Deuda de sangre

Yacía en el suelo enmedio del típico charco de sangre que se había ido formando poco a poco a su alrededor. Siempre le pareció una muerte ridícula, empalagosa, pero también era cierto que no tenía muchas más opciones. Simplemente no tenía ganas de inventar un modo más digno de salir del juego.
En la habitación de al lado no cesaban los gritos. Ahora estarían contentos. La culpable de todos sus males, la oveja negra se iba. No tendrían que preocuparse más de ella.
“Sofía, no has comido nada” era la frase que más había oído a lo largo de 20 años.
“Es normal. Esto no hay quien se lo coma” Respondía su padre, empujando el plato y levantándose a por una cerveza. Sofía observaba como se formaba la tormenta en torno suyo. Las lágrimas silenciosas de su madre. Todos sabían lo que iba a ocurrir entonces. La maldita comida en la cara de la cocinera. Llantos, gritos, golpes…y todo por su culpa, por no haber masticado y tragado.
Al cabo del tiempo, había decidido comer para evitar aquello, pero siempre se terminaba igual, siempre la cagaba de algún modo. Si la sorprendían estudiando, su padre le decía que una empollona no supera viva la época de instituto en aquel lugar dejado de la mano de dios. Si no lo hacía, era una inútil

.
 “No te esfuerces, Sofía. Nunca vas a salir de aqui” Le dijo una vez su reflejo en el baño, justo cuando terminaba de devolver la cena “¿De veras crees que eso es suficiente penitencia?”
.No, debía sufrir más. Morir poco a poco de hambre no era suficiente. Debía ser algo más evidente, algo para demostrar que estaba arrepentida. Que quería enmendarse, que no se peleasen más por su culpa. Debían saber que ella sabía que había sido un error nacer, que debió haber muerto en una de las palizas que le propinaron estando en el vientre de su madre. Debía pagar por su obstinación, por su empeño en asomarse a este mundo.
Comenzó a coleccionar todo tipo de objetos punzantes, probándolos en su propia piel, preparándose para el gran momento en el que se liberarian de su presencia. Su preferido era un pequeño destornillador, minúsculo, casi ridículo. Perforaba la piel provocando un dolor que se aproximaba bastante a lo que deseaba conseguir. Se hundía en la piel, atravesaba la carne, y sólo cuando lo retiraba, la sangre salía. Salía a borbotones por una minúscula herida.

 Coleccionaba cuchillas de afeitar de varios colores (si, las había. Incluso tenía una rosa con un corazón que algún grupo neogótico regalaba con uno de sus discos.), navajas de todo calibre, de todo tipo de empuñaduras, manualesy automáticas, cuchillos de cocina, sacacorchos…. Y todos ellos habían provocado una herida al menos, todos habían dejado su marca en su blanca piel.
Una herida por cada grito que provocase su absurda presencia. Una herida por cada bofetón que su madre se llevase por su culpa. Una herida por cada lágrima derramada por ella, y otra por cada cerveza que su padre se bebiese para intentar olvidar su presencia.Una vez había intentado escapar. Una vez había intentado atravesar la puerta del infierno, ir a molestar a otra parte. El resultado había sido más lágrimas, más gritos y una profunda herida en el abdomen.
Aquella noche la tuvieron que llevar al hospital. Aquella noche fué la primera en mucho tiempo que pudo dormir tranquila. Aquella noche decidió que quería dormir así siempre. Nunca la dejarian irse, debía pagar su ineptitud. La sangre se paga con sangre.  Debía poner fin a aquella existencia que no era bien recibida.
Así había llegado a aquella situación, yaciendo en el suelo enmedio de su propia sangre. Había utilizado todos sus tesoros, todos habían lamido su piel aquella vez, todos habían cortado, habían perforado, había sólo arañado los últimos, cuando apenas le quedaban fuerzas. Había visto caer su sangre, había pagado, ya no podía ofrecer nada más. Cerró los ojos. “Lo siento” murmuró en un suspiro. No más gritos para ella, no más culpabilidad, la deuda estaba saldada, y podía dormir en paz.

