Rojo, pasión, carmín

   

La canción que nunca se bailó, la cabeza que nunca se reclinó en un hombro reconfortante, cálido. El beso que nunca se dió aún flota en el aire entre las últimas notas agonizantes que se elevan, que se pierden en lo que no fué, en lo que podría haber sido.

Las miradas que casi se cruzan se siguen buscando mientras el carmín permanece estático en unos gruesos labios que no sonríen, que no se percatan de la alegría que podrían haber destilado, del  sudor del que se podrían haber empapado, de los gemidos que habrían salido por ellos,  que se quedaron atascados allí donde el placer no se produjo, y tan sólo una vaga sensación de vacío indica que algo va mal cuando  se cruza con él sin mirarle, mientras se aleja lo suficiente como para dejar escapar definitivamente la canción.

Después, a solas frente al espejo, la boca se limpia de los efluvios que nunca contuvo, el cuerpo se encoge bajo la ducha echando de menos algo, no se sabe si lo que necesita o lo que quiere, a sabiendas de que una noche más no es el elegido para danzar entre sábanas de seda y velas encendidas como en una película, aunque podría…

Más tarde, aún con los labios rojos, los párpados se cierran en busca de realidades que no se han dado, la piel yace anhelante de otra piel que tendría que haber estado allí, y el carmín en el estuche de maquillaje echa en falta un cuello donde haber dejado su huella.

Una madrugada más, se acurrucan dos fantasmas que nunca se encontraron, a la espera de una nueva oportunidad.

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