se movió. Eso es lo malo de medir poco más de metro y medio.  Me tomó por la cintura, y sus labios se pegaron a los míos, su lengua se coló entre ellos e hizo que mi determinación flaquease por un momento. Tanto tiempo deseando eso…

 

         Me equivoqué de chica- me susurró al oído

         Vete a la mierda

 

Y eso hizo. Salió por la puerta mientras encendía un cigarrillo.

Se me quedó en el cuerpo la sensación extraña de que no le iba a volver a ver, aunque siempre que se iba la tenía, así que no le dí más importancia. Observé su figura mientras se alejaba calle abajo, a la tenue luz del amanecer. Se me antojó un detective en apuros… Bueno, en apuros estaba, desde luego.

 

– Te lo tengo dicho, poeta, un whisky trae menos problemas que una mujer- susurré antes de cerrar la persiana.