Retrato en blanco y negro

Hace veinte años que no pienso en ti, no recuerdo ni mes, ni dia de tu muerte, lo se, siempre he sido una despistada, ya lo sabes. Sé que fue en 1988, o tal vez no. Fue el año que tenía que haber tomado la comunión… ¿Ocho años? No importa, supongo que me darás por buena la fecha.

No hace mucho alguien mentó tu nombre, Gabriel, y apareciste en mi cabeza. Más que tu imagen, que casi ni recuerdo (el casi es por las fotos que la abuela guarda, en el que se ve a un hombre pobre pero digno, guapo, joven y lleno de vida. Retratos en blanco y negro, algunos sepia…nunca perdiste ese porte, ni siquiera al final, de eso sí me acuerdo), volvió a mi el recuerdo de lo que fue la vida contigo. El recuerdo de un cenicero de pie, junto a una butaca, cerca del balcón, con tu cigarrillo negro humeando.El recuerdo de un mechero de sol, con espejos para que prendiera el cigarro, con una media luna y el dibujo de Naranjito en el exterior, y la caja donde guardabas tus sellos, con la música del padrino.

Recuerdo el columpio que nos fabricaste en el balcón de tu casa, un octavo piso, con dos cuerdas colgadas del techo y una tabla de madera. Ahora pienso que era una locura, pero nunca temimos caernos, nunca pasaba nada si tú andabas cerca.

Te hiciste cargo de nosotros como si a los (no se cuantos años tenías…¿58, 60, 65?) te hubiesen salido tres hijos más que criar, dos buenos, que no lloraban y hacían sus deberes, y la niña mala a la que tenías que obligar a practicar la caligrafía sentada en tus rodillas en el sillón, si, ese que quedaba tan cerca del cenicero de pie.

A la vejez, después de una vida tan azarosa, volviendo de Argentina sin madre a los cuatro o cinco años, pasando la mili en Casablanca, aguantando la Guerra Civil, el hambre en la posguerra y toda una dictadura sin perder el temple, la paciencia y la sonrisa. Sacando adelante a tu familia, queriendo a tu mujer y a tu hija, a pesar de sus defectos, trabajando, porque no podías concebir la vida sin movimiento, sin ilusión, te salieron tres bestiecillas que criar.Pero corrías el peligro de quedar en una silla de ruedas y la operación se complicó. Te fuiste porque no te querías quedar parado.

No recuerdo tu funeral. A mi hermano y a mi, los pequeños, nos contaron que te habías ido al cielo, y recuerdo que no entendíamos a qué tanto lloro. Lloré cuando me di cuenta de que no te iba a ver mas, de que me había quedado sin mi yayo Javier. Nadie sabe por que te llamaban Gabriel. Supongo que por buena persona. Supongo que tu madre equivocó el nombre.

Hace mucho que no pienso en ti, y ahora me doy cuenta de lo que podría haber aprendido a tu lado. Te quedaste con las ganas de enseñarnos solfeo, y seguro que de algo más que no puedo recordar. Después de esa conversación, la que desencadenó todo esto, y de ver de nuevo tu fotografía, pienso que te hubiese gustado conocer a tus biznietos, y que ellos hubiesen sido muy afortunados de conocerte a ti, aunque tal vez, si aún estuvieses aquí, los primeros beneficiados por tu presencia hubiésemos sido nosotros, los tres, tus hijos-nietos, tal vez la vida hubiese sido mejor…

Supongo que da igual, supongo que si sigues existiendo en alguna parte, siempre te has quedado con nosotros. Supongo que si sigues existiendo en alguna parte, algún día podré darte las gracias y ofrecerte mis respetos, y preguntarte todo aquello que se me quedó pendiente. Te fuiste demasiado pronto, dejaste demasiadas cosas aquí, pero lo entiendo, fué la decisión correcta. Si algún dia te vuelvo a ver, te enseñaré lo bien que ya se escribir…

El bosque

El bosque. Es un triste lugar para morir de esta forma. Oscuro y lóbrego en esta noche sin luna, sólo puedo ver sombras, sombras que no se mueven, sombras que sí lo hacen, y me amenazan,

No puedo salir de aquí ahora. No sé donde estoy. Sólo me rodean árboles pelados, que aúllan como lobos hambrientos cuando el viento helado pasa entre sus ramas. Desean que muera, desean que mi alma se quede siempre entre ellos.

Sus ramas desnudas me arañan la cara, se enredan en mi cabello, ahora suelto y despeinado. Atrás quedaron los días de risas y vestidos elegantes, de sol y alegría. Ahora sus raíces me hieren los pies, me hacen caer al suelo cubierto de hojas.

Cuanto desearía poder ver a ese fantasma que, dicen, vaga por este lugar. Cuentan que es una muchacha de piel blanca y cabello azabache. Dicen que tiene los ojos como la noche más oscura. Siempre me han dicho que se parece mucho a mi.

Cuentan que camina despacio entre estos árboles malvados, portando una muñeca de porcelana, tan antigua como ella. Dicen que verla es augurio de muerte.¡Cómo deseo verla!. Acariciar el borde de su vestido rojo sangre y dejar que me lleve con ella. No deseo seguir aquí sola. Incluso ese destino es más benévolo.

Tengo miedo. Oigo la respiración de algo que se acerca silencioso. Sólo su respirar y el viento. Sé que no me dejará morir en paz. Despedazará mi cuerpo, este cuerpo que tantos caballeros han anhelado, y que ninguno viene a rescatar.

Después despedazará mi alma. La retendrá para siempre en el bosque, como la de la niña del vestido escarlata. ¿Quién de los dos me encontrará antes?.

Estoy cansada. Necesito sentarme. No puedo esconderme, no serviría de nada gritar. De nada serviría correr a refugiarse. Él me encontrará, si no lo hace Ella antes. Estoy a su merced. De un modo, o de otro, jamás regresaré a casa, lo sé.

No volveré a sentir el suave calor del sol acariciándome cualquier mañana en el salón, arrullando a mi gatita, esperando que él despierte y me salude con un beso. Eso ya pasó. Ahora estoy aquí, sola, perdida, triste y asustada, y ni al sol, ni a la gata, ni a él le importa mi suerte. Ellos creen que duermo a salvo en mi casa. Tampoco estoy segura de que les importe demasiado si es cierto o no.

Oigo pasos que se acercan. Cierro los ojos. Estoy arrinconada contra un árbol, intentando que no me vean, que esta maldita noche pase, y ser una de esas supervivientes al bosque maldito. Sólo es una noche. ¿Cuántas he pasado en mi vida? ¿Cuántas se han acortado hasta lo ridículo en mi percepción?

No puedo evitar acordarme de él. Aquellas noches que pasamos juntos, desnudos, el uno junto al otro, el uno dentro del otro. “Te quiero” susurraba mientras sus manos me quemaban la piel, mientras sus besos abrasaban mi boca. “Te quiero” susurraba yo mientras le notaba tan dentro, tan hondo en mí que parecía que nunca más se iba a ir.

Me prometió que cuidaría de mí. Me prometió que me amaba. Al darme cuenta de que no es así, tampoco me importa demasiado que ocurra esta noche. Es curioso como la decepción y el dolor amansan el miedo. Supongo que ésta es su forma de cuidarme.

Se dibuja una sonrisa en mi boca al pensar el ello, al mismo tiempo que una figura toma forma frente a mí.

Pero no la miro. No me importa. Pueden hacer lo que quieran con este cuerpo. Destrozarlo, desmembrarlo, salpicar de mi sangre todos los troncos de los árboles. Ya no tengo miedo. Me acabo de dar cuenta de que no hay un alma que pueda vagar errante por el bosque. Equivocaron la presa.