Retrato en blanco y negro

Hace veinte años que no pienso en ti, no recuerdo ni mes, ni dia de tu muerte, lo se, siempre he sido una despistada, ya lo sabes. Sé que fue en 1988, o tal vez no. Fue el año que tenía que haber tomado la comunión… ¿Ocho años? No importa, supongo que me darás por buena la fecha.

No hace mucho alguien mentó tu nombre, Gabriel, y apareciste en mi cabeza. Más que tu imagen, que casi ni recuerdo (el casi es por las fotos que la abuela guarda, en el que se ve a un hombre pobre pero digno, guapo, joven y lleno de vida. Retratos en blanco y negro, algunos sepia…nunca perdiste ese porte, ni siquiera al final, de eso sí me acuerdo), volvió a mi el recuerdo de lo que fue la vida contigo. El recuerdo de un cenicero de pie, junto a una butaca, cerca del balcón, con tu cigarrillo negro humeando.El recuerdo de un mechero de sol, con espejos para que prendiera el cigarro, con una media luna y el dibujo de Naranjito en el exterior, y la caja donde guardabas tus sellos, con la música del padrino.

Recuerdo el columpio que nos fabricaste en el balcón de tu casa, un octavo piso, con dos cuerdas colgadas del techo y una tabla de madera. Ahora pienso que era una locura, pero nunca temimos caernos, nunca pasaba nada si tú andabas cerca.

Te hiciste cargo de nosotros como si a los (no se cuantos años tenías…¿58, 60, 65?) te hubiesen salido tres hijos más que criar, dos buenos, que no lloraban y hacían sus deberes, y la niña mala a la que tenías que obligar a practicar la caligrafía sentada en tus rodillas en el sillón, si, ese que quedaba tan cerca del cenicero de pie.

A la vejez, después de una vida tan azarosa, volviendo de Argentina sin madre a los cuatro o cinco años, pasando la mili en Casablanca, aguantando la Guerra Civil, el hambre en la posguerra y toda una dictadura sin perder el temple, la paciencia y la sonrisa. Sacando adelante a tu familia, queriendo a tu mujer y a tu hija, a pesar de sus defectos, trabajando, porque no podías concebir la vida sin movimiento, sin ilusión, te salieron tres bestiecillas que criar.Pero corrías el peligro de quedar en una silla de ruedas y la operación se complicó. Te fuiste porque no te querías quedar parado.

No recuerdo tu funeral. A mi hermano y a mi, los pequeños, nos contaron que te habías ido al cielo, y recuerdo que no entendíamos a qué tanto lloro. Lloré cuando me di cuenta de que no te iba a ver mas, de que me había quedado sin mi yayo Javier. Nadie sabe por que te llamaban Gabriel. Supongo que por buena persona. Supongo que tu madre equivocó el nombre.

Hace mucho que no pienso en ti, y ahora me doy cuenta de lo que podría haber aprendido a tu lado. Te quedaste con las ganas de enseñarnos solfeo, y seguro que de algo más que no puedo recordar. Después de esa conversación, la que desencadenó todo esto, y de ver de nuevo tu fotografía, pienso que te hubiese gustado conocer a tus biznietos, y que ellos hubiesen sido muy afortunados de conocerte a ti, aunque tal vez, si aún estuvieses aquí, los primeros beneficiados por tu presencia hubiésemos sido nosotros, los tres, tus hijos-nietos, tal vez la vida hubiese sido mejor…

Supongo que da igual, supongo que si sigues existiendo en alguna parte, siempre te has quedado con nosotros. Supongo que si sigues existiendo en alguna parte, algún día podré darte las gracias y ofrecerte mis respetos, y preguntarte todo aquello que se me quedó pendiente. Te fuiste demasiado pronto, dejaste demasiadas cosas aquí, pero lo entiendo, fué la decisión correcta. Si algún dia te vuelvo a ver, te enseñaré lo bien que ya se escribir…

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Un instante

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Un instante, eso fue. No hay que darle mas importancia de la que tiene. Ni menos.

Sonaba la música y yo, como siempre, estaba ausente, muy lejos de allí. No podía ver a la gente, ni los vasos, ni el humo que cargaba el ambiente, que me abrazaba, me acunaba ofreciéndome la posibilidad de perderme en su seno.

No sé la razón. No sé como llegamos hasta la pista de baile desde las oscuras mesas del fondo.

¿Qué mas da? Sin preguntas. Se supone que debo confiar en ti.

Tal vez alguien allí te llamó la atención, y yo estaba cerca. Bueno, para eso están los amigos, ¿no?

 

“ The  sea’s evaporating

though it comes as no surprise

these clouds we’re seeing

they’re explosions in the sky”

 

No te gusta esa música, y sin embargo, allí estábamos. Realmente ella debía de valer la pena…

Lo único cierto era Hugo Boss saludando a mi nariz desde tu cuello, y el calor de tu piel a través de la ropa.

No sé la razón. No sé como mis brazos se apoyaron en tus hombros y se cruzaron tras tu nuca, y no sé por qué mi cara se apoyó en tu pecho.

Calor, sudor de sábado noche a través de la tela, directo a mi mejilla. Tu corazón golpeando a ritmo de la música.

Tus brazos se cerraron alrededor de mi cuerpo, y tu barbilla descansó en mi cabeza.

Habías olvidado el objetivo y te concentrabas en la excusa. Puede que después de todo, no resultase invisible para ti.

 

“ Hush…

It’s OK

Dry your eyes…”

 

Un baile no le hace daño a nadie. No se debe leer entre líneas cuando se corre el riesgo de confundir lo evidente con lo inventado.

 

“Soulmates never dies”

 

Se extinguió la última nota y me separé de ti,  sonreí sin mirarte a los ojos y volví a por mi bebida. Suerte con tus despampanantes objetivos de la noche

No quiero jugar con la idea de abrir el séptimo sello. Eres demasiado importante.

 

“Hush.

It´s OK

Dry your eyes

Couse soulmates

Never dies”

 

 Resuena aún en mi cabeza. Amigos del alma. ¿Se puede pedir algo mas?

Fue un instante. No hay que darle más importancia de la que tiene. Ni menos.

Sólamente amigos

 

Te miro de arriba a abajo y tu sonrisa me vuelve a entristecer, aunque no debes notarlo. Tan cerca, a unos centímetros de mí…a años-luz en realidad.

Puedo notar tu olor penetrando en mi ser, salado y embriagador. Sólo el olor del mar que baña nuestra tierra me ha hecho sentir así, tan acompañada y tan sola a la vez. Ese mar que tantas veces hemos observado juntos, sabiendo que, en el fondo, es lo único que nos quedará.

Puedo oír tu voz, dura, recia, cortante siempre que tienes a alguien más escuchando…

Dulce y amable en estos momentos, ahora que hablas conmigo, en ese tono que sólo tú sabes dar, dulce y amable, como cuando se le habla a un niño, ese tono que pretende no asustar pero si marcar las distancias. Me empapo de ella, no quisiera olvidarla nunca. Quisiera oírte en un susurro, pronunciando mi nombre en un gemido ahogado. Disfruto cada palabra que es el fiel reflejo de lo que ocurre en tu alma, aunque no te des cuenta de ello.

Me pierdo en tu risa, bañada en cerveza y de esa cruel inocencia que hace daño a mi alma, que despierta el deseo que debe permanecer oculto. No, no puedes darte cuenta de lo que pasa por mi cabeza, me niego a perder esa mirada, esa voz, esa risa por una imprudencia. Dejar de notar el roce de tu piel tibia en mi cara, benditas manos que me acarician el cabello en un gesto de complicidad que no significa nada más de lo que parece. Cierro los ojos cuando haces eso. Quiero sentir ese roce, quiero hacerlo mío porque sé que no voy a conseguir nada más de ti, nada más que eso, que ya es mucho…

Llega la hora de irme, como siempre. Tan sólo unas cervezas y una tarde de charla, con suerte algún baile inocente alguna noche, esta noche. Soy tu amiga, estás orgulloso de eso, de mí. Pero siempre que me besas en la mejilla, siempre que me dejas en el patio de mi casa me quedo con la sensación de querer más, de querer algo que está fuera de mi alcance, ese maldito quiero y no puedo que me duele cuando te veo en brazos de otra, de cualquier otra, Una distinta cada noche, todas excepto yo. ¿Por qué? Sé de sobra la razón, lo has dicho muchas veces, y no deja de hacerme gracia. Porque soy la única en la que confías, la única a la que de verdad, la única que merece tu respeto… por el momento.

Si, algún día llegará otra que lo merezca también, y que merezca además tus caricias, que te haga olvidar que existo, que me borre con el sabor de sus besos en tu boca, que me relegue a ser un simple recuerdo. Mientras llega, observo cómo te vas, cómo te despides “hasta esta noche”, sabiendo que puede ser la última…

Café de media tarde

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Te miro de nuevo, y vuelvo a quedar atrapada en tus ojos abismales, insondables… Tristes. Nunca reflejan la sonrisa que me ofrendas.

El contorno de tu cuerpo se recorta en la luz anaranjada que inunda la cafetería, y hablas, dices algo insolente, como sueles, aunque por alguna extraña razón no soy capaz de enfadarme contigo… Como suelo.

Me pierdo en algún momento de la conversación intranscendente, al menos en apariencia,y caigo en el extraño inframundo que conforma tu cerebro, en ese pequeño cosmos marginal en el que las personas no son personas, son simplemente amigos o enemigos, sin término medio.Blanco o negro, sin concesiones a las medias tintas.

No intento sacarte de tu error, no quisiera desbaratar esa frágil percepción de la vida con un cataclismo de colores. No quiero pasar al otro bando, me encuentro bien en el de los amigos.

La tarde termina, aunque parece haber pasado solo un segundo. La luz naranja se vuelve dorada, y es hora de marcharse ya. Te observo fingiendo perder la mirada entre pedazos de almojábanas, pizzas resecas de estar todo el dia expuestas y algún que otro dulce que será deshechado al cierre.

No hemos aclarado nada, tampoco había intención de pronunciar grandes sentencias que nos cambiasen la vida. Tan solo se trataba de tu, yo, un café y nuestras miradas cruzándose diciendo todo lo que nuestras bocas no están dispuestas, en ese juego que, en el fondo, tanto nos gusta.

Misiva segunda ( Dante)

 

No había conseguido suavizar la respiración al golpear con cierta rudeza la puerta que le separaba de ella. Estaba enfadado, si, pero aún no sabía muy bien con quien, si con ella o con aquello hijos de puta que la habían sorprendido en medio de la noche.

 

La estampa que se le apareció no le gustó. En la penumbra de la habitación aún pudo distinguir su preciosa cara magullada, hinchada, amoratada.

 

-Joder- No pudo decir otra cosa, paralizado por el asombro , la frustración y la rabia.

Ella prefirió mirar al suelo, entre la vergüenza y un poco de temor, antes que enfrentar los duros ojos de color azul hielo. A fin de cuentas, él era el jefe, y ella había actuado sin su permiso. Las órdenes en aquellos tiempos revueltos habían sido claras. “Si pasa algo, corre como un demonio. No te quiero en peligro”.

 

-Tendrías que haber visto como les dejé yo a ellos- Murmuró, y emitió un pequeño quejido al intentar sonreír para tranquilizarle.

 

-No me vengas con eso- Estaba decepcionado, su “mano derecha” había desobedecido sus órdenes, aunque eso no era lo peor. Podrían haberla matado, aún no se explicaba como había salido entera, mas o menos, de allí. No entendía como había podido darles una paliza de muerte a aquellos niñatos, que la superaban en número, sin duda. Nunca actuaban solos, ni siquiera cuando se trataba de pegar a una chica.- Tendría que terminar lo que han empezado esos desgraciados. Lo sabes.

 

Ella asintió. Estaba preparada, a pesar de haberse ganado el respeto del resto, había desobedecido.  Pero él era el único que tenia derecho a castigarla. Lo prefería antes que haberse dejado pillar por aquellos mamones.

 

– Hazlo ya, pero no podía dejar que me…

– Ya lo sé.- la interrumpió, cortante.

 

 Lo que hizo a continuación  le pilló por sorpresa. Contra todo pronóstico, le acarició el largo cabello, rizado, oscuro,  y acercó sus labios al cuello marcado por unas huellas moradas, apenas lo rozó con ellos.

– A  pesar de todo, estoy orgulloso de ti.    

 

Rodeó la delgada cintura con sus manos y la abrazó con fuerza, ella emitió un pequeño gemido de dolor. Poco a poco, sin previo aviso, la fue despojando de la ropa.

 

-Déjame ver- Susurró, mientras encendía una pequeña lámpara de mesa, para disipar la oscuridad que ocultaba las heridas y los moratones en su piel, normalmente blanca, suave, elástica, como toda ella.

 

– ¿Qué vas a hacer? – No pudo evitar que le temblase la voz, ante la duda de lo que él sintiese. Si lástima,  si decepción, si rabia… O una mezcla de todo.

 

– Voy a ver el destrozo que han hecho, intentaré curarte …- buscó los ojos de color avellana de la chica y sonrió- Puede que te duela un poco, pero no te matará.

 

La llevó de la mano hasta la cama, y de un modo inusualmente suave en él  la ayudó a tumbarse. Acercó la lámpara al cuerpo desnudo de la muchacha.

Su mano lo recorrió poco a poco, reconociéndolo. Rozó con sus dedos los labios heridos, la mejilla amoratada, el cuello largo y flexible que había resultado profanado por unos dedos cobardes que con la clara intención de evitar que el aire pasase hasta sus pulmones.

 

Retiró poco a poco una venda sujeta con esparadrapo de su costado, aún manchada.. Descubrió un corte, lo bastante profundo como para haberle dolido, lo bastante superficial para que a esas horas, hubiese dejado de sangrar.

 

Sus dedos siguieron la inspección poco a poco, con cuidado. Siguió el trazo púrpura que trazaban los hematomas a lo largo de los muslos, delgados y fuertes. Acababan justo en las ingles, tenía también forma de dedos, brutales y zafios.

 

La miró sorprendido, imaginando la escena. Habían forzado aquellos muslos para abrirlos en contra de su voluntad. Poco a poco, la expresión de incredulidad se tornó en furia. Ella alargó el brazo y acarició el corto cabello negro, tranquilizadora.

 

– No lo consiguieron, trinqué antes la pistola.

 

Él apartó con dulzura la mano delgada que le acariciaba y la retuvo entre las suyas. Sus ojos brillaban con una furia salvaje que ella nunca había visto antes, que casi le asustó.

Estaba tranquilo, demasiado como para estar en calma. Estaba tranquilo cuando acercó su rostro al de ella, cuando rozó sus labios con su boca, cuando los deslizó poco a poco por su cuello magullado de nuevo, cuando besó su hombro.

 

Con la rodilla hincada en el suelo, arrodillado a su lado, acarició sus pechos con infinito cuidado, y ella no pudo evitar un gemido al notar sus dedos rudos alrededor de su pezón, al notar la humedad de su lengua acariciándolos, sus labios suaves sobre la herida de su costado. Él la miró para asegurarse de que no le dolía demasiado, y continuó incluso más despacio, recorriendo de nuevo el camino marcado a golpes, hacia el interior de sus muslos.

 

Siguió el camino de nuevo a la inversa, depositó su cuerpo más cerca de ella a cada beso que repartía por su piel, dejó que le pasase el blanco brazo por la nuca, en un débil abrazo. Se apoyó en su codo para evitar caer sobre ella cuando sus rostros coincidieron al fin, cuando volvió a rozar los labios heridos con los suyos, y lentamente utilizó su otra mano para seguir acariciando los muslos, colándola entre ellos, apagó el gemido que brotó con su lengua.

 

Acarició con suavidad cada pliegue, cada recoveco, empapando sus dedos con el flujo que empezaba a manar con los ojos clavados en el rostro de la muchacha, dejando que ella suspirase, que la debilidad inicial de aquel abrazo fuese cogiendo fuerza, que los pequeños dedos se enredasen en sus cabellos. Hundió su cara en el abundante cabello, aspiró el olor mientras notaba como el maltrecho cuerpo de la chica empezaba a moverse, olvidando las múltiples heridas.

 

Notó su camiseta húmeda. El corte empezaba a sangrar de nuevo. Retiró poco a poco la mano de su privilegiado refugio y la besó en la frente.

 

– Habrá que esperar un poco- susurró con media sonrisa

Ella asintió con gesto de dolor, y dejó que la curase de nuevo. Con la habilidad adquirida por los años de peleas callejeras y curas caseras, rápidamente la herida volvió a estar cubierta.

 

-Recupérate pronto, en un par de dias, reunión de emergencia. Esto no puede quedar asi.

 

Ella  fijó la mirada en la puerta que se había cerrado. No, eso no iba a quedar así, nunca iba a quedar así.

“Corre como un diablo, no te quiero en peligro” murmuró, mientras encendía un cigarrillo